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MARIPOSAS

Crisálidas, cápsulas de vida alada

Del griego Chrysos, que significa oro, en alusión a los ornamentos dorados que ostentan algunas, la crisálida es el paradigma de la metamorfosis, esa prodigiosa transformación por la que atraviesan los insectos, que ha espoleado desde antiguo la imaginación como metáfora viva del renacer tras la muerte.

'Iphiclides polidarius'
'Iphiclides polidarius'
E. MURRIA

Recuerdo bien la primera vez que vi una crisálida. Debía tener 5 o 6 años cuando me mandaron a comprar al ultramarinos. Un almendro crecía cerca de la fachada, y en mitad de la pared destacaba una magnífica crisálida marrón-anaranjada, que al tocarla se agitó durante unos segundos. Volví a observarla en días posteriores, pero, una mañana aquella extraño ser, a mis ojos infantiles mitad animal, mitad vegetal, era sólo una cascarilla vacía colgando de la pared, ahora manchada por unas gotas de color rojo. Aquello me dejó doblemente intrigado.

Gracias a un libro supe que se trataba de la crisálida de la mariposa ‘tigre venenoso’, como las llamábamos y que, en realidad, se denomina ‘cola de golondrina’, o ‘podalirio’ (Iphiclides podalirius subespecie feisthamelii). Grande, de planeo elegante, presenta un color blanco amarillento con bandas negras y largas colas en sus alas posteriores. Los chavales creíamos al podalirio extremadamente venenoso por alguna causa desconocida, y por eso nos fascinaba doblemente.

LLUVIAS DE SANGRE

La cría de gusanos de seda me hizo comprender finalmente la historia de aquella crisálida en la pared. Tras crecer comiendo las hojas del almendro del ultramarinos, una oruga de podalirio había pupado sobre la fachada y, tras emerger, la mariposa había expulsando antes de volar un rastro de meconio rojizo, es decir, el líquido sobrante tras la metamorfosis. Según Plinio el Viejo, los romanos tomaban la caída de este líquido por lluvias de sangre, pues, en ocasiones, en aquel mundo todavía exento de pesticidas, cientos de mariposas propias de olmos, chopos, sauces o álamos, emergían casi a la vez de las crisálidas suspendidas de los árboles de las aldeas romanas, normalmente situadas junto a los ríos.

Hoy conocemos la verdad, pero este fenómeno prácticamente ha dejado de suceder en nuestros bosques y sotos fluviales, igual que en la mayoría de las arboledas centroeuropeas, donde decenios de contaminación agroquímica, y la progresiva degradación del hábitat, han mermado considerablemente las poblaciones de muchas especies arborícolas de nuestras latitudes.

Las crisálidas no son otra cosa que una oruga que ha completado su crecimiento, y que, tras mudar de piel por última vez, aparece totalmente transformada, perdiendo su forma y color original, y dejando de comer y moverse para entrar en un estado de diapausa.

Nada más aparecer bajo la vieja piel larvaria, que es mudada de forma similar a la de una serpiente, las crisálidas tienen un aspecto algo diferente al que presentarán en unas horas, una vez se expandan y suelden al contacto con el aire las placas quitinosas que las conforman externamente, a modo de piel semi-acorazada. La coloración también cambia y, así, las crisálidas recién formadas tienen un color generalmente verde traslúcido que, poco a poco, se torna castaño, o cambia del todo en las especies que no fabrican capullos.

Como en una foto Polaroid, aparecen lentamente impresos sobre la nueva piel del insecto los colores que le ayudan a camuflarse en esta delicada fase, colores que se apagan sólo antes de emerger la mariposa, cuando esta se transparente formada bajo la cutícula, ahora del todo o parcialmente incolora.

TRANSFORMACIONES

Mientras que las orugas de las mariposas nocturnas protegen normalmente sus crisálidas dentro de capullos de seda, cual momias en sus sarcófagos, la transformación de las especies diurnas sucede a menudo al aire libre, o, como mucho, oculta entre algunas hebras de seda y hojas secas.

En el caso de la mayoría de lepidópteros nocturnos, las orugas tejen capullos o confeccionan cámaras en el suelo para metamorfosearse, y las crisálidas suelen presentar un color castaño-rojizo. Tanto en un caso como en otro, y una vez que han adquirido su forma y consistencia definitivas, las crisálidas semejan frutos, semillas, cortezas, palitos, espinas, u hojas secas, pero desde luego no un animal que tarde o temprano surcará el aire, a veces durante miles de kilómetros.

Y es que, mientras que algunas especies de mariposas emergen de sus crisálidas tras 10 o 15 días, otras esperan hasta 14 años, como la escasa mariposa nocturna Eriogaster lanestris, presente en el Pirineo aragonés. Es la dueña absoluta del record de longevidad dentro de la fauna europea de lepidópteros, aunque la mayor parte su vida discurre inmóvil en un capullo oculto entre la hojarasca, esperando a que las condiciones ambientales sean óptimas para emerger y volar en las noches frescas de marzo o abril.

Eduardo Murría. Zerynthia, Asociación española para la conservación de las mariposas y su medio.

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