50 aniversario: Zaragoza se adelantó al mayo francés del 68

Hace 50 años, por estas fechas, decenas de estudiantes universitarios parisinos dirimían el cambio de la sociedad en la que vivían a adoquinazo limpio, atrincherados en barricadas, tomando las calles e incitando a la huelga junto a obreros y partidos políticos. El famoso Mayo francés del 68.

Sonaban entonces por allí las tradicionales canciones de resistencia e himnos extraoficiales creados ad hoc para la revuelta, díganse especialmente, Gérard Manset, con ‘Animal on est mal’, y Jacques Dutronc, con ‘Il es cinq heures, Paris s’eveille’. También sonaban otras canciones menores, pero más explícitas sobre el combate de los estudiantes: ‘Guy Béart era el autor de À bas l’etat policier’ mientras que Evaristo lo era de ‘Révolution’ y ‘La faute à Nanterre’.

No fueron estas y otras, sin embargo, canciones que traspasaran fronteras. España, que a lo largo de los años sesenta había sido un gran receptor de canciones galas, hizo oídos sordos, o no las dejó pasar ni la censura ni las discográficas. Fueron absolutamente ignaras por aquí.

Y no solo las canciones de guerra, sino incluso los efectos inmediatos del mayo famoso. Aunque no se crea, los adoquines de la protesta no rebotaron en la piel de toro, por mucho que hoy se hable de aquel ‘santo mayo’ con una mitificación hagiográfica. Tirando en plan coña de esa palabra tan sobada en este tiempo por tertulianos y políticos, e intelectualmente ya abominable, el ‘relato’ no se cuenta tal como fue y se vivió: la escandalera gala incidió realmente poco, o muy poco, en la vida universitaria de nuestro país. Por una razón muy simple: porque aquí los estudiantes ya estaban enfrascados en la pelea, soliviantados desde varios meses antes, e incluso un par de años antes, frente al autoritarismo del Régimen, o sea, armando bulla en la Universidad y en las calles antes que los parisinos. En eso, aunque no se crea, especialmente las generaciones más jóvenes, y pese a que insólitamente los sesudos tratados sobre el tema no lo hayan recogido, nos adelantamos.

No es exagerado, por tanto, sino pura realidad, afirmar que, por ejemplo, Zaragoza se adelantó al mayo francés, que aquí la lucha contra la opresión y el cambio social floreció mucho antes que en París, aunque bien es verdad que no con la furia parisina, tal y como recordé hace unos días en una página completa del suplemento dominical del Heraldo y que aquí recojo de nuevo de forma algo más extensa. Lo viví muy de cerca: el álgido periodo del 67-68 fue mi primer curso universitario en la Facultad de Filosofía y Letras.

Escalinata de Filosofía y Letras. Foto fin de carrera. Premio para quien encuentre al ‘wally’ autor de este blog…

A las nueve de la mañana, el pequeño vestíbulo de acceso al hall de Filosofía y Letras ya estaba inundado de pasquines y cartelones de protesta. Amnistía, libertad estudiantes encarcelados, policía represora, universidad para el pueblo, abajo la dictadura… eran las agitadoras proclamas que básicamente llenaban las paredes de la entrada a una facultad de Letras, pese a ello, pacífica, con los estudiantes en clase, los pasillos desiertos, el bar del sótano tranquilo…, pero en latente efervescencia contestataria.

Jesús Membrado

Jesús Membrado

A las once de la mañana, se habilitaba o se ocupaba el Aula Magna, invitando amablemente al profesor de turno a volver a su despacho. Había asamblea de Facultad. Diversos cabecillas –allí estaba ya, entre otros, Jesús Membrado, luego gran pope del sindicalismo y del socialismo zaragozano- lanzaban las típicas arengas en consonancia con los carteles del vestíbulo. Una especie de liturgia agitadora diaria, en bucle, que era seguida por un aula a rebosar de estudiantes pero sin alboroto y sin apenas intervenciones, con aquellos estudiantes más espectadores que actores, en su mayoría aún indecisos aunque proactivos a la información y conscientes de que se estaba librando una batalla por la libertad y la caída del Régimen.


De allí se salía en dirección a las escalinatas de la facultad de Derecho donde se ubicaba el despacho del rector. Asamblea General. Decenas de estudiantes de todas las facultades, excepto de la de Medicina, que se ubicaba en la plaza Paraíso, llenaban escaleras y espacio delantero en un ambiente más combativo, aplaudiendo las intervenciones de los líderes cuando no abucheando sonoramente a un ‘social’ camuflado o a alguien que tomaba fotos a través de las cristaleras del primer piso.

Caldeados los ánimos, el paso siguiente era salir en manifestación hasta el paseo Fernando el Católico. Sin voces, sin gritos, incluso sin pancartas de cabecera y menos aún sin exhibición de carteles individuales, pero con los dientes largos, una nutrida columna de estudiantes enfilaba lentamente el paseo en dirección a Medicina, a la plaza Paraíso…

Cruce de Fernando El Católico con Avenida Goya. En la esquina, cine Gran Vía. Foto del Desván de Rafael Castillejo

Curioso: la fuerza pública no aparecía, ni interrumpía el paso de la cofradía estudiantil camino de la Facultad de Medicina. Pero, ¡ay, amigo!, de repente, de las ‘tocineras’ apostadas en el cruce con la avenida Goya, aún sin asfaltar, salía una parva de grises y empezaba la refriega: carreras, golpes, pedradas, sangre, detenidos, recule, refugio en los bares…

Cervecería Alemana. Foto: Gerardo Sancho. Archivo Municipal

La cervecería Alemana era escondrijo seguro y muy recurrido. Sí, era temerario, muy comprometido, meterse en el lío. No se trataba de una fiesta de sonrisas, con globos y lacitos, con la poli a lado, custodiando en plan fraternal la mani, tal que los bobbies ingleses. Meterse entonces de lleno en el ajo era prestarse a un golpe de porra, una herida o acabar en los calabozos de Comisaría. Por supuesto, exponerse a que el expediente académico quedase manchado y que la carrera universitaria se convirtiera para los restos en una valiente pero infructuosa carrera ante los grises. Eso, salvo los casos, que los había, que el insurrecto gozara de apellido ilustre o la familia tuviera buenas conexiones con algún gerifalte regimental.
Más divertido lo tenían las chicas de la residencia femenina ubicada sobre el cine Gran Vía: algunas presenciaban la fiesta desde los balcones, expuestas a que una volada de aire removiera sus faldas. La guasa popular enseguida encontró apodo a la residencia: ‘Villabraga’.

Era la rutina casi diaria en la Universidad de Zaragoza en el curso 67-68, tiempo de gran agitación al socaire de la protesta que venía de Madrid y Barcelona desde que en 1965 Aranguren, Tierno, García Calvo… fueron despojados de sus cátedras y se producían hechos incitadores: la IV Asamblea Libre de Madrid, la ‘capuchinada’ barcelonesa, huelgas, cierre de facultades, gran manifestación en apoyo de Comisiones Obreras, asesinato por la policía de un miembro de la FAR, Rafael Guijarro…

El mayo francés, como he señalado, se había adelantado aquí. Cuando los chicos de Nanterre empezaron a dar sus primeros resoplidos contestatarios, muchos estudiantes zaragozanos ya estaban fajados, habían vivido en sus carnes el peligro de enfrentarse a un pelotón de policías malencarados. No era, en efecto, lo mismo que la furia que luego se desató al trasladarse la protesta de Nanterre al barrio Latino, las barricadas, los adoquines y la Sorbona cerrada, pero no anduvo lejos en sus intenciones de quebrar el régimen establecido, aunque allí la quiebra fuera más social y aquí netamente política. Aquí, el enemigo era el Régimen; allí, lo era un sistema democrático oxidado, anclado en una posguerra constrictiva de usos y costumbres, aunque bien es cierto que menos claustrofóbico, sin la carcoma del español.

El hipismo fue el fermento de una nueva sociedad juvenil, de brecha generacional con el viejo mundo y de nuevas costumbres de vida

No obstante, el mayo francés no fue original. Su urdimbre se tejió con materiales previos de fuera: Vietnam, la carrera nuclear, los acontecimientos de Berkeley, el aplastamiento del “socialismo de rostro humano” de Praga, las ancestrales revueltas mexicanas culminadas en la matanza de Tlatelolco, la agitación estudiantil del SDS alemán, el activismo humorado de los ‘provos’ holandeses… y, sí, muy importante, el cambio radical de costumbres juveniles que trajo el rock desde que Bill Halley diera su primer grito en ‘Semilla de maldad’ y los chicos empezaran a romper las butacas de los cines y las chicas a humedecer su entrepierna, como relató Nik Cohn. Luego llegarían Elvis, los Beatles, los Rolling, Monterey, el hipismo, el rock ácido, la píldora, el amor libre, la contracultura, el feminismo, las ‘runaways’, las drogas, las comunas…

Estos fueron los depósitos en los que se abasteció de leña el mayo francés para finalmente, pese a las fogatas nocturnas de barricadas y adoquines, especialmente las de los días 10 y 24 de mayo, y tras la tibieza de la izquierda tradicional y la gran huelga general, terminar claudicando, firmándose los acuerdos de Grenelle y De Gaulle disolviendo la Asamblea Nacional y convocando y ganando elecciones generales.

Alain Krivine

Pese a la ignición física de las calles y del sistema, sorprendió esta derrota tan inmediata. Alain Krivine, uno de los líderes de la revuelta más significados junto a Cohn-Bendit, Alain Geismar o Jacques Sauvageot, lo explicó 25 años después: “Aquello no fue una revolución sino una revuelta. No se reunían las condiciones para alcanzar el éxito político. Era más una suma de rechazos concretos: el gaullismo, sus medidas sociales, su lado alienante y bonapartista…. Pero no ofrecía un proyecto político ni una alternativa creíble. Los grandes partidos de izquierdas se asustaron y se echaron para atrás”.

Una actuación criticable, seguramente, como así se manifestó desde el primer momento desde las trincheras radicales, pero al menos con un efecto muy positivo: este paso atrás, unido al paso adelante hacia la confrontación que no dio el gaullismo, en una actitud de prudencia, según la calificó recientemente el filósofo español Gabriel Albiac, autor de un novísimo ensayo sobre el mayo del 68 francés, ‘Fin de fiesta’, evitó el derramamiento de sangre. Afortunadamente, y pese a la brutalidad en las calles, no hubo un solo muerto, algo nunca ocurrido en ninguna otra sublevación social o política de la historia mundial.

El gran filósofo Gabriel Albiac ha editado en 2018 un nuevo libro sobre mayo del 68 con el título ‘Fin de fiesta’

El fracaso de la revuelta francesa no calmó, sin embargo, los ánimos de los estudiantes zaragozanos, que siguieron su particular lucha, incrementando incluso la agitación hasta llegar al álgido 1972 en el que la protesta alcanzó su punto de mayor furia: se volcó el coche del rector Justiniano Casas (¡ay, Trasobares!), se echó el del vicerrector de Ciencias al estanque del campus, el duro decano de Filosofía, Ángel Canellas, fue rociado con un bote de pintura sobre la cabeza, se ordenó el tapiado de la puerta de Ciencias para impedir la entrada de los alborotadores y las clases se suspendieron durante varios meses. Muchos alumnos perdieron curso académico.

Entre tanto, los franceses fumaban la pipa de la paz, como si nada hubiera ocurrido cuatro años atrás. Signo de la gran diferencia entre unas revueltas y otras. Mientras el mayo galo del 68 tuvo en Nanterre un origen netamente estudiantil, con demandas básicamente académicas y de funcionamiento, si bien luego se unieron –aunque a regañadientes- los obreros y los partidos políticos, por no decir grupúsculos, de la izquierda radical –PCML, UJCML, J PCR, PCI, CLER, FER, OCI, VO…- pues tanto el PC como el socialismo de Mitterand hicieron más de apagafuegos que de agitadores (traidores, les reconvinieron una y otra vez en octavillas y panfletos los más extremistas), la protesta zaragozana fue incendiada y canalizada desde el primer momento por los partidos, sindicatos y organizaciones políticas clandestinas, fundamentalmente el MCA, la Liga Revolucionaria Comunista, Comisiones Obreras… y sobre todo el PC (no, el PSOE, no: aún andaba en el parvulario de la lucha social y sin encender el faro de Suresnes).

Estaba clara la diferencia entre ambas revueltas. La de los estudiantes zaragozanos, como la de los madrileños, barceloneses o cualquiera otros, tenía un objetivo único: derrocar al dictador, borrar de una vez por todas el Régimen y encender la lámpara de la democracia y de una sociedad más libre y permisiva. Pero esto ya lo tenían los franceses desde tiempo atrás. Era, pese a todo, y pese al brutal mayo del 68, terreno conquistado.

Brigitte Bardot en ‘La lumière d’enface’

Husméense, por ejemplo, las primeras películas de Brigitte Bardot, no ya la escandalosa ‘Y Dios creó a la mujer’ (1956) sino alguna anterior como ‘La lumière d’enface’, donde aparece el primer desnudo (trasero) de aquel bello icono sexual, para comprobar que los franceses tenían acceso a otro cine, a otra música, a otra cultura…, a otras libertades que aquí eran todavía fruta prohibida.
Los estudiantes franceses lucharon en el 68 por cambiar el mundo; los zaragozanos, por poder asomarse a él. Sus músicas y sus adoquines nos fueron ajenos. Se vivía otra realidad diferente… y más dura.

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3 respuestas a 50 aniversario: Zaragoza se adelantó al mayo francés del 68

  1. Houston, we've got a problem dijo:

    Donde está Wally? Yo diría que está de pie a la derecha, con libros bajo el brazo derecho, la mano izquierda en el bolsillo, con polo de manga corta y mirando hacia abajo a la izquierda.

  2. Leucocito dijo:

    Pues yo creo que va disfrazado de monja.

  3. Ricardo VM dijo:

    Excelente el análisis sociológico que realizas en tu artículo de la sociedad zaragozana de la época.

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