Suspensión temporal del blog

Debido a motivos técnicos, es decir, a la ‘migración’ de este blog a la plataforma propia de Heraldo, no puedo seguir insertando entradas nuevas, según me han comunicado y pedido desde el departamento de Informática del periódico.

Exactamente no sé en qué consistirá el cambio y cómo afectará a los contenidos pasados y futuros. Pudiera ser que todo siguiera funcionando igual que hasta ahora, que hubiera que empezar de cero e incluso que se produjera la cancelación definitiva del blog. No tengo ni idea. Por ahora solo sé que no debo hacer entradas nuevas hasta que la ‘migración’ se produzca.

En cualquier caso, por si se produjera el borrado de casi las mil entradas publicadas, con sus correspondientes comentarios, a lo largo de los nueve años que lleva en activo el blog, he creado una copia de ‘salvación’ en la misma plataforma de wordpress que todavía no es pública y que se activaría en caso de emergencia. Su dirección es: lavozdemiamoreserva.wordpress.com

A ver en qué queda todo. En cuanto sepa algo, doy señales de vida. Por ahora, por lo que veo, el blog de siempre sigue activo para comentarios y lectura, pero no para nuevas entradas. Gracias por seguir ahí durante todo este tiempo. Y más aún, si esto puede suponer un cierre definitivo.

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Desde las entrañas del rock, el autor que más libros de literatura vende en España: Jordi Sierra i Fabra


Me topo en El País digital con una entrevista a Jordi Sierra i Fabra, que le hace Juan Cruz, y salto de alegría y agradecimiento, como cuando uno se encuentra por la calle a un viejo maestro… Que eso fue para mi Jordi, un apreciado maestro.

Sí, desde hace años es el autor que más libros vende en España; doce millones y medio, confiesa al periodista canario, que lleva despachados, lo cual, perdón por la vulgaridad, no es moco de pavo. Libros de poesía, novelas, viajes, policíacos, musicales… e incluso hasta eróticos, dice. De todo tipo. Ahora acaba de publicar en Loqueleo (Santillana) un tocho de casi 600 páginas, ‘El gran sueño’, en el que aborda la emigración española a Nueva York en el siglo XIX, no sé si algo parecido a lo que ha hecho también recientemente María Dueñas.

Pero, pese a bagaje tan denso y longevo, este catalán de Barcelona no fue mi maestro de lecturas…, sino de mú-si-ca rock. Con setenta años cumplidos y un sano aspecto a lo Mayall maduro, a Jordi, se dice que lo conocen e idolatran generaciones de adolescentes, padres y abuelos. Y yo estoy ahí, no por la literatura, como digo, sino por la música, por el rock, por su ejemplar y laboriosa tarea de periodista musical ejercida en España, cuando escribir aquí de música era oficio inusual y hasta innoble, y él era el primero y más influyente. Hablo de finales de los sesenta y primeros setenta. Allí estaba Jordi cada semana en el seminal y e iluminador Disco Expres. Aún no me había podido comprar un tocadiscos, como se decía entonces, por la pasta que valía, pero cada semana esperaba ansioso el viernes para acercarme al quiosco donde me guardaban el ejemplar.

Lo devoraba. Jordi hacía de todo, lo mismo información que entrevistas u opinión -ay, aquella ‘Ventana Out’-, pero sobre todo lo que hacía magistralmente era encenderte la sangre “relatando” los discos, contando desde la primera estría a la última lo que sucedía en todas y cada una de las canciones, la letra, los instrumentos que sonaban, las voces, la correlación con discos anteriores o con otros de su estirpe… Era cojonudo: no necesitaba entrevistar al artista, ni creo que fuera posible, porque a ver cuándo cazabas por aquí a unos Beatles o a unos Rolling, o una Allman Brothers… y les sometías a la típica entrevista, tantas veces chorrona y tan practicada después por algunos gurús, de hablar muy poco de música de verdad y mucho de frivolidades y tópicos. Pero él no, Jordi tenía la habilidad de llenar las dos páginas centrales del Disco Expres ‘contando’ minuciosamente un disco, escribiendo de música, sin necesidad de recurrir directamente a un lejano e inalcanzable grupo anglosajón para oír perogrulladas de divo. Por eso me encantaban sus textos: te metía los discos en vena y en los oídos.

Obviamente, cuando, con mi primer sueldo, tuve la posibilidad de acceder a uno de aquellos costosos equipos de música, al leer un comentario híper laudatorio de Jordi sobre un disco o un grupo, que era lo habitual, saltaba como un resorte a la tienda de discos a comprar el LP…, y así comencé a formar mi discoteca durante semanas y semanas, incluso años. Luego, alguna vez, el contenido sonoro no estaba a la altura de lo escrito, o al menos con respecto a lo que yo me esperaba, pero eran las menos, coincidía con él casi siempre. Jordi talló mi gusto y mi devoción por el rock.

Y no solo a través del Disco Expres sino también a través de un libro indispensable entonces: él fue el primero que publicó en España un tomo sobre el desarrollo internacional del rock, “1962-72. Historia de la música pop”, que obviamente guardo como preciado tesoro, tomo que luego amplió con otro anexo sobre 1972-73.

Aquel periodismo, sin embargo, desapareció a mediados de los setenta. Llegó la legión de los Manrique, Antonio de Miguel, Ordovás y compañía… y lo fulminaron. Lo consideraban obsoleto e incluso gacetillero. Uno, Manrique, en concreto, con muy mala baba, creo, aún sigue aprovechando la mínima oportunidad para pasarlo a cuchillo. Y todo, porque en su famosa enciclopedia Sierra no citó a Chuck Berry, porque “en su discográfica no poseían su biografía”, según escribía Manrique en el prólogo de ‘Rockin’ Spain’ (2011), que era, como capciosamente Manrique daba a entender que Sierra llenaba los folios, copiando hojas de las discográficas.

Mala leche o señal clarísima de que el prepotente crítico no leía las dobles páginas o las contraportadas del Disco Expres, que, malas, regulares o buenas, desde luego de gacetilleras no tenían nada, porque eran eso: un ‘relato’ muy personal, estría a estría, de un disco o una historia biográfica documentada excesivamente bien para las pobrísimas posibilidades informativas de entonces. Al menos, a muchos nos servían, nos abrieron muchas puertas.

Confieso que cuando a la primera ocasión que tuve a mano, es decir, cuando puse en circulación el Disco Actualidad, del que Manrique se llevaba, por cierto, unos pellizcos de no te menees, de conocer en persona a mi maestro, me fui a Barcelona y acudí a su casa, a la que gentilmente me invitó. Me quedé absorto, no ya por la increíble cantidad de discos que Jordi almacenaba, sino por la pulcritud y el orden que había en aquella estancia saturada de vinilos, revistas y libros. Y todavía más cuando me confesó su forma prusiana de escribir: como un oficinista en horario de mañana y tarde. Y a rajatabla, con una disciplina que explica su fecundísima y posterior producción literaria. Entendí entonces perfectamente, cuando supe de sus hazañas comerciales, de dónde venía su capacidad de trabajo.

Hace unos años me llamaron de la editorial en la que había publicado uno de sus libros para que se lo presentase en público en Zaragoza. Lamentablemente, por motivos de salud, no lo pude hacer. Me hubiera encantado. Me hubiera complacido enormemente volver a encontrarme con mi maestro. A fin de cuentas, a ellos, a muchos maestros de infancia y juventud, les debemos los nutrientes de muchas neuronas personales e incluso de nuestras propias vidas. Estoy seguro que Chuck Berry, en los infiernos, no le tiene en cuenta aquel olvido: la labor de difusión del rock internacional que entonces hizo el periodista musical catalán en España, el más influyente aquí en aquellos gloriosos primeros setenta, fue impagable. Aquel olvido no erosiona en absoluto su inmensa labor. “Go, go, Jordi, go, Jordi Be Goode”.

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¡Viva Ejea! ¡Viva Tako!


“Salud y mucho rock” es la frase con la que los cinco Tako, con sus firmas correspondientes, me dedican amablemente su último disco. Un honor, y sobre todo un cromo de lujo de la ‘resiliencia’ y los muchos años compartiendo música y vivencia con estos Tako de ‘hierro negro’, como titulan una de las canciones de este nuevo disco.

Símbolo inequívoco y ya indestructible de cómo una música antaño, a priori, pasajera y hasta fútil como el rock urbano, callejero, duro, o como cada cual lo quiera llamar, envejece con una dignidad que contraviene los principios biológicos y no digamos artísticos. Estamos ante el grupo aragonés activo más longevo y más fértil discográficamente: 33 años y 18 álbumes. Está todo dicho.

Es laborioso expurgar la hemeroteca en busca de los principios, para recordar la primera vez que me topé con ellos, con su música, sus actuaciones y con un casete delante para recoger sus palabras, pero en mi cerebro me veo entrevistándoles y siguiendo sus pasos prácticamente desde el principio, desde aquel sorprendente disco del 85, ‘Me lo acabo de inventar’, completamente sufragado por ellos mismos en un adelantado ejercicio de indie discográfico que luego fue norma.

Después vino su fructífera etapa con Grabaciones Interferencias, su paso a Ariola en aquella edad de oro del rock aragonés de primeros de los 90 en que las multinacionales, tras el cebo Héroes, andaban como locas tras todo lo que oliera a ‘maño power’…, su larga estancia en el sello catalán AZ Records y luego su no menos larga y todavía perdurable travesía autogestionaria que tantos y tantos discos ha producido y tan buenos momentos ha dado al rock aragonés y por extensión al nacional.

Lo mejor de Tako, aunque parezca mentira, es su elegancia. Sí, dentro de un estilo lleno de músicos brutotes, de canciones con los colmillos afilados, de estética fiera, ellos han mantenido una figura dura, como corresponde a la misma idiosincrasia del hábitat en el que viven, pero de una forma depurada, cuidada, sin excesos gratuitos. Igual ni ellos mismos se han dado cuenta de este detalle, porque me temo que nada en ellos es artificioso ni buscado, sino muy natural, sin imposturas, como corresponde a gente llana de pueblo, sin poses ni recovecos, pero ahí están las canciones y su misma forma de ser para mostrar esa elegancia de brillante acero.

Esto les ha distinguido de todos sus iguales, de la patrulla de rockeros desmelenados tipo Barricada, Los Suaves, Reincidentes, Marea… Y ello ha sido, sobre todo, el detonante de una serie de canciones que bajo su barniz de dureza esconden una sutileza melódica inapelable y encomiable. Partiendo de aquella perenne ‘A las puertas del deseo’ a la más reciente ‘Niebla’, o a la misma que da título a su nuevo disco’, la hilera de canciones de ‘sutil dureza’ de Tako es muy larga.

Son las dos canciones nombradas las que ponen el punto diferencial de este nuevo disco con lo que hay detrás. ‘Niebla’ nace solo del humus de unas guitarras acústicas y eléctricas, sin batería, sin bajo, sin aparato, en tanto que ‘Hilo de cobre’, con reminiscencias latinas y una deliciosa incrustación de trompeta, pone al descubierto la sensibilidad de los ejeanos para hilar fino en los medios tiempos. La carne cruda, o siguiendo su cancionero, la ‘sopa de perro’ doberman la sirve la pieza que abre: el rock más desaforado pero contenido que nunca, creo, le he oído a Tako, una lección de sabiduría rockera, que con su dureza y trepidación medida y controlada, y muy bien cantada, le aleja del garrotazo y tentetieso tan reiterado en el heavy metal. Lo mismo que la pegadiza ‘Hierro negro’.

No es cuestión de dar la tabarra y desmenuzar el disco de arriba abajo, pero no puedo dejar de destacar otra de las piezas bandera del álbum, ‘La flor de la sinceridad’, en órbita lourediana, Burning, Springsteen, Dylan, Tom Petty y todo ese rock americano melódico excelsamente construido. Y por supuesto, siempre con ese fondo literario en las letras, comprometidas, poéticas, cercanas al mundo de hoy y de la gente corriente, aquí desde el mundo LGTB a la necesidad del individuo para centrar neuronas o su propia pelea por la supervivencia.

Vuelvo a su amable dedicatoria. ‘Salud’: no mucha pero ‘resiliente’; y ‘mucho rock’: sin duda, siempre. Es lo más y mejor que hay en esta nueva obra de los de Ejea, de nuevo con una limpieza de sonido inmaculada, y con la voz de Mariano en plena forma de entonación, cuerpo y dicción. No me atrevería a calificarlo como ‘su mejor disco’, porque eso es difícil de medir, y allí quedó no hace mucho ‘Las campanas de la vergüenza’, pero por ahí está. ¡Viva Ejea! ¡Viva Tako!

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50 aniversario: Zaragoza se adelantó al mayo francés del 68

Hace 50 años, por estas fechas, decenas de estudiantes universitarios parisinos dirimían el cambio de la sociedad en la que vivían a adoquinazo limpio, atrincherados en barricadas, tomando las calles e incitando a la huelga junto a obreros y partidos políticos. El famoso Mayo francés del 68.

Sonaban entonces por allí las tradicionales canciones de resistencia e himnos extraoficiales creados ad hoc para la revuelta, díganse especialmente, Gérard Manset, con ‘Animal on est mal’, y Jacques Dutronc, con ‘Il es cinq heures, Paris s’eveille’. También sonaban otras canciones menores, pero más explícitas sobre el combate de los estudiantes: ‘Guy Béart era el autor de À bas l’etat policier’ mientras que Evaristo lo era de ‘Révolution’ y ‘La faute à Nanterre’.

No fueron estas y otras, sin embargo, canciones que traspasaran fronteras. España, que a lo largo de los años sesenta había sido un gran receptor de canciones galas, hizo oídos sordos, o no las dejó pasar ni la censura ni las discográficas. Fueron absolutamente ignaras por aquí.

Y no solo las canciones de guerra, sino incluso los efectos inmediatos del mayo famoso. Aunque no se crea, los adoquines de la protesta no rebotaron en la piel de toro, por mucho que hoy se hable de aquel ‘santo mayo’ con una mitificación hagiográfica. Tirando en plan coña de esa palabra tan sobada en este tiempo por tertulianos y políticos, e intelectualmente ya abominable, el ‘relato’ no se cuenta tal como fue y se vivió: la escandalera gala incidió realmente poco, o muy poco, en la vida universitaria de nuestro país. Por una razón muy simple: porque aquí los estudiantes ya estaban enfrascados en la pelea, soliviantados desde varios meses antes, e incluso un par de años antes, frente al autoritarismo del Régimen, o sea, armando bulla en la Universidad y en las calles antes que los parisinos. En eso, aunque no se crea, especialmente las generaciones más jóvenes, y pese a que insólitamente los sesudos tratados sobre el tema no lo hayan recogido, nos adelantamos.

No es exagerado, por tanto, sino pura realidad, afirmar que, por ejemplo, Zaragoza se adelantó al mayo francés, que aquí la lucha contra la opresión y el cambio social floreció mucho antes que en París, aunque bien es verdad que no con la furia parisina, tal y como recordé hace unos días en una página completa del suplemento dominical del Heraldo y que aquí recojo de nuevo de forma algo más extensa. Lo viví muy de cerca: el álgido periodo del 67-68 fue mi primer curso universitario en la Facultad de Filosofía y Letras.

Escalinata de Filosofía y Letras. Foto fin de carrera. Premio para quien encuentre al ‘wally’ autor de este blog…

A las nueve de la mañana, el pequeño vestíbulo de acceso al hall de Filosofía y Letras ya estaba inundado de pasquines y cartelones de protesta. Amnistía, libertad estudiantes encarcelados, policía represora, universidad para el pueblo, abajo la dictadura… eran las agitadoras proclamas que básicamente llenaban las paredes de la entrada a una facultad de Letras, pese a ello, pacífica, con los estudiantes en clase, los pasillos desiertos, el bar del sótano tranquilo…, pero en latente efervescencia contestataria.

Jesús Membrado

Jesús Membrado

A las once de la mañana, se habilitaba o se ocupaba el Aula Magna, invitando amablemente al profesor de turno a volver a su despacho. Había asamblea de Facultad. Diversos cabecillas –allí estaba ya, entre otros, Jesús Membrado, luego gran pope del sindicalismo y del socialismo zaragozano- lanzaban las típicas arengas en consonancia con los carteles del vestíbulo. Una especie de liturgia agitadora diaria, en bucle, que era seguida por un aula a rebosar de estudiantes pero sin alboroto y sin apenas intervenciones, con aquellos estudiantes más espectadores que actores, en su mayoría aún indecisos aunque proactivos a la información y conscientes de que se estaba librando una batalla por la libertad y la caída del Régimen.


De allí se salía en dirección a las escalinatas de la facultad de Derecho donde se ubicaba el despacho del rector. Asamblea General. Decenas de estudiantes de todas las facultades, excepto de la de Medicina, que se ubicaba en la plaza Paraíso, llenaban escaleras y espacio delantero en un ambiente más combativo, aplaudiendo las intervenciones de los líderes cuando no abucheando sonoramente a un ‘social’ camuflado o a alguien que tomaba fotos a través de las cristaleras del primer piso.

Caldeados los ánimos, el paso siguiente era salir en manifestación hasta el paseo Fernando el Católico. Sin voces, sin gritos, incluso sin pancartas de cabecera y menos aún sin exhibición de carteles individuales, pero con los dientes largos, una nutrida columna de estudiantes enfilaba lentamente el paseo en dirección a Medicina, a la plaza Paraíso…

Cruce de Fernando El Católico con Avenida Goya. En la esquina, cine Gran Vía. Foto del Desván de Rafael Castillejo

Curioso: la fuerza pública no aparecía, ni interrumpía el paso de la cofradía estudiantil camino de la Facultad de Medicina. Pero, ¡ay, amigo!, de repente, de las ‘tocineras’ apostadas en el cruce con la avenida Goya, aún sin asfaltar, salía una parva de grises y empezaba la refriega: carreras, golpes, pedradas, sangre, detenidos, recule, refugio en los bares…

Cervecería Alemana. Foto: Gerardo Sancho. Archivo Municipal

La cervecería Alemana era escondrijo seguro y muy recurrido. Sí, era temerario, muy comprometido, meterse en el lío. No se trataba de una fiesta de sonrisas, con globos y lacitos, con la poli a lado, custodiando en plan fraternal la mani, tal que los bobbies ingleses. Meterse entonces de lleno en el ajo era prestarse a un golpe de porra, una herida o acabar en los calabozos de Comisaría. Por supuesto, exponerse a que el expediente académico quedase manchado y que la carrera universitaria se convirtiera para los restos en una valiente pero infructuosa carrera ante los grises. Eso, salvo los casos, que los había, que el insurrecto gozara de apellido ilustre o la familia tuviera buenas conexiones con algún gerifalte regimental.
Más divertido lo tenían las chicas de la residencia femenina ubicada sobre el cine Gran Vía: algunas presenciaban la fiesta desde los balcones, expuestas a que una volada de aire removiera sus faldas. La guasa popular enseguida encontró apodo a la residencia: ‘Villabraga’.

Era la rutina casi diaria en la Universidad de Zaragoza en el curso 67-68, tiempo de gran agitación al socaire de la protesta que venía de Madrid y Barcelona desde que en 1965 Aranguren, Tierno, García Calvo… fueron despojados de sus cátedras y se producían hechos incitadores: la IV Asamblea Libre de Madrid, la ‘capuchinada’ barcelonesa, huelgas, cierre de facultades, gran manifestación en apoyo de Comisiones Obreras, asesinato por la policía de un miembro de la FAR, Rafael Guijarro…

El mayo francés, como he señalado, se había adelantado aquí. Cuando los chicos de Nanterre empezaron a dar sus primeros resoplidos contestatarios, muchos estudiantes zaragozanos ya estaban fajados, habían vivido en sus carnes el peligro de enfrentarse a un pelotón de policías malencarados. No era, en efecto, lo mismo que la furia que luego se desató al trasladarse la protesta de Nanterre al barrio Latino, las barricadas, los adoquines y la Sorbona cerrada, pero no anduvo lejos en sus intenciones de quebrar el régimen establecido, aunque allí la quiebra fuera más social y aquí netamente política. Aquí, el enemigo era el Régimen; allí, lo era un sistema democrático oxidado, anclado en una posguerra constrictiva de usos y costumbres, aunque bien es cierto que menos claustrofóbico, sin la carcoma del español.

El hipismo fue el fermento de una nueva sociedad juvenil, de brecha generacional con el viejo mundo y de nuevas costumbres de vida

No obstante, el mayo francés no fue original. Su urdimbre se tejió con materiales previos de fuera: Vietnam, la carrera nuclear, los acontecimientos de Berkeley, el aplastamiento del “socialismo de rostro humano” de Praga, las ancestrales revueltas mexicanas culminadas en la matanza de Tlatelolco, la agitación estudiantil del SDS alemán, el activismo humorado de los ‘provos’ holandeses… y, sí, muy importante, el cambio radical de costumbres juveniles que trajo el rock desde que Bill Halley diera su primer grito en ‘Semilla de maldad’ y los chicos empezaran a romper las butacas de los cines y las chicas a humedecer su entrepierna, como relató Nik Cohn. Luego llegarían Elvis, los Beatles, los Rolling, Monterey, el hipismo, el rock ácido, la píldora, el amor libre, la contracultura, el feminismo, las ‘runaways’, las drogas, las comunas…

Estos fueron los depósitos en los que se abasteció de leña el mayo francés para finalmente, pese a las fogatas nocturnas de barricadas y adoquines, especialmente las de los días 10 y 24 de mayo, y tras la tibieza de la izquierda tradicional y la gran huelga general, terminar claudicando, firmándose los acuerdos de Grenelle y De Gaulle disolviendo la Asamblea Nacional y convocando y ganando elecciones generales.

Alain Krivine

Pese a la ignición física de las calles y del sistema, sorprendió esta derrota tan inmediata. Alain Krivine, uno de los líderes de la revuelta más significados junto a Cohn-Bendit, Alain Geismar o Jacques Sauvageot, lo explicó 25 años después: “Aquello no fue una revolución sino una revuelta. No se reunían las condiciones para alcanzar el éxito político. Era más una suma de rechazos concretos: el gaullismo, sus medidas sociales, su lado alienante y bonapartista…. Pero no ofrecía un proyecto político ni una alternativa creíble. Los grandes partidos de izquierdas se asustaron y se echaron para atrás”.

Una actuación criticable, seguramente, como así se manifestó desde el primer momento desde las trincheras radicales, pero al menos con un efecto muy positivo: este paso atrás, unido al paso adelante hacia la confrontación que no dio el gaullismo, en una actitud de prudencia, según la calificó recientemente el filósofo español Gabriel Albiac, autor de un novísimo ensayo sobre el mayo del 68 francés, ‘Fin de fiesta’, evitó el derramamiento de sangre. Afortunadamente, y pese a la brutalidad en las calles, no hubo un solo muerto, algo nunca ocurrido en ninguna otra sublevación social o política de la historia mundial.

El gran filósofo Gabriel Albiac ha editado en 2018 un nuevo libro sobre mayo del 68 con el título ‘Fin de fiesta’

El fracaso de la revuelta francesa no calmó, sin embargo, los ánimos de los estudiantes zaragozanos, que siguieron su particular lucha, incrementando incluso la agitación hasta llegar al álgido 1972 en el que la protesta alcanzó su punto de mayor furia: se volcó el coche del rector Justiniano Casas (¡ay, Trasobares!), se echó el del vicerrector de Ciencias al estanque del campus, el duro decano de Filosofía, Ángel Canellas, fue rociado con un bote de pintura sobre la cabeza, se ordenó el tapiado de la puerta de Ciencias para impedir la entrada de los alborotadores y las clases se suspendieron durante varios meses. Muchos alumnos perdieron curso académico.

Entre tanto, los franceses fumaban la pipa de la paz, como si nada hubiera ocurrido cuatro años atrás. Signo de la gran diferencia entre unas revueltas y otras. Mientras el mayo galo del 68 tuvo en Nanterre un origen netamente estudiantil, con demandas básicamente académicas y de funcionamiento, si bien luego se unieron –aunque a regañadientes- los obreros y los partidos políticos, por no decir grupúsculos, de la izquierda radical –PCML, UJCML, J PCR, PCI, CLER, FER, OCI, VO…- pues tanto el PC como el socialismo de Mitterand hicieron más de apagafuegos que de agitadores (traidores, les reconvinieron una y otra vez en octavillas y panfletos los más extremistas), la protesta zaragozana fue incendiada y canalizada desde el primer momento por los partidos, sindicatos y organizaciones políticas clandestinas, fundamentalmente el MCA, la Liga Revolucionaria Comunista, Comisiones Obreras… y sobre todo el PC (no, el PSOE, no: aún andaba en el parvulario de la lucha social y sin encender el faro de Suresnes).

Estaba clara la diferencia entre ambas revueltas. La de los estudiantes zaragozanos, como la de los madrileños, barceloneses o cualquiera otros, tenía un objetivo único: derrocar al dictador, borrar de una vez por todas el Régimen y encender la lámpara de la democracia y de una sociedad más libre y permisiva. Pero esto ya lo tenían los franceses desde tiempo atrás. Era, pese a todo, y pese al brutal mayo del 68, terreno conquistado.

Brigitte Bardot en ‘La lumière d’enface’

Husméense, por ejemplo, las primeras películas de Brigitte Bardot, no ya la escandalosa ‘Y Dios creó a la mujer’ (1956) sino alguna anterior como ‘La lumière d’enface’, donde aparece el primer desnudo (trasero) de aquel bello icono sexual, para comprobar que los franceses tenían acceso a otro cine, a otra música, a otra cultura…, a otras libertades que aquí eran todavía fruta prohibida.
Los estudiantes franceses lucharon en el 68 por cambiar el mundo; los zaragozanos, por poder asomarse a él. Sus músicas y sus adoquines nos fueron ajenos. Se vivía otra realidad diferente… y más dura.

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Ojalá España palme en Eurovisión

Afortunadamente, hecatombes como esta se sustancian de forma sencilla –se le mete caña al disco duro, se clica la pertinente plataforma de contenidos multimedia, se cambia de canal o se apaga la tele-, pero aun con todo, ¡ay!, la que nos espera si España, un suponer, ganase el próximo sábado el festival de Eurovisión. ¡Gensanta, líbranos!, que diría el inolvidable Forges.

Si a todas horas andan en TVE dando la matraca con esa gelatinosa cancioncita de marras, y no digamos las horas y horas que han dedicado al famoso concurso del que ha salido la parejita nimbada que va a representar a España, incluidos los telediarios, que ya es el colmo del dislate, ¡qué será si en unos días le colocan al dúo no se cuántos points y sale ganador!

Pues eso: programas especiales, y más programas especiales, horas y horas de sirope, autobombo y platillo, ardor patriótico que dejarán al mismísimo Fraga, cuando Massiel ganó en el 68, convertido en una pequeña esquirla del propagandismo amarillista. Y luego, giras, regiras, entrevistas.., y quién sabe si audiencias en la Moncloa y hasta en la misma Casa Real, obviamente, con el consiguiente despliegue televisivo, como si de nuevo los antiguos Tercios de los Austrias hubieran doblado la rodilla a Europa. Naturalmente, todo ello en detrimento de otras músicas, de otros programas, de otros artistas, de otra cultura de más calado que la de una parejita cantando una nana parvularia.

Ya ocurrió en aquella primera edición del concurso de marras, cuando su ganadora fue a Europa a representar a España –con qué facilidad se fabrican encarnaciones colectivas– y salió como un miura al escenario. Estaban en juego, parecía, el honor hispano, nuestras esencias raciales, nuestra historia, nuestro orgullo…, o, parodiando a Sabina, el caballo del Cid Campeador, el brazo incorrupto de Santa Teresa, Viriato, Don Pelayo o el coño de la Bernarda.

Afortunadamente, los cielos vaciaron unos cuantos sacos de sentido común y España palmó, con el consiguiente rebote y los lloriqueos televisivos de aquel infausto presentador que ahora anda por los platós del corazón, pero bien palmada. Qué sopor, uno de los capítulos más bochornosos de la televisión pública española en toda su historia (por cierto, inventado por un conocido independentista catalán, que la pela es la pela). De la que nos libramos.

Este año, además, la cosa se ha puesto picajosa porque el joven que forma el dúo parece que tiene un pasado de coqueteo –si no de simpatía profunda- con el independentismo catalán y no ha tenido mejor ocurrencia que regalarle a su pareja femenina del dúo un libracho de un insufrible ¿cantante? y agitador de tres al cuarto en el que de forma desgalichada, sin gracia, mal escrito, sátira a flor de piel o mala leche entreverada, se cisca en la idiosincrasia española, en la cultura y en la música, a raíz de una hipotética gira de un dúo por diversas ciudades. Un simple pretexto para sacar de la mochila su herrumbroso ingenio y su mala baba contra lo español, que no en vano a él España se la suda y le da asco, como dijo tiempo atrás. El título es bien elocuente: ‘España de mierda’. Para colmo, la dulce chica del dúo ha dicho que tal adefesio es su libro amuleto. Y se ha montado el zapatiesto: en change.org andan recogiendo firmas para que no nos represente la parejita mientras otros andan en campaña para que se apague el televisor durante la comparecencia hispana.

Seré muy mal español, pero especialmente por lo primero a lo que me he referido, esto es, por la avalancha de triunfalismo patrio que nos vendría encima y sobre todo por las palizas televisivas que eso supondría, mejor que España, por higiene colectiva, se quede en cero points; que, aunque suene drástico y hasta ofensivo, ojalá palme. Y así en el cielo como en la tierra, TVE nos libere de triunfitos, agotadores especiales televisivos, comercialidad insufrible, locutores de la casa haciendo duetos y, por Dios, que los telediarios se dediquen a su cometido: a dar noticias, no a chorrear babosa propaganda.

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Van Morrison: ¡72 años y tres nuevos discos en siete meses!

Decididamente, Van Morrison es un león, un fiero león, un fértil león discográfico. Ahí es nada, con 72 años, tres álbumes nuevos en tan solo siete meses. Ni en los tiempos de los Beatles o los Rolling, cuando la fecundidad discográfica de aquellos grandes, pese a compromisos de todo tipo, giras e insanos hobbies personales, salían con un disco nuevo a cada dos por tres, ya fuera un single, un EP, un LP e incluso una película. Pero nunca tres álbumes en tan escaso tiempo, como acaba de hacer el irlandés.

Que la cifra se desbordaría aún más si se considera que hace un año exactamente se exhumaron al completo, en un triple CD, las azarosas grabaciones que hizo para el sello menor neoyorkino Bang del malvado Bert Berns, es decir, sus primeras grabaciones en solitario, tras dejar atrás a los Them, de las que salió el escuchimizado pero no menos jugoso ‘Blowin’ Your Mind!’ (ah, allí estaba ‘Brown Eyed Girl’). En resumen: cuatro entregas en solo un año, que se engordan con un DVD reciente con dos conciertos de 2016: uno, en el teatro londinense de la BBC; y otro, en la mítica Cyprus Avenue, o sea, en plena calle, de su Belfast natal. ¿Quién da más? Y a su edad.

Este viernes ha puesto en las tiendas ‘You’re Driving Me Crazy’, su álbum número 39, que, parafraseando el título, es para volver loco de contento a cualquier fan suyo: ahí es nada, ahogarle con remesa tan copiosa de material, y encima tan exquisita, con los precedentes ‘Roll With The Punches’ luciendo brillos del blues más genuino y ‘Versatile’ haciendo lo mismo pero en el terreno del jazz. Y anteayer, esta perla.

Perla, por cierto, sorprendente por cómo se ha fraguado: nada de años dentro de la ostra, sino tan solo dos días para brillar. Algo no milagroso, que estas cosas no son sobrenaturales ni producto de truculencia alguna, sino fruto del oficio, obra de grandes con el trasero pelado por los años y la destreza en la profesión.

Lo ocurrido es que, en ese incansable e imbatible camino laboral que lleva el autor de ‘Astral Weeks’, se puso en contacto con Joey DeFrancesco, eligió un listado de piezas entre ajenas y propias, y junto al mismo cuarteto de DeFrancesco, sin ensayo previo alguno, todos se metieron en un estudio de Sausalito y en dos tacadas sacaron adelante este fulgurante disco que, como el mismo Morrison –¡albricias, ha hablado!; poco y escueto pero lo ha hecho- ha confesado al New York Times, se tardó más en mezclarlo que en grabarlo, y es que así era como, según él, y no le falta razón, se grababan los discos antaño. Ni una de las 15 canciones que componen el disco necesitó más de dos tomas. Salieron, tal cual se escuchan ahora, a la primera o la segunda. Lo que visto así parece un prodigio; mas con tipos, como digo, con el trasero pelado en el oficio, nada de nada, es como encargarle a un veterano carpintero un taburete para el cuarto de baño. Lo tienes en un plis plas.

DeFrancesco es un consumado experto en el Hammond B-3, instrumento de cuyo sonido es hoy su mejor valedor y depositario, no en vano aprendió al dictado de su ídolo Jimmy Smith. Pero no solo eso, tocó y grabó con Miles Davis, quien al verlo en un show televisivo se quedó tan deslumbrado que se lo llevó de gira y luego lo fichó para tocar en ‘Amandla’ (1989). De ahí le viene que aprendiera a tocar también la trompeta al estilo Miles, y muy solventemente, como bien puede comprobarse en la espléndida ‘Magic Time’ de este disco. Morrison dice que es un músico excepcional y con el que ha congeniado estupendamente. No extraña: es la primera vez que al huraño león se le oye reír e incluso hacer exultantes comentarios de aprobación al final e incluso en medio de alguna pieza.

Otra razón para la rapidez con que se grabó es que se echó mano de siete piezas del repertorio del irlandés, en tanto que el resto son piezas que todo jazzista o bluesmen conoce: desde la celebérrima ‘Everyday I Have The Blues’ a estándares de Cole Porter, John Mercer, Ray Charles, Eddie ‘Cleanhead’ Vinson… y la que da título al álbum, ‘You’re Driving Me Crazy’, una pieza que el cantante de los años 20, Walter Donaldson, compuso y cantó entre las decenas de piezas que fabricó a lo largo de su carrera, especialmente desde que empezó a trabajar en la editorial de su amigo Irvin Berling. Sinatra, Billie Holiday o Louis Armstrong cantaron este ‘You’re Driving Me Crazy’ que aquí recrean Morrison y compañía bajo los patrones más preclaros del swing; y disfrutando, como puede comprobarse en los mismos gritos de asentimiento de Morrison en mitad de la pieza. Insólito en el hosco león.

De las piezas propias de Morrison, el catálogo se centra en una selección se diría que aleatoria, que lo mismo que es esta podía haber sido otra sin dificultad: cualquiera de su repertorio blues-jazzístico, que no es precisamente corto, sería válida, y cuando no, se encuadra en ese formato lo mete en marco y punto, caso de ‘The Way Young Lovers Do’, del cimero ‘Astral Weeks’, que aquí pasa de ese curioso espacio swing-latino-pop-rumbero al bop más burbujeante. ‘Goldfish Bowl’ viene del álbum ‘What’s Wrong With This Picture’ (2003); ‘Evening Shadows’, de ‘Down The Road’ (2002); ‘Magic Time’, con un magnífico solo de trompeta arrancado a Miles Davis, daba título al álbum de 2005; ‘Have I Told You Lately?’ es de ‘Avalon Sunset’ (1989); el instrumental ‘Celtic Swing’ es de ‘Inarticulate Speech Of The Heart’ (1983); ‘All Saint Days’ viene de ‘Hymns To The Silence’ (1991) y finalmente ‘Close Enough For Jazz’ está encartada en ‘To Long In The Exile’ (1993).

Con este disco, Van Morrison retoma el rumbo del jazz y el blues que mamó desde jovencito y en el que, tras una larga discografía y aperturas diversas a otros géneros como el folk, el rock, el pop o el soul, ha vuelto a concentrarse por completo, tal y como muestra en sus dos álbumes precedentes, los citados ‘Roll With The Punches’ y ‘Versatile’. El plus añadido en esta entrega es la inclusión del órgano. Volver a escuchar blues con el Hammond B-3 bien presente, y a cargo de un maestro actual del instrumento como Joey DeFrancesco, es remitirnos a discos míticos no ya de Jimmy Smith, que por supuesto, sino a los de Brian Auger y sobre todo a aquellas gloriosas ‘supersessions’ de Al Kooper junto a Stephen Stills y Mike Bloomfield de 1968 o a sus Blues Project. Ah, y conviene no olvidar la radiante presencia de la hija de Morrison, Shana, que luce palmito vocal en dos duetos, especialmente en el cálido ‘Have I Told You Lately?’

Vale, es música una y mil veces oída, trilladísima, pero quién le pone peros, por ejemplo, a un Boticelli por muy arcano y visto que sea. El arte es arte antes, ahora y después. Y más si sale de manos de grandes maestros y doctores en la materia, como es el caso. ¿O hay que pedirle a Van Morrison, como esos pelmas que tienen crucificado a Mick Jagger, que lo deje por añoso y viejo? Ya, ¿y si le apetece?, ¿y si sigue porque se encuentra en forma?, ¿y si no se arrastra en el escenario, sino al contrario?, ¿y si la voz sigue intacta? Pues eso, larga vida. Por cierto, en junio, el fiero león irlandés, el yayo más increíble y productivo del rock, encabeza el cartel del Azkena vitoriano. ¡Qué añadir!

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No hay quien mate el hard-rock: Black Stone Cherry y The Sword

Hard-rock: no hay quien lo mate. Como no hay quien mate los muchos hijos o ramificaciones que tiene el rock, pese a la una y otra vez repetida cantilena de la muerte del género. No hay más que, por ejemplo, asomarse a las revistas especializadas en el género duro o husmear en Spotify para comprobar que ahí sigue vivito y coleando un estilo que a finales de los sesenta y primerísimos setenta alumbraron, según las enciclopedias al uso, tres grupos esencialmente: Led Zeppelin, Black Sabbath y Deep Purple. Vivito y coleando bajo prácticamente los mismos postulados de entonces: voz aguerrida, ritmo contundente, guitarras afiladas, sonido duro, nunca tan fiero (y hasta estridente) como luego trajo el heavy metal.

Un par de grupos que sirven de ejemplos y que tiene disco calentito en sonido, claro, y edición, recién publicados: Black Stone Cherry y The Sword. No son nuevos, ciertamente, ambos grupos norteamericanos llevan en esto desde prácticamente los inicios del milenio, pero ahí están con el testigo de sus predecesores bien cogido en la mano.

El de Black Stone Cherry, grupo procedente de Edmonton (Kentucky), se titula ‘Family Tree’. Es el sexto de su cosecha y reproduce a la perfección el formato del género, y por aquello de su ascendencia sureña, hay trazas de Lynyrd Skynyrd y Black Crowes, añadiendo gotitas de soul. Free y Bad Company también se mueven en el recuerdo al pincharlo.

El de The Sword, tejanos de Austin, y éxito consolidado, es su noveno álbum. Se titula ‘Used Future’. No es hard-rock estricto sensu, puro. Tiene un punto de experimentación o ciencia ficción y, de vez en cuando, saca el escarpelo para rascar en el heavy. De hecho, lo suyo se ha calificado como ‘doom metal’, ‘stoner metal’, ‘metal alternativo’, ‘retro metal’ y otros etiquetajes. También se desenvuelve atractivamente en los tiempos lentos, como muestra ‘See Of Gree’, y en los blues progresivos (‘Brown Mountain’). Muy bien.

El problema principal con estos grupos, pese a su irreprochable efectividad y solvencia, es que, sobre todo en el caso de Black Stone Cherry, no transmiten nada nuevo. Que son clichés tan oídos y requeteoídos que, como comentaba con Nat Simons un par de entradas antes, no extraña que los más tiquismiquis, exigentes, puristas o como quieras llamarles, se aprieten con los originales y de ahí no hay quien los despegue.

Bien está, pero bien está también que la llama siga viva. El viejo rock, afortunadamente, no es propiedad de la carrocería antañona que vivió los sesenta y setenta, sino también de las nuevas generaciones. Y ya no hay unos Led Zeppelin o unos Purple en pleno apogeo y en plena juventud sobre los escenarios, que es lo que demandan los tiempos, los festivales, las revistas del género, los promotores y la gente joven. Es la vida, la evolución generacional. ¿También el negocio?

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Miles Davis y John Coltrane: El acontecimiento jazzístico de 2018 cumple 58 años

Un poco de jazz en el blog para mantener engrasado el cerebro y desintoxicarse de la mediocridad que nos invade… ¡Qué digo! Un mucho, mucho. Porque estamos ante algunas de las páginas más brillantes de la historia del género, en vivo y en directo, y en su forma más descarnada y cruda, como si sus intérpretes tocaran, no con instrumentos, sino con cuchillos entre los dientes. Una cuestión de egos y de genio, simplemente, porque aquí están ni más ni menos que Miles Davis y John Coltrane, dos gigantes aún no superados.

La Sony ha vuelto a escarbar en sus archivos y para el sexto volumen de sus ‘Bootlegs Series’ de Miles Davis ha rescatado en cuatro cedés varias piezas de los conciertos europeos con los que la célebre pareja puso fin a su colaboración en directo. Ocurrió en la primavera de 1960. Un año antes, Davis y Coltrane, con Bill Evans (piano), Paul Chambers (bajo) y Jimmy Cobb (batería) como quinteto básico más Wynton Kelly (piano) y Cannonball Adderley (saxo), habían puesto en el mercado la que se dice es la gran cima del jazz de todos los tiempos, ‘Kind Of Blue’, y prácticamente con el mismo plantel que grabó aquel solemne disco –se quedaron en casa Bill Evans y Cannonball Adderley- salieron a morder cada noche por Europa, y así se trasluce en este ardiente cuarteto de cedés.

En el jazz nada está escrito de forma definitiva, nada es taxativo. Y menos aquí, con estos gigantes, donde solo está marcado el orden de los solos en las piezas –primero Miles, después Coltrane y luego Kelly, más ocasionalmente Chambers al bajo- pero luego lo que ocurra es cosa imprevisible, como una película de suspense en la que solo el espectador que la haya visto previamente sabe el final.

¿Quiénes de los que se sentaron en una butaca del Olympia de París, o en el Tivoli Konserthall de Copenhague o el Konserthuser de Estocolmo, de donde están tomadas las sesiones, podrían saber y ni tan siquiera barruntar las cuchilladas que Trane –y eso que aquel año había puesto en circulación uno de sus discos más fieros, ‘Giant Steps’- le iba a meter al saxo tenor e incluso al mismo público, con sus ataques, sus disonancias, su furia, su velocidad de bólido, su forma de tocar con sus famosas ‘sheets of sound’ (capas de sonido), sus vaciles, su manera de soplar “perdiendo el culo”, como diría Miles, la dificultad para pararle, de sacarle de su propio planeta, aun con la mirada geñuda de Miles… O los vuelos estratosféricos de este sobre escalas, haciendo compleja la sencillez, no dejándose llevar por la velocidad de Coltrane, poniendo al desnudo la colisión de dos estilos tan fuertes como dispares. O el balsámico engrudo que Wynton Kelly tendía al piano en los puentes entre solos. O el mismo Chambers en dos de sus escasísimas intervenciones como solista sacando el arco (‘On Green Dolphins Street’, ‘Walkin’). O el fornido músculo vertebrador de todo aquel torbellino de jazz sostenido por Jimmy Cobb en los parches. O que una misma pieza como la emblemática ‘So What’ (de la que hay cuatro tomas) daría vuelcos sonoros tan distintos, según la noche y el poder innato de improvisación de los dos leones principales de la manada. Por no decir, incluso, que en el Olympia, como se oye en ‘All Of You’, le silbarían a Coltrane en una de sus filigranas pasadas de rosca. Sí, solo quienes ahora podemos disfrutar de estos cuatro cedés podemos saber de aquellas trapacerías.

Miles había incorporado a Trane a su quinteto en 1955, es decir, en el inicio de su famosa época de los quintetos. Con él, y con Red Garland (piano), Paul Chambers (bajo) y Philly Joe Jones (batería), formó el primero, grabando ‘The New Miles Davis Quintet’ en aquel año triunfal de Newport, para después, yonqui perdido, darle suelta y no volver a llamarlo hasta cinco discos más tarde, es decir, para el icónico ‘Round About Midnight’(1957), aprovechar tomas anteriores en dos ocasiones más (‘Cooking’/1957 y ‘Milestones’/1958) y definitivamente desembocar en ‘Kind Of Blue’ (1959), la penúltima vez que se verían las caras en un estudio. La última sería en ‘Workig With The Miles Davis Quintet’, en 1959, y un año después, tras volver de la gira europea que ahora rescata este pack, tal y como le había anunciado Trane, romperían definitivamente, los dos enfrentados, con el hígado hecho trizas, algún que otro puñetazo de Miles y definitivamente bañados en polvo de estrellas del jazz: los clubs se llenaban a diario con ellos e iban a verles desde Frank Sinatra a Marlon Brando, Liz Taylor o Ava Gardner, con la que Davis trabó amistad pero nunca, mujeriego hasta las trancas, llegó a acostarse, según cuenta interesadamente en sus memorias, pues fueron muchos bulos los que corrieron al respecto y quiso dejarlo claro. Ayudémosle modestamente desde este rincón…

Seguramente, en el mundo actual del jazz hay gente que sopla el saxo y la trompeta con la solvencia y rotundidad con que lo hizo aquel dúo prodigioso, pero aquí está el germen de todo lo que vino después, el encuentro de dos colosos cuyo genio y cuyas vidas aún siguen gravitando sobre el jazz. Las sesiones de aquella gira final han circulado de mil maneras por el mundo discográfico –piratas, ediciones pobres, otras mejor conseguidas..-, pero aquí, obviamente extractadas, suenan de forma excepcional, con un brillo especial y único. Hay quien asegura que este es el acontecimiento jazzístico del año. Pudiera ser. Hay mucha verdad y mucho oro en esta caja. El mismo Miles confesó en sus memorias que tocar con aquel grupo le producía escalofríos cada noche.

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Nat Simons, vaquera española, ¿síntoma del colapso del pop actual o nueva revelación?


El disco es bonito, confortable, bucólico, de raíces plenamente americanas. Y con una hermosa voz femenina: una chica de 32 años, pese a lo que pueda pensarse de inmediato, por aquello de cantar en exclusiva en un buen inglés, de Madrid, con nombre y apellidos bien españoles: Natalia García Poza. Pero, ya se sabe, adoptar nombre de guerra sajón, y más haciendo la música que hace, folk-rock-country (o esa etiqueta chorras de las últimas décadas, ‘americana’), parece que da más caché. De ahí, y al hilo de los dibujos de ‘Simons’ Cat, lo de Nat Simons.

El disco se titula ‘Lights’ y acaba de ver la luz. Es el segundo de la madrileña. Antes, en 2013, publicó ‘Home On High’, trece canciones folkies con poso en el Dylan country del ‘Nashville Skyline’ y en sus cuatro primeros álbumes acústicos. No en vano, era, y es, una devota del bardo de Minnesota.

Un disco muy agradable (aquel primero), pero muy seco y hasta áspero en comparación con este segundo en el que se ha transformado en una vaquera americana de pura cepa. La culpa de ello la ha tenido su devoción por lo que hace y le apasiona, pero también por su cruce con Gary Louris, el líder de Jayhawks, que al verla cantar como telonera de su grupo en la sala Barts de Barcelona se ofreció a producirle el disco. Y no solo eso, a llevársela a los USA a grabarlo con músicos americanos.

Y vaya traje a medida y más vistoso que le ha hecho Louris para su voz y sus devociones, para espantar cualquier señal sonora hispana y darle pasaporte musical netamente americano, con tallaje sonoro evocador de glorias femeninas autóctonas del género como Linda Rondstadt, Rosanne Cash, Lucinda Williams, Patsy Cline, Carlene Carter, Emmylou Harris…. Bien es cierto que, como ella no pretende ni considera que lo suyo sea un revival sin más, hay apelaciones más modernas a gente del tipo Neko Case, Israel Nash, Brandi Carlile, Nikki Lane, Ryan Adams… y hasta Wilco y a lo lejos, y ya más clásico, a Tom Petty. Un lado eléctrico más que evidente y que a ella también le encanta.

Con todo ello, y especialmente con el vuelco que le ha dado Gary Louris, ya digo, esta madrileña de corazón americano, ha hilado un satinado y atemporal disco de country-folk-rock, muy agradable, terso y cuidado, muy genuino. La contrapartida es si esto es lo que demandan los tiempos actuales, si no es un síntoma del colapso de pop español más nuevo, y se diría que del internacional, que se repiten fórmulas y esquemas viejos, que no hay ideas nuevas, que no salen grupos con nuevas propuestas rompedoras o al menos no tan hiladas con el pasado… y me da que muchas de estas conjeturas se escapan de la figuración para bajar a la realidad, que este es el panorama y no hay más.

No faltará incluso el entrecejo subido de la vieja guardia: ¿para qué recurrir a la copia, por muy joven que sea, si ya tenemos el original, mil veces pasado por el tocata, aprendido de memoria? Más específico aún: ¿para qué Nat Simons si ya tenemos a Neil Young, Flying Burrito Brothers, Byrds, Gram Parsons, Emmylou Harris, Steve Nicks o Linda Rondstadt? Gran y constante dilema en las últimas décadas. O sencillo. Allá cada cual con sus ataduras al pasado o sus modernidades.

Eso sí, los discos son eternos; las figuras, no. Por lo que los escenarios son la plataforma obligada para mantener viva la llama de los ancestros y que la gente más joven los conozca. También el recurso obligado para llenar carteles de los muchos festivales de hoy. De ahí, por lo menos, la necesidad de artistas como Nat Simons, quién sabe si una nueva revelación.

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Gabinete Caligari y su himno casual a Soria cumple 30 años

Tanta Movida y tanta modernidad… y, leñe, ya han pasado 30 años. Sí, tres décadas desde que Gabinete Caligari publicase ‘Camino Soria’, su cuarto álbum, el más elaborado y de mayor éxito. Un dato: a primeros de los ochenta tocaron en el Plató, y apenas contaron con 40 espectadores; a finales de enero del 88 presentaron este disco en el desaparecido Pabellón Francés y allí tuvieron a casi cuatro mil personas. ¡Cómo corrieron!

Un signo más que evidente, no solo del crecimiento de Gabinete, sino en general de aquel pop de la Movida, que empezó como una fruslería de cuatro jóvenes bien -otros decían niñatos babosos- y acabó apoderándose de las listas de ventas, de los escenarios y de los bolsillos de los ayuntamientos en fiestas.

Tiempos musicalmente álgidos que marcaron discos como ‘Camino Soria’ o ‘La canción de Juan Perro’, por recordar dos de los más emblemáticos y de mayor rédito. La pasta que se metieron en el bolsillo todos aquellos imberbes… Un día, no hace mucho, Luis Auserón me confesaba: “Lo que más echo de menos de todo aquello es el dinero que ganábamos”. Nostalgias comprensibles cuando lamentablemente se acaban las abundancias y se nada en la precariedad.

Treinta años después en el mundo del disco es entrar en el reino de la melancolía, en la resignación –¡la leche, treinta tacos más en la buchaca!-, la nostalgia y, cómo no, en el negocio: las consabidas reediciones de las discográficas para calentar un poco sus frías arcas. Y así ha llegado el rescate de aquel ‘Camino Soria’ de finales del 87, con remasterización y un goloso libreto de fotos y comentarios a cargo de los tres gabinetes, Loquillo y varios de los músicos y grafistas que intervinieron en su confección.

Con este disco, Gabinete había saltado a la multinacional EMI en aquella desbandada hacia el dólar que casi todos los grupos de la Movida vivieron a mitad de los ochenta. Les pusieron medios técnicos en abundancia, un estudio espacioso y bien dotado tecnológicamente como los Doublewtronics, músicos acompañantes a mansalva, una panoplia de instrumentos, desde metales a cuerdas sintéticas, percusiones, teclados…, inimaginables para tres pipiolos un lustro antes, y un cerebrito del sonido y la producción como Jesús N. Gómez. También contaron con apoyo estético de primera: el fotógrafo Alberto García-Alix y el asesor gráfico, Pablo Sycet. Era lo obligado: ¡habían subido por méritos propios a la primera división de los grupos nacionales!, como cuenta Jaime Urrutia en el libreto.

Y, claro, sacaron un disco a la altura de las circunstancias, de su rápido aprendizaje y de su recién estrenada categoría de oro; esto es, un disco repulido, luminoso, con unos brillos sonoros cegadores, con pespuntes del viejo gracejo casticista de antaño pero más tendente hacia sonoridades clásicas anglo americanas, con especial fijación en The Beatles y los Kinks; también en Phil Spector: ‘La fuerza de la costumbre’ estaba construida con el peculiar andamiaje de cuerdas y ampulosidad con el que el famoso productor construía sus ‘muros de sonido’, incluidos los típicos chasquidos de castañuela. Por otro lado, ‘La sangre de tu tristeza’ era un chispazo a lo Johnny Cash y Hank Williams, algo en lo que, por cierto, se les adelantaron Mas Birras, aunque con menos laureles. Y la portada no era sino un clarísimo guiño al doble blanco de los Beatles. Un gran disco, aunque para mí, los Gabinete más impactantes y adorables eran (y son) los de ‘Cuatro rosas’.

¿Y lo de Soria? ¿Una glosa de la ciudad? ¿Una muestra de afecto familiar? ¿Un desbravado apunte pseudo intelectual de tres ignaros rockeros en honor a Machado? Nada de eso. Desmontemos mitos. Hoy la canción es un himno para la segunda ciudad más fría y despoblada de España, pero nada de ello salió premeditadamente ni afectuosamente. No hubo la más mínima intención de glorificar a Soria, ciudad que solo habían pisado en alguna ocasión en plan excursionista, nunca en los tablados, y de la que en cierto modo se mofaban a raíz de su cutrez nocturna, tras leer un reportaje en la revista Primera Línea, sino pura conveniencia y casualidad a la hora de rellenar la melodía. Vamos que lo mismo que Soria podía haber sido Pontevedra, Sevilla o, sobre todo, Cuenca, que era la primera ciudad en la que pensaron a raíz de un viejo soniquete que repetía el hermano mayor de Urrutia al son de la lotería de Navidad: “¿Dónde va tu primo?: camino Cuenca?” Era cuestión de encajar la letra al lugar y sus emblemas cuasi turísticos, y punto.

“Nos pareció un sitio lo suficientemente kafkiano para poder hablar de él”, me comentó Ferni Presas al término de la actuación del grupo aquella noche del 88. “Es que Badajoz es más fea y Soria más rica”, farfulló Jaime Urrutia en un estado físico y mental no muy estable (ay, los tragos) que hizo que un técnico se lo llevara lejos de mi grabadora. Eligieron Soria, pero podrían haber elegido otra población. Aunque, es cierto, eligieron la que eligieron y ahí quedó para la historia de la música española una de sus grandes canciones y de camino, un himno geográfico que ahora se rememora con este disco conmemorativo. ¡Treinta años!

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Novias que aún seducen

Si el de la Ronda de Boltaña fue el premio más merecido otorgado por Aragón Musical en los pasados Premios de la Música Aragonesa, no fue menor el merecimiento de La Novias al otorgárseles el especial a su carrera musical, un reconocimiento a sus 30 años de pervivencia en el mapa pop de la tierra, que no es poco en un oficio tan fugaz y volátil como el del rock.

Tres décadas aunque una producción exigua, podría decirse, pero concentrada y excitante, con la facturación de cuatro álbumes de estudio, dos EPs y un directo doble muy reciente. En ellos, sobre todo en el de debut, aquel inolvidable ‘Sueños en blanco y negro’ (1992), el cuarteto zaragozano condensó estupendamente el ambiente goticista y negro de los ochenta, implantado por Joy Division, Bauhaus o The Cure, pero también abierto a otras sonoridades más actuales entonces, caso de Guns N’Roses, y del pasado (Velvet y Doors). “Dado que lo de pop y rock no aclara nada, definiríamos nuestro sonido como denso, oscuro y eléctrico”, me decían a la salida del LP.

Aquel primer disco, con el que personalmente fui –lo reconozco- algo cicatero al solo ‘colocarle’ tres estrellas en el Heraldo (ay, la voz de Toño), ha ganado enteros con el tiempo. Escuchado casi tres décadas después, resulta más hecho y atractivo, no superado por el tiempo ni por el ‘indismo’ actual, gracias sobre todo a la métrica matemática del ritmo, a su oscura modernidad de entonces y de ahora y sobre todo al rico panel de registros de guitarra que aportó Óskar Díez, el gran bastión del grupo. ‘Enamorado’, ‘Calamidad’, ‘Imagínate el aire’, ‘Robar el cielo’, ‘Dejar atrás’ y hasta el acercamiento que hubo a Parálisis Permanente en ‘Cerca de ti’ siguen siendo grandes canciones.

A los mandos en la producción estuvo Enrique Bunbury. Cautivado, según declaró, “por sus canciones, su eléctrico magnetismo sobre el escenario y su capacidad para canalizar unas influencias variopintas y filtrarlas por un tamiz tremendamente personal”, se involucró con ellos desde su primera maqueta, publicada en el 88, y en el 92 era la primera vez que el ya consagrado cantante de Héroes se salía de su grupo para dirigir este primer álbum ajeno.

Lo editó Polygram, en medio de aquella fiebre del oro que se desató en la Zaragoza de comienzos de los 90 a la caza y captura de unos nuevos Héroes, pero el beneficio económico no debió ser lo suficientemente grueso para los intereses pecuniarios de la multinacional -y eso que se dice que vendieron treinta mil copias, aunque quizá fueron diez mil, lo que tampoco estaba mal-, por lo que le dieron la carta de libertad y desde entonces su camino transcurrió por caminos independientes, comenzando por la unión con el mismo Bunbury para crear el sello A la Inversa Records.

Ahora, con tres de sus miembros originales, a saber Toño Leza (voz), Pedro J. García (bajo) y el mentado Óskar Diez, más el batería Germán Arenaz, el grupo zaragozano ha puesto en el mercado un jugoso doble CD con el concierto en directo que ofreció en abril de 2016 en la sala Changó de Madrid. Un disco limpio, de sonido transparente pese a lo difícil que ello resulta a la hora de captar las atmósferas góticas, mejor cantado y, salvo los correosos ataques de rock cuasi heavies o pseudogrunges, más pop que antaño, con base principal en los tiempos medios y sorprendentemente con el acento Héroes del Silencio más marcado que nunca, tanto que a falta de Bunbury y sus colegas del ‘Buque’ estas Novias casi resultan un consuelo para suplir su ausencia, no en vano mantienen de forma muy evidente la sonoridad y el legado de los autores de ‘Senderos de traición’, especialmente cuando a Óskar le da por trabajar -cosa que hace con profusión- sobre los ‘echoes y chorus’ guitarreros que el gran Valdivia implantó como sello identitario y diferenciador del grupo.

Son 30 años en la carretera, con un parón de más de un lustro, desde el 2001 hasta el 2007. Mucho tiempo y no muchos discos pero una contumacia y una fe inquebrantables en lo que hacen y en lo que les apasiona, amén de unos profundos lazos de amistad personales entre ellos, que vienen de su época de estudiantes en el instituto. Ya digo, merecido galardón. Unas novias que a pesar de los años, con su luto estético, su hermetismo lírico, su sonora densidad atmosférica y sus absorbentes canciones, siguen seduciendo todavía.

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La Ronda de Boltaña, desde las entrañas de la tierra aragonesa

Para María José Andrés

Comentaba en la entrada anterior que uno de los premios más merecidos, y diría que emocionantes, que se entregaron en la fiesta de los Premios de la Música Aragonesa fue el de La Ronda de Boltaña: Premio Especial a la Trayectoria. Curiosamente en su elección no hubo concurso público sino que fue la propia organización la que, muy atinadamente, acordó concedérselo. Y no le faltan avales y méritos para tal premio al veterano grupo nacido en el municipio oscense del Sobrarbe de la reunión de varios amigos y vecinos de forma amateur y al calor del renacimiento de la música tradicional española y del eco internacional que en los setenta-ochenta trajeron las inmensas publicaciones discográficas del impagable sello Guimbarda.

Básicamente La Ronda es la culminación del camino que en el año 78 abrió Chicotén, con el primer disco de música popular aragonesa que se grabó en esta tierra, si bien poco antes fueron el propio Labordeta, con su ‘Chichecle’, incluido en su álbum en directo del 77, y La Bullonera, a través de su tercer álbum, quienes mostraron el camino a seguir de la canción popular moderna, desempolvando un Aragón distinto al de la jota, esto es, descubriendo que, sin menospreciar la solemnidad y tradición que tenía y tiene el género, había también un rico panel de músicas diversas que el tiempo había sepultado. Los cancioneros tradicionales de Arnaudas, Mingote y Mur daban fe de ello.

Desde entonces, desde Chicotén, han sido un número no poco copioso de formaciones las que han transitado ese camino –Hato de Foces, La Orquestina del Fabirol, Cornamusa, Biella Nuei, La Birolla, Fagüeño…-, mostrando esas músicas ocultas, unas veces ateniéndose a la más pura tradición, otras renovándola. Lamentablemente, pese a haber dejado todos ellos un trabajo impecable y discografías muy valiosas, casi ninguna, a excepción de Biella Nuei, por circunstancias diversas, ha subsistido más allá de unos pocos años, no perviven. La Ronda, sin embargo, que empezó en 1992, cumplió el pasado 2017 su cuarto de siglo de existencia, y eso es un valor muy notable. Más, o por eso, teniendo en cuenta que nunca ha sido un grupo profesional, sino completamente amateur, gentes con sus trabajos que en ratos libres y con no poco esfuerzo han dedicado su ocio y su pasión a la música.

Fruto de ello han sido sus numerosas actuaciones (cerca del millar) y un repóquer de discos emocionales, costumbristas, poéticos, veristas, lozanos, reivindicativos, humorados… Cinco discos publicados sin prisas ni obligaciones, masticados con paciencia y serenidad porque nunca fue su destino ni su objetivo encadenar una discografía proteica y proteínica al modo de un grupo profesional. Por eso, ellos no los consideran escasos sino, al contrario, abundantes: “Nunca pensábamos grabar uno, y ahora tenemos cinco”, han dicho con cierta sorna, y, claro, alegría. Por cierto, son estos: ‘La Ronda de Boltaña’ (1995), ‘Banderas de humo’ (1998), ‘País de anochecida’ (2001), ‘¡Salud, país’ (2007) y ‘La huella que el tiempo deja’ (2014).

Un quinteto de álbumes autoeditados, como corresponde a una formación autogestionaria, por los que desfila el Aragón de ayer y de hoy en las tres vertientes en las que trabaja y se distingue la Ronda: como grupo de calle y fiesta, como grupo folk y como grupo reivindicativo. Y en un tanto por cierto muy alto, de creación propia. Porque uno de los genes más notables del grupo, además de su preocupación por la recuperación de instrumentos antiguos, es su pulsión compositiva personal, mirando atrás pero también –muy importante- al presente. “Me llamaba la atención –me decía Manuel Domínguez, uno de los pilares mayores de La Ronda, en 2002, en una entrevista para Heraldo- la música celta en el sentido de que si tú escuchabas un disco sonaba a popular pero luego le dabas la vuelta y veías que las canciones estaban firmadas por gente de hoy. Es decir, es un folclore que sigue vivo. Con los occitanos, nos pasó igual, había mucha recuperación pero también eran capaces de hacer cosas nuevas. Todo eso fue lo que nos puso a componer en vez de basarnos en lo hecho o en la investigación”.

Aquel cura, Bruno, que perdió el oremus por culpa de la peseta y la bragueta; la petición de ayuda para recuperar un país perdido, El Sobrarbe; el picarón humor de la “niña bonita” a la que se le metió una pinocha por el do-re-mi-fa-sol; la elegía al porrón de vino presto a agotarse en el reseco garganchón de los rondadores… El humor es marca esencial en La Ronda en esas fiestas de calle. Corre el vino, suenan las canciones, en las casas ofrecen pastas y rosquillas, se reencuentran vecinos de aquí y de allá, cantan, bailan, se cuentan penas y alegrías. Hay catarsis, una terapia mágica de amistad y fiesta que produce efectos anímicos reconfortantes. Es uno de los grandes blasones vitales de la Ronda.

Pero tan importante como la música y la fiesta es su papel reivindicativo, la defensa de la tierra, su cultura y sus gentes, algo que los pone en el terreno de los cantautores a los que admiran, especialmente a Labordeta y La Bullonera, tal y como demuestran canciones como ‘La tronada’ o ‘País perdido’. “Eso para nosotros es un elogio”, confesaba Domínguez. “Como los cantautores, tratamos de transmitir un mensaje. La letra en La Ronda es muy importante, forma parte de nuestra vía de actualización de la música popular”.

No se olvide, finalmente, la última marca genética y escasamente resaltada de La Ronda: su papel de rondalla, de tuna, si se quiere, pues en el fondo suena así, como esos tunos que, cual antiguos goliardos, recorren fiestas, calles y saraos, o rondan bajo un balcón a una bella señorita, solo que en vez de cantar ‘Con las cintas de mi capa’ o ‘Clavelitos’, ellos entonan esos versos tan propios de esta tierra. Domínguez corrobora este aspecto de ‘tunos sobrarbenses’ en su aspecto más positivo.

Hay materia para un libro, para trazar ese recorrido tan extenso, inimaginable ni tan siquiera para sus propios componentes, que La Ronda ha recorrido a lo largo de estos últimos 25 años. Tienen el aval indiscutible para este último premio que se le ha concedido o para la medalla que también no hace mucho les concedió la DGA. Sigo disfrutando con sus canciones y con sus letras, con ese armazón de gaitas, laúdes, bandurrias, acordeones, chuflo, salterio, trompa, clarinetes, bajo y voces con el que dan rienda suelta a sus discos y a sus festivas actuaciones, que suelen cobrar, no en dinero, sino en chiretas, vino y amistad. Sus valses, tangos, pasodobles, mazurcas, habaneras, polcas, boleros… y sus letras henchidas de aragonesismo conectan con las emociones y la sutileza, con la fiesta y con la ironía, con la reivindicación y con los sentimientos más nobles. Con las entrañas mismas de esta tierra.

En 2003, en la que fue su actuación número 457, tuve la inmensa fortuna de contar con ellos como invitados en el Centro Cultural Delicias en la presentación de mi libro ‘Polvo, niebla, viento y rock’, haciendo ellos de introductores musicales del acto desde el hall del recinto al escenario. Nada más comenzaron a sonar guitarras y bandurrias tan cerca de mis oídos me empezaron a temblar los pulsos, fue el inicio premonitorio de una emotiva noche que no olvidaré jamás y que siempre les agradeceré. Me siguen acompañando y me siguen motivando cada vez que los oigo. Como lo hacen a miles de personas de dentro y fuera de Aragón, iluminándoles no solo el alma y sus vidas sino balsamizando también los males que a veces el cuerpo se empeña en desflorar. Va por ti María José.

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En torno a los Premios de la Música Aragonesa 2018

Otra ronda, que dirían Mas Birras, de los Premios de la Música Aragonesa, la XIX, que se entregaron ayer en el Teatro Principal y de nuevo, cual autómata, me repito:

1.- Sistema de votación mejorable: favorece el compadreo y el amiguismo (más con el poder de las redes sociales). ¿Por qué no se seleccionan los nominados y se eligen los premiados exclusivamente por gente del oficio? Así se hace en los Goya y los Oscar o cualquier otra entrega de premios de alto rango. El pueblo es soberano y democrático, pero el premio a la creación debe regirse por parámetros más estrictos y restringidos. Sí, la elección final es ‘académica’, pero la selección inicial es aleatoria en función de la votación popular. ¿Todos cuantos votan han escuchado todos los discos publicados a lo largo del año o han visto en directo a todos los grupos y artistas nominados? ¿O priman más las afinidades grupales, familiares, wasaperas, coleguiles… etc? Uhmmm… Por cierto, en cuanto a los ‘académicos’, que tienen la decisión final, ¿cuántos son y quiénes? Nunca se hizo público el listado.

2.- El terreno queda abierto a las suspicacias desde el momento mismo que no hay un control notarial de los votos. ¿Tan caro y dificultoso técnicamente es contar con un profesional del ramo que dé fe jurídica de las votaciones? No afirmo con ello que haya ‘tongo’, Dios me libre, pero sí recojo la percepción de que cuanta menos transparencia haya más lugar a que surja la especulación o que hablen las malas lenguas: no sería la primera vez que uno oye lo de ‘premios amiguetes’… Las sospechas se apagarían de inmediato con un notario de por medio. Insisto.

Bien, dejando atrás el automatismo personal, aunque seguiré poniéndome el traje robótico e impertinente cuantas veces sea necesario, entro de lleno en los premios entregados ayer pero basados en los trabajos de 2017. Los más evidentes y meritorios de esta edición, dos que la propia organización ha designado sin el concurso público. Ni un solo miligramo de negación de pan ni de sal a La Ronda de Boltaña. Sus 25 años en ruta, tratándose de un grupo amateur, y su festivo-emotiva discografía forjada a pie de calle y paisaje aragonés es un aval incuestionable.

El otro premio directo, el Especial a la Trayectoria, es también de mucha justicia: Las Novias. Treinta años, con sus luces y sombras e incluso sus apagones, pero de apertura siempre de antenas a los sonidos más novedosos llegados de fuera y su renovación estética y sonora del paisaje ciudadano en tiempos tan dislocados como los de los ochenta-noventa, amén de una discografía más que aceptable, merecen su justo premio. Por tanto, nada que objetar, sino más bien aplaudir.

Justo, justísimo, también es el premio a My Expansive Awareness, de lo mejor que ha surgido en los últimos tiempos en Zaragoza. Han ganado el premio al mejor álbum autoeditado, que, para mi modesto entender, es el premio al mejor disco del 2017, porque también ha habido un premio al mejor álbum a Bunbury, pero en este caso (se entiende) no autoeditado. ¿Y qué diferencia hay entre un disco autoeditado o no para que sea mejor o peor, máxime en estos tiempos de tecnologías eficientes y accesibles? No debiera desdoblarse esa categoría. Y como, a mi parecer, el de Bunbury no es un trabajo, ni de lejos, para colocar entre lo mejor de su producción, y, sin embargo, el de My Expansive reúne ingredientes más que considerables de calidad, justísima es su elección, aunque yo lo colocaría en categoría única y absoluta de Mejor Álbum, y con más visibilidad de la que le han dado los medios, creo que bastante despistados o perdidos en nieblas raras, cuando no crispantes.

Ya no entro en los olvidos injustificables, al menos en las no nominaciones de gente como Amaral, Patinettes, Carbonell, Sopeña, María José Hernández, Lügers, Carmen París o el Pardinilla Sexteto. Es una pena que nombres como estos quedaran excluidos en primera ronda, lo que me da que quienes eligieron no escucharon todo el material obligatoriamente escuchable sino que se guiaron por otros intereses distintos, es decir, ese gran hándicap del sistema de selección al que ya he aludido. Y, por cierto, ¿qué pasa en Huesca y Teruel? Solo un premio.

Todo lo demás de lo premiado forma parte de las categorías menores, si no del relleno o lo intrascendente, cuando no de lo anecdótico (¿mayor proyección un grupo con un cantante y fundador casi cuarentañero al frente?), que no quiere decir en determinados casos su necesaria inclusión (canción, portada, técnico, vídeo, directo, grupo…).

Poco o muy poco, por tanto, consistente en lo más reciente y con pocos visos para perdurar en su mayoría en el tiempo. Y si no al idem. El panorama actual no es muy alentador, pese a los monaguillos del campaneo.

Las categorías y nominados y en verde los premiados:

Mayor Proyección
Fongo Royo
-Mercury Rex
Team D’Luxe
Zynk

Premio Itinerante – Técnico de Directos
-Kike Cruz

Mejor Vídeo
“Acapulco” de Pecker por Daniel Pardo
“Funky Robot” de The Bronson por Ignacio Estaregui
-“Local 7” por Jorge Nebra
“The Wheel” de My Expansive Awareness por Jonathan Cremades

Mejor Programación
El Veintiuno
Las Armas
-Rock & Blues
Sala López

Mejor DJ
Chelis
Lady Funk
-Mr Pendejo
Sweet Drinkz

Mejor Directo
Bunbury
Kase.O
-The Kleejoos Band
White Coven

Mejor Canción
“Atlas” de Calavera
“Cuna de Caín” de Bunbury
“Guatizalema” de Joaquín Pardinilla Sexteto
-“La Bella Muerte” de Sho-Hai

Mejor Canción en Lengua Autóctona
“Entalto Pirineo” de Francho Sarrablo
“Paisache” de Bosnerau
-“Pregaria” de María José Hernández
“Tuna Punk” de Manolo Kabezabolo y Los Ke No Dan Pie Kon Bolo

Otras Músicas
Biella Nuei
Pirineos Sur
Tributo a Paco de Lucía
-Vegetal Jam

Mejor E.P.
-“Balance” de Lady Banana
“Capitana” de La Nube
“Cuna de Caín” de Bunbury
“En Contradirección” de Amòrica

Mejor Álbum Autoeditado
“Año Selvático” de Los Bengala
-“Going Nowhere” de My Expansive Awareness
“Inception” de The Kleejoos Band
“La Última Función” de Sho-Hai

Mejor Portada
-“En Contradicción” de Amórica por Dani Pueyo de IF3 SocialMedia
“Guatizalema” de Joaquín Pardinilla Sexteto por Jorge Gay
“Inception” de The Kleejoos Band por Joss Mayoral
“Kinjite” de The Bronson por Eugenio Merino

Mejor Producción
“Expectativas” de Bunbury por Bunbury
“Exposición” de Calavera por Javi Vicente ‘Carasueño’
“Inception” de The Kleejoos Band por The Kleejoos Band
-“La última función” de Sho-Hai por RdeRumba y Sho-Hai

Mejor Álbum
-“Expectativas” de Bunbury
“Flamenco Diásporo II” de La Orquesta Popular de La Magdalena
“Kinjite” de The Bronson
“Tetsuo” de El Momo

Mejor Solista
El Brindador
-Kase.O
María José Hernández
Sho-Hai

Mejor Grupo
Calavera
Domador
Lady Banana
-The Kleejoos Band

 

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María José Hernández juega y vuelve a ganar

Es María José Hernández un pozo sin fondo de sensibilidad y buen gusto para cantar y componer, la voz femenina más dulce y pura de la música aragonesa, con permiso de Eva Amaral. Lleva tres décadas en liza, navegando valerosamente por libre en el proceloso mar de la música popular y, tras su delicado trabajo con las canciones de Labordeta (‘Las uvas dulces’/2014) o esa jugosa actualización del pasado sefardí y diversos cantos medievales (‘Vivere memento’/2015), ha traído un nuevo disco, ‘Cartas sobre la mesa’, que de nuevo vuelve a echar al pozo unas cuantas fanegas más de esa sensibilidad y maravilloso gusto que María José posee a la hora de cantar, componer y escribir versos.

Para la ocasión, rodeada de un cuarteto –Sergio Marqueta (teclados), Dani Escolano (contrabajo), Dani Blesa (batería) y Fernando Girón (guitarras) más la colaboración de Guigher, que también coproduce, en las programaciones- tan sobrio como limpio que sirve a la cantante zaragozana unos arreglos satinados, hermosos, a veces tan desnudos que se quedan en solo un piano o una guitarra acústica.

Una nueva forma de afrontar sus canciones y un disco que enlaza con los anteriores por, obviamente, la dulzura vocal pero que pone distancia con ellos precisamente por esos arreglos y por los nuevos territorios que ella y sus músicos exploran muy sutilmente y de forma más sugerida que explícita: el del funk (‘Poderosa imaginación’), el swing (‘Saltando sin red’), el trip-hop (‘Nada es lo que parece’), la maravillosa balada pop a pleno pulmón, quizá la mejor del disco (‘Cartas sobre la mesa’)…, e incluso el del lujoso mundo instrumental de Steely Dan (‘Cinco sentidos’).

El resultado de la aventura por los mares de la creación, o como ella canta en ‘Siento’, de su juego con las musas caprichosas revoloteando por sus sienes, es un bello caleidoscopio sonoro que quizá pierda colores en la desnudez de las dos últimas piezas, aunque no ese latido emocional y poético, sensual en ocasiones (aquí,’Aniversario’ y ‘Cinco sentidos’), que siempre le pone María José a sus canciones.

Hace unas semanas, no tenía servidor el más mínimo rubor en denunciar el bajo estado de forma en que, en general, se encuentra la música aragonesa actual, comparada con otras etapas anteriores, pero afortunadamente siempre, junto a las estimulantes nuevas apariciones, nos queda el valor seguro de la veteranía y la consolidación de artistas como María José Hernández.

Ella puede hacer un disco de una manera u otra, con unos arreglos de una forma u otra, con enfoques estilísticos lejanos, con una brevedad extrema, cual es el caso de este reciente, pero ahí está siempre su dulzura en el canto, sus cuidadísimos versos, su magnética voz de seda, su sinceridad como creadora, sin dejarse tentar por infamantes demonios comerciales. Eso nunca falla.

María José juega sin cartas marcadas, lo hace con la verdad de su talento y de su actitud artística ‘sobre la mesa’. Y, de nuevo, vuelve a ganar. Ojalá siga sentada ante la mesa de juego durante mucho tiempo, aunque el mundo pop nacional le siga negando la visibilidad que justamente se merece.

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Cultura de contenedor: el patinazo musical de TVE

El pasado jueves, día 8, me fui a la cama abochornado, si no cabreado. Fui testigo de una de las meteduras de pata más gigantescas que he visto en la tele y en directo. En el programa ‘La hora cultural’, de 24 Horas de TVE, que presenta Antonio Gárate, este entrevistaba al maestro aragonés Antón García Abril, quien en mayo próximo cumple 85 años y en abril se le va a tributar un homenaje en Madrid.

Gárate, con ese tono empalagoso, rendido, ejerciendo de algo muy común en estos tiempos en la profesión periodística, es decir, de ‘babismo, extendiendo la lengua cual alfombra a los pies del entrevistado, repasaba algunos trabajos del maestro, entre ellos, su célebre sintonía de ‘El hombre y la tierra’…

Y llegó la ‘Sinfonía del nuevo mundo’, de Dvorak, que ya antes había asomado como recurso breve de sus trabajos. García Abril aparecía dirigiéndola en un extracto del programa ‘300 millones’, y ¡cataplás!: “Así, al principio, me ha sonado a John Williams haciendo la banda sonora de Tiburón…”, soltó el presentador en una exhibición de atrevimiento inaudito y dando por supuesto que la había escrito el maestro García Abril. “Pero si esto que suena no es mío”, casi balbuceaba Abril, asombrado, pero de forma educada, sin soltar el merecido exabrupto al preguntador. “¡Ah, ¿esto no es suyo?” Risas del entrevistado y gambazo del presentador: “¿Qué es esto, Antón?”, preguntó con una analfabeta sonrisa, sin tener la mínima conciencia del gran batacazo musical y cultural que se había dado en público…

Dios mío, la ‘Sinfonía número 9’ o ‘Sinfonía del nuevo mundo’… Si hasta los párvulos, al menos antaño, la hubieran reconocido. Una de las obras más universales de la música clásica, escrita por el checo Anton Dvorak en 1893, y que ha sido desde banda sonora de películas de dibujos animados hasta sintonía de programas radiofónicos (los más veteranos la recordarán en ‘Ustedes son formidables’, de la cadena SER). Que un presentador de un espacio cultural patine de esta manera es para tenerlo de pinche en los Juegos Olímpicos de Invierno, que ahora mismito se celebran en Corea del Sur, y no en un programa televisivo.

Mas, al margen de valías profesionales y de gloriosos patinazos como este, hay un hecho candente que saca a relucir este soberbio resbalón: el concepto actual de cultura y cómo se dispensa esta en los medios televisivos y periodísticos. En tiempos, y de forma lógica, existía un programa o una sección en los periódicos dedicada a los libros, otra a los toros, otra al cine, otra al arte, otra a la fotografía…, había dos grandes secciones, una de Cultura y otra de Espectáculos. No, ahora, no. Ahora hay contenedores, grandes depósitos en donde se echan a paladas los más diversos temas y personajes, como si todo interesara genéricamente, desde una novela a un cómic, una obra de teatro, un circo, un ballet, una exposición de origami, una corrida de toros, una película, un rapero, una ópera…, qué se yo.

Un revuelto que no solo despista al lector o al televidente, desde el momento en que se administra en el mismo contenedor, ofreciéndole asuntos que no le interesan, solapando unos a otros, sino que impone el criterio falso de que la cultura es un indiviso universal que hay que dispensar en los medios en un solo frasco, como si quien escucha, ve o lee tuviera el mismo interés en los toros, el rap, la copla, el rock, la novela, el cine o la ópera.

Y no, oiga. El ‘todoterrenismo’ mediático carece de profundidad y crédito, resulta difícil digerirlo por el eclecticismo antagónico e inconexo de sus partes, por su fútil ambición y por la imposibilidad de abarcar todo. ¿La danza clásica y el heavy metal? ¿El lector de Hegel y el de Corín Tellado? ¿Bergman y Santiago Segura? ¿Nick Cave y Bustamante? ¿La velocidad y el tocino? Me temo que es tan imposible como mezclar el agua y el aceite.

Pero segundo, y básico: quien dirige o presenta estos contenedores está obligado a ser experto (o ellos se erigen como tales) en todas y cada una de las materias que tratan…, y no, es irrealizable. Por mucho que se quiera, los “supermanes de la cultura global” no existen, no se puede saber de todo. Menos aún, pretenderlo y aparentarlo, so pena de que luego se produzcan bochornosos patinazos como el del jueves pasado en TVE.

La cultura, en la faceta que sea, no se puede abordar de manera tan banal y gruesa como se aborda. Se necesitan expertos, y a poder ser apasionados de su materia, gente especializada que transmita al lector o al televidente, no solo el gusto por lo que se lleva entre manos, sino también sus conocimientos, ofreciendo datos seguros, fehacientes, comentarios amenos, jerarquizando información y cribando con rigor calidades. Y eso se consigue con años y experiencia, con estudio y dedicación, no en un master o en un cursillo acelerado.

Lo contrario, empaquetar la cultura en contenedores mixtos, hacer un revuelto como el que cocina una ensalada rápida, y ponerlo en manos de un pretendido supermán cultural, es tratarla con desdén y superficialidad. Un insulto a la inteligencia que se agrava más cuando el desvarío viene de una televisión pública. Cuatro días después, por cierto, el tal Gárate ni ha pedido disculpas ni ha sido dimitido. ¡Vergüenza!

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Miguel Ríos y Johnny Hallyday

 

Ya hace unas semanas de la muerte de Johnny Hallyday, pero no es éste tema cerrado, al menos en este blog, que no vive de la rabiosa actualidad. Ni Hallyday ni Miguel Ríos, ambos con dilatadas carreras discográficas y con un simbolismo para el rock inapelable, han cerrado ni cerrarán la historia del género, sino que, al contrario, la seguirán abriendo en el presenta y en el futuro cada vez que a alguien le dé por excavar el pasado y aprender de él. Son dos referentes indiscutibles. Ahora, y en años venideros. Por ello, nada demodé el que asomen de nuevo en este blog.

De Miguel, personalmente, sabía, y así lo he escrito infinitud de veces aquí y en el Heraldo, y sigo sabiendo, que ha sido y sigue siendo la voz mayor del rock español, una voz articulada, de una tímbrica fantástica, de un caudaloso flujo de armónicos y un registro riquísimo en matices, lo mismo para el rock que para la balada. Su amplia discografía, con todos los altibajos que se le quieran señalar, es el mejor exponente de ello.

Lo que no sabía es que, además de sus dotes musicales y vocales, posee un talento innato para la escritura. Lo dio a conocer cuando en 2013 editó en Planeta su autobiografía, ‘Cosas que siempre quise contarte’, un modélico libro de vivencias personales y profesionales, del que ya dí cuenta en este blog, que engancha desde la primera a la última línea, no solo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta, con coherencia, con fluidez, con gracejo, con ingenio, con humor, con seriedad, con un uso del español en la mejor línea de los clásicos, desde Galdós a Umbral.

Confieso que me quedé asombrado al leerlo, porque no imaginaba tanta pericia y tanto desparpajo a la hora de narrar, menos en alguien ajeno a la literatura. Pues no es así, increíblemente. Una pequeña confesión: ese libro está al lado de mi cama. De vez en cuando releo unas hojas como ejercicio de sanación mental y de disfrute, masticando las líneas, saboreándolas. No es Stefan Zweig ni Borges, pero da igual, como si lo fuera, desde el momento en que su transmisión emotiva y literaria es de una viveza torrencial.

Vienen a cuento estas líneas –hiperbólicas, quizá, para algunos, no para mí- porque me ha llegado a través suyo el texto que escribió para el diario digital Infolibre a raíz de la muerte de Johnny Hallyday, su mejor simétrico en la Galia en lo que concierne al mundo pop, dos rockeros de vidas paralelas, salvando las distancias, como el mismo Miguel señala. Le pedí enseguida permiso para publicarlo en este blog, porque una de las misiones y alegrías que tengo con este rincón digital es compartir aquello que me gusta. Así que conocer y compartir esta pieza que Ríos escribió hace no mucho es un placer inmenso. Si alguien la quiere leer en el lugar original en que se publicó, la tiene en este enlace,  y si no, va a continuación, tal cual me llegó. Es un texto maravilloso, ameno, ingenioso, verista, lleno de sabiduría, de fondo, de cultura y de reflejos periodísticos y literarios para definir una época como la de los primeros sesenta. Ustedes lo disfruten.

LONG LIVE JOHNNY
Por Miguel Ríos Un funeral de Estado en el país de la grandeur, no puede ser otra cosa que la madre de todos los funerales. Solo a la altura del de los faraones en el antiguo Egipto o de las super producciones de Cecil B. DeMille. En este caso, me refiero a la impresionante retransmisión televisiva del sepelio popular de Johnny Hallyday, el proto rocker francés que abrazó la fe del rock and roll, lo tradujo e impulsó en la patria de la lengua de Victor Hugo y en su espacio de influencia. En la neoclásica Iglesia de la Magdalena, repleta de personalidades, presidentes y ex presidentes de la nación y personalidades de todos los órdenes en la vida de la República, estrellas de la cultura, la música y el cine, lamentan la pérdida del Elvis francés, cuyo ataúd reposa a los pies de la talla de Marochetti de la Madeleine. En el exterior, en la fría mañana parisina una muchedumbre llena la gran explanada frente al templo y sigue la suntuosa ceremonia por pantallas gigantes. El ambiente de recogimiento y dolor se manifiesta en cada rostro enfocado por las cámaras. Hay gente que llora y escucha las palabras de amor y reconocimiento que se leen al pie de la escalinata que sube al altar, ante el blanco féretro del padre del rock galo. Todo es recogimiento, silencio, dolor y buena educación. Mientras observo la multitudinaria despedida de mi correligionario en el rock, pienso en las canciones que versioné de sus primeros discos, sobre todo en ‘Detén la noche’. Un tema que le compuso un armenio llamado Charles Aznavour, y que yo intenté “clavar” desde mi evidente bisoñez. También recuerdo la anécdota de la responsabilidad tangencial, que su nombre tuvo para que yo me llamara Mike Ríos. La cara que se me quedó el día en que vi mi nombre en inglés en la portada de mi primer disco, y la del director artístico de Discos Philips cuando me espetó: ¿pero tú te crees que Johnny Hallyday se llama así? No. Se llama Jean-Philippe Smet. A ti, Miguelito, al menos te queda el apellido. Desde entonces hemos llevado una vida creativa paralela, salvando enormes distancias. Quiero decir, que como casi todos los aspirantes a rockero, bailamos Twist, Madison, Mashed Potato, Bugaloo y las mil y una danza que la industria del disco lanzó, mientras creyó que el rock and roll era solo una moda pasajera. Yo admiraba a Johnny Hallyday y siempre lo consideré un grande. Aunque, para mi gusto, no era el mejor cantante, sí era uno de los tipos con mejor presencia escénica del rock internacional. O como él mismo cantaba, tenía Rock’n’roll Attitude. Había tocado con los mejores músicos del planeta rock, grabó en los mejores estudios del mundo, y se codeó con las grandes estrellas del género. Si os dais una vuelta por su inmensa discografía veréis al camaleón rubio, versionando la mejor música escrita en el siglo pasado. Y cual Mick Jagger prodigioso, mejorando en la vejez. La única vez que lo vi actuar fue en el verano del 63 en Alicante. En El Gallo Rojo, una famosa y enorme sala de fiestas al aire libre, en la playa de San Juan, donde me había salido un curro alimenticio poco rockero durante quince días. El Gallo ofrecía cada noche un espectáculo de variedades donde yo actuaba como El Rey del Twist, y alucinaba con las largas y bellas piernas de las bailarinas. El día que actuó el astro francés el local se convirtió en un anfiteatro de 6.000 localidades, donde demostró que, verdaderamente, era un performer excepcional. Durante dos horas recibí una clase magistral de lo que algún día tendría que hacer en un escenario. Aturdido por la perfección del sonido, el juego de unas luces nunca vistas, y envidiando el delirio “beatles” que despertaba Johnny en las veraneantes francesas que se lo comían, y en las más modositas fans locales, yo no salía de mi asombro de cómo sudaba el tío bajo el resplandor de los focos. Alguien de la orquesta del local que estaba conmigo me dijo, dicen que se toma dos aspirinas antes de salir a cantar y así rompe más fácil. Más tarde comprobaría que se suda porque se curra. Aquel tipo de 1’85 era la estampa del rocker. Rubio de ojos azules, nacido en el Paris ocupado por los alemanes, fue abandonado por su padre colaboracionista y borrachín. Lo mandaron en acogida con una tía bailarina que vivía en Londres. Crece en el movedizo mundo del espectáculo y construye una de las biografías más arrastradas y rockeras de la que, sin duda, saldrían unos cuantos biopics. Triunfa sin paliativos y vende millones de discos siendo un adolescente. Se casa con “la más bella del baile” y se monta en el agitado tobogán de la década. Para mí tiene el enorme mérito de hacer asimilable la lengua de Albert Camus al rock and roll. Cuando terminó el show, me sentía tan acojonado que ni intenté saludarlo. En el tránsito de las décadas que partieron el siglo XX, el rock and roll se va estableciendo como la música de la juventud en más de medio planeta. Elvis Presley, su icónico tupé, su pelvis pecaminosa, convertido en el Rey del Rock, era el tipo a imitar. Un fenómeno hormonal, con guitarra en ristre, que se convirtió en la imagen de un cambio de costumbres que transformó el papel de la juventud, históricamente secundario, en objeto de deseo. Al margen de que fuera el blanco que mejor fagocitó el invento de los chicos negros que cambiaron el gospel de las iglesias por el rhythm&blues de los tugurios suburbiales, Elvis fue la mejor garganta de su generación. La explosión mundial del rock and roll, muy contestado por la carcundia y las Asociaciones para la Defensa de la Moral, provoca la primera globalización cultural y tiene que ver con la situación política de Estados Unidos y su necesidad de combatir en todos los frentes al comunismo expansivo que provocó la Guerra Fría. Por afinidad cultural, Inglaterra fue el primer eslabón hasta que llegaron The Beatles y produjeron el primer cambio de paradigma. Pero esa es otra historia. En los países receptores del Plan Marshall, los trasuntos de elvispresley surgieron como setas. En Inglaterra Cliff Richard (1940) daba el perfil más blandito del héroe de Tupelo. En Italia il capo di tutti fue Adriano Celentano (1938), que unió a la ductilidad de los músicos italianos, su inmensa magia de fagocitar lo aprendido para devolverlo como original. De todos ellos fue el francés Johnny Hallyday (1943-2017) el que más se acercó a la perfección del molde. En castellano, el mexicano Enrique Guzmán (1943), el líder de Los Teen Tops, fue el adelantado que nos tradujo los mensajes de la Metrópoli. Los cuatro fueron grandes en España y hubo años en que se podían escuchar sus canciones frecuentemente en la radio. No eran tiempos de radio fórmula, todo estaba empezando y la industria discográfica tenía necesidad de programar músicas de otros países. La crítica musical era prescriptiva y se hacía eco de lo que pasaba en otros lugares del mundo. Pero nosotros, los españoles, que no entramos en el célebre Plan Marshall, a lo más que llegamos fue a la caridad de la leche en polvo y el queso americano, que repartía Auxilio Social. Y, como tampoco éramos afines por demócratas, y aunque nos convertimos en el bastión de la cristiandad contra el comunismo, el rock and roll entró con censura, retraso y con sordina. Tuvimos nuestra “Primavera de Praga” rockera en el año 1963, en las míticas “Matinales de Música Moderna” del Circo Price, pero como toda primavera duró un suspiro. Después el desierto. No voy a llorar por el rock and roll español, porque a otros, en ese tiempo, les fue peor. Pero sí quiero recordar a muchos émulos de Elvis, de Cliff, de Adriano, de Johnny y de Enrique, que vivimos al arbitrio de un poder que te decía qué podías cantar, o qué no. Aprendiendo de discos importados por gente como Ángel Álvarez y de revistas como Salut les copains o New Musical Express, que le llegaba a algún amigo con posibles. Vuelvo a Johnny Hallyday y su emocionante entierro que engrandece una vida. No es que los franceses entierren bien, es que conservan sus activos emocionales hasta su último suspiro. Long live Johnny, los viejos rockeros nunca mueren.

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Rivarés, el inane concejal podemita

Por causas más exógenas que propias, tengo cuenta en Twitter y Facebook. Como si no las tuviera. La primera, ni la miro; la segunda, alguna vez que otra y tan apenas escribo. Hay mejores cosas a las que dedicar el tiempo y la vida, máxime cuando pisar el estercolero es fácil. Acabo de hacer, no obstante, una de esas visitas esporádicas a mi cuenta de Facebook y me encuentro con que Jorge Morgan, componente de Insulina Morgan, ha pegado en ella (no entiendo muy bien esas intromisiones en casa ajena, pero demos por bueno el juego conector de Facebook), un ‘hilo’ en el que el concejal podemita de Cultura de Zaragoza, Fernando Rivarés, a raíz de mi selección en este blog de cinco discos aragoneses relevantes de 2017, viene a tildarme de “destructivo y cínico”, a la vez que yo desprendo que aún no sabe discernir entre una crítica y una selección discográfica. También parece que da entender, por los discos seleccionados, supongo, que soy del siglo pasado y que, por tanto, vivo en la melancolía. ¿Los habrá escuchado? ¿Sabrá tan siquiera quiénes son My Expansive Awareness, que ocupan el número 1?

Oiga, señor Rivarés, ¿qué es del siglo pasado y qué es de este? ¿Qué música está vigente y cuál no? ¿Qué criterios rigen para considerar un tiempo válido o no? ¿Beethoven está inhabilitado y Kendrick Lamar no, por ser ambos de siglos diferentes? Si es así, como según parece por su mensaje, su formación musical y humanística están bajo cero, como su gestión al frente de una concejalía que le viene muy grande.

Luego volveré a su concepción de la música y de la cultura, porque, ahora que anda cercano, me parece más importante, antes que dirimir estos conceptos y contestar a su amable mensaje de Facebook, detenerme en su cargo, en su infructuosa labor como político cultural, algo mucho más sustancial que sus opiniones y conceptos. Ya ha dado muestras suficientes de su ineptitud desde ese cargo sobrevenido de concejal: Zaragoza no pinta nada en el concierto nacional desde que usted y su antecesor, Jerónimo Blasco (PSOE), ocupan cargo tan significativo y cardinal para la música como el de concejal de Cultura (ahora le llaman cursimente consejero). Su gestión musical es inexistente, en lo local y no digamos en lo nacional e internacional. ¿Qué galones puede lucir al cabo de tres años? ¿Cuáles son sus logros? ¿Su balance de este trienio? Responda:

-¿Qué grandes programaciones puede exhibir?
-¿Qué infraestructuras nuevas ha creado usted para la música pop local?
-¿Qué acceso tienen los grupos locales a los Centros Cívicos?
-¿Y al Laboratorio de Sonido y al sello discográfico municipal?
-¿Qué grandes figuras han pasado por Zaragoza merced a su esfuerzo y conocimientos?
-¿Y qué me dice de la privatización de la música en fiestas del Pilar, que genera programaciones vulgares, tomadas por la comercialidad y el capitalismo feroz, a ustedes que se les llena la boca con lo público y el antiliberalismo?
-¿Y qué hay de ese foco, por lo general, infecto de ruido en que se convierte un lugar sacrosanto como la plaza del Pilar en fiestas?
-¿Qué rutilante programación musical preparó en San Valero como para jactarse de ella, tal como hizo hace un par de años, en la que repetía el mismo cliché de cutrez de su antecesor? Algo impresentable en un gobierno que se decía que venía a cambiar todo. Eso sí es cinismo, mentir, no hacer lo que se promete.
-¿Qué ha aportado de nuevo a la música de esta ciudad? ¿Su ridículo baile en el balcón del Ayuntamiento junto al rapero de marras? Ya está mayorcito, oiga, para estampa tan forzada. ¿O se trata de acompasar el paso a este siglo, que dice usted, por cazar votos adolescentes? Eso es también más cinismo, cretinamente cinismo político.
-¿Y qué me dice usted de todas las reivindicaciones de los grupos locales, puestas de manifiesto en el desaparecido Roscón Rock? ¿A cuántas de ellas ha dado respuesta real? Vea:
-¿Tienen los grupos acceso transparente, fácil y gratuito a los centros cívicos? ¿Y al estudio de grabación del Centro de Historias?
-¿Qué ha sido de la cacareada Mesa de la Música?
-¿Ha respondido usted a la creación de la Casa, u oficina de la Música, que demandaban los músicos locales?
-¿Algún músico o colectivo gestiona, o está en la gestión, de algún local municipal?
-¿Ha creado algún concurso o plataforma de promoción artística?
-¿Cuántos locales de ensayo ha proporcionado a los grupos?
-¿Qué jugosa cantidad de dinero ha invertido en el apoyo a la grabación, edición y publicación discográfica?
-¿Ha abierto generosamente las puertas de la Multiusos y del mismo Auditorio a los músicos de la ciudad?
-¿Ha aligerado los trámites burocráticos para las licencias de las salas musicales?
-¿A cuántas salas apoya su Ayuntamiento?
-¿Cuántas publicaciones musicales ha editado su concejalía de Cultura?
-¿Qué medidas ha tomado para promover la asistencia a conciertos en las pequeñas salas?
-¿Cuántas campañas de apoyo y difusión a los músicos locales ha realizado?
-¿Cuánto ha incrementado la dotación económica de la Escuela de Música?
Me temo que mal y poco puede usted, Sr. Rivarés, responder a estas y otras cuestiones. Venga, haga gala de su cinismo. Bajo el gran credo podemita, vino para cambiar todo, y lo ha empeorado, no ha creado nada sustancial ni nuevo. Eso sí es ser destructor e impúdico.

Y, volviendo a sus mensajes: si establece (peyorativamente) una frontera entre un siglo y otro, ¿quiere decir que desdeña el pasado? Como Mozart es del XVIII y Syd Barrett o Nick Drake (¿le suenan?) afloraron en XX, no sirven, estamos en la melancolía, pero si es un rapero con el que echarse un forzado y ridículo baile en el balcón municipal, estamos en la actualidad, somos ‘cool’, es lo que mola y vale. Solo desde la ignorancia más supina puede emitirse una opinión así, pero usted no es un chiquilicuatre de las redes sociales ni un sandio periodista como yo, sino el concejal de Cultura de una gran ciudad española, cargo de gran responsabilidad aunque ni la derechona ni la izquierda falaz así lo estimen. Más grave todavía pues, por no decir de ejercicio inhabilitante, esa conceptualización cultural suya.

Díganos cuál es su música y cuáles son sus objetivos musicales para esta ciudad. Cuál es su preparación musical para la opinión fundamentada y para ejercer su cargo. Deje de descalificar gratuitamente y sin cimientos argumentales, trabaje, no pierda tanto el tiempo en las redes sociales buscando feligresía y luciendo ego, instrúyase, déjese la piel por esta ciudad, por su cultura y por su música de verdad, no por las mamarrachadas del balcón municipal.

Y también documéntese y aprenda un poco para llevar con cierta dignidad la banda roja de ese solemne cargo que ostenta. Pida a sus técnicos, ya que usted me temo que no se enteró en su momento, un breve dossier sobre lo que fue la cultura popular propulsada por el ayuntamiento zaragozano en décadas pasadas. ¿Sabe lo era el programa En La Frontera, las noches del Rincón de Goya, las de la Hípica, las temporadas de Música, Teatro y Danza del Principal, el ciclo Todos los meses Jazz, los grandes conciertos de La Romareda, el Taller de Rock, las programaciones gestionadas autóctonamente por el Ayuntamiento en fiestas de Pilar, el pabellón municipal de fiestas, los conciertos del Museo Provincial, los concursos municipales de rock… y tantas y tantas fructuosas iniciativas como crearon y alentaron sus antecesores en el cargo, desde Luis García Nieto a Rafael de Miguel, Antonio Piazuelo y Juan Bolea? Se le va a caer el cuajo, si no la cara de vergüenza, si le llega ese dossier, por político inepto y cínico (sí, aquí también su contumelia es palpable).

La vulgaridad se ha comido este tiempo. Usted ha hecho bueno a Zygmunt Bauman (la cultura se ha vuelto líquida), ha dado la razón a Vargas Llosa (“la civilización actual se rige por el mero y pobre espectáculo”) y se ha alineado con el filósofo francés Gilles Lipovetsky y su teoría de la ligereza como tendencia dominante en el espíritu de nuestra época, siendo usted uno de los culpables de esa ligereza, al menos en lo musical.

Afortunadamente, las encuestas dicen que le queda poco tiempo de lucir banda roja e ineptitud política (una pena, que usted y algunos colegas hayan matrimoniado ambas cosas), la gente, esa gente con la que llenan los carrillos, que no es solo podemita sino más global y menos sectaria, le ha calado. Sabe, sabemos, de su cinismo y de su incompetencia política. Es usted, por la connivencia imperdonable del PSOE, el concejal de Cultura más inane, falso e incapacitado –hechos y omisiones en su gestión cantan- que ha pasado por esta ciudad desde que se ganó la democracia… Ufff, el 2019 está a la vuelta de la esquina.

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Envidiable TV musical, ‘Later’

En el mundo del pop y la televisión, que un programa permanezca en pantalla durante 25 años, y siga, es toda una heroicidad si no una imposibilidad faraónica. Ya se sabe cómo tratan los ejecutivos televisivos a la música en general y al rock en particular: con desprecio si no como basura. Basta seguir las televisiones españolas para comprobar la desvergüenza cultural -amplificada con la desmesura de ‘Operación Triunfo’, los realities y esa canasta de trapos revueltos y sospechosos negocietes que son las madrugadas- con que se aborda el hecho musical, ya sea clásico, rockero o jazzístico.

Pero estamos en el Reino Unido. Allí la música popular, con impacto notabilísimo en el PIB, es especie protegida. Y ello explica los 25 años en antena que acaba de cumplir ‘Later… with Jools Holland’, programa de una hora con un formato insólito: media docena de artistas se reúnen en un plató televisivo circular y desde un escenario individual cantan sus canciones, a veces acompañados por el mismo presentador al piano. Es un espacio abierto a diferentes géneros, desde la world music al country, el rock o el pop, y con nombres de ringo-rango combinados con otros más desconocidos. En las últimas semanas han pasado por él Van Morrison, los hermanos Gallagher (separados, por supuesto), Paul Weller, Morrissey, The National, LCD Soundsystem, Beck, Queens Of The Stone Age, Robert Plant, Sheryl Crow, Xx, Haim… Menudo lujo tenerlos ahí cara a cara.

El presentador, jocoso e irónico, es viejo conocido. Militó como pianista en el grupo Squeeze, que tuvo su hueco en la new wave con su pop chispeante veteado de punk y rock’n’roll clásico, y luego emprendió carrera en solitario hasta que se dedicó a las labores televisivas. Es un gusto verle al frente de semejante reunión de embajadores musicales, quizá solo reunibles por él mismo, por su fuerza, simpatía y por el calor que les da a todos, lo que a veces truca en estilo algo ‘tombolero’, pero eficiente: su pervivencia lo acredita. Naturalmente es la BBC la que está detrás de esta pista de estrellas, poniendo medios y sueldos. Lo emite por su segundo canal, la BBC 2, y aquí en España se puede ver a través de la plataforma Movistar, vía canal Xtra, todos los martes a las diez de la noche.

¿Puede imaginarse algo similar en la TV pública española? Ni de coña. Ya vamos bien servidos los amantes de la música pop o la clásica con los triunfitos, deben pensar los gerifaltes televisivos. Y ahí seguimos, con la parrilla musical hecha un erial, si acaso salpimentada con los longevos conciertos de Radio 3, esa nevera nocturna donde cabe todo, y las madrugadas de la famosa ‘rueda’. Poco más, aunque ahora, por La 2, que ha comenzado a emitir en alta definición, se han pasado conciertos de Manolo García, El Barrio o un homenaje a Cecilia.

No vendría mal, vamos, es una obligación para hacer buena esa televisión “para todos y de servicio público”, con que tanto se llenan la boca los rectores de TVE, que alguien cogiera la brújula en esa segunda cadena e intentara dirigir a la televisión nacional al lugar medianamente visible que antaño tuvo la música pop (si no, ¿cómo se van a confeccionar los futuros cachitos de cromo y hierro?). Y si no, pues (jodidamente) siempre nos quedará Jools y sus martes en Movistar.


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Con las baquetas en los vaqueros (en memoria de Pedro Peralta)

Pedro Peralta, en primer plano a la izquierda, con Micky Mouse (febrero de 1979)

Me entero a través de Mariano Casanova, vía un enlace a su blog que ha insertado en un correo electrónico, de la muerte de Pedro Peralta y me quedo petrificado. No solo suscribo la estima de Mariano hacia Pedro sino que la amplifico y la valoro en grado superlativo en cuanto a su calidad como batería. Estima y valoración que extiendo a su hermano mayor Chema Peralta, otro músico imprescindible en la pequeña o gran historia musical de esta ciudad.

Como bien dice Mariano, ambos, Pedro y Chema, formaban parte de Micky Mouse, que es como decir de parte de la vanguardia del rock zaragozano de los setenta. Los Peralta daban vida a un combo insólito en aquella Zaragoza que en el 70-71 había perdido todo el esplendor pop de los sesenta y que apenas contaba con una docena de grupos ‘progresivos’ sumidos en la oscuridad mayor, desde La Codorniz a Tinta Negra, Extraña Mezcla, Flor de Cactus, Moisés, Simetrium, New Group Silver… y más tarde Vam Cyborg, Pedro Botero e incluso los mismos Puturrú de Fua.

Pedro Peralta, tras Micky Mouse, anduvo luego con los Puturrú, Chicotén… y otras aventuras de época como NHZ hasta que dio el salto a Madrid y se enroló en Suburbano para a continuación colaborar con diversos artistas de talla, entre ellos Aute, Luis Pastor, Vainica Doble, Luis Mendo… Una fructífera vida de ‘músico acompañante’ que cortó en seco para incorporarse a la Curroplastic, aquel primer intento nuevaolero cocido en tierras aragonesas, y años más tarde, en el 88, a raíz de la apertura del Taller de Rock en el Centro Cívico Delicias, incorporado luego, en 1994, a la actual Escuela de Música, dedicarse por completo a la docencia. No serán pocos los baterías de la ciudad que sabrán bien de las enseñanzas de Pedro a las baquetas.

De él, no obstante, guardo una de las estampas más señeras y diría que icónica que mi memoria guarda de la historia musical de esta ciudad, una estampa que ayer comentaba con su hermano Chema y qué el también recuerda a la perfección. Fue en el Aula Magna de Letras, a comienzos de los setenta. Insólitamente, pero seguramente a raíz del torbellino de ideas y agitación cultural y política que se vivía en los últimos años del franquismo, se organizó un ciclo de blues en la Facultad, de la que yo entonces era estudiante, y allí estaban Chema Peralta y Fernando Marco a las guitarras y Pedro a la batería (en otras sesiones se uniría Luis Fatás), subidos en la tarima solemne del aula en la que horas antes había impartido sus clases un sabio como el profesor D. Eugenio Frutos, tocando blues rural, evocando al Reverendo Gary Davis o a Sonny Terry & Brownie McGee. Para mí, que por aquella época andaba absolutamente abducido por el blues, una alucinación. Increíble que de repente me encontrara ante un grupo de mi ciudad, y no de unos campos de algodón del Misisipi o de un tugurio de Chicago, masajeando los típicos doce compases del género con tanta habilidad como lo hacían.

Y todavía más increíble que detrás de la batería estuviese un tipo flacucho, el pelo largo y lacio, y escasa envergadura que unos minutos antes lo había visto pasear a pie de tarima con las baquetas metidas en el bolsillo posterior derecho del pantalón vaquero, una estampa inolvidable, curiosa, fijada a fuego en mi memoria. ¡Cómo le daba el tío a los parches y a los platos! Luego ya supe o pude comprobar que no era un ‘donnadie’ sino un músico, en contraposición a su físico, de una estatura musical enorme que a base de esfuerzo y estudio, tras acabar el Bachillerato elemental -“fue autodidacta por completo”, me comenta su hermano Chema-, aprendió él solo a tocar el instrumento y a engrandecerlo. Había que verlo parapetado en aquellas murallas de bombo, cajas y platos que se fabricaba, siempre a la última hora de la tecnología percusiva… Otra de sus pasiones fue la joyería, tallando piezas finísimas en plata, aunque esta actividad no fuera su ‘modus vivendi’ sino la música.

Tenía 61 años y un cáncer de pulmón. La vida es demasiado traicionera, por no soltar otros epítetos más crudos u obscenos. Descansa en paz, Pedro.

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Y un disco internacional de 2017

¡Vaya! Parece que hay mayor unanimidad que en años anteriores sobre el mejor disco de 2017. Habiendo hecho acopio de revistas españolas y foráneas y explorando en el universo cibernético, sale que el álbum ‘Damn’, de Kendrick Lamar, fue el mejor disco del pasado año.

Veamos las selecciones que ocupan el número 1 en las revistas, webs y publicaciones más conocidas de dentro y de fuera de España:
New Musical Express-Lorde: ‘Melodrama’
Billboard– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Uncut– LCD Soundsystem: ‘American Dream’
Pitchfork– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Rolling Stone– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Mojo– LCD Soundsystem: ‘American Dream’
Rockdelux– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Ruta 66 -Peter Perret: ‘How The West Was Won’
Mondo Sonoro– Kendricl Lamard: ‘Damn’
Jenesaispop– Lorde: ‘Drama’

Pues muy bien, o muy mal, que depende de gustos: ‘Damn’, de Kendrick Lamar, fue el disco que más números 1 copó en las listas de los mejores álbumes de 2017. Un disco de rap. Desde luego no será este blog el que lo señale ni tenga a gala enseñorearlo: resulta difícil pasar de la primera pieza, un coñazo, pero allá cada cual con sus gustos, filias, fobias, placeres o neuras.

Dado el oceánico mar de producciones que salen al cabo del año, algo que impide escuchar todo, resulta atrevido señalar ‘el mejor disco del año’, como señalan las publicaciones mentadas. Pese a su solvencia, ¿habrán escuchado sus electores todos los discos salidos al mercado? Me temo que no. Es un imposible tan imposible como abrazar el universo.

Evidentemente un servidor no ha pasado por tan imposible trance de abarcar todo, ni lo ha intentado, por lo que no está en condiciones de señalar ese número 1 absoluto, ese ‘mejor disco’ del 2017, con el que rimbombantemente titulan las publicaciones citadas su selección, pero sí mi ‘favorito’, ese disco que se me quedará en la memoria y en mi discoteca para siempre. La apuesta es arriesgada y comprometida: un solo disco de entre los cientos que abarrotaron el mercado los doce meses últimos, lo que no significa obviar o menospreciar una docena más como mínimo de discos jugosos, pero invito a la parroquia a lanzarse a la piscina y elegir el suyo, uno solo.

En mi caso, lo tengo claro……, y es…. ‘A Deeper Understanding’, de The War On Drugs, un disco, como escribí en su momento, de rock melódico, de penumbra, de viaje al mundo interior. Un disco en el que se acoplan a la perfección melodías redondas con instrumentaciones variadas, que van desde la electrónica a las guitarras, los soportes de bajo y batería o los coros femeninos… Bueno, no es cuestión de repetirme. Mejor, si alguien quiere más datos, que pinche en el comentario que hice hace unos meses al respecto y que coteje, aplauda, discrepe, bote de entusiasmo o me escupa. Es mi elección, como espero la tuya. Eso sí, solo un disco.

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