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UN AÑO de la covid-19 en aragón

De cómo la cultura, en tiempo de pavor y desgarro, se volvió imprescindible

Seguimos en una época de incertidumbre absoluta, en ese peldaño en que no sabemos si nos lleva a la desescalada o a un nuevo laberinto de oscuridad.

Una año de la covid-19 en Aragón. Cultura.
La impresionante manifestación de 'Alerta roja', la concentración de técnicos de sonido, luz y vídeo.
Toni Galán.

La pandemia nos cogió desprevenidos, incluso en un sentido semántico. Tuvimos que acudir al diccionario y a los filólogos para ver por qué no era epidemia y sí pandemia, y descubrimos ciudades remotas en China como Wuhan e incluso supuestas conjuras auspiciadas más por la fatalidad que por espíritus maléficos. Otro término que se hizo visible fue vulnerabilidad: el hombre moderno, inmerso en la vorágine incesante de las nuevas tecnologías, sucumbía a un virus que podía ser letal. Parecía un relato universal de infamia y ciencia ficción. Y lo sería.

La primera ola de la covid ya estaba en marcha, y el planeta, incluso el de los descreídos, empezó a mirar atrás: hacia Boccaccio y ‘El Decamerón’, hacia Shakespeare, que redactó al menos un par de piezas memorables mientras la peste golpeaba su puerta. Y empezamos a pensar en metáforas literarias o cinematográficas: entre otras, ‘La peste’ de Albert Camus, ‘El amor en tiempos del cólera’ de García Márquez o esos cuentos sin salida de Javier Tomeo. O incluso ‘El ángel exterminador’ de Luis Buñuel, que no solo es un cineasta surrealista o inmerso en una tradición claramente hispánica, sino que también es el poeta del enclaustramiento y de lo irracional. Y para redondear el estupor general, y el miedo, y el avance de la muerte, que también causó y sigue causando sus estragos, volvimos a Franz Kafka, que sirve para un roto y un descosido por su condición de visionario. Se desplegó vertiginosamente el mundo absurdo y feble en el que vivimos. Y aparecieron otros vocablos, entre ellos un sueño en lontananza: la nueva normalidad. Y desescalada. Nos cambió la vida en semanas y reaparecieron terrores antiguos, casi cósmicos. Y a la vez se multiplicaban los incrédulos o los rebeldes que no estaban dispuestos a renunciar a hábitos que debían interrumpirse por la integridad general.

La pandemia paralizó el mundo. Y activó el pensamiento, la necesidad de entender tanto estupor. El virus confinó a la gente en su casa, mandó a muchos trabajadores al paro o al ERTE y puso a la sociedad patas arriba en todas sus estructuras y proyectos. La gestión de la pandemia hizo correr ríos de tinta y se observó algo desconcertante y muy literario: a nuestros políticos parecían preocuparles más los pequeños enconos y reducir el protagonismo del adversario que el bienestar general. Y las diferencias se exhibían como lanzallamas. El cuento de nunca acabar, incluso en los estados de mayor desamparo. Esa situación generó sufrimiento y descontrol: la fragilidad social era mucho mayor. ¿Qué gestor público se dedicaba a sumar? También es cierto que la experiencia de un hecho así quedaba lejana, y no era fácil acertar a la primera.

Fernando Simón, el héroe tranquilo del virus, el orador un poco melancólico de la peste, ese Bartleby suave pero también pugnaz de Caspe, intentó mantener la calma y no dejarse llevar por los vaivenes de la opinión pública. Se convirtió en todo un personaje, digno de películas, novelas o cómics. No está claro si era el héroe sensato o el lugarteniente apacible de Salvador Illa, el ministro que siempre estuvo allí.

Heridas, incidencias y aforos

El sector cultural recibió la herida en todos sus poros, flancos y disciplinas. Con la misma saña que otras ocupaciones o empleos. Primero fueron suspensiones, aplazamientos o cambio de programación, luego reducción de aforos, recortes de ayudas o retraso burocrático de otras. Mientras, todo el mundo, como si hubiésemos olvidado que en la red lo tenemos todo, incluso lo que no nos atreveríamos a soñar, empezó a mostrar su solidaridad de forma hiperactiva: cantando canciones, leyendo poemas y fragmentos de libros, dando charlas, recomendando libros u ofreciendo conciertos múltiples simultáneos. Pareció el tiempo del frenesí, de la solidaridad y de cierto narcisismo. Pero también la cultura fue la mejor terapia, el manual imprescindible de emoción y supervivencia.

El coronavirus evidenció y aceleró las posibilidades de la red. La invención al poder. Y eso se mantuvo con un fervor que casi desconcierta. En ese mercado libre e incesante de internet y adláteres, se vio todo. La imaginación saltaba por el aire en cualquier rincón. El patrimonio cultural, enlatado o a un solo clic, se reveló no solo infinito, sino apabullante. La caja que se desborda con sus mil tesoros. Tenemos lo que queramos al alcance de las manos o de los sueños; encerrados en casa, confinados, hemos aprovechado para leer más que nunca (las cifras siguen creciendo), para oír música en todas las plataformas, para escribir de todo (diarios preciosos como el de Jordi Doce, novelas como ‘Aislada’ de María Zabay, quizá manuales de pensamiento como Slavoj Zizek, Jordi Carrión, Daniel Inneratity, por citar algunas cosas; Irene Vallejo ganó adeptos y lectores de manera increíble para ‘El infinito en un junco’), para ver cine y series, para visitar virtualmente museos, galerías, para recuperar los choques míticos del deporte. Y a la vez nos instalábamos en una sensación un tanto apocalíptica.

Los problemas más graves se revelaron de inmediato: se cerraron teatros y cines, se dejaron de hacer montajes; a las salas de conciertos les pasó lo mismo. Y a las galerías y museos. El parón se extendió a todos los sectores. En 2020, hasta prácticamente finales de año, no hubo ni Día del Libro ni ferias del libro en la calle; la Feria del Libro de Aragón de Monzón se cambió y fue a un lugar no precisamente acogedor ni cálido, el Salón del Cómic de Zaragoza se suspendió. Una oleada de SOS y de protestas se trasladó a las instituciones y a la calle. Las medidas de urgencia tardaron en llegar.

Durante un tiempo desaparecieron los espectáculos en vivo, las presentaciones de libros (que aún no han recuperado su normalidad) y eventos cinematográficos como el ciclo ‘La Buena Estrella’ pasaron al formato telemático

En Aragón se convocaron ayudas directas y extraordinarias, y llegaron en diciembre de 2020 y enero de 2021 cuando casi todos los sectores se desangraban. El empobrecimiento fue profundo y dramático, paralelo a otros sectores sociales. Durante un tiempo desaparecieron los espectáculos en vivo, las presentaciones de libros (que aún no han recuperado su normalidad) y eventos cinematográficos como el ciclo ‘La Buena Estrella’ pasaron al formato telemático.

Algunos sectores se sintieron especialmente desatendidos y trasladaron su denuncia a la calle. Como fue el colectivo Alerta Roja, con un manifestación en la plaza del Pilar que pasará a los anales de la puesta en escena de la protesta con 400 efectivos. Este sector, que abarca a tantos profesionales, de iluminación, vídeo y sonido, ahondó en la magnitud de la tragedia: la covid-19 había dejado a muchos colectivos al borde del colapso. Desde Aragón se recordó que este sector de los espectáculos y los eventos agrupa en España a profesionales y empresas con un impacto directo del 3,8% en el PIB y cuenta con 700.000 puestos de trabajo directos.

La brecha no dejaba lugar a dudas: en 2019 se programaron más de 2.000 espectáculos y en 2020 alrededor de 500 tan solo. Esta cifra es un síntoma. La manifestación del 17 de septiembre de 2020 con las ‘flightcase’ fue la demostración de que la situación se había vuelto insostenible. «Llevamos seis meses en silencio. No tenemos nada que celebrar», ese titular definía la situación desesperada. Para este colectivo la situación no ha mejorado. Vive una amputación de la alegría.

El cine ha tenido grandes éxitos y colapsos. Natalia Moreno, Isabel Peña, Gaizka Urresti encarnan el triunfo previo a la pandemia. El caso de Pilar Palomero es impresionante: ha firmado una película, ‘Las niñas’, que también tiene lo suyo de clausura, pasillos, secretos y misteriosos teléfonos, que ha triunfado en Berlín, Málaga, los Forqué, los Feroz y los Goya, y nos ha descubierto a una mujer sutil que sabe hacer poesía, indagar en la psicología y afrontar el compromiso social. Entre los colapsos, se cuentan la suspensión de los festivales de La Almunia y de Fuentes, y el desarrollo a medio gas del Festival de Cine de Zaragoza, en su 25 aniversario. Se interrumpió el rodaje de ‘La estrella azul’, el proyecto de Javier Macipe sobre Mauricio Aznar. En la segunda ola se relajaron las medidas restrictivas y se abrieron algunos teatros. Se pasó del 25% al 50%, y se recuperó levemente el sector. Han cambiado muchos hábitos, se han perdido públicos, no solo por la capacidad sino por temor a los lugares públicos, pese a la insistencia de que «la cultura es segura». Seguimos a medio gas, con hogueras encendidas por doquier, con los gritos más apagados tal vez, pero con un idéntico desgarro.

El entusiasmo inicial de resistencia se ha mitigado, y a veces parece que el virus y su expansión nos hubiera domado de algún modo. La pandemia se ha llevado a mucha gente. También a los creadores; entre ellos Joaquín Carbonell, que vivía una segunda juventud y había celebrado medio siglo en la música: con humor, talento y buenas canciones. Hasta su homenaje en la Sala Mozart fue aplazado. Tras los tres oleajes del coronavirus, estamos en una época de incertidumbre absoluta, en ese peldaño que no sabemos si nos lleva a la desescalada o a un nuevo laberinto de oscuridad.

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