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ESPAÑA Y MUNDO: incertidumbres a las puertas de una nueva época

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Aunque las peores consecuencias de la pandemia ya han pasado, las incógnitas no dejan de acumularse. los comportamientos sociales exigidos por la covid-19, como l0s que provoca el cambio climático, operan como motores de una transformación general

Son malos tiempos para la prospectiva. La pandemia cursa con altibajos en su incidencia y con amenazas de nuevas variantes como ómicron, algo previsible en un proceso de este tipo, pero eso no evita el vértigo incluso desde la convicción de que nos encontramos en una etapa de remisión del virus. Los efectos de la covid-19 se mitigan pero no la incertidumbre, que mantiene su vigor e incluso se refuerza en el simple transcurso de un tiempo oscurecido por la experiencia común, y hasta cierto punto insólita, de la pandemia.

Adentrarse en esas circunstancias en especulaciones sobre el futuro debería ser poco más que un ejercicio cauteloso de voluntarismo. La aceleración de acontecimientos no hace sino confirmar el magro alcance que podría tener hoy un borrador detallado del año que empieza. Nunca gozó el mundo de garantías sobre su propio discurrir, pero si alguna vez hubo cierta controversia por determinar si la futurología es una ciencia o un arte, hoy ese debate ya no existe.

«Cada época sueña con la siguiente, la crea mientras sueña ¡futuro!, ¡futuro!», escribió en 1839 el historiador francés Jules Michelet. Walter Benjamin hizo célebre la frase al citarla en el siglo XX y añadió que también cada época «soñadoramente apremia su despertar». Todo ello encaja bien en el análisis de lo que probablemente son los confines de una etapa, un presente que dibuja, con altibajos similares a los que ofrece una pandemia –y con contradicciones también– lo que no es sino un cambio de época.

Sus ejes están trazados en los grandes conceptos de la globalización: las migraciones, el medioambiente, las identidades culturales o el transhumanismo. Alrededor de ellos gravitan tanto el impulso del papel de la mujer como la digitalización y el avance tecnológico, asuntos estos transversales sobre los que se sustenta la transformación del paradigma social.

Sobre todas ellas, el cambio climático es la cuestión que concita las principales urgencias. Según estudios avalados por Naciones Unidas, el mundo se encamina hacia la catástrofe con la elevación general de la temperatura en 2,7 OC. La reiteración de mensajes apocalípticos ha generado cierta mala conciencia global en pugna con enormes resistencias y en ellas subyacen los equilibrios de la geopolítica, que incluyen intereses económicos y sociales que requieren atención. Lo cierto es que las soluciones, como ocurre con la pandemia, solo pueden ser globales para ser efectivas. No existen alternativa a eso.

De ahí que el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, convertido en Papa laico que da voz a esa mala conciencia, ha apelado a «cambiar el rumbo», sin mucho éxito. China, por ejemplo, va a seguir construyendo centrales de carbón hasta 2025. Los resultados más bien decepcionantes de la reciente cumbre COP26 de Glasgow no pueden ser una sorpresa para nadie, aunque los compromisos alcanzados aporten intensidad al pulso de una cuestión ya primordial en la agenda internacional.

Guterres también ha llamado a los grandes líderes del mundo a «despertar», que es una de las premisas ante una nueva época. Que esta cuestión es un pilar en el sueño de esa nueva época es algo que se explica en la base de la política medioambiental, que consiste en el planeamiento de transiciones, en la fijación de calendarios que transformen la realidad no solo a través del abandono de ciertas formas de energía sino por algo aún más ambicioso: la modificación de comportamientos colectivos.

Este es otro punto en común con la pandemia. Pero mientras esta se percibe aún en general como una desgracia, el cambio climático ya es interpretado como una responsabilidad del ser humano. Siempre ha habido crisis, como siempre ha habido hambre en el mundo, pero su explicación, que históricamente se atribuía a una divinidad o a las fuerzas de la Naturaleza, se ha modificado en el contexto de la secularización de la sociedad moderna. Lo que antes parecía inevitable se transforma, acompañado por movimientos sociales, en intolerable.

La erupción del volcán de La Palma resulta en este sentido otro sorprendente desafío a los estándares de la modernidad. Las erupciones volcánicas son constantes en el mundo pero, aunque conozcamos bien sus causas, representan un recordatorio de la incapacidad humana, de la desgracia tan inevitable como ancestral. Tal vez por eso el fenómeno ha logrado escapar de la siempre agria batalla política española. No es un dato menor en un país transido por la convulsión.

La política como pasatiempo

Resulta interesante la reflexión del joven periodista estadounidense Ezra Klein, autor de ‘Por qué estamos polarizados’, en el sentido de que «la mayoría de quienes siguen la política lo hacen como pasatiempo; como seguirían un deporte o un grupo de música». No cabe duda de que el enfrentamiento político y la competición que implica pueden ofrecer atractivos comparables a los de algunos grandes duelos futbolísticos. Y esto no solo ocurre con lo obvio, como las próximas elecciones que han de celebrarse en Andalucía, también por ejemplo la guerra de liderazgos en el seno del PP genera pasiones que lindan con lo deportivo o con el fanatismo que provoca una gran artista de la canción.

No es realista desvincular la ideología de un partido del liderazgo personal, como parece pretender Pablo Casado cuando critica los personalismos. Y ahí está Yolanda Díaz, dentro del proceso de descomposición de lo que se llamó nueva política, para contradecirle con la creación de una plataforma que se fundamenta, tras la retirada de Pablo Iglesias, no en nuevas ideas sino en las figuras y estilos personales de un puñado de mujeres.

Pedro Sánchez afronta este nuevo año con la convicción de que se abrirán más brechas con su socio de gobierno, Unidas Podemos. Pero no es probable que eso lleve a adelantar las elecciones porque, como dice Mariano Rajoy con respecto a la crisis entre Casado y Díaz Ayuso, la sangre no llegará al río. La perspectiva de conflictos ha llevado, sin embargo, a acelerar varios proyectos legislativos a finales de 2021. Decidido, según dijo en el congreso del PSOE en octubre, a dar una nueva pátina socialdemócrata al partido, el presidente del Gobierno ha tenido que recurrir a más concesiones a formaciones soberanistas como Bildu o ERC para salvar sus Presupuestos. La pretensión de normalizar esas relaciones seguirá siendo un grave obstáculo para la credibilidad de un mensaje de moderación.

Es probable que la estrategia de Sánchez desemboque en forzar una voladura controlada de sus actuales pactos antes de las elecciones, previstas para finales de 2023, y que eso tenga el efecto deseado de reforzar una posición de mesura y de liderazgo como hombre de Estado responsable. Y no hay que descartar que esas tensiones provengan finalmente de la mesa de diálogo abierta en Cataluña.

Es Francia la que tiene pendiente, ya en el próximo mes de abril, una gran cita electoral en la que Emmanuel Macron se juega seguir en la presidencia de la República. Esto tiene una trascendencia especial para el futuro de la UE una vez se ha producido la anunciada marcha de Angela Merkel en Alemania. Olaf Scholz garantiza el mantenimiento del consenso europeísta pero aún es una incógnita en Francia, donde Marine Le Pen ha llegado a liderar las encuestas, si bien antes de que el polemista de ultraderecha Eric Zemmour saltara a la carrera electoral.

Las interferencias rusas planean de nuevo sobre estos comicios. Rusia no renuncia a su papel influyente en el mundo, lo cual pasa por el objetivo de debilitar a la UE. Ya no es una potencia económica relevante (su PIB es similar al de Italia) pero sí lo es estratégicamente, sobre todo para el norte y este de Europa mientras lo siga siendo el gas importado a través del gasoducto North Stream. Es, de nuevo, la geopolítica de la energía que tiene en Oriente Medio y el petróleo su exponente clásico y que ha cobrado una gran importancia para España a raíz de la crisis entre Marruecos y Argelia.

La incertidumbre se incrementa para España en virtud de la fragilidad de un ‘statu quo’ en el que Rabat mantiene una posición de fuerza a través de su política –y su artera conjugación con una no política– migratoria. Cualquier acontecimiento puede servir de detonante para una crisis como la que sacudió en 2021 la ciudad de Ceuta tras la torpe gestión de la entrada de Brahim Gali a España. La clave de bóveda de la política exterior marroquí es la soberanía del Sahara, reconocida ‘de facto’, y cualquier avance en esa cuestión lo es también para la incorporación de Ceuta y Melilla y las plazas de soberanía norteafricanas, puesto que ellas pasarían a ser el foco de su reivindicación una vez se produjera la plena integración del Sahara.

Felices a pesar de la covid

España subió tres puestos en el índice de felicidad de 2021, hasta ocupar el 24 mundial. El ranquin lo publica la Red para el Desarrollo Sostenible con datos de una encuesta de Gallup y con el apoyo de Lloyd’s Register Foundation. El informe, que está elaborado por expertos independientes, se basa en estadísticas como el PIB y la esperanza de vida o en aspectos más difusos como la generosidad, la libertad o en cómo afecta la corrupción a cada persona. Finlandia repitió en el primer lugar de la lista seguido de Islandia y Dinamarca. Los datos se acompañaron en esta ocasión con referencias a la respuesta a la pandemia. España se destacó como uno de los países con más mortalidad y con peores números de rastreo y seguimiento, junto a Italia o el Reino Unido y registró un índice de contundencia de 25 en sus acciones ante los primeros 1.000 casos, mientras que países asiáticos como Hong Kong llegaron a 70.John Helliwell, profesor de la Universidad de Columbia Británica y uno de los autores del informe, explicó que «sorprendentemente, no hubo, en promedio, una disminución en el bienestar cuando se midió por la propia evaluación de la gente de sus vidas». Como posible explicación, Helliwell apuntó que «la gente ve la covid-19 como una amenaza externa común que afecta a todos y esto ha generado un mayor sentido de solidaridad y compañerismo».

PRESENCIALIDAD DE ESTADOS UNIDOS

El trumpismo ha tenido como efecto un repliegue internacional de Estados Unidos, que Joe Biden ha preferido no corregir del todo. La razón estriba en una convicción mayoritaria entre los estadounidenses de que las nuevas amenazas requieren concentrar fuerzas y ya no es posible estar en todos sitios como ha ocurrido hasta ahora, en lo que ha sido una concepción arcaica de la dominación y la influencia, apenas diferente a la que tuvo Alejandro Magno en el siglo IV antes de Cristo. Es en el fondo una derivada más de la remisión de la presencialidad, que no se limita al teletrabajo, por la que camina nuestra época.

Es en este contexto donde China trata de imponerse como la ‘potencia indispensable’, con un gran incremento del gasto militar pero también con una enorme proyección de su influencia mundial, aunque lastrada por no haberse erigido aún en potencia naval, centrada en las disputas en el tensionado mar de China, ni en el ciberespacio. Bajo Xi Jinping, recién consagrado como líder supremo por el Partido Comunista, vive hoy China una etapa de autoconfianza y de gran desarrollo en infraestructuras.

El profesor Graham Allison ha recopilado ejemplos históricos para anunciar la inevitabilidad de un conflicto bélico entre Estados Unidos y China en lo que ha llamado la trampa de Tucídides, que narró la guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas. Allison lo explica en términos casi geológicos en el «estrés estructural» que supone la amenaza de desbancar a una superpotencia y avisa de que entonces «incluso focos ordinarios de tensión en asuntos internacionales pueden desencadenar conflictos a gran escala». Esos conflictos, de hecho, se está librando ya. Si no los percibimos como tales es porque no responden a los cánones conocidos. Son sutiles y eluden las evidencias que implica la presencialidad. Esos son hoy los principales campos de juego en los que se mueve el poder. Definen una nueva época incierta en la que es difícil establecer límites concretos. Exactamente igual que lo que ocurre en los sueños como los que, según Jules Michelet, acompañan a cada época y conforman la siguiente.