Mercado Central: 800 años de actividad


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114 años de servicio

El espacio que hoy ocupa el edificio del Mercado Central, obra del arquitecto turiasonense Félix Navarro, albergó durante siglos un gran mercado al aire libre, un lugar que también albergó torneos, fiestas, representaciones teatrales y hasta corridas de toros; además de ser zona de paso de las comitivas que atravesaban su plaza desde el palacio de la Aljafería hasta la Seo para coronar a los reyes.

El entorno donde hoy se sitúa el Mercado Central también fue escenario de autos de fe y decapitaciones, como la de Juan de Lanuza, Justicia de Aragón, en 1591, como así recuerda la placa conmemorativa que luce en uno de los laterales de la lonja.

A finales del siglo XIX, el edificio comenzó a construirse sobre el emplazamiento en que se encontraban cimientos de la muralla romana, volada con pólvora durante los inicios de la nueva obra. “Entre lo ahora no visible se cuenta la antigua manzana ¡ya histórica! de las casas expropiadas, conjunto o cuerpo de cuarenta fincas que contaba como espinazo algo difícil de descubrir y desarrancar el cimiento de la muralla romana, de cuatro metros y medio de base, y de dureza tal, que solamente con explosivos pudo deshacerse”, relataba HERALDO en su primera página el 24 de junio de 1903, fecha en que el Mercado Central fue inaugurado.

También se hacía mención aquel día a la ventilación del mercado, “la plena natural del aire libre en la plaza, si bien se evita el viento molesto con la elegante limitación del parapeto lateral coronado de gruesos cristales de luna. Esta hermosa unidad de obra ha costado a 60 pesetas metro superficial, y se hallará, según es de esperar, garantizada por la cultura general de la ciudad, que sin duda aumenta con las mejoras urbanas”.

No obstante, se recordaba a la ciudadanía la inconveniencia de romper aquellos vidrios: “También es bueno que se diga y propale que la rotura intencionada de uno solo de estos cristales, por exceder de 50 pesetas entraña la formación de ‘causa criminal’.

La lonja se abrió en 1903, en un espacio en el que desde hace más de ocho siglos han tenido lugar actividades mercantiles. A principios del siglo XIII, Pedro II ordenó trasladar allí la lonja de pan y el pósito de la sal desde su anterior emplazamiento en la Puerta Cinegia hasta el lugar donde hoy se encuentra el Mercado Central.

El mercado proyectado por el arquitecto turiasonense Félix Navarro y Pérez, realizado por la empresa concesionaria Sociedad del Nuevo Mercado, estaba destinado a sustituir el antiguo mercado al aire libre que, desde la Edad Media, se ubicaba junto a las murallas de la ciudad y la Puerta de Toledo.

Una obra ecléctica y llena de simbología

Félix Navarro optó por construir el edificio del nuevo mercado con nuevos materiales como el hierro combinado con piedra, ladrillo y cerámica, uniendo el estilo historicista al modernismo para crear una obra ecléctica.

Los elementos de hierro fundido fueron realizados por la sociedad de fundiciones Pellicer y Juan y el escultor Jaime Lluch se encargó de la decoración escultórica figurada. En las labores de herrería participaron Pascual González y los hermanos Lasheras. Los 42 tarjetones esmaltados que se encuentran en el interior y que representan los productos que se venden en el mercado son obra de Viñadó y Burbano.

En un principio, el mercado se proyectó sin cerramientos en sus fachadas pero con el devenir del tiempo se fue cerrando en sus laterales. La planta del edificio es rectangular y consta de dos alturas: la principal, un espacio diáfano donde su ubican los puestos de los detallistas, compuesta de tres naves separadas por columnas y capiteles que sustentan las vigas de metal; y el sótano, destinado en la actualidad a albergar cámaras y obradores.

Sus dos fachadas principales (sur y norte) cuentan con una portada con tres arcos de medio punto, destacando la mayor dimensión de su arco central. En sus cuatro accesos destaca una ornamentación con elementos escultóricos alegóricos a la agricultura, la caza, la pesca y el comercio.

En suma, la decoración, como apunta el estudio ‘Adorno y sentido en el Mercado Central’, del bibliotecario y escritor Javier Delgado, está constituida por cuatro tipos de elementos: “Los relacionados con el dios Mercurio, los que simbolizan el trabajo y las tareas que contribuyen a la alimentación humana, los que exhiben productos concretos que se venden en este mercado y, por último, el conjunto de los adornos de motivo vegetal”.

Cuando los zaragozanos salvaron el Mercado Central de la piqueta

El edificio del mercado fue declarado Bien de Interés Cultural en 1982, gracias al esfuerzo de sus detallistas, los vecinos del Casco Histórico y miles de zaragozanos que con su apoyo evitaron que el Mercado de Lanuza desapareciera.

A finales de la década de los 60, la sombra de la piqueta planeaba sobre este espacio cuando fue redactado el Plan General de Ordenación Urbana a cargo de del arquitecto y urbanista zaragozano Emilio Larrodera, quien también había intervenido en los planes de ordenación de Madrid (1963) y Huesca (1958).

En plena época del desarrollismo se apostaba por una ciudad que demandaba un mayor espacio para la circulación de vehículos a motor. Eran tiempos en los que las urbes se adaptaban a la nueva era del automóvil y la industrialización de la capital aragonesa demandaba nuevas soluciones para dar cabida a un número creciente de habitantes.

El plan de Larrodera desterraba antiguas aspiraciones, como la de ampliar el paseo de la Independencia hasta el Ebro, ya planteado en el siglo XIX, que amenazaba la estructura romana del Casco Histórico y varios edificios de importante valor arquitectónico.

Sin embargo, incluía la creación de la Vía Imperial, una avenida que uniría el recién inaugurado puente de Santiago (1967) con la puerta del Carmen. Para ello, se echaría abajo la manzana de casas ubicada entre las calles Cerdán y Escuelas Pías –en el tramo de la actual avenida de César Augusto- y también se derribaría el Mercado Central, sustituyéndolo por un centro comercial de menor tamaño en el emplazamiento histórico junto la plaza de Lanuza.

En la década de los 70, el plan seguía su curso mientras la Asociación de Detallistas pugnaba por mantener en pie el Mercado Central, no solo por ser fuente de trabajo, sino porque también actuaba como regulador de precios en la zona, además de la importancia arquitectónica del edificio de piedra, hierro y cristal proyectado por Navarro.

Al mismo tiempo, los bajos del Mercado Central quedaron vacíos por la marcha de los mayoristas a Mercazaragoza, donde comenzaron a operar a partir de 1972. Los sótanos fueron utilizados a partir de entonces por diversos colectivos culturales, sociales y políticos.

La Asociación de Detallistas puso en marcha una campaña de firmas para pedir que el edificio del mercado fuera declarado Monumento Histórico Nacional y evitar así su cierre. El Ayuntamiento de Zaragoza les instó a formular propuestas concretas o en serie respecto a la remodelación del Mercado de Lanuza pero el 31 de diciembre de 1975 se cumplía el último plazo de las concesiones a los detallistas –el Mercado Central contaba entonces con 300 puestos-.

Solicitaron una prórroga de seis meses pero solo les dieron tres. “La peor manera de vivir es vivir a plazos, -declaraba el entonces presidente de la Asociación de Detallistas, Lázaro Soler-. Estamos dispuestos a ofrecer al Ayuntamiento la remodelación del mercado, respetar la actual estructura y poner al día todos los servicios, con garantías para 50 años. En una palabra, vamos a crear el mercado del año 2000”.

En 1975 se había creado la Asociación de vecinos Lanuza Casco Viejo, que apoyó a los detallistas del Mercado Central y se sumó a la campaña de firmas, en la que decenas de miles de ciudadanos colaboraron para que este espacio no fuera derribado.

No corrió la misma suerte la manzana de casas entre las calles Cerdán y Escuelas Pías, que a finales de de 1977 ya había desaparecido. Finalmente, las movilizaciones ciudadanas dieron sus frutos. El 22 de octubre de 1982 el Mercado de Lanuza fue declarado Monumento Nacional, figurando en el Plan Especial del Casco Histórico.

Textos: Pedro Zapater
Vídeo: María Ordovas
Fotografías: AHMZ, DARA, Archivo Heraldo