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Unas ideas para la universidad en el mundo que nos toca vivir

Realizado por:
  • Ismael Jorcano, secretario general de la Universidad San Jorge

Una de las alegrías más grandes de un educador se produce cuando puede ver a un estudiante constituirse a sí mismo como una persona fuerte, integrada, protagonista y capaz de dar». De este modo tan elocuente se expresaba el papa Francisco en su Exhortación Apostólica ‘Cristo Vive’ dirigida a los jóvenes en abril de 2019, y encomendaba a los educadores preparar a los estudiantes para «el mundo en el cual les toca vivir».

LAS DOS PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XXI

El 14 de marzo de 2020 se declaraba el estado de alarma en España y el confinamiento general de la población debido a la propagación del SARS-CoV-2. Estos hechos supusieron una disminución radical de las relaciones sociales tal como las entendíamos anteriormente y un incremento exponencial del uso de los medios de comunicación a distancia. Además del confinamiento general inicial, se ha venido aplicando durante largo tiempo medidas sanitarias como la mascarilla o la limitación del contacto físico, que está teniendo como efecto, según los expertos, diversos cambios en el comportamiento de las personas que nos afectarán en el futuro. Sin embargo, para entender el mundo en el que vivimos y el que nos va a tocar vivir es necesario no solo poner la vista en los comienzos de 2020 sino en un periodo más largo. Varios hechos han marcado el mundo en estos últimos 25 años.

Pese a que la difusión de internet entre usuarios privados se inició en los años noventa del siglo anterior, fue en la década posterior cuando su uso se democratizó y se extendió de manera generalizada a la población tanto el acceso libre a la información como la propia creación y difusión sin existir apenas filtros de control.

Recién comenzado el siglo XXI, el atentado de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York, símbolo de la vida occidental, mostró la debilidad de este sistema frente a movimientos que buscan su eliminación.

También a lo largo de la primera década del siglo, unos años más tarde, nacieron las redes sociales, que encontraron durante los años siguientes el mejor aliado en los dispositivos móviles para su uso continuado y permanente por la población.

Fue en la misma década, y por la desidia en la aplicación de las buenas prácticas corporativas, cuando se detectaron irregularidades en instituciones como Enron o Lehman Brothers –entre otras–, que acarrearon importantes consecuencias económicas y dejaron un amargo poso social que aun hoy en día no se ha superado, teniendo en el movimiento inicial de los denominados indignados y los populismos consecuentes como máximos exponentes.

En ese caldo de cultivo, generado durante veinte años, apareció en una zona lejana del planeta un nuevo tipo de coronavirus que, debido a la globalización –otro de los fenómenos propios de este siglo–, dio origen a una pandemia mundial que, además de la triste pérdida de vidas humanas, sigue produciendo alteraciones en el modo de vida de las personas.

Son, por tanto, un conjunto de elementos surgidos en los últimos 25 años que confluyen hoy y afectan a la visión del mañana.

REALIDADES Y APRENDIZAJES

Es misión de la educación servir de palanca de apoyo de la sociedad a fin de afrontar los nuevos retos que se esperan. Para cumplir esta misión, es preciso analizar el entorno global y específico y adaptar estos fines a la realidad. No hay que caer en la tentación de trabajar en preservar a los estudiantes de los «peligros, reales o imaginarios, que todo cambio trae consigo», sino que hemos de prepararlos para que sean capaces de servir a la sociedad en cada contexto, tal como expresa el papa Francisco en ‘Cristo Vive’.

Por esta razón, es necesario reflexionar acerca de nuestro pasado, nuestro presente y las perspectivas para la educación en los próximos tiempos. Del listado de circunstancias anteriores es fácil entresacar cuáles son los elementos que hoy en día deben abordarse sin dilación.

En primer lugar, destaca sin duda alguna la investigación. Solo a través de la ciencia, y pese a las dificultades, el mundo está consiguiendo doblegar al virus. Aunque parezca obvio, cualquier recurso destinado a la ciencia será una inversión en favor del mantenimiento de nuestra civilización. A este objetivo están llamadas todas las instituciones, sean públicas o privadas, a fin de unirse y dejar de lado intereses particulares e ideologías que merman el potencial de nuestros investigadores, puesto que hay ámbitos en los que no cabe la política. Dentro del concepto de investigación no solo debemos ceñirnos a aquella más cercana al ámbito biosanitario, sino que también ha de ser prioritario investigar desde las humanidades a fin de identificar las mejores prácticas y sistemas de gobierno y liderazgo que ayuden a forjar sociedades fuertes y líderes con ‘auctoritas’, tan necesitados en estos tiempos.

Derivado de los avances tecnológicos y la hiperconectividad se está produciendo un cambio del modelo productivo. La práctica totalidad de las profesiones se han transformado y siguen transformándose con el uso de nuevas tecnologías. En la actualidad se desconocen en gran medida las profesiones que serán demandadas dentro de veinte años. Asimismo, contrariamente a lo que sucedía en tiempos pasados, la aceleración de la evolución de las organizaciones hace que sea muy habitual que una persona cambie de empleo en un buen número de ocasiones durante su vida profesional –contrariamente al periodo anterior en el que generalmente una persona ejercía la misma profesión de manera continuada durante toda su vida laboral–, y además estos empleos no están siempre ligados a su formación de base.

Por otro lado, la conexión permanente a internet permite disponer de acceso a información de todo tipo al conjunto de la población y no solo a unos cuantos privilegiados, por lo que resulta trascendental tener las capacidades para identificar las fuentes más fiables y veraces. Cualquier comentario, idea u opinión puede ser lanzada por cualquier usuario y ser amplificada para generar corrientes de opinión interesadas. Los expertos en crear tendencias conocen estas herramientas y las utilizan para sus intereses particulares en lugar de ocuparse por el bien común. Hoy, un pequeño comentario en una red social convenientemente amplificado puede hacer tambalear los cimientos de una institución prestigiosa. Cualquier usuario se siente con el poder suficiente para amedrentar con un simple comentario, sea cierto o no.

Ligado a lo anterior, se ha generado una necesidad en la sociedad de estar permanentemente recibiendo impactos de información. Varios antiguos altos cargos de empresas dedicadas a las redes sociales ya han revelado las estrategias que emplean estas compañías para generar esta dependencia. Ese tiempo dedicado a consultar la información, además de generar ansiedad –e incluso adicción–, provoca una merma en el tiempo dedicado a la reflexión y la introspección, al autoconocimiento interior tan necesario para el desarrollo de una vida personal plena y consciente.

Asimismo, los algoritmos que dominan las redes sociales están diseñados para proporcionar al usuario la información que quiere recibir en función de accesos o búsquedas anteriores, lo que provoca que las personas siempre estén recibiendo impactos alineados con sus creencias. Como el usuario no puede confrontar otros puntos de vista u opiniones sobre un tema, es incapaz de desarrollar un pensamiento crítico, tan importante para el desenvolvimiento del ser, sino que tiende a la polarización de las ideas y a la intolerancia.

Una joven consulta sus redes sociales.
Una joven consulta sus redes sociales.
Esther Casas

Esta situación, unida a una sana pero mal interpretada intención de proteger a los jóvenes, ha producido una fragilidad inusitada en grandes conjuntos de la población, que se sienten agredidos por cualquier pequeño hecho, que muestran tener solo derechos y no obligaciones, y que consideran que son los demás quienes deben solucionar sus problemas, lo que genera personas incapaces de soportar los embates posteriores de la vida.

Y, finalmente, y de manera transversal a todos, se ha puesto de manifiesto la importancia de dar un nuevo impulso a valores como el servicio, el compromiso, la perseverancia, la responsabilidad, el respeto o la honestidad, entre otros, que son claves para seguir manteniendo la convivencia que nos haga seguir adelante como civilización. Con el fenómeno de la globalización, existen movimientos que ponen en jaque estos valores y que como sociedad debemos identificar y valorar lo que pueden aportarnos para desarrollarnos como una sociedad brillante y creadora de progreso sostenible. Defender y promover estos valores a todos los niveles es el único modo de generar líderes con autoridad, y no autoritarismo.

LA BASE DE LA UNIVERSIDAD

Cuando, como ahora, los cimientos se tambalean, se hace necesario tener referentes como la institución de la universidad que identifique el rumbo al que debe dirigirse el barco de la civilización. La universidad debe actuar como garante de todo aquello que nos ha ayudado a construirnos como sociedad en torno a la convivencia y el respeto a la opinión de los demás. La universidad ha de servir al conocimiento, ya sea mediante su creación (investigación) o su transmisión (docencia), independientemente de los objetivos particulares de cada institución, y este fin debe estar dirigido a mantener la integridad de nuestra sociedad.

La universidad fue en sus orígenes un lugar de intercambio de conocimiento al que los estudiantes acudían a prepararse como personas cultas e íntegras. A lo largo de los siglos, paulatinamente se fue perdiendo ese espíritu inicial de búsqueda pura del saber en beneficio de cuestiones más pragmáticas y utilitaristas. El cambio de hábitos productivos derivados de los avances tecnológicos y la especialización acentuó aún más este hecho y los estudios fueron centrándose en la instrucción técnica, despojándose de otros ámbitos del conocimiento aparentemente menos productivos. Quienes estudian la historia de las universidades conocen las tensiones existentes entre los autores de esos siglos acerca de la función de la universidad en el ámbito de la formación de la persona más allá de la capacitación profesional. Según los antiguos, la formación de los estudiantes en valores propios de la civilización occidental contribuía decisivamente a la formación de la persona.

Particularmente, John Henry Newman defendía hace 150 años que la misión de la universidad es ser un lugar para enseñar conocimiento universal, educar en hábitos que forman el intelecto y desarrollar un nivel superior de conocimientos en cultura y civilización humanas. Giner de los Ríos señaló igualmente esta realidad hace un siglo y propuso una profunda renovación de la universidad de entonces a fin de que no se limitara exclusivamente a preparar a los estudiantes para la obtención de títulos, sino que tuviera un papel activo como creadora del conocimiento, donde los estudiantes recibieran una formación integral, una educación en valores útiles para la vida.

La evolución de las disciplinas académicas a lo largo de los siglos, y especialmente en los dos últimos, había despojado a los centros universitarios de este tipo de formación. En la última parte del s. XX, el crecimiento del estado social y la creciente influencia de la política en la educación redujo aún más el conjunto de elementos educativos ligados a estos valores dirigidos a la integridad de la persona, y esta educación quedó limitada a las escuelas con identidad propia y a la recibida en el entorno familiar. De este modo, las personas que acudían a las universidades se formaban en la profesión de médico, arquitecto, veterinario, economista, ingeniero, jurista, etc., sin que apenas existiera una formación transversal en otras competencias. Así, las generaciones de universitarios que accedían a la vida profesional gozaban de una excelente formación técnica en su específica parcela de conocimiento, que en muchas ocasiones no se acompañaba de una formación integral que les hubiera dotado de herramientas como el servicio, el compromiso, la responsabilidad, la empatía, el respeto, o destrezas como la oratoria o el trabajo en equipo, útiles no solo para conducirse en su disciplina particular de conocimiento sino para comportarse con éxito en el ámbito privado y personal.

ELEMENTOS CLAVE

Sobre el razonamiento anterior, se ofrecen a continuación algunos elementos clave para afrontar el mundo que nos va a tocar vivir.

En primer lugar, la ciencia no se discute ni puede ser objeto de negociación política, y debe haber una apuesta decidida a través una gran alianza entre las instituciones públicas y privadas, sin recelos ni complejos propios del pasado. Es necesario abandonar el horizonte temporal de las siguientes elecciones y pensar en las próximas décadas.

En segundo lugar, es necesario impulsar metodologías de enseñanza propias de este siglo. El acceso a la información y los canales de comunicación son hoy radicalmente diferentes a los existentes hace cincuenta años. Pese a que las universidades tratan de incorporar nuevos métodos, todavía existen resistencias normativas propias del pasado que lo dificultan, lo cual, lejos de mantener una hipotética calidad académica, nos hacen perder competitividad ante nuestros vecinos. La gamificación de la enseñanza o el uso del denominado metaverso en la educación no deben estar reñidos con la adquisición de competencias por los estudiantes.

Y, por último, y como aspecto más importante, es preciso señalar a la formación integral como elemento clave para luchar contra la crisis de valores y la falta de liderazgo existentes en nuestra sociedad. Hay cuestiones de las que se deja de hablar por evidentes y las dejamos de lado, hasta que llega un día en el que nos damos cuenta de que otros han ocupado su lugar. La formación integral ha pasado al olvido. Hemos abdicado de nuestros valores en la educación y su lugar lo han ocupado otros. El egoísmo, el resultado cortoplacista, el engaño, la fragilidad mal entendida, la conciencia sobre los derechos pero no sobre las obligaciones, el consumismo voraz y el pensamiento único, entre otros, han sustituido a virtudes propias de nuestra civilización como la honestidad, el esfuerzo, el respeto a la autoridad, la capacidad de servicio, el consumo responsable, la búsqueda de la excelencia, el trabajo en equipo, el pensamiento crítico, y en definitiva, el compromiso personal, social y natural de la persona con el mundo.

LA EDUCACIÓN INTEGRAL COMO PALANCA DEL CAMBIO

En estas circunstancias de crisis de valores, existe una enorme incertidumbre acerca del futuro, una rueda en constante cambio. Los estudiantes sienten una atracción por unos determinados estudios, pero saben que es muy probable que no pueda convertirse en su profesión para toda su vida. Ahí es donde las instituciones educativas deben reaccionar y ofrecer a los jóvenes el mejor escenario para prepararlos para el mundo que les va a tocar vivir. Solo la vuelta a una formación integral rica en valores propios de nuestra civilización, los cuales hemos olvidado en el pasado reciente, nos permitirá afrontar con garantías el mundo en el que nos va a tocar vivir. Es necesario dotar al mundo de personas con capacidad de discernimiento, tal como lo definía Ignacio de Loyola, y solo de este modo podremos afrontar todos estos cambios. El mundo de hoy en día está necesitado de personas conscientes de sí mismas y comprometidas con su entorno más próximo y con el mundo en general.

Para lograrlo, la tarea no es fácil. Vivimos en una sociedad en la que la táctica prima sobre la estrategia, y lo efímero triunfa sobre lo sostenible. Somos –incluyendo a los jóvenes– constantemente asaeteados en las redes sociales con trivialidades, con pasatiempos sin fondo que solo buscan un minuto adicional de conexión que sirva para enriquecer a algunos a costa del futuro de otros. Así, anestesiados con banalidades es difícil mejorar como sociedad.

Hemos de quebrar esta tendencia y utilizar cualquier canal de comunicación para ayudarles a salir de la desidia, porque la educación es el principal proceso liberador de la persona. Este es el reto de las instituciones educativas: seducir a sus estudiantes para dotarles de herramientas para la vida, que les permitan desarrollarse como personas íntegras y encarar el mundo que les toca vivir para influir en él, para transformarlo.

No se trata de convertir a las instituciones educativas en lugares de instrucción moral o dogmática, sino de generar el espacio de armonía y libertad donde los estudiantes puedan conocer y reconocer aquellos valores de nuestra civilización que han ayudado a la convivencia, al respeto, al progreso sostenible y a la concordia, un lugar donde acompañar al estudiante en su búsqueda de la verdad.

La universidad en particular debe ser, en palabras de Giner de los Ríos, «una potencia ética de la vida». La educación universitaria no solo debe ser simple instrucción utilitarista para el trabajo sino algo más profundo al individuo que incluye el conocimiento, el discernimiento, la elocuencia, la forma de comportarse ante los demás e incluso la preparación para afrontar diferentes empleos u oficios. La universidad ha de ser, por consiguiente, una herramienta básica de transformación personal y social, que debe acompañar a sus estudiantes en su desarrollo y mostrarles todas las realidades, a fin de fomentar ese pensamiento crítico donde puedan encontrar su modo de estar en la vida, su propia manera de comportarse alejada de dependencias externas.

Transmitamos también a los universitarios que el aprendizaje no es fácil, y que superar las dificultades supone esfuerzo, compromiso y, en ocasiones, frustración, porque todo ello les preparará para los embates de la vida. Enseñémosles a descubrirse a sí mismos, a buscar su propio ‘telos’, para que de este modo puedan interactuar en el mundo de manera autónoma y plena. Démosles herramientas de respeto y comunicación para que aprendan a escuchar a los demás y les sirvan para construir pensamientos más completos, no solo lo justo para juzgar y atacar al contrario.

Es preciso señalar a la formación integral como elemento clave para luchar contra la crisis de valores y falta de liderazgo

No es ningún secreto que hoy en día las grandes corporaciones están reclutando personas con formación en competencias de esta naturaleza, como el trabajo en equipo, las habilidades sociales y de expresión, el compromiso, la capacidad de trabajo en entornos multiculturales o el compromiso medioambiental. Dotemos a nuestros estudiantes también de estas virtudes, no solo les servirán para su desarrollo personal sino también para su vida profesional, especialmente en un mundo actual en el que una profesión específica no siempre es para toda la vida.

Lamentablemente, el modo en el que se quiere configurar las universidades no ayuda a ello. Las propias normas universitarias se centran en la denominada calidad académica y son tímidas las referencias a este elemento clave en los indicadores que aparentemente miden la excelencia de las universidades. En el propio anteproyecto de reforma de la normativa universitaria, de reciente publicación, no se incluye la formación integral como uno de los elementos esenciales para la mejora del mundo universitario y, por consiguiente, de la sociedad. Es cierto que la norma entiende a la universidad como un espacio de libertad, de debate cultural y de desarrollo personal, donde debe fomentarse la tolerancia, la convivencia, la cultura, el deporte, la cohesión territorial y la lucha contra el cambio climático, pero no deja de ser un conjunto de declaraciones difusas llenas de buena voluntad, sin que haya una apuesta firme, decidida y sin complejos en el ámbito educativo superior. En los foros generales de ámbito universitario comienza a hablarse de las llamadas ‘habilidades blandas’, pero existen todavía demasiados prejuicios sobre el hipotético carácter moralizante de la formación que no sea la estrictamente técnica.

Solo aquellas instituciones educativas con un marcado carácter e identidad están trabajando en la formación integral de sus alumnos, en desarrollar en ellos competencias como el autoconocimiento, el pensamiento crítico, el servicio, el respeto, la responsabilidad, el compromiso social, las habilidades comunicativas, la multiculturalidad, el trabajo en equipo, la sensibilidad por el arte y la cultura o la concienciación por la casa común. Confiemos en que estas instituciones sean las pioneras de un cambio profundo en la educación.

Las instituciones educativas hemos de sentirnos como aquellos que, habiendo entendido el verdadero sentido de la vida, plantan árboles bajo cuya sombra saben que nunca se sentarán. Potenciemos esa grandeza e invirtamos en nuestros jóvenes, porque es el mejor legado que podemos dejarles. Solo de este modo podremos enseñarles a vivir en el mundo y a transformar la sociedad, porque de esa cordillera de hombres y mujeres íntegros habrán de surgir las cumbres del pensamiento que liderarán la sociedad del mañana.