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TOROS

Susto de Fran Rivera en la Misericordia

Dura, correosa, astifina y muy exigente salió la esperada corrida burgalesa de Antonio Bañuelos

Jesús Millán fue despedido ayer cariñosamente.
Susto de Fran Rivera en la Misericordia
CARLOS MONCÍN

Jamás pensé que iba a emocionarme tanto con el último brindis de un torero. De un amigo. De un hombre puro y sincero al que el estamento taurino solo le debe el respeto que profesionalmente le negó. A Millán no lo echan. Se va aburrido y hastiado de comerse el marrón tarde tras tarde. El pan duro de cada día dánosle hoy, rezaba. Se acabaron las ingratitudes, las agrias palabras del que con honradez ha pasado por el triste planeta de los toros. Vaya contigo, siempre, mi admiración como hombre y como torero.

A paseíllo descubierto, la poco más de media plaza ovacionó al locutor que leyó el manifiesto de los profesionales taurinos por la libertad de ir a los toros. Tras ello, sacó a saludar a un tímido Jesús Millán arropado en todo momento por sus compañeros de terna.

La corrida de Bañuelos se lidió incompleta por la invalidez de un segundo que se fue al corral con las banderillas puestas. El resto, desigual de hechuras, con un poco más de fuerza, resultó áspera, correosa, dura de patas y con unas cabezas impresionantes. Astifinas. Leznas. Se dejaron pegar en los caballos a los que empujaron con cierta clase. Con más fortaleza hubiéramos visto otra pelea. El quinto manseó y el sexto se paró en banderillas para acabar rajado en las manos del Fandi. El sobrero del Torreón fue un mulo con cuernos que ni pudo ni quiso embestir.

Ese segundo le tocó en suerte, más bien en desgracia, a un Jesús Millán que no pudo lucir de capote si no es por un quite robado al cuarto. Decidido se fue a la válvula con la muleta planchada y, a media altura, hilvanó series con la mano derecha de buen corte, pero sin unidad. Con el quinto, protestón, se puso en el sitio y poco a poco lo fue sometiendo hasta arrancarle tres soberbios derechazos inmensos de largos. Acabó muy cerca y mató a la última.

Fran Rivera se paseó más por el callejón que por la arena. De no ser por una espeluznante cogida, que no tuvo consecuencias, cuando se colaba por el burladero, nadie se acordaría de él. Vulgar hasta con los palos. Bueno, solo por su exposición, ese segundo, por los adentros y sin sitio para salir. Pase por aquí y muletazo por allá, sin orden y sin concierto fue su pobre balance.

El Fandi, más de lo mismo. Maestro, ¿qué pasodoble tocamos? Pues, el mismo que vamos por otra calle. Eso le pasa al granadino. Siempre igual. La misma vibración con las banderillas que clava a toros pasado y la misma pesadez cuando coge la muleta. Rectificó, no mandó y se puso siempre al hilo. Ayer, hasta con la espada estuvo mal. ¡Qué cruz!

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