La saga Gadea

Una historia de amor que se repite


Han pasado 66 años pero José Gadea recuerda aquel momento como si hubiese sucedido ayer. Él tenía 19 años y estaba tumbado debajo del camión, engrasando las crucetas con una bomba de mano. Por aquel entonces, trabajaba como transportista con su padre y fue allí, junto a la Posada de Las Almas, donde un mayorista amigo de la familia les dijo que había cogido un puesto en el Mercado Central y les preguntó si les interesaba hacerse cargo. “Mi padre me preguntó ‘Pepe, qué hacemos’, y al final decidimos que ‘pues venga'”, resume ahora José, ya jubilado y habiendo cumplido los 84 años.

Así que la familia Gadea cambió de oficio y tres de los cuatro varones de la familia se metieron a trabajar en el mercado: José, su hermano Enrique -que tenía 16 años-, y su padre, también José. Pedro y Rosa, los otros dos hermanos, eran todavía demasiado jóvenes y se incorporarían más tarde. Y así empezaron, vendiendo bacalao a trozos en un primer momento y añadiendo después, poco a poco, los encurtidos y las conservas por los que a día de hoy siguen teniendo fama.

La saga Gadea

Los inicios no fueron nada sencillos. José cuenta, por ejemplo, la agilidad mental que se veían obligados a desarrollar por aquel entonces todos los detallistas del mercado. Las básculas eran de aguja y había que ir registrando cada producto en la cabeza y sumando sobre la marcha: “El problema estaba cuando en vez de un cuarto de kilo de algo te decían ‘ponme ese trozo de bonito’ y el pedazo en cuestión pesaba 113 gramos”, recuerda ahora divertido. Luego llegaron las básculas digitales y la cosa cambió… pero José asegura que aún conserva intacta su habilidad con los números.

Respecto a la logística, también dista sobremanera de la de hoy. “Hasta los pepinillos llegaban salados de La Rioja y teníamos que desalarlos nosotros antes de ponerlos en vinagre”, cuenta. Además, recuerda que había productos que les llegaban en carros de caballos o que tenían que transportar en carretas con ruedas de mercado hasta un pequeño almacén en la calle de San Pablo. “Empezábamos cada mañana a trabajar a 5.30 y metíamos una cantidad de horas…”.

El primer puesto de la familia Gadea en el Mercado Central

El primer puesto de la familia Gadea en el Mercado Central

El roce hizo el cariño

Como pasaban el día entero en el mercado, no extraña que conociese allí a la mujer con la que más tarde formaría una familia. Los Gadea tenían un puesto privilegiado: circular y en el centro del edificio. Desde allí, José hijo veía cada mañana pasar a Pilar Soler, la hija de una familia de fruteros. “Los Soler vivían en la calle de Casta Álvarez y tenían el puesto detrás del nuestro, así que ella cruzaba todos los días por donde estábamos nosotros”, relata Gadea. Durante mucho tiempo, su relación se limitó a la mirada y el “buenos días” de cada mañana.

“Un domingo nos invitaron a varios a pasar el día a una finca en Garrapinillos y ahí ya comenzamos a hablar. Nuestros padres tenían amistad así que pronto formalizamos la relación y luego nos casamos”, relata él mientras ella le chiva de fondo algún detalle que se le escapa. La unión familiar ya estaba hecha, pero la empresarial no llegó hasta la reforma del 86, cuando los hermanos Pedro y José (los dos que habían seguido al frente del negocio tras jubilarse su padre) decidieron continuar por separado y optar a un puesto cada uno. Entonces, Pilar cambió las frutas por el bacalao y se instaló con su marido tras el mostrador número 20 del Mercado Central.

La saga Gadea

José y César Gadea en su puesto tras la reforma del 86

Aquel cambio de puestos hizo que el de encurtidos y conservas de los Gadea cayese más cerca del de la pescadería Uribarri y la historia acabó por repetirse. Su hijo, César Gadea, y Gloria, la de los pescaderos, se enamoraron entre saludo y saludo y cliente y cliente.

José y Pilar se jubilaron hace ya veinte años y César y Gloria cogieron el testigo. Además, se presentaron juntos al concurso del Ayuntamiento y están dispuestos a seguir en el Mercado Central tras la reforma y a mantener por muchos años más la tradición familiar del bacalao y las conservas.

Respecto a la reforma, el patriarca actual de los Gadea coincide con su hijo en que la lonja necesita adaptarse a los tiempos que corren. Durante años, fue testigo de cómo cada pequeña mejora revolucionaba por completo el oficio de los detallistas así que está convencido de que el cambio será para mejor.

La saga Gadea

César Gadea en su puesto actual del Mercado Central

Textos: Pilar Puebla
Fotografías: José Miguel Marco, familia Gadea