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MEDIO SIGLO

Con la luna por sombrilla

Seis vecinas del barrio de las Fuentes llevan 50 años bajando a tomar la fresca a la plaza de Nuestra Señora del Portal. No necesitan irse de vacaciones porque, para ellas, la plazoleta es una cala particular donde poner en común vidas, enfermedades, preocupaciones y alegrías.

El grupo de vecinas de las Fuentes, en su banco favorito de la plaza de Nuestra Señora del Portal.
Con la luna por sombrilla
ASIER ALCORTA

«Es nuestra playa». Así describe Isabel Vicente la plaza de Nuestra Señora del Portal de Las Fuentes, donde todas las noches que 'hace bueno' baja a tomar la fresca con cinco o seis amigas desde hace 50 años. La plazoleta, donde sopla el cierzo en vez de brisa marina, la arena queda restringida a los alcorques de los árboles y donde bancos carcomidos por el sol sustituyen a las hamacas y sombrillas, es el lugar donde estas vecinas ponen en común todo lo que les preocupa, especialmente enfermedades y dolores. Quizá por ello, el grupo de amigas ha hecho de su plaza una cala particular donde curar y compartir sus padecimientos.

Sin embargo, no todo son lamentos entre las tertulianas. Ascensión Galve, de 76 años, suelta una carcajada al ver a un vecino sentado en un banco de la plaza utilizando un portátil. «¡Mira! ¡Ese lleva un ordenador!», exclama mientras señala al hombre llena de asombro. Y es que, Ascensión y su grupo de amigas han visto cómo un pequeño campo de alfalfa se convertía en una plaza asfaltada con columpios, tobogán, bancos de madera y algún comercio.

A veces, la compañía de algún nieto anima la velada. «Los críos dan mucha alegría, ¡Mucha!», asegura Adela Acín, de 81 años, que ya ha iniciado a su nieta Paula en las tertulias nocturnas a las que suele acudir de 21.00 a 23.00. La pequeña, serena y concentrada, intenta solucionar el cubo de Rubik sin perder detalle de la conversación de sus mayores. Mientras tanto su abuela, entusiasmada, relata al resto de amigas una entretenida película de pingüinos que ha visto con su nieta en el cine.

A las 21.00, cuando termina Pasapalabra y el estómago ya está saciado, la cuadrilla de amigas ocupa un doble banco formando dos filas. Allí, se refrescan y comentan las noticias -especialmente sucesos- que les llaman la atención. «Ahora estábamos hablando de cuando tuvieron que venir los bomberos a sacar a un hombre que se había muerto ahí en ese piso», recuerda Adela impactada y con cierto gusto al drama. Sus compañeras le acompañan asintiendo con preocupación.

A veces, Isabel, que puede presumir de tener una memoria de hierro, alegra la velada con poesías y refranes que aprendió de joven y que es capaz de recitar de carrerilla. El resto de compañeras admira su capacidad y a menudo, le ruega que amenice la noche con otra de sus poesías.

La limpieza de la plazoleta, ahora en buenas condiciones, les tenía muy preocupadas hasta hace pocos veranos: «Antes se estaba peor aquí. Había mucha gente de mal vivir. Un hombre nos dijo que era la segunda plaza más sucia de toda Zaragoza», recuerda Adela.

El tranvía, a examen

Como buenas vecinas de Zaragoza, las obras del tranvía no les son indiferentes. «Han metido la pata al 100%. Y además... ¡Nos han quitado el 30! Ahora el autobús nos deja a mitad de camino», clama María del Carmen Merino, de 69 años.

Aunque conocen a la mayoría de gente del barrio de ir a comprar al mercado, no se dedican a seguir la vida de los vecinos ni a especular sobre parejas de jóvenes. María del Carmen asegura que es «muy liberal». «A mi casa vienen a cenar amigas y amigos», desvela sin tapujos. Su compañera Adela le apoya: «Los jóvenes tienen que quererse. No como hace años que te tenías que atar las manos. Aunque una cosa es esa timidez que teníamos antes, y otra lo de ahora, que es un desorden», opina.

Por las mañanas, el esposo de Ascensión se encarga de regentar el banco. Su mujer, resuelta, cuenta: «Se pasaría aquí hasta la hora de comer, pero luego por la noche nada. Prefiere quedarse viendo la televisión». Para emprender estas charlas sin fin acostumbran a dejar a los maridos -quien los tiene- bien recogidos en casa. «Mi hijo me dice que cuando intenta llamarme y no le cojo el teléfono ya no se preocupa. Piensa: 'estará abajo en la plaza'», narra Adela divertida. Solo el frío o algún cumpleaños que celebrar -se reúnen para merendar en un bar cercano- les aleja de su playa particular.

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