Fernando Arcega, una cuestión de altura

Los años 80 fueron la década dorada del baloncesto aragonés. Fernando Arcega fue una parte muy importante en la consecución de este éxito. ‘El abuelo’, como se le conoce en Aragón, siempre será recordado como el capitán y el estandarte de un equipo y de su tierra. Hoy, con la temporada de baloncesto a punto de comenzar, los aficionados sueñan con repetir triunfos pasados con el Tecnyconta Zaragoza que esta semana jugará su primer partido oficial frente al Kirolbet Baskonia. Con Hyundai, recorremos los lugares donde Arcega descubrió la pasión que más tarde le haría brillar.

Una infancia marcada por el deporte

En el número 8 de la calle Barrio Alto, en Ainzón, en casa de Carmelo y Juana Antonia, los abuelos paternos de Fernando Arcega, los cristales que daban a la pequeña cocina de su casa duraban lo mismo que un caramelo en la puerta de un colegio. Con más frecuencia de la deseada, la pequeña ventana se convertía en una improvisada canasta de baloncesto donde Fernando y sus amigos, Carlos y Alberto, ensayaban los pases que antes habían visto por televisión. Muchas veces, la pelota entraba con tanta intensidad que el frágil cristal se hacía añicos y los chicos volvían a casa antes de la hora prevista.Varias décadas después, su prodigiosa memoria le sirve para hilvanar estos recuerdos y piensa con cariño en esos veranos eternos en los que las pelotas, ya fueran de frontón, de baloncesto, de voleibol o de fútbol, marcaron su infancia. “Siempre he sido muy deportista, me gustaban todas las especialidades que veía en la televisión. Pero no me conformaba con verlos, también me gustaba practicarlos con mis amigos”. Y prueba de ello son las improvisadas contrarreloj que programaba y en las que participaba con su vieja bicicleta por las calles del pueblo así como los partidos de tenis que organizaba en el jardín del bloque de viviendas donde vivía.

Fernando recuerda que el baloncesto llegó a su vida por casualidad, movido por la curiosidad de ver al equipo femenino de su pueblo: unas jóvenes pioneras “que se dejaban la piel en la cancha con unos balones malísimos”. Ellas fueron sus primeras entrenadoras aunque en aquellos años lo que a él le gustaba de verdad era jugar al frontón. Era pareja de su amigo Carlos y practicaban todos los días después de salir del Pomillo, su colegio, donde cursó sus estudios en una clase mixta, la primera que hubo en el pueblo. Allí jugaban partidas interminables que le hacían llegar a casa con las manos ensangrentadas. Por eso, al preguntarle sobre las localizaciones donde tomar las imágenes que ilustran este reportaje, Fernando no lo dudó ni un minuto: el frontón. Nos dirigimos hasta esta localización a bordo del IONIQ Híbrido de Hyundai. Allí nos espera Fernando, pegado al muro verde y viendo jugar a dos niños de la localidad.

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Fernando sonríe al recordar algunos de esos golpes que lo convirtieron en un rival duro de batir. “Fernando era muy buen jugador de pelota mano. Era un zaguero zurdo y eso era muy extraño en un deporte donde a la mayoría de los zurdos intentaban reconvertirlos en diestros. Como les ganábamos a casi todos, al acabar la tarde terminábamos con la mano inflamada y teníamos que ir corriendo a la fuente para que nos bajara la hinchazón y no nos cayera una reprimenda en casa”, apunta Carlos Royo, su fiel amigo.

Con él, con Alberto y con sus hermanos también jugaba al hockey con un improvisado palo o emulaba a los nadadores más famosos en el río. “No había nada que se nos pusiera por delante. En el pueblo la vida se veía de otra manera. El contacto permanente con la naturaleza nos hacía ser mucho más independientes, más libres. Cuando acababa el colegio, las calles se convertían en nuestro lugar de exploración y también de aventuras”, recuerda el mítico alero.

Fernando nació en Zaragoza el 3 de septiembre de 1960, pero su infancia transcurrió entre su casa y la de sus abuelos, ambas en Ainzón y muy cerca de la fábrica textil Géneros de Punto Rosendo Mañas, donde su padre era el encargado en una empresa que proporcionaba más de 400 empleos directos y 2.000 indirectos, lo que la convertía en el gran motor económico de la localidad.

Pero la temida crisis hizo que la fábrica perdiera fuelle y los padres de Fernando, Ángel y Carmen, junto a dos de sus tres hermanos, José Ángel y Joaquín, se trasladaron a Zaragoza. Pero eso no le hizo olvidarse ni del paisaje ni del paisanaje de Ainzón y se mantuvo fiel a los amigos de toda la vida. “Fernando y yo solo fuimos juntos a clase medio año, cuando teníamos 8, pero a día de hoy puedo decir que es uno de los mejores amigos que tengo. Juntos hemos compartido muchos ratos, buenos y malos, solos o con nuestras familias. Ha estado presente en los momentos más importantes de mi existencia, a excepción de mi boda, que coincidió con la final de los Juegos Olímpicos de Los Angeles. Aquel día, Fernando no me vio vestido de novio, pero yo no me perdí ni una sola de sus jugadas, ví el partido antes de decir el ‘sí quiero’ a la mujer de mi vida, la madre de mis hijos, uno de ellos ahijado de Fernando. A su vuelta compartimos la alegría del triunfo, porque él nunca se olvidaba de hacer partícipes a sus amigos de sus satisfacciones y también de sus preocupaciones. Siempre ha sido una persona fiel a sus sentimientos, serio y comprometido, en la vida profesional y en la personal”, apunta Carlos.

Los que lo conocieron en su infancia también recuerdan que Fernando era un chico dormilón, al que casi siempre había que ir a buscar a casa porque se hacía el remolón entre las sábanas. Y algunos incluso creen que dormir tanto le ayudó a superar los dos metros de altura. Eso y la tortilla de dos huevos que todas las mañanas le hacía su abuela y que sustituía al vaso de leche.

Con esa energía en el cuerpo, no le dolían prendas cuando tenía que defender a sus hermanos o a sus amigos de rivales con más años que él.”Durante mi infancia, Fernando era mucho más que mi hermano mayor, era mi protector, porque yo era un trasto y me llevaba todas las broncas del mundo. Pero él siempre estaba ahí para dar la cara y ponerla en muchas ocasiones para defenderme”, afirma su hermano Pepe.

Casi cuatro décadas después, Fernando Arcega sigue siendo una persona muy querida y muy respetada en el pueblo, donde fue nombrado Hijo Predilecto, junto a su hermano, en un emotivo acto que él guarda en el cajón de los mejores recuerdos. En su Barrio Alto, Fernando sigue siendo el primogénito de Ángel y Carmen, el nieto de Carmelo y Juana Antonia, “un chico formal, muy responsable, y muy querido en el pueblo, donde sentimos sus triunfos como si fueran nuestros”, recuerda una de sus vecinas, mientras cuenta que todavía sigue metido en el viejo armario de sus hijos el póster de los chicos del baloncesto.

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Pase al éxito Reportaje Fernando Arcega

Por esa tortilla que le hacía su abuela, o por genética – “mis abuelos, tanto el de Borja como el de Ainzón, eran hombres de gran envergadura”-, Fernando Arcega alcanzó los dos metros de altura. Una talla que ya parecía predecir su futuro. Pese a esta distancia, siempre tuvo los pies sobre la tierra. Fue esa altura la que llamó la atención de José Luis Rubio, por aquel entonces presidente del C.N. Helios, quien no podría imaginar hasta qué punto aquel chico, alto y muy delgado, llegaría a ser uno de los grandes de este deporte y a convertirse en “un hijo deportivo”. Con apenas 16 años, Arcega se apuntó a una ‘Operación Altura’ que hacían en Helios destinada a encontrar jóvenes que pudieran llegar a formar parte del equipo. José Luis recuerda:“Tanto el entrenador de entonces, José Luis Ereña, como yo, vimos que en Fernando había futuro”. Con Fernando en el equipo, ya solo quedaba buscar la forma de potenciar el talento del joven. “Hay ciertas características intangibles que yo vi en Fernando, pero no podría decir cómo supe que tenía talento. Era algo innato. Arcega transmitía algo y también tenía dotes de liderazgo”, explica Rubio. El escritor Honoré de Balzac decía que “no existe gran talento sin gran voluntad” y, en el caso de Fernando Arcega, su interés, su esfuerzo y sus ansias de aprender superaban con creces esas capacidades naturales que le acompañaban desde que rompió los primeros cristales en casa de sus abuelos.

José Luis Rubio recuerda con cierta nostalgia cómo su ahijado deportivo progresó rápidamente. Y no lo hizo solo. Nada más llegar al club, Fernando Arcega conectó enseguida con uno de sus compañeros de equipo, Luis Estiragues. “Conocí a Fernando cuando él tenía 16 años y yo 18, y desde el primer día tuvimos una conexión muy especial. No sé si porque éramos los dos de Zaragoza o por qué fue, pero congeniamos enseguida y siempre compartimos habitación en los viajes de equipo”, detalla Luis. Cuatro décadas después, este vínculo se ha vuelto todavía más fuerte. Pese a su juventud, su amistad iba más allá del terreno de juego. “Éramos como Zipi y Zape… ¡pero mejor!”, recuerda divertido Estiragues.

Poco a poco, Arcega fue mejorando y destacando aunque para él, “el mérito siempre era del equipo. Nunca tuvo soberbia, pese a ser de los mejores jugadores”, comenta Estiragues. Las cualidades innatas, la humildad y la cabeza bien amueblada fueron las características que, según Luis, hicieron aún más grande a su amigo.

Fernando Arcega en un partido con el Helios Skol y con José Luis Rubio

Poco más de un año después de entrar en el equipo de Helios, Fernando dio un paso de gigante en su carrera deportiva: pasó a formar parte de la Selección Española Junior. En el aeropuerto, en el primer viaje que realizaba con el combinado nacional, conoció al que después pasaría a ser el tercer vértice de su amistad con Luis: Alberto Alocén. Un año después, en 1978, cuando Alocén y Arcega ya eran como uña y carne, ambos compartirían el éxito de conseguir la medalla de plata en el Campeonato de Europa Junior de Roseto. “Fue una experiencia brutal, teníamos un buen equipo porque ese año había una buena generación de jugadores, como Epi, Romay, Iturriaga… que después conseguirían la medalla de los Juegos Olímpicos”, explica Alocén, quien recuerda cómo los rusos les ganaros 104-100. “Peleamos mucho y fue un hito histórico con deportistas que después han hecho historia”, señala el ex jugador. Fue durante esta cita deportiva cuando Arcega recibió uno de los apodos que le acompañaría durante toda su carrera: ‘el abuelo’. “En Roseto nos daban una comida muy mala, todo remolachas y ensaladas –cuenta Fernando–. Entonces yo les decía a mis compañeros que ese apio que nos daban no valía para nada, que el que realmente valía era el de mi abuelo. Él tenía una huerta que estaba tan cerca de la carretera que cada vez que alguien pasaba por allí le quitaban un apio. Yo conté esa anécdota y no sé cómo la contaría que cayó tan en gracia que empezaron a llamarme ‘el abuelo’ pese a ser el más joven. El apodo pasó de la Selección Junior a la Sub 23 y hasta a la absoluta… y ya me quedé con el mote”. De este modo, Fernando relata divertido cómo la figura tan importante de su abuelo, del que heredó algo más que la altura, dejó tanta huella en él.

Tras el europeo, Alberto Alocén, animado por José Luis Rubio, fichó por el C.N. Helios. Así, Zaragoza reunía en un mismo equipo a tres jugadores cuya relación fue más allá de los límites de la cancha de baloncesto.

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El color que marcó su carrera

Los años 80 no fueron solo el momento en el que brillaron grandes artistas, como Michael Jackson o Madonna, o de la revolución de la moda y la música. Con esta época llegaron los años dorados del baloncesto aragonés y el apellido Arcega tendría mucho que ver en este asunto. En los inicios de la década, con el Helios Skol en la primera categoría, José Luis Rubio fundó el Club Baloncesto Zaragoza (CBZ) “para poder estar en la élite del baloncesto”. Con el tiempo, este equipo pasó a llamarse CAI Zaragoza, cuya capitanía ocuparía hasta su retirada Fernando Arcega, tras cerca de dos décadas siendo jugador del conjunto aragonés. “Su trayectoria está unida a la de este club, algo muy difícil ahora en el mundo deportivo. Arcega tuvo opciones de irse a otros equipos, pero siempre ha sido fiel a su tierra”, asegura su amigo Alocén. El éxito no fue fácil pues “renunció a muchas cosas por ser estandarte del equipo aragonés, y eso que Zaragoza es una de las plazas más duras con sus deportistas”, añade Luis. La pasión, esa que ya se revelaba en el pequeño Fernando cuando tenía ante sí una pelota de cualquier deporte, fue la clave para no despegarse de sus raíces. Una predilección que le marcó para toda la vida y que hizo del rojo el color de su bandera. La equipación de su amado equipo, que compartió con su hermano Pepe, lucía un tono carmesí tan intenso como el entusiasmo y la identificación de Fernando con su CAI. “Hizo crecer el baloncesto aragonés con jugadores de la casa, algo que le da mucho valor a los equipos”, añade Luis.

Fue con ese color y con ese club con los que hizo historia el 1 de diciembre de 1983 al obtener la Copa del Rey, la primera gran gesta que situó a Zaragoza en el mundo del baloncesto y abrió un camino de futuros éxitos. Fernando Arcega celebró la victoria con sus amigos del alma, aunque ya no compañeros de equipo pues estos ficharon por el Peñas Huesca, un gran rival del CAI, en el que desarrollaron la mayor parte de su carrera profesional. “Los partidos Peñas-CAI eran ‘a muerte’. Nunca conseguí ganar al CAI y eso que sí lo habíamos logrado con el Madrid, el Barcelona… Recuerdo hacer declaraciones tras los partidos bastante enfadado, contra el CAI y contra Fernando… ¡éramos los dos capitanes de nuestros respectivos equipos y amigos íntimos!”, relata divertido Alocén. Los piques en la cancha nunca pasaron factura a su amistad pues “sabíamos distinguir cuando estábamos en el terreno deportivo”, añade. Durante este reportaje, los tres amigos revivieron estas pequeñas disputas sobre el terreno del Pabellón Príncipe Felipe, una de las paradas obligatorias en este camino de leyenda, por ser el epicentro del baloncesto aragonés.

Fotos Fernando Arcega: Helios, España y Cai. Archivo Heraldo

El Peñas Huesca, y tantos otros, quizás nunca consiguieron ganar al por aquel entonces invencible CAI, en parte gracias al particular juego de Fernando. “A pesar de su altura, era un jugador muy coordinado –asegura Estiragues–. Eso le permitió la polivalencia de poder desenvolverse dentro y fuera del perímetro. Era rápido de pies y además, tenía un buen tiro exterior. Estas características lo hacían muy difícil de defender porque era totalmente impredecible”, comenta Luis. Alocén achaca a su amigo la creación de una valiente táctica reconocida a nivel nacional: la figura del 4 abierto, un pivot que sabe tirar desde fuera y que “ahora está muy de moda, pero Fernando fue un adelantado a su época”.

Las capacidades físicas no era lo único que hacía especial a Fernando: sobre el terreno de juego era listo y sabía leer muy bien el partido y los movimientos de los compañeros. No es de extrañar entonces que la Selección Española se interesara por él desde Junior, con los que obtendría la medalla de plata en Roseto. Después, ya en la máxima categoría nacional, Fernando Arcega sería parte de la mayor hazaña conseguida por el baloncesto español hasta entonces: la medalla de Plata en los Juegos Olímpicos de los Ángeles en 1984, un año después de haber estado en lo más alto con el CAI en la Copa del Rey. En ambas ocasiones, el color rojo marcaría el destino de Fernando.

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Hitos de su trayectoria

Paseando por las calles de Ainzón, Fernando rememora, con un tono melancólico, la victoria del CAI ante el Barcelona en la Copa del Rey de 1983. “Fue un momento histórico”, recuerda. “Nadie se imaginaba, ni incluso nosotros, que un equipo con tan poca trayectoria en la máxima competición pudiese arrebatarle una final al poderoso F.C. Barcelona. Además lo conseguimos en casa, ante nuestra afición. En mi opinión, ese día y ese título hicieron que hubiese un antes y un después en cuanto a la pasión por el baloncesto en Zaragoza”, explicaba Arcega en declaraciones a este medio en un reportaje que conmemoraba los 25 años de aquella primera gesta.

Ante un Palacio de Deportes lleno hasta la bandera, el CAI se enfrentaba al equipo azulgrana tras derrotar al Joventut en las semifinales. En estos momentos, el conjunto aragonés no había logrado todavía codearse entre los más grandes del baloncesto. Pero allí estaba. Se metieron en ese cuadro final del que salieron victoriosos y que después valdría para cosechar un gran camino de éxitos. El triunfo fue ajustado: 81-78, con un emocionante final que quitaba la respiración a todos los allí congregados. Fernando Arcega otorgó 10 de esos 81 puntos al CAI. Se configuraba así una hazaña que quedará para siempre grabada en la memoria de los aragoneses. Años después, en el 90, llegaría la segunda Copa del Rey, en un enfrentamiento contra el Joventut, “la niña de los ojos del baloncesto español” como le llamaba Fernando.

Primera Copa del Rey del Cai. Celebración Fernando Arcega

Estos triunfos a nivel nacional abrieron el camino a un equipo que había convertido a la capital aragonesa en una ciudad de baloncesto. De ello dejaron constancia en la Recopa de Europa de 1991, donde lograron llegar hasta la final. A punto estuvo el CAI de abandonar el sueño de rozar el cielo europeo, en parte debido al comportamiento radical de los aficionados griegos y al enfurecido ambiente de aquel encuentro. Finalmente, la victoria se les escapó entre los dedos, en favor de los vencedores, el Paok de Salónica (76-72). Una plata que supo amarga, pero de la que el equipo aragonés acabó reponiéndose.Pero los buenos recuerdos y los merecidos méritos copan el palmarés del baloncestista aragonés que recuerda “como si fuera una película”, el mayor logro del baloncesto español en su historia hasta ese momento: la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984, proeza de la que formó parte. “Fue una manera de reconocer a una generación que pisaba fuerte y que cambió el baloncesto”, cuenta Fernando. Juan Antonio Corbalán, Nacho Solozábal, José Luís Llorente, Josep María Margall, Juan Antonio San Epinafio ‘Epi’, Andrés Jiménez, Juanma Iturriaga, José Manuel Beirán, Juan Domingo de la Cruz, Fernando Romay, Fernando Martín y Fernando Arcega fueron las 12 leyendas que lograron la primera medalla olímpica del baloncesto español. Solo cedieron, el 10 de agosto de 1984, ante su último rival: Estados Unidos, con un equipo que parecía pertenecer a otra galaxia. El resultado fue lo de menos (96-65), pues este hito significó para muchos el nacimiento de una afición por esta práctica deportiva.

De su aventura en aquel olimpo de dioses, Fernando guarda especial recuerdo del desfile inaugural donde el conjunto español abandonó la formación establecida al ver a una famosa de la serie ‘Dallas’, “con la que queríamos fotografiarnos”, relata pícaro y divertido Arcega. “Teníamos 23 años, éramos muy jóvenes”, justifica. De aquellos juegos, Fernando no olvida cómo era habitual encontrarse con rostros reconocidos a nivel internacional por la Villa Olímpica, “algo que fascinaba al equipo”. Julio Iglesias y Plácido Domingo son otros de los nombres que Fernando recuerda de aquella época de la Selección Española, cuyos integrantes también “éramos la pera y llegaron a reconocernos más que a los jugadores de fútbol”, asegura, todavía incrédulo, Fernando.
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El norte de una gran familia

Antoine de Saint-Exupéry, el célebre autor de ‘El Principito’, decía que “el mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va”. En casa de los Arcega, esa máxima se hizo realidad el día que Fernando, después de varias semanas de dudas, decidió dejar la Universidad Laboral de Huesca, donde había empezado a jugar al voleibol, y volver a Zaragoza, con la mente puesta en una cancha de baloncesto. “Con 14 años, no sabes muy bien qué quieres hacer en la vida, lo que es mejor o peor para ti, pero la decisión de Fernando supuso un antes y un después para todos nosotros, a nivel personal y también profesional”, recuerda Pepe Arcega, el segundo de la saga, el hermano ‘trasto’, que recibió esta noticia con la mejor de las sonrisas. “Mi hermano del alma, mi confidente y mi defensor sin fisuras volvía a vivir conmigo y para mi eso era impagable. Luego me di cuenta de que cuando tomó la proa del barco del baloncesto nos marcó a todos, no solo en el terreno deportivo, sino también en la manera de enfrentarse a la vida, con valentía, honestidad, con respeto. Fernando fue, ha sido y es el norte de nuestra familia y lo es porque supo ver qué quería en la vida y cómo iba a conseguirlo”, asegura Pepe.

Ser el mayor de una familia de cuatro hermanos imprime carácter. Lo reconocen sus hermanos, su mujer Inma y sus hijos, Adriana, Claudia y Fernando, pero también lo reconoce el propio deportista quien asegura que siempre ha intentando ejercer de hermano mayor y digno heredero de su abuelo, un testigo que quiere ceder a sus hijos de quienes asegura que “llevan en la sangre la filosofía de trabajo de mi abuelo”. Para Fernando Arcega, la familia es su referente vital y es protagonista siempre de los días más felices de su vida como el de su retirada: “Fue un acto muy emotivo, con el pabellón Príncipe Felipe lleno de público. Allí José Luis Rubio recogía la elástica de manos de mi mujer, que entonces estaba embarazada de mi primera hija, Adriana”, recuerda.

En uno de mis partidos de baloncesto, estábamos en la final de un campeonato muy importante y la jugadora a la que yo defendía era muy buena, imparable. Ya no sabía que hacer para frenarle. Entonces, en el descanso subí a la grada y le dije a mi padre: “Papá, no consigo pararle, ¿qué hago?”. Y gracias a que seguí sus indicaciones, conseguí pararla. Para nosotros mi padre es un pilar fundamental. Nos ha enseñado a dar sin esperar nada a cambio. Él, junto a mi madre, son nuestro ejemplo de que con esfuerzo, constancia y trabajo se puede llegar muy lejos.

Adriana Arcega

Con su esposa, Inma Baraza, lleva toda la vida juntos. “Mi mujer y mis hijos son mi vida y mis padres fallecidos fueron el motor principal para que fuera consiguiendo las metas deportivas que me iba proponiendo”. Una declaración de principios que resume muy bien el papel que su familia ha jugado y juega en su día a día. A Inma la conoció hace casi treinta años y el principio de su relación no fue una escena de película. “La primera vez que vi a Fernando, él era ya una persona muy conocida a nivel deportivo. Hasta ese momento, yo siempre me había considerado una persona alta, incluso había jugado en el colegio al baloncesto, pero hablar con él me resultaba súper incómodo porque yo parecía una enanita”. Pero la altura no fue inconveniente para seguir saliendo durante cinco años y medio, hasta que se casaron en El Pilar, el 15 de junio de 1990.

Después llegó la retirada de las canchas de baloncesto y comenzaron a formar su propia familia. “Fernando siempre ha sido un padrazo, pero eso no quita que sea una persona muy exigente con el rendimiento de cada uno de ellos. Siempre ha estado muy pendiente de sus notas, de sus amigos y de sus actividades deportivas, aunque de la parte más doméstica decidimos que me hiera cargo yo, debido a sus compromisos laborales”, indica Inma, quien, con una sonrisa pícara, asegura que bebe los vientos por sus tres hijos.

Uno de los mejores recuerdos que tengo con mi padre cuando yo jugaba era que nos bajábamos a entrenar a la cancha que había debajo de casa y practicábamos nuevos movimientos, cambios de ritmo, etc. Solíamos terminar siempre jugando un 1×1 pero nunca conseguía ganar porque no me lo podía tomar en serio. Sin embargo, cuando se acercaba algún partido importante, era yo quien le pedía bajar a entrenar porque me ayudaba mucho. Gracias a esos entrenamientos, yo ganaba confianza, fuerza y técnica, así que jugaba mejor gracias a él. Además, en los encuentros, cuando algo no me estaba saliendo bien, o no me estaba esforzando suficiente (y yo era consciente), con mirar a mi padre me bastaba para ponerme a tope.

Claudia Arcega

El pequeño ‘Fer’ es el más parecido a él físicamente, aunque Claudia tiene su mismo carácter. Los tres han practicado o están practicando el deporte que convirtió a su padre en el referente de toda una generación: las chicas lo hicieron en el Mann Filter y ‘Fer’ entrena ahora en el Tecnyconta y sueña con jugar en la NBA. “Todos sabemos que es muy complicado. Él se esfuerza mucho y sigue al pie de la letra el mantra de su padre: ‘Todo se consigue con esfuerzo, lealtad, trabajo y respeto’, pero el listón está muy alto. Nosotros solo queremos que disfrute y lo que tenga que llegar, ya llegará”, apunta Inma.

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Hasta siempre capitán
Crónica partido de despedida de Fernando Arcega. Archivo Heraldo
Ficha del partido de despedida de Fernando Arcega.

La tarde del 13 de junio de 1996 es una fecha que Fernando Arcega no olvidará jamás. Sus equipos del alma, los que tantas alegrías y triunfos le habían dado durante su intensa trayectoria profesional, se enfrentaban para rendirle un merecido homenaje. El resultado fue lo de menos, el Amway perdió frente a la selección española por 74-87, pero ‘El abuelo’ nunca olvidará su primer y último enceste en este partido sorpresa en el que su hermano Pepe y otros muchos amigos pusieron toda la ilusión del mundo para que nada pudiera estropear un día tan especial.

“Fue algo que él no se esperaba. De hecho, lo llevamos engañado al Príncipe Felipe, donde lo metimos por la puerta de atrás directo al vestuario. Allí le dijimos un par de cosas, para que al menos supiera parte de lo que iba a ocurrir, pero fue toda una sorpresa con mayúsculas”, recuerda Pepe Arcega. Fue una jornada intensa, en la que todo el equipo zaragozano luchó de lo lindo para que Fernando, su eterno capitán, pudiera marcar el tanto con el que se despediría de su público. Ocurrió en el minuto cuatro cuando el pabellón estalló en júbilo cuando Alberto Angulo dejó solo a Arcega, y él, con su saber sobre las tablas, dejó su huella en el partido programado en su honor. Un minuto después, se paró el juego para que el eterno capitán se despidiera de todos y, en ese momento, fue sustituido por el que, a partir de entonces, tomó su relevo en el equipo: Lucio Angulo.

Aquel día, por la cabeza de Fernando Arcega pasaron muchos recuerdos, momentos históricos como la plata olímpica conseguida en la meca del baloncesto, gracias a aquel partido magnífico en semifinales contra Yugoslavia o la final contra la mejor selección universitaria de Estados Unidos; o el instante en el que, como capitán, recogió en Zaragoza la Copa del Rey de 1983. También pasaron otros momentos más duros, como las lesiones y sus cinco operaciones. “La más grave fue la del ligamento del tobillo. Casi con 34 años, se me vino el mundo abajo. Fue un gran sufrimiento físico, se me ha quedado grabada la soledad de la ambulancia y el dolor, el dolor siempre”, recordaba hace unos años.

Y el cénit llegó en el momento en el que, con todo el pabellón en pie, y las luces apagadas, Fernando apareció en el centro del escenario. La intensa ovación vino acompañada de un momento único: la camiseta con el número seis se izó hasta lo alto del techo, algo que no había ocurrido antes ni ha vuelto a ocurrir desde entonces. Con esta frase que lo resume todo, Fernando Arcega se despidió de su afición: “Me despido de las canchas, pero os llevaré siempre en mi corazón. Me habéis brindado la posibilidad de hacer algo sin moverme de mi tierra”, aseguró mientras se frotaba los antebrazos para aliviar los escalofríos del momento.

CRÉDITOS

Un especial de BLUEMEDIA STUDIO para Hyundai realizado por: Ainhoa Estaregui y Ana Esteban (textos y entrevistas), Beatriz Pitarch (fotografía), Cristina Guallar (diseño y gráficos), Rubén Torres (programación) y Mapi Rodríguez y Mª Carmen Ayala (documentación de HERALDO DE ARAGÓN). Proyecto: Fedra Valderrey.

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