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Islandia, tierra de hielo y fuego

Posiblemente, en ningún otro lugar del mundo como en Islandia confluyen dos fuerzas de la naturaleza tan contrapuestas como la de los hielos glaciares y la de los volcanes.

Aurora boreal sobre el volcán Eyjafjallajökull, durante las erupciones
volcan
ENRIQUE PACHECO

La erupción del volcán islandés Eyjafjallajökull llegó a provocar el caos aéreo de buena parte de Europa. Islandia es una joven isla que tiene grandes hielos glaciares por sombrero. Pero en su interior se esconde un corazón caliente de magma. Por su ubicación entre dos placas continentales, el país es un escenario de volcanes, cráteres, erupciones, fumarolas, géiseres y aguas geotermales que nos permiten comprobar en directo que la Tierra está viva por dentro, que el planeta palpita.

Posiblemente, en ningún otro lugar del mundo confluyen dos fuerzas de la naturaleza tan contrapuestas como la de los hielos glaciares y la de los volcanes. Por eso, cuando el agua del deshielo se combina con el calor de la tierra da lugar a fuentes geotérmicas. Y, aunque parezca mentira, a Islandia siempre hay que llevar en el equipaje un traje de baño y una toalla. Un anuncio dice: “Si quieres encontrar a un británico, ve a un pub. Si quieres encontrar a un francés, ve a una cafetería. Pero si quieres encontrar a la gente de Reykjavik, acude a una de las piscinas termales de la ciudad”. Por otro lado, gracias a los volcanes este es un país ecológico pues en su capital, Reyjavik, el 90% de las casas se calientan con energía geotérmica.

VOLCANES VIVOS

Se calcula que unos cuarenta volcanes islandeses están ‘vivos’ en estos momentos. Y como media, cada cinco años se produce una erupción. La historia natural de Islandia está escrita a fuego. Las erupciones marcan las noticias internacionales y dan sentido a esta enorme porción de tierra emergida en la dorsal Atlántica.

El volcán Askja hizo erupción en el año 1875 y explotó de nuevo en 1961. El Hekla mira amenazador desde que dio su último aviso. Y la gran caldera del volcán Grímsvötn, cerca del glaciar Vatnajökull, registró hasta el año 2006 unas 45 erupciones, algunas de ellas muy efusivas. En 1996, el fenómeno eruptivo obligó a cerrar la carretera principal de Islandia: se produjo un deshielo de grandes dimensiones, los torrentes alcanzaron volúmenes de 45.000 metros cúbicos de agua por segundo, y el daño material por inundación fue cifrado por encima de los doce millones de dólares.

No era la primera vez, ni el mayor desastre: el Grímsvötn en el año 1783 emitió 15 kilómetros cúbicos de lava acompañados de gases tóxicos que acabaron con la vida de unas 10.000 personas, un quinto de la población por entonces registrada. Y todos recuerdan que en 1963, al sur de las islas Vestmann, una nueva isla surgió como arte de magia del interior del mar.

El crecimiento de la dorsal y los aportes del magma finalizaron con la creación del islote Surtsey. Diez años más tarde los habitantes de Heimaney, la única isla habitada de las dieciséis que conforman las Vetsmann, debieron ser desalojados por otra nueva erupción. La lava aún humea y el suelo, al tocarlo, quema.

La foto de Enrique Pacheco (www.raw.is) muestra una aurora boreal sobre las erupciones del Eyjafjallajökull

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