No hay quien mate el hard-rock: Black Stone Cherry y The Sword

Hard-rock: no hay quien lo mate. Como no hay quien mate los muchos hijos o ramificaciones que tiene el rock, pese a la una y otra vez repetida cantilena de la muerte del género. No hay más que, por ejemplo, asomarse a las revistas especializadas en el género duro o husmear en Spotify para comprobar que ahí sigue vivito y coleando un estilo que a finales de los sesenta y primerísimos setenta alumbraron, según las enciclopedias al uso, tres grupos esencialmente: Led Zeppelin, Black Sabbath y Deep Purple. Vivito y coleando bajo prácticamente los mismos postulados de entonces: voz aguerrida, ritmo contundente, guitarras afiladas, sonido duro, nunca tan fiero (y hasta estridente) como luego trajo el heavy metal.

Un par de grupos que sirven de ejemplos y que tiene disco calentito en sonido, claro, y edición, recién publicados: Black Stone Cherry y The Sword. No son nuevos, ciertamente, ambos grupos norteamericanos llevan en esto desde prácticamente los inicios del milenio, pero ahí están con el testigo de sus predecesores bien cogido en la mano.

El de Black Stone Cherry, grupo procedente de Edmonton (Kentucky), se titula ‘Family Tree’. Es el sexto de su cosecha y reproduce a la perfección el formato del género, y por aquello de su ascendencia sureña, hay trazas de Lynyrd Skynyrd y Black Crowes, añadiendo gotitas de soul. Free y Bad Company también se mueven en el recuerdo al pincharlo.

El de The Sword, tejanos de Austin, y éxito consolidado, es su noveno álbum. Se titula ‘Used Future’. No es hard-rock estricto sensu, puro. Tiene un punto de experimentación o ciencia ficción y, de vez en cuando, saca el escarpelo para rascar en el heavy. De hecho, lo suyo se ha calificado como ‘doom metal’, ‘stoner metal’, ‘metal alternativo’, ‘retro metal’ y otros etiquetajes. También se desenvuelve atractivamente en los tiempos lentos, como muestra ‘See Of Gree’, y en los blues progresivos (‘Brown Mountain’). Muy bien.

El problema principal con estos grupos, pese a su irreprochable efectividad y solvencia, es que, sobre todo en el caso de Black Stone Cherry, no transmiten nada nuevo. Que son clichés tan oídos y requeteoídos que, como comentaba con Nat Simons un par de entradas antes, no extraña que los más tiquismiquis, exigentes, puristas o como quieras llamarles, se aprieten con los originales y de ahí no hay quien los despegue.

Bien está, pero bien está también que la llama siga viva. El viejo rock, afortunadamente, no es propiedad de la carrocería antañona que vivió los sesenta y setenta, sino también de las nuevas generaciones. Y ya no hay unos Led Zeppelin o unos Purple en pleno apogeo y en plena juventud sobre los escenarios, que es lo que demandan los tiempos, los festivales, las revistas del género, los promotores y la gente joven. Es la vida, la evolución generacional. ¿También el negocio?

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Miles Davis y John Coltrane: El acontecimiento jazzístico de 2018 cumple 58 años

Un poco de jazz en el blog para mantener engrasado el cerebro y desintoxicarse de la mediocridad que nos invade… ¡Qué digo! Un mucho, mucho. Porque estamos ante algunas de las páginas más brillantes de la historia del género, en vivo y en directo, y en su forma más descarnada y cruda, como si sus intérpretes tocaran, no con instrumentos, sino con cuchillos entre los dientes. Una cuestión de egos y de genio, simplemente, porque aquí están ni más ni menos que Miles Davis y John Coltrane, dos gigantes aún no superados.

La Sony ha vuelto a escarbar en sus archivos y para el sexto volumen de sus ‘Bootlegs Series’ de Miles Davis ha rescatado en cuatro cedés varias piezas de los conciertos europeos con los que la célebre pareja puso fin a su colaboración en directo. Ocurrió en la primavera de 1960. Un año antes, Davis y Coltrane, con Bill Evans (piano), Paul Chambers (bajo) y Jimmy Cobb (batería) como quinteto básico más Wynton Kelly (piano) y Cannonball Adderley (saxo), habían puesto en el mercado la que se dice es la gran cima del jazz de todos los tiempos, ‘Kind Of Blue’, y prácticamente con el mismo plantel que grabó aquel solemne disco –se quedaron en casa Bill Evans y Cannonball Adderley- salieron a morder cada noche por Europa, y así se trasluce en este ardiente cuarteto de cedés.

En el jazz nada está escrito de forma definitiva, nada es taxativo. Y menos aquí, con estos gigantes, donde solo está marcado el orden de los solos en las piezas –primero Miles, después Coltrane y luego Kelly, más ocasionalmente Chambers al bajo- pero luego lo que ocurra es cosa imprevisible, como una película de suspense en la que solo el espectador que la haya visto previamente sabe el final.

¿Quiénes de los que se sentaron en una butaca del Olympia de París, o en el Tivoli Konserthall de Copenhague o el Konserthuser de Estocolmo, de donde están tomadas las sesiones, podrían saber y ni tan siquiera barruntar las cuchilladas que Trane –y eso que aquel año había puesto en circulación uno de sus discos más fieros, ‘Giant Steps’- le iba a meter al saxo tenor e incluso al mismo público, con sus ataques, sus disonancias, su furia, su velocidad de bólido, su forma de tocar con sus famosas ‘sheets of sound’ (capas de sonido), sus vaciles, su manera de soplar “perdiendo el culo”, como diría Miles, la dificultad para pararle, de sacarle de su propio planeta, aun con la mirada geñuda de Miles… O los vuelos estratosféricos de este sobre escalas, haciendo compleja la sencillez, no dejándose llevar por la velocidad de Coltrane, poniendo al desnudo la colisión de dos estilos tan fuertes como dispares. O el balsámico engrudo que Wynton Kelly tendía al piano en los puentes entre solos. O el mismo Chambers en dos de sus escasísimas intervenciones como solista sacando el arco (‘On Green Dolphins Street’, ‘Walkin’). O el fornido músculo vertebrador de todo aquel torbellino de jazz sostenido por Jimmy Cobb en los parches. O que una misma pieza como la emblemática ‘So What’ (de la que hay cuatro tomas) daría vuelcos sonoros tan distintos, según la noche y el poder innato de improvisación de los dos leones principales de la manada. Por no decir, incluso, que en el Olympia, como se oye en ‘All Of You’, le silbarían a Coltrane en una de sus filigranas pasadas de rosca. Sí, solo quienes ahora podemos disfrutar de estos cuatro cedés podemos saber de aquellas trapacerías.

Miles había incorporado a Trane a su quinteto en 1955, es decir, en el inicio de su famosa época de los quintetos. Con él, y con Red Garland (piano), Paul Chambers (bajo) y Philly Joe Jones (batería), formó el primero, grabando ‘The New Miles Davis Quintet’ en aquel año triunfal de Newport, para después, yonqui perdido, darle suelta y no volver a llamarlo hasta cinco discos más tarde, es decir, para el icónico ‘Round About Midnight’(1957), aprovechar tomas anteriores en dos ocasiones más (‘Cooking’/1957 y ‘Milestones’/1958) y definitivamente desembocar en ‘Kind Of Blue’ (1959), la penúltima vez que se verían las caras en un estudio. La última sería en ‘Workig With The Miles Davis Quintet’, en 1959, y un año después, tras volver de la gira europea que ahora rescata este pack, tal y como le había anunciado Trane, romperían definitivamente, los dos enfrentados, con el hígado hecho trizas, algún que otro puñetazo de Miles y definitivamente bañados en polvo de estrellas del jazz: los clubs se llenaban a diario con ellos e iban a verles desde Frank Sinatra a Marlon Brando, Liz Taylor o Ava Gardner, con la que Davis trabó amistad pero nunca, mujeriego hasta las trancas, llegó a acostarse, según cuenta interesadamente en sus memorias, pues fueron muchos bulos los que corrieron al respecto y quiso dejarlo claro. Ayudémosle modestamente desde este rincón…

Seguramente, en el mundo actual del jazz hay gente que sopla el saxo y la trompeta con la solvencia y rotundidad con que lo hizo aquel dúo prodigioso, pero aquí está el germen de todo lo que vino después, el encuentro de dos colosos cuyo genio y cuyas vidas aún siguen gravitando sobre el jazz. Las sesiones de aquella gira final han circulado de mil maneras por el mundo discográfico –piratas, ediciones pobres, otras mejor conseguidas..-, pero aquí, obviamente extractadas, suenan de forma excepcional, con un brillo especial y único. Hay quien asegura que este es el acontecimiento jazzístico del año. Pudiera ser. Hay mucha verdad y mucho oro en esta caja. El mismo Miles confesó en sus memorias que tocar con aquel grupo le producía escalofríos cada noche.

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Nat Simons, vaquera española, ¿síntoma del colapso del pop actual o nueva revelación?


El disco es bonito, confortable, bucólico, de raíces plenamente americanas. Y con una hermosa voz femenina: una chica de 32 años, pese a lo que pueda pensarse de inmediato, por aquello de cantar en exclusiva en un buen inglés, de Madrid, con nombre y apellidos bien españoles: Natalia García Poza. Pero, ya se sabe, adoptar nombre de guerra sajón, y más haciendo la música que hace, folk-rock-country (o esa etiqueta chorras de las últimas décadas, ‘americana’), parece que da más caché. De ahí, y al hilo de los dibujos de ‘Simons’ Cat, lo de Nat Simons.

El disco se titula ‘Lights’ y acaba de ver la luz. Es el segundo de la madrileña. Antes, en 2013, publicó ‘Home On High’, trece canciones folkies con poso en el Dylan country del ‘Nashville Skyline’ y en sus cuatro primeros álbumes acústicos. No en vano, era, y es, una devota del bardo de Minnesota.

Un disco muy agradable (aquel primero), pero muy seco y hasta áspero en comparación con este segundo en el que se ha transformado en una vaquera americana de pura cepa. La culpa de ello la ha tenido su devoción por lo que hace y le apasiona, pero también por su cruce con Gary Louris, el líder de Jayhawks, que al verla cantar como telonera de su grupo en la sala Barts de Barcelona se ofreció a producirle el disco. Y no solo eso, a llevársela a los USA a grabarlo con músicos americanos.

Y vaya traje a medida y más vistoso que le ha hecho Louris para su voz y sus devociones, para espantar cualquier señal sonora hispana y darle pasaporte musical netamente americano, con tallaje sonoro evocador de glorias femeninas autóctonas del género como Linda Rondstadt, Rosanne Cash, Lucinda Williams, Patsy Cline, Carlene Carter, Emmylou Harris…. Bien es cierto que, como ella no pretende ni considera que lo suyo sea un revival sin más, hay apelaciones más modernas a gente del tipo Neko Case, Israel Nash, Brandi Carlile, Nikki Lane, Ryan Adams… y hasta Wilco y a lo lejos, y ya más clásico, a Tom Petty. Un lado eléctrico más que evidente y que a ella también le encanta.

Con todo ello, y especialmente con el vuelco que le ha dado Gary Louris, ya digo, esta madrileña de corazón americano, ha hilado un satinado y atemporal disco de country-folk-rock, muy agradable, terso y cuidado, muy genuino. La contrapartida es si esto es lo que demandan los tiempos actuales, si no es un síntoma del colapso de pop español más nuevo, y se diría que del internacional, que se repiten fórmulas y esquemas viejos, que no hay ideas nuevas, que no salen grupos con nuevas propuestas rompedoras o al menos no tan hiladas con el pasado… y me da que muchas de estas conjeturas se escapan de la figuración para bajar a la realidad, que este es el panorama y no hay más.

No faltará incluso el entrecejo subido de la vieja guardia: ¿para qué recurrir a la copia, por muy joven que sea, si ya tenemos el original, mil veces pasado por el tocata, aprendido de memoria? Más específico aún: ¿para qué Nat Simons si ya tenemos a Neil Young, Flying Burrito Brothers, Byrds, Gram Parsons, Emmylou Harris, Steve Nicks o Linda Rondstadt? Gran y constante dilema en las últimas décadas. O sencillo. Allá cada cual con sus ataduras al pasado o sus modernidades.

Eso sí, los discos son eternos; las figuras, no. Por lo que los escenarios son la plataforma obligada para mantener viva la llama de los ancestros y que la gente más joven los conozca. También el recurso obligado para llenar carteles de los muchos festivales de hoy. De ahí, por lo menos, la necesidad de artistas como Nat Simons, quién sabe si una nueva revelación.

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Gabinete Caligari y su himno casual a Soria cumple 30 años

Tanta Movida y tanta modernidad… y, leñe, ya han pasado 30 años. Sí, tres décadas desde que Gabinete Caligari publicase ‘Camino Soria’, su cuarto álbum, el más elaborado y de mayor éxito. Un dato: a primeros de los ochenta tocaron en el Plató, y apenas contaron con 40 espectadores; a finales de enero del 88 presentaron este disco en el desaparecido Pabellón Francés y allí tuvieron a casi cuatro mil personas. ¡Cómo corrieron!

Un signo más que evidente, no solo del crecimiento de Gabinete, sino en general de aquel pop de la Movida, que empezó como una fruslería de cuatro jóvenes bien -otros decían niñatos babosos- y acabó apoderándose de las listas de ventas, de los escenarios y de los bolsillos de los ayuntamientos en fiestas.

Tiempos musicalmente álgidos que marcaron discos como ‘Camino Soria’ o ‘La canción de Juan Perro’, por recordar dos de los más emblemáticos y de mayor rédito. La pasta que se metieron en el bolsillo todos aquellos imberbes… Un día, no hace mucho, Luis Auserón me confesaba: “Lo que más echo de menos de todo aquello es el dinero que ganábamos”. Nostalgias comprensibles cuando lamentablemente se acaban las abundancias y se nada en la precariedad.

Treinta años después en el mundo del disco es entrar en el reino de la melancolía, en la resignación –¡la leche, treinta tacos más en la buchaca!-, la nostalgia y, cómo no, en el negocio: las consabidas reediciones de las discográficas para calentar un poco sus frías arcas. Y así ha llegado el rescate de aquel ‘Camino Soria’ de finales del 87, con remasterización y un goloso libreto de fotos y comentarios a cargo de los tres gabinetes, Loquillo y varios de los músicos y grafistas que intervinieron en su confección.

Con este disco, Gabinete había saltado a la multinacional EMI en aquella desbandada hacia el dólar que casi todos los grupos de la Movida vivieron a mitad de los ochenta. Les pusieron medios técnicos en abundancia, un estudio espacioso y bien dotado tecnológicamente como los Doublewtronics, músicos acompañantes a mansalva, una panoplia de instrumentos, desde metales a cuerdas sintéticas, percusiones, teclados…, inimaginables para tres pipiolos un lustro antes, y un cerebrito del sonido y la producción como Jesús N. Gómez. También contaron con apoyo estético de primera: el fotógrafo Alberto García-Alix y el asesor gráfico, Pablo Sycet. Era lo obligado: ¡habían subido por méritos propios a la primera división de los grupos nacionales!, como cuenta Jaime Urrutia en el libreto.

Y, claro, sacaron un disco a la altura de las circunstancias, de su rápido aprendizaje y de su recién estrenada categoría de oro; esto es, un disco repulido, luminoso, con unos brillos sonoros cegadores, con pespuntes del viejo gracejo casticista de antaño pero más tendente hacia sonoridades clásicas anglo americanas, con especial fijación en The Beatles y los Kinks; también en Phil Spector: ‘La fuerza de la costumbre’ estaba construida con el peculiar andamiaje de cuerdas y ampulosidad con el que el famoso productor construía sus ‘muros de sonido’, incluidos los típicos chasquidos de castañuela. Por otro lado, ‘La sangre de tu tristeza’ era un chispazo a lo Johnny Cash y Hank Williams, algo en lo que, por cierto, se les adelantaron Mas Birras, aunque con menos laureles. Y la portada no era sino un clarísimo guiño al doble blanco de los Beatles. Un gran disco, aunque para mí, los Gabinete más impactantes y adorables eran (y son) los de ‘Cuatro rosas’.

¿Y lo de Soria? ¿Una glosa de la ciudad? ¿Una muestra de afecto familiar? ¿Un desbravado apunte pseudo intelectual de tres ignaros rockeros en honor a Machado? Nada de eso. Desmontemos mitos. Hoy la canción es un himno para la segunda ciudad más fría y despoblada de España, pero nada de ello salió premeditadamente ni afectuosamente. No hubo la más mínima intención de glorificar a Soria, ciudad que solo habían pisado en alguna ocasión en plan excursionista, nunca en los tablados, y de la que en cierto modo se mofaban a raíz de su cutrez nocturna, tras leer un reportaje en la revista Primera Línea, sino pura conveniencia y casualidad a la hora de rellenar la melodía. Vamos que lo mismo que Soria podía haber sido Pontevedra, Sevilla o, sobre todo, Cuenca, que era la primera ciudad en la que pensaron a raíz de un viejo soniquete que repetía el hermano mayor de Urrutia al son de la lotería de Navidad: “¿Dónde va tu primo?: camino Cuenca?” Era cuestión de encajar la letra al lugar y sus emblemas cuasi turísticos, y punto.

“Nos pareció un sitio lo suficientemente kafkiano para poder hablar de él”, me comentó Ferni Presas al término de la actuación del grupo aquella noche del 88. “Es que Badajoz es más fea y Soria más rica”, farfulló Jaime Urrutia en un estado físico y mental no muy estable (ay, los tragos) que hizo que un técnico se lo llevara lejos de mi grabadora. Eligieron Soria, pero podrían haber elegido otra población. Aunque, es cierto, eligieron la que eligieron y ahí quedó para la historia de la música española una de sus grandes canciones y de camino, un himno geográfico que ahora se rememora con este disco conmemorativo. ¡Treinta años!

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Novias que aún seducen

Si el de la Ronda de Boltaña fue el premio más merecido otorgado por Aragón Musical en los pasados Premios de la Música Aragonesa, no fue menor el merecimiento de La Novias al otorgárseles el especial a su carrera musical, un reconocimiento a sus 30 años de pervivencia en el mapa pop de la tierra, que no es poco en un oficio tan fugaz y volátil como el del rock.

Tres décadas aunque una producción exigua, podría decirse, pero concentrada y excitante, con la facturación de cuatro álbumes de estudio, dos EPs y un directo doble muy reciente. En ellos, sobre todo en el de debut, aquel inolvidable ‘Sueños en blanco y negro’ (1992), el cuarteto zaragozano condensó estupendamente el ambiente goticista y negro de los ochenta, implantado por Joy Division, Bauhaus o The Cure, pero también abierto a otras sonoridades más actuales entonces, caso de Guns N’Roses, y del pasado (Velvet y Doors). “Dado que lo de pop y rock no aclara nada, definiríamos nuestro sonido como denso, oscuro y eléctrico”, me decían a la salida del LP.

Aquel primer disco, con el que personalmente fui –lo reconozco- algo cicatero al solo ‘colocarle’ tres estrellas en el Heraldo (ay, la voz de Toño), ha ganado enteros con el tiempo. Escuchado casi tres décadas después, resulta más hecho y atractivo, no superado por el tiempo ni por el ‘indismo’ actual, gracias sobre todo a la métrica matemática del ritmo, a su oscura modernidad de entonces y de ahora y sobre todo al rico panel de registros de guitarra que aportó Óskar Díez, el gran bastión del grupo. ‘Enamorado’, ‘Calamidad’, ‘Imagínate el aire’, ‘Robar el cielo’, ‘Dejar atrás’ y hasta el acercamiento que hubo a Parálisis Permanente en ‘Cerca de ti’ siguen siendo grandes canciones.

A los mandos en la producción estuvo Enrique Bunbury. Cautivado, según declaró, “por sus canciones, su eléctrico magnetismo sobre el escenario y su capacidad para canalizar unas influencias variopintas y filtrarlas por un tamiz tremendamente personal”, se involucró con ellos desde su primera maqueta, publicada en el 88, y en el 92 era la primera vez que el ya consagrado cantante de Héroes se salía de su grupo para dirigir este primer álbum ajeno.

Lo editó Polygram, en medio de aquella fiebre del oro que se desató en la Zaragoza de comienzos de los 90 a la caza y captura de unos nuevos Héroes, pero el beneficio económico no debió ser lo suficientemente grueso para los intereses pecuniarios de la multinacional -y eso que se dice que vendieron treinta mil copias, aunque quizá fueron diez mil, lo que tampoco estaba mal-, por lo que le dieron la carta de libertad y desde entonces su camino transcurrió por caminos independientes, comenzando por la unión con el mismo Bunbury para crear el sello A la Inversa Records.

Ahora, con tres de sus miembros originales, a saber Toño Leza (voz), Pedro J. García (bajo) y el mentado Óskar Diez, más el batería Germán Arenaz, el grupo zaragozano ha puesto en el mercado un jugoso doble CD con el concierto en directo que ofreció en abril de 2016 en la sala Changó de Madrid. Un disco limpio, de sonido transparente pese a lo difícil que ello resulta a la hora de captar las atmósferas góticas, mejor cantado y, salvo los correosos ataques de rock cuasi heavies o pseudogrunges, más pop que antaño, con base principal en los tiempos medios y sorprendentemente con el acento Héroes del Silencio más marcado que nunca, tanto que a falta de Bunbury y sus colegas del ‘Buque’ estas Novias casi resultan un consuelo para suplir su ausencia, no en vano mantienen de forma muy evidente la sonoridad y el legado de los autores de ‘Senderos de traición’, especialmente cuando a Óskar le da por trabajar -cosa que hace con profusión- sobre los ‘echoes y chorus’ guitarreros que el gran Valdivia implantó como sello identitario y diferenciador del grupo.

Son 30 años en la carretera, con un parón de más de un lustro, desde el 2001 hasta el 2007. Mucho tiempo y no muchos discos pero una contumacia y una fe inquebrantables en lo que hacen y en lo que les apasiona, amén de unos profundos lazos de amistad personales entre ellos, que vienen de su época de estudiantes en el instituto. Ya digo, merecido galardón. Unas novias que a pesar de los años, con su luto estético, su hermetismo lírico, su sonora densidad atmosférica y sus absorbentes canciones, siguen seduciendo todavía.

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La Ronda de Boltaña, desde las entrañas de la tierra aragonesa

Para María José Andrés

Comentaba en la entrada anterior que uno de los premios más merecidos, y diría que emocionantes, que se entregaron en la fiesta de los Premios de la Música Aragonesa fue el de La Ronda de Boltaña: Premio Especial a la Trayectoria. Curiosamente en su elección no hubo concurso público sino que fue la propia organización la que, muy atinadamente, acordó concedérselo. Y no le faltan avales y méritos para tal premio al veterano grupo nacido en el municipio oscense del Sobrarbe de la reunión de varios amigos y vecinos de forma amateur y al calor del renacimiento de la música tradicional española y del eco internacional que en los setenta-ochenta trajeron las inmensas publicaciones discográficas del impagable sello Guimbarda.

Básicamente La Ronda es la culminación del camino que en el año 78 abrió Chicotén, con el primer disco de música popular aragonesa que se grabó en esta tierra, si bien poco antes fueron el propio Labordeta, con su ‘Chichecle’, incluido en su álbum en directo del 77, y La Bullonera, a través de su tercer álbum, quienes mostraron el camino a seguir de la canción popular moderna, desempolvando un Aragón distinto al de la jota, esto es, descubriendo que, sin menospreciar la solemnidad y tradición que tenía y tiene el género, había también un rico panel de músicas diversas que el tiempo había sepultado. Los cancioneros tradicionales de Arnaudas, Mingote y Mur daban fe de ello.

Desde entonces, desde Chicotén, han sido un número no poco copioso de formaciones las que han transitado ese camino –Hato de Foces, La Orquestina del Fabirol, Cornamusa, Biella Nuei, La Birolla, Fagüeño…-, mostrando esas músicas ocultas, unas veces ateniéndose a la más pura tradición, otras renovándola. Lamentablemente, pese a haber dejado todos ellos un trabajo impecable y discografías muy valiosas, casi ninguna, a excepción de Biella Nuei, por circunstancias diversas, ha subsistido más allá de unos pocos años, no perviven. La Ronda, sin embargo, que empezó en 1992, cumplió el pasado 2017 su cuarto de siglo de existencia, y eso es un valor muy notable. Más, o por eso, teniendo en cuenta que nunca ha sido un grupo profesional, sino completamente amateur, gentes con sus trabajos que en ratos libres y con no poco esfuerzo han dedicado su ocio y su pasión a la música.

Fruto de ello han sido sus numerosas actuaciones (cerca del millar) y un repóquer de discos emocionales, costumbristas, poéticos, veristas, lozanos, reivindicativos, humorados… Cinco discos publicados sin prisas ni obligaciones, masticados con paciencia y serenidad porque nunca fue su destino ni su objetivo encadenar una discografía proteica y proteínica al modo de un grupo profesional. Por eso, ellos no los consideran escasos sino, al contrario, abundantes: “Nunca pensábamos grabar uno, y ahora tenemos cinco”, han dicho con cierta sorna, y, claro, alegría. Por cierto, son estos: ‘La Ronda de Boltaña’ (1995), ‘Banderas de humo’ (1998), ‘País de anochecida’ (2001), ‘¡Salud, país’ (2007) y ‘La huella que el tiempo deja’ (2014).

Un quinteto de álbumes autoeditados, como corresponde a una formación autogestionaria, por los que desfila el Aragón de ayer y de hoy en las tres vertientes en las que trabaja y se distingue la Ronda: como grupo de calle y fiesta, como grupo folk y como grupo reivindicativo. Y en un tanto por cierto muy alto, de creación propia. Porque uno de los genes más notables del grupo, además de su preocupación por la recuperación de instrumentos antiguos, es su pulsión compositiva personal, mirando atrás pero también –muy importante- al presente. “Me llamaba la atención –me decía Manuel Domínguez, uno de los pilares mayores de La Ronda, en 2002, en una entrevista para Heraldo- la música celta en el sentido de que si tú escuchabas un disco sonaba a popular pero luego le dabas la vuelta y veías que las canciones estaban firmadas por gente de hoy. Es decir, es un folclore que sigue vivo. Con los occitanos, nos pasó igual, había mucha recuperación pero también eran capaces de hacer cosas nuevas. Todo eso fue lo que nos puso a componer en vez de basarnos en lo hecho o en la investigación”.

Aquel cura, Bruno, que perdió el oremus por culpa de la peseta y la bragueta; la petición de ayuda para recuperar un país perdido, El Sobrarbe; el picarón humor de la “niña bonita” a la que se le metió una pinocha por el do-re-mi-fa-sol; la elegía al porrón de vino presto a agotarse en el reseco garganchón de los rondadores… El humor es marca esencial en La Ronda en esas fiestas de calle. Corre el vino, suenan las canciones, en las casas ofrecen pastas y rosquillas, se reencuentran vecinos de aquí y de allá, cantan, bailan, se cuentan penas y alegrías. Hay catarsis, una terapia mágica de amistad y fiesta que produce efectos anímicos reconfortantes. Es uno de los grandes blasones vitales de la Ronda.

Pero tan importante como la música y la fiesta es su papel reivindicativo, la defensa de la tierra, su cultura y sus gentes, algo que los pone en el terreno de los cantautores a los que admiran, especialmente a Labordeta y La Bullonera, tal y como demuestran canciones como ‘La tronada’ o ‘País perdido’. “Eso para nosotros es un elogio”, confesaba Domínguez. “Como los cantautores, tratamos de transmitir un mensaje. La letra en La Ronda es muy importante, forma parte de nuestra vía de actualización de la música popular”.

No se olvide, finalmente, la última marca genética y escasamente resaltada de La Ronda: su papel de rondalla, de tuna, si se quiere, pues en el fondo suena así, como esos tunos que, cual antiguos goliardos, recorren fiestas, calles y saraos, o rondan bajo un balcón a una bella señorita, solo que en vez de cantar ‘Con las cintas de mi capa’ o ‘Clavelitos’, ellos entonan esos versos tan propios de esta tierra. Domínguez corrobora este aspecto de ‘tunos sobrarbenses’ en su aspecto más positivo.

Hay materia para un libro, para trazar ese recorrido tan extenso, inimaginable ni tan siquiera para sus propios componentes, que La Ronda ha recorrido a lo largo de estos últimos 25 años. Tienen el aval indiscutible para este último premio que se le ha concedido o para la medalla que también no hace mucho les concedió la DGA. Sigo disfrutando con sus canciones y con sus letras, con ese armazón de gaitas, laúdes, bandurrias, acordeones, chuflo, salterio, trompa, clarinetes, bajo y voces con el que dan rienda suelta a sus discos y a sus festivas actuaciones, que suelen cobrar, no en dinero, sino en chiretas, vino y amistad. Sus valses, tangos, pasodobles, mazurcas, habaneras, polcas, boleros… y sus letras henchidas de aragonesismo conectan con las emociones y la sutileza, con la fiesta y con la ironía, con la reivindicación y con los sentimientos más nobles. Con las entrañas mismas de esta tierra.

En 2003, en la que fue su actuación número 457, tuve la inmensa fortuna de contar con ellos como invitados en el Centro Cultural Delicias en la presentación de mi libro ‘Polvo, niebla, viento y rock’, haciendo ellos de introductores musicales del acto desde el hall del recinto al escenario. Nada más comenzaron a sonar guitarras y bandurrias tan cerca de mis oídos me empezaron a temblar los pulsos, fue el inicio premonitorio de una emotiva noche que no olvidaré jamás y que siempre les agradeceré. Me siguen acompañando y me siguen motivando cada vez que los oigo. Como lo hacen a miles de personas de dentro y fuera de Aragón, iluminándoles no solo el alma y sus vidas sino balsamizando también los males que a veces el cuerpo se empeña en desflorar. Va por ti María José.

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En torno a los Premios de la Música Aragonesa 2018

Otra ronda, que dirían Mas Birras, de los Premios de la Música Aragonesa, la XIX, que se entregaron ayer en el Teatro Principal y de nuevo, cual autómata, me repito:

1.- Sistema de votación mejorable: favorece el compadreo y el amiguismo (más con el poder de las redes sociales). ¿Por qué no se seleccionan los nominados y se eligen los premiados exclusivamente por gente del oficio? Así se hace en los Goya y los Oscar o cualquier otra entrega de premios de alto rango. El pueblo es soberano y democrático, pero el premio a la creación debe regirse por parámetros más estrictos y restringidos. Sí, la elección final es ‘académica’, pero la selección inicial es aleatoria en función de la votación popular. ¿Todos cuantos votan han escuchado todos los discos publicados a lo largo del año o han visto en directo a todos los grupos y artistas nominados? ¿O priman más las afinidades grupales, familiares, wasaperas, coleguiles… etc? Uhmmm… Por cierto, en cuanto a los ‘académicos’, que tienen la decisión final, ¿cuántos son y quiénes? Nunca se hizo público el listado.

2.- El terreno queda abierto a las suspicacias desde el momento mismo que no hay un control notarial de los votos. ¿Tan caro y dificultoso técnicamente es contar con un profesional del ramo que dé fe jurídica de las votaciones? No afirmo con ello que haya ‘tongo’, Dios me libre, pero sí recojo la percepción de que cuanta menos transparencia haya más lugar a que surja la especulación o que hablen las malas lenguas: no sería la primera vez que uno oye lo de ‘premios amiguetes’… Las sospechas se apagarían de inmediato con un notario de por medio. Insisto.

Bien, dejando atrás el automatismo personal, aunque seguiré poniéndome el traje robótico e impertinente cuantas veces sea necesario, entro de lleno en los premios entregados ayer pero basados en los trabajos de 2017. Los más evidentes y meritorios de esta edición, dos que la propia organización ha designado sin el concurso público. Ni un solo miligramo de negación de pan ni de sal a La Ronda de Boltaña. Sus 25 años en ruta, tratándose de un grupo amateur, y su festivo-emotiva discografía forjada a pie de calle y paisaje aragonés es un aval incuestionable.

El otro premio directo, el Especial a la Trayectoria, es también de mucha justicia: Las Novias. Treinta años, con sus luces y sombras e incluso sus apagones, pero de apertura siempre de antenas a los sonidos más novedosos llegados de fuera y su renovación estética y sonora del paisaje ciudadano en tiempos tan dislocados como los de los ochenta-noventa, amén de una discografía más que aceptable, merecen su justo premio. Por tanto, nada que objetar, sino más bien aplaudir.

Justo, justísimo, también es el premio a My Expansive Awareness, de lo mejor que ha surgido en los últimos tiempos en Zaragoza. Han ganado el premio al mejor álbum autoeditado, que, para mi modesto entender, es el premio al mejor disco del 2017, porque también ha habido un premio al mejor álbum a Bunbury, pero en este caso (se entiende) no autoeditado. ¿Y qué diferencia hay entre un disco autoeditado o no para que sea mejor o peor, máxime en estos tiempos de tecnologías eficientes y accesibles? No debiera desdoblarse esa categoría. Y como, a mi parecer, el de Bunbury no es un trabajo, ni de lejos, para colocar entre lo mejor de su producción, y, sin embargo, el de My Expansive reúne ingredientes más que considerables de calidad, justísima es su elección, aunque yo lo colocaría en categoría única y absoluta de Mejor Álbum, y con más visibilidad de la que le han dado los medios, creo que bastante despistados o perdidos en nieblas raras, cuando no crispantes.

Ya no entro en los olvidos injustificables, al menos en las no nominaciones de gente como Amaral, Patinettes, Carbonell, Sopeña, María José Hernández, Lügers, Carmen París o el Pardinilla Sexteto. Es una pena que nombres como estos quedaran excluidos en primera ronda, lo que me da que quienes eligieron no escucharon todo el material obligatoriamente escuchable sino que se guiaron por otros intereses distintos, es decir, ese gran hándicap del sistema de selección al que ya he aludido. Y, por cierto, ¿qué pasa en Huesca y Teruel? Solo un premio.

Todo lo demás de lo premiado forma parte de las categorías menores, si no del relleno o lo intrascendente, cuando no de lo anecdótico (¿mayor proyección un grupo con un cantante y fundador casi cuarentañero al frente?), que no quiere decir en determinados casos su necesaria inclusión (canción, portada, técnico, vídeo, directo, grupo…).

Poco o muy poco, por tanto, consistente en lo más reciente y con pocos visos para perdurar en su mayoría en el tiempo. Y si no al idem. El panorama actual no es muy alentador, pese a los monaguillos del campaneo.

Las categorías y nominados y en verde los premiados:

Mayor Proyección
Fongo Royo
-Mercury Rex
Team D’Luxe
Zynk

Premio Itinerante – Técnico de Directos
-Kike Cruz

Mejor Vídeo
“Acapulco” de Pecker por Daniel Pardo
“Funky Robot” de The Bronson por Ignacio Estaregui
-“Local 7” por Jorge Nebra
“The Wheel” de My Expansive Awareness por Jonathan Cremades

Mejor Programación
El Veintiuno
Las Armas
-Rock & Blues
Sala López

Mejor DJ
Chelis
Lady Funk
-Mr Pendejo
Sweet Drinkz

Mejor Directo
Bunbury
Kase.O
-The Kleejoos Band
White Coven

Mejor Canción
“Atlas” de Calavera
“Cuna de Caín” de Bunbury
“Guatizalema” de Joaquín Pardinilla Sexteto
-“La Bella Muerte” de Sho-Hai

Mejor Canción en Lengua Autóctona
“Entalto Pirineo” de Francho Sarrablo
“Paisache” de Bosnerau
-“Pregaria” de María José Hernández
“Tuna Punk” de Manolo Kabezabolo y Los Ke No Dan Pie Kon Bolo

Otras Músicas
Biella Nuei
Pirineos Sur
Tributo a Paco de Lucía
-Vegetal Jam

Mejor E.P.
-“Balance” de Lady Banana
“Capitana” de La Nube
“Cuna de Caín” de Bunbury
“En Contradirección” de Amòrica

Mejor Álbum Autoeditado
“Año Selvático” de Los Bengala
-“Going Nowhere” de My Expansive Awareness
“Inception” de The Kleejoos Band
“La Última Función” de Sho-Hai

Mejor Portada
-“En Contradicción” de Amórica por Dani Pueyo de IF3 SocialMedia
“Guatizalema” de Joaquín Pardinilla Sexteto por Jorge Gay
“Inception” de The Kleejoos Band por Joss Mayoral
“Kinjite” de The Bronson por Eugenio Merino

Mejor Producción
“Expectativas” de Bunbury por Bunbury
“Exposición” de Calavera por Javi Vicente ‘Carasueño’
“Inception” de The Kleejoos Band por The Kleejoos Band
-“La última función” de Sho-Hai por RdeRumba y Sho-Hai

Mejor Álbum
-“Expectativas” de Bunbury
“Flamenco Diásporo II” de La Orquesta Popular de La Magdalena
“Kinjite” de The Bronson
“Tetsuo” de El Momo

Mejor Solista
El Brindador
-Kase.O
María José Hernández
Sho-Hai

Mejor Grupo
Calavera
Domador
Lady Banana
-The Kleejoos Band

 

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María José Hernández juega y vuelve a ganar

Es María José Hernández un pozo sin fondo de sensibilidad y buen gusto para cantar y componer, la voz femenina más dulce y pura de la música aragonesa, con permiso de Eva Amaral. Lleva tres décadas en liza, navegando valerosamente por libre en el proceloso mar de la música popular y, tras su delicado trabajo con las canciones de Labordeta (‘Las uvas dulces’/2014) o esa jugosa actualización del pasado sefardí y diversos cantos medievales (‘Vivere memento’/2015), ha traído un nuevo disco, ‘Cartas sobre la mesa’, que de nuevo vuelve a echar al pozo unas cuantas fanegas más de esa sensibilidad y maravilloso gusto que María José posee a la hora de cantar, componer y escribir versos.

Para la ocasión, rodeada de un cuarteto –Sergio Marqueta (teclados), Dani Escolano (contrabajo), Dani Blesa (batería) y Fernando Girón (guitarras) más la colaboración de Guigher, que también coproduce, en las programaciones- tan sobrio como limpio que sirve a la cantante zaragozana unos arreglos satinados, hermosos, a veces tan desnudos que se quedan en solo un piano o una guitarra acústica.

Una nueva forma de afrontar sus canciones y un disco que enlaza con los anteriores por, obviamente, la dulzura vocal pero que pone distancia con ellos precisamente por esos arreglos y por los nuevos territorios que ella y sus músicos exploran muy sutilmente y de forma más sugerida que explícita: el del funk (‘Poderosa imaginación’), el swing (‘Saltando sin red’), el trip-hop (‘Nada es lo que parece’), la maravillosa balada pop a pleno pulmón, quizá la mejor del disco (‘Cartas sobre la mesa’)…, e incluso el del lujoso mundo instrumental de Steely Dan (‘Cinco sentidos’).

El resultado de la aventura por los mares de la creación, o como ella canta en ‘Siento’, de su juego con las musas caprichosas revoloteando por sus sienes, es un bello caleidoscopio sonoro que quizá pierda colores en la desnudez de las dos últimas piezas, aunque no ese latido emocional y poético, sensual en ocasiones (aquí,’Aniversario’ y ‘Cinco sentidos’), que siempre le pone María José a sus canciones.

Hace unas semanas, no tenía servidor el más mínimo rubor en denunciar el bajo estado de forma en que, en general, se encuentra la música aragonesa actual, comparada con otras etapas anteriores, pero afortunadamente siempre, junto a las estimulantes nuevas apariciones, nos queda el valor seguro de la veteranía y la consolidación de artistas como María José Hernández.

Ella puede hacer un disco de una manera u otra, con unos arreglos de una forma u otra, con enfoques estilísticos lejanos, con una brevedad extrema, cual es el caso de este reciente, pero ahí está siempre su dulzura en el canto, sus cuidadísimos versos, su magnética voz de seda, su sinceridad como creadora, sin dejarse tentar por infamantes demonios comerciales. Eso nunca falla.

María José juega sin cartas marcadas, lo hace con la verdad de su talento y de su actitud artística ‘sobre la mesa’. Y, de nuevo, vuelve a ganar. Ojalá siga sentada ante la mesa de juego durante mucho tiempo, aunque el mundo pop nacional le siga negando la visibilidad que justamente se merece.

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Cultura de contenedor: el patinazo musical de TVE

El pasado jueves, día 8, me fui a la cama abochornado, si no cabreado. Fui testigo de una de las meteduras de pata más gigantescas que he visto en la tele y en directo. En el programa ‘La hora cultural’, de 24 Horas de TVE, que presenta Antonio Gárate, este entrevistaba al maestro aragonés Antón García Abril, quien en mayo próximo cumple 85 años y en abril se le va a tributar un homenaje en Madrid.

Gárate, con ese tono empalagoso, rendido, ejerciendo de algo muy común en estos tiempos en la profesión periodística, es decir, de ‘babismo, extendiendo la lengua cual alfombra a los pies del entrevistado, repasaba algunos trabajos del maestro, entre ellos, su célebre sintonía de ‘El hombre y la tierra’…

Y llegó la ‘Sinfonía del nuevo mundo’, de Dvorak, que ya antes había asomado como recurso breve de sus trabajos. García Abril aparecía dirigiéndola en un extracto del programa ‘300 millones’, y ¡cataplás!: “Así, al principio, me ha sonado a John Williams haciendo la banda sonora de Tiburón…”, soltó el presentador en una exhibición de atrevimiento inaudito y dando por supuesto que la había escrito el maestro García Abril. “Pero si esto que suena no es mío”, casi balbuceaba Abril, asombrado, pero de forma educada, sin soltar el merecido exabrupto al preguntador. “¡Ah, ¿esto no es suyo?” Risas del entrevistado y gambazo del presentador: “¿Qué es esto, Antón?”, preguntó con una analfabeta sonrisa, sin tener la mínima conciencia del gran batacazo musical y cultural que se había dado en público…

Dios mío, la ‘Sinfonía número 9’ o ‘Sinfonía del nuevo mundo’… Si hasta los párvulos, al menos antaño, la hubieran reconocido. Una de las obras más universales de la música clásica, escrita por el checo Anton Dvorak en 1893, y que ha sido desde banda sonora de películas de dibujos animados hasta sintonía de programas radiofónicos (los más veteranos la recordarán en ‘Ustedes son formidables’, de la cadena SER). Que un presentador de un espacio cultural patine de esta manera es para tenerlo de pinche en los Juegos Olímpicos de Invierno, que ahora mismito se celebran en Corea del Sur, y no en un programa televisivo.

Mas, al margen de valías profesionales y de gloriosos patinazos como este, hay un hecho candente que saca a relucir este soberbio resbalón: el concepto actual de cultura y cómo se dispensa esta en los medios televisivos y periodísticos. En tiempos, y de forma lógica, existía un programa o una sección en los periódicos dedicada a los libros, otra a los toros, otra al cine, otra al arte, otra a la fotografía…, había dos grandes secciones, una de Cultura y otra de Espectáculos. No, ahora, no. Ahora hay contenedores, grandes depósitos en donde se echan a paladas los más diversos temas y personajes, como si todo interesara genéricamente, desde una novela a un cómic, una obra de teatro, un circo, un ballet, una exposición de origami, una corrida de toros, una película, un rapero, una ópera…, qué se yo.

Un revuelto que no solo despista al lector o al televidente, desde el momento en que se administra en el mismo contenedor, ofreciéndole asuntos que no le interesan, solapando unos a otros, sino que impone el criterio falso de que la cultura es un indiviso universal que hay que dispensar en los medios en un solo frasco, como si quien escucha, ve o lee tuviera el mismo interés en los toros, el rap, la copla, el rock, la novela, el cine o la ópera.

Y no, oiga. El ‘todoterrenismo’ mediático carece de profundidad y crédito, resulta difícil digerirlo por el eclecticismo antagónico e inconexo de sus partes, por su fútil ambición y por la imposibilidad de abarcar todo. ¿La danza clásica y el heavy metal? ¿El lector de Hegel y el de Corín Tellado? ¿Bergman y Santiago Segura? ¿Nick Cave y Bustamante? ¿La velocidad y el tocino? Me temo que es tan imposible como mezclar el agua y el aceite.

Pero segundo, y básico: quien dirige o presenta estos contenedores está obligado a ser experto (o ellos se erigen como tales) en todas y cada una de las materias que tratan…, y no, es irrealizable. Por mucho que se quiera, los “supermanes de la cultura global” no existen, no se puede saber de todo. Menos aún, pretenderlo y aparentarlo, so pena de que luego se produzcan bochornosos patinazos como el del jueves pasado en TVE.

La cultura, en la faceta que sea, no se puede abordar de manera tan banal y gruesa como se aborda. Se necesitan expertos, y a poder ser apasionados de su materia, gente especializada que transmita al lector o al televidente, no solo el gusto por lo que se lleva entre manos, sino también sus conocimientos, ofreciendo datos seguros, fehacientes, comentarios amenos, jerarquizando información y cribando con rigor calidades. Y eso se consigue con años y experiencia, con estudio y dedicación, no en un master o en un cursillo acelerado.

Lo contrario, empaquetar la cultura en contenedores mixtos, hacer un revuelto como el que cocina una ensalada rápida, y ponerlo en manos de un pretendido supermán cultural, es tratarla con desdén y superficialidad. Un insulto a la inteligencia que se agrava más cuando el desvarío viene de una televisión pública. Cuatro días después, por cierto, el tal Gárate ni ha pedido disculpas ni ha sido dimitido. ¡Vergüenza!

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Miguel Ríos y Johnny Hallyday

 

Ya hace unas semanas de la muerte de Johnny Hallyday, pero no es éste tema cerrado, al menos en este blog, que no vive de la rabiosa actualidad. Ni Hallyday ni Miguel Ríos, ambos con dilatadas carreras discográficas y con un simbolismo para el rock inapelable, han cerrado ni cerrarán la historia del género, sino que, al contrario, la seguirán abriendo en el presenta y en el futuro cada vez que a alguien le dé por excavar el pasado y aprender de él. Son dos referentes indiscutibles. Ahora, y en años venideros. Por ello, nada demodé el que asomen de nuevo en este blog.

De Miguel, personalmente, sabía, y así lo he escrito infinitud de veces aquí y en el Heraldo, y sigo sabiendo, que ha sido y sigue siendo la voz mayor del rock español, una voz articulada, de una tímbrica fantástica, de un caudaloso flujo de armónicos y un registro riquísimo en matices, lo mismo para el rock que para la balada. Su amplia discografía, con todos los altibajos que se le quieran señalar, es el mejor exponente de ello.

Lo que no sabía es que, además de sus dotes musicales y vocales, posee un talento innato para la escritura. Lo dio a conocer cuando en 2013 editó en Planeta su autobiografía, ‘Cosas que siempre quise contarte’, un modélico libro de vivencias personales y profesionales, del que ya dí cuenta en este blog, que engancha desde la primera a la última línea, no solo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta, con coherencia, con fluidez, con gracejo, con ingenio, con humor, con seriedad, con un uso del español en la mejor línea de los clásicos, desde Galdós a Umbral.

Confieso que me quedé asombrado al leerlo, porque no imaginaba tanta pericia y tanto desparpajo a la hora de narrar, menos en alguien ajeno a la literatura. Pues no es así, increíblemente. Una pequeña confesión: ese libro está al lado de mi cama. De vez en cuando releo unas hojas como ejercicio de sanación mental y de disfrute, masticando las líneas, saboreándolas. No es Stefan Zweig ni Borges, pero da igual, como si lo fuera, desde el momento en que su transmisión emotiva y literaria es de una viveza torrencial.

Vienen a cuento estas líneas –hiperbólicas, quizá, para algunos, no para mí- porque me ha llegado a través suyo el texto que escribió para el diario digital Infolibre a raíz de la muerte de Johnny Hallyday, su mejor simétrico en la Galia en lo que concierne al mundo pop, dos rockeros de vidas paralelas, salvando las distancias, como el mismo Miguel señala. Le pedí enseguida permiso para publicarlo en este blog, porque una de las misiones y alegrías que tengo con este rincón digital es compartir aquello que me gusta. Así que conocer y compartir esta pieza que Ríos escribió hace no mucho es un placer inmenso. Si alguien la quiere leer en el lugar original en que se publicó, la tiene en este enlace,  y si no, va a continuación, tal cual me llegó. Es un texto maravilloso, ameno, ingenioso, verista, lleno de sabiduría, de fondo, de cultura y de reflejos periodísticos y literarios para definir una época como la de los primeros sesenta. Ustedes lo disfruten.

LONG LIVE JOHNNY
Por Miguel Ríos Un funeral de Estado en el país de la grandeur, no puede ser otra cosa que la madre de todos los funerales. Solo a la altura del de los faraones en el antiguo Egipto o de las super producciones de Cecil B. DeMille. En este caso, me refiero a la impresionante retransmisión televisiva del sepelio popular de Johnny Hallyday, el proto rocker francés que abrazó la fe del rock and roll, lo tradujo e impulsó en la patria de la lengua de Victor Hugo y en su espacio de influencia. En la neoclásica Iglesia de la Magdalena, repleta de personalidades, presidentes y ex presidentes de la nación y personalidades de todos los órdenes en la vida de la República, estrellas de la cultura, la música y el cine, lamentan la pérdida del Elvis francés, cuyo ataúd reposa a los pies de la talla de Marochetti de la Madeleine. En el exterior, en la fría mañana parisina una muchedumbre llena la gran explanada frente al templo y sigue la suntuosa ceremonia por pantallas gigantes. El ambiente de recogimiento y dolor se manifiesta en cada rostro enfocado por las cámaras. Hay gente que llora y escucha las palabras de amor y reconocimiento que se leen al pie de la escalinata que sube al altar, ante el blanco féretro del padre del rock galo. Todo es recogimiento, silencio, dolor y buena educación. Mientras observo la multitudinaria despedida de mi correligionario en el rock, pienso en las canciones que versioné de sus primeros discos, sobre todo en ‘Detén la noche’. Un tema que le compuso un armenio llamado Charles Aznavour, y que yo intenté “clavar” desde mi evidente bisoñez. También recuerdo la anécdota de la responsabilidad tangencial, que su nombre tuvo para que yo me llamara Mike Ríos. La cara que se me quedó el día en que vi mi nombre en inglés en la portada de mi primer disco, y la del director artístico de Discos Philips cuando me espetó: ¿pero tú te crees que Johnny Hallyday se llama así? No. Se llama Jean-Philippe Smet. A ti, Miguelito, al menos te queda el apellido. Desde entonces hemos llevado una vida creativa paralela, salvando enormes distancias. Quiero decir, que como casi todos los aspirantes a rockero, bailamos Twist, Madison, Mashed Potato, Bugaloo y las mil y una danza que la industria del disco lanzó, mientras creyó que el rock and roll era solo una moda pasajera. Yo admiraba a Johnny Hallyday y siempre lo consideré un grande. Aunque, para mi gusto, no era el mejor cantante, sí era uno de los tipos con mejor presencia escénica del rock internacional. O como él mismo cantaba, tenía Rock’n’roll Attitude. Había tocado con los mejores músicos del planeta rock, grabó en los mejores estudios del mundo, y se codeó con las grandes estrellas del género. Si os dais una vuelta por su inmensa discografía veréis al camaleón rubio, versionando la mejor música escrita en el siglo pasado. Y cual Mick Jagger prodigioso, mejorando en la vejez. La única vez que lo vi actuar fue en el verano del 63 en Alicante. En El Gallo Rojo, una famosa y enorme sala de fiestas al aire libre, en la playa de San Juan, donde me había salido un curro alimenticio poco rockero durante quince días. El Gallo ofrecía cada noche un espectáculo de variedades donde yo actuaba como El Rey del Twist, y alucinaba con las largas y bellas piernas de las bailarinas. El día que actuó el astro francés el local se convirtió en un anfiteatro de 6.000 localidades, donde demostró que, verdaderamente, era un performer excepcional. Durante dos horas recibí una clase magistral de lo que algún día tendría que hacer en un escenario. Aturdido por la perfección del sonido, el juego de unas luces nunca vistas, y envidiando el delirio “beatles” que despertaba Johnny en las veraneantes francesas que se lo comían, y en las más modositas fans locales, yo no salía de mi asombro de cómo sudaba el tío bajo el resplandor de los focos. Alguien de la orquesta del local que estaba conmigo me dijo, dicen que se toma dos aspirinas antes de salir a cantar y así rompe más fácil. Más tarde comprobaría que se suda porque se curra. Aquel tipo de 1’85 era la estampa del rocker. Rubio de ojos azules, nacido en el Paris ocupado por los alemanes, fue abandonado por su padre colaboracionista y borrachín. Lo mandaron en acogida con una tía bailarina que vivía en Londres. Crece en el movedizo mundo del espectáculo y construye una de las biografías más arrastradas y rockeras de la que, sin duda, saldrían unos cuantos biopics. Triunfa sin paliativos y vende millones de discos siendo un adolescente. Se casa con “la más bella del baile” y se monta en el agitado tobogán de la década. Para mí tiene el enorme mérito de hacer asimilable la lengua de Albert Camus al rock and roll. Cuando terminó el show, me sentía tan acojonado que ni intenté saludarlo. En el tránsito de las décadas que partieron el siglo XX, el rock and roll se va estableciendo como la música de la juventud en más de medio planeta. Elvis Presley, su icónico tupé, su pelvis pecaminosa, convertido en el Rey del Rock, era el tipo a imitar. Un fenómeno hormonal, con guitarra en ristre, que se convirtió en la imagen de un cambio de costumbres que transformó el papel de la juventud, históricamente secundario, en objeto de deseo. Al margen de que fuera el blanco que mejor fagocitó el invento de los chicos negros que cambiaron el gospel de las iglesias por el rhythm&blues de los tugurios suburbiales, Elvis fue la mejor garganta de su generación. La explosión mundial del rock and roll, muy contestado por la carcundia y las Asociaciones para la Defensa de la Moral, provoca la primera globalización cultural y tiene que ver con la situación política de Estados Unidos y su necesidad de combatir en todos los frentes al comunismo expansivo que provocó la Guerra Fría. Por afinidad cultural, Inglaterra fue el primer eslabón hasta que llegaron The Beatles y produjeron el primer cambio de paradigma. Pero esa es otra historia. En los países receptores del Plan Marshall, los trasuntos de elvispresley surgieron como setas. En Inglaterra Cliff Richard (1940) daba el perfil más blandito del héroe de Tupelo. En Italia il capo di tutti fue Adriano Celentano (1938), que unió a la ductilidad de los músicos italianos, su inmensa magia de fagocitar lo aprendido para devolverlo como original. De todos ellos fue el francés Johnny Hallyday (1943-2017) el que más se acercó a la perfección del molde. En castellano, el mexicano Enrique Guzmán (1943), el líder de Los Teen Tops, fue el adelantado que nos tradujo los mensajes de la Metrópoli. Los cuatro fueron grandes en España y hubo años en que se podían escuchar sus canciones frecuentemente en la radio. No eran tiempos de radio fórmula, todo estaba empezando y la industria discográfica tenía necesidad de programar músicas de otros países. La crítica musical era prescriptiva y se hacía eco de lo que pasaba en otros lugares del mundo. Pero nosotros, los españoles, que no entramos en el célebre Plan Marshall, a lo más que llegamos fue a la caridad de la leche en polvo y el queso americano, que repartía Auxilio Social. Y, como tampoco éramos afines por demócratas, y aunque nos convertimos en el bastión de la cristiandad contra el comunismo, el rock and roll entró con censura, retraso y con sordina. Tuvimos nuestra “Primavera de Praga” rockera en el año 1963, en las míticas “Matinales de Música Moderna” del Circo Price, pero como toda primavera duró un suspiro. Después el desierto. No voy a llorar por el rock and roll español, porque a otros, en ese tiempo, les fue peor. Pero sí quiero recordar a muchos émulos de Elvis, de Cliff, de Adriano, de Johnny y de Enrique, que vivimos al arbitrio de un poder que te decía qué podías cantar, o qué no. Aprendiendo de discos importados por gente como Ángel Álvarez y de revistas como Salut les copains o New Musical Express, que le llegaba a algún amigo con posibles. Vuelvo a Johnny Hallyday y su emocionante entierro que engrandece una vida. No es que los franceses entierren bien, es que conservan sus activos emocionales hasta su último suspiro. Long live Johnny, los viejos rockeros nunca mueren.

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Rivarés, el inane concejal podemita

Por causas más exógenas que propias, tengo cuenta en Twitter y Facebook. Como si no las tuviera. La primera, ni la miro; la segunda, alguna vez que otra y tan apenas escribo. Hay mejores cosas a las que dedicar el tiempo y la vida, máxime cuando pisar el estercolero es fácil. Acabo de hacer, no obstante, una de esas visitas esporádicas a mi cuenta de Facebook y me encuentro con que Jorge Morgan, componente de Insulina Morgan, ha pegado en ella (no entiendo muy bien esas intromisiones en casa ajena, pero demos por bueno el juego conector de Facebook), un ‘hilo’ en el que el concejal podemita de Cultura de Zaragoza, Fernando Rivarés, a raíz de mi selección en este blog de cinco discos aragoneses relevantes de 2017, viene a tildarme de “destructivo y cínico”, a la vez que yo desprendo que aún no sabe discernir entre una crítica y una selección discográfica. También parece que da entender, por los discos seleccionados, supongo, que soy del siglo pasado y que, por tanto, vivo en la melancolía. ¿Los habrá escuchado? ¿Sabrá tan siquiera quiénes son My Expansive Awareness, que ocupan el número 1?

Oiga, señor Rivarés, ¿qué es del siglo pasado y qué es de este? ¿Qué música está vigente y cuál no? ¿Qué criterios rigen para considerar un tiempo válido o no? ¿Beethoven está inhabilitado y Kendrick Lamar no, por ser ambos de siglos diferentes? Si es así, como según parece por su mensaje, su formación musical y humanística están bajo cero, como su gestión al frente de una concejalía que le viene muy grande.

Luego volveré a su concepción de la música y de la cultura, porque, ahora que anda cercano, me parece más importante, antes que dirimir estos conceptos y contestar a su amable mensaje de Facebook, detenerme en su cargo, en su infructuosa labor como político cultural, algo mucho más sustancial que sus opiniones y conceptos. Ya ha dado muestras suficientes de su ineptitud desde ese cargo sobrevenido de concejal: Zaragoza no pinta nada en el concierto nacional desde que usted y su antecesor, Jerónimo Blasco (PSOE), ocupan cargo tan significativo y cardinal para la música como el de concejal de Cultura (ahora le llaman cursimente consejero). Su gestión musical es inexistente, en lo local y no digamos en lo nacional e internacional. ¿Qué galones puede lucir al cabo de tres años? ¿Cuáles son sus logros? ¿Su balance de este trienio? Responda:

-¿Qué grandes programaciones puede exhibir?
-¿Qué infraestructuras nuevas ha creado usted para la música pop local?
-¿Qué acceso tienen los grupos locales a los Centros Cívicos?
-¿Y al Laboratorio de Sonido y al sello discográfico municipal?
-¿Qué grandes figuras han pasado por Zaragoza merced a su esfuerzo y conocimientos?
-¿Y qué me dice de la privatización de la música en fiestas del Pilar, que genera programaciones vulgares, tomadas por la comercialidad y el capitalismo feroz, a ustedes que se les llena la boca con lo público y el antiliberalismo?
-¿Y qué hay de ese foco, por lo general, infecto de ruido en que se convierte un lugar sacrosanto como la plaza del Pilar en fiestas?
-¿Qué rutilante programación musical preparó en San Valero como para jactarse de ella, tal como hizo hace un par de años, en la que repetía el mismo cliché de cutrez de su antecesor? Algo impresentable en un gobierno que se decía que venía a cambiar todo. Eso sí es cinismo, mentir, no hacer lo que se promete.
-¿Qué ha aportado de nuevo a la música de esta ciudad? ¿Su ridículo baile en el balcón del Ayuntamiento junto al rapero de marras? Ya está mayorcito, oiga, para estampa tan forzada. ¿O se trata de acompasar el paso a este siglo, que dice usted, por cazar votos adolescentes? Eso es también más cinismo, cretinamente cinismo político.
-¿Y qué me dice usted de todas las reivindicaciones de los grupos locales, puestas de manifiesto en el desaparecido Roscón Rock? ¿A cuántas de ellas ha dado respuesta real? Vea:
-¿Tienen los grupos acceso transparente, fácil y gratuito a los centros cívicos? ¿Y al estudio de grabación del Centro de Historias?
-¿Qué ha sido de la cacareada Mesa de la Música?
-¿Ha respondido usted a la creación de la Casa, u oficina de la Música, que demandaban los músicos locales?
-¿Algún músico o colectivo gestiona, o está en la gestión, de algún local municipal?
-¿Ha creado algún concurso o plataforma de promoción artística?
-¿Cuántos locales de ensayo ha proporcionado a los grupos?
-¿Qué jugosa cantidad de dinero ha invertido en el apoyo a la grabación, edición y publicación discográfica?
-¿Ha abierto generosamente las puertas de la Multiusos y del mismo Auditorio a los músicos de la ciudad?
-¿Ha aligerado los trámites burocráticos para las licencias de las salas musicales?
-¿A cuántas salas apoya su Ayuntamiento?
-¿Cuántas publicaciones musicales ha editado su concejalía de Cultura?
-¿Qué medidas ha tomado para promover la asistencia a conciertos en las pequeñas salas?
-¿Cuántas campañas de apoyo y difusión a los músicos locales ha realizado?
-¿Cuánto ha incrementado la dotación económica de la Escuela de Música?
Me temo que mal y poco puede usted, Sr. Rivarés, responder a estas y otras cuestiones. Venga, haga gala de su cinismo. Bajo el gran credo podemita, vino para cambiar todo, y lo ha empeorado, no ha creado nada sustancial ni nuevo. Eso sí es ser destructor e impúdico.

Y, volviendo a sus mensajes: si establece (peyorativamente) una frontera entre un siglo y otro, ¿quiere decir que desdeña el pasado? Como Mozart es del XVIII y Syd Barrett o Nick Drake (¿le suenan?) afloraron en XX, no sirven, estamos en la melancolía, pero si es un rapero con el que echarse un forzado y ridículo baile en el balcón municipal, estamos en la actualidad, somos ‘cool’, es lo que mola y vale. Solo desde la ignorancia más supina puede emitirse una opinión así, pero usted no es un chiquilicuatre de las redes sociales ni un sandio periodista como yo, sino el concejal de Cultura de una gran ciudad española, cargo de gran responsabilidad aunque ni la derechona ni la izquierda falaz así lo estimen. Más grave todavía pues, por no decir de ejercicio inhabilitante, esa conceptualización cultural suya.

Díganos cuál es su música y cuáles son sus objetivos musicales para esta ciudad. Cuál es su preparación musical para la opinión fundamentada y para ejercer su cargo. Deje de descalificar gratuitamente y sin cimientos argumentales, trabaje, no pierda tanto el tiempo en las redes sociales buscando feligresía y luciendo ego, instrúyase, déjese la piel por esta ciudad, por su cultura y por su música de verdad, no por las mamarrachadas del balcón municipal.

Y también documéntese y aprenda un poco para llevar con cierta dignidad la banda roja de ese solemne cargo que ostenta. Pida a sus técnicos, ya que usted me temo que no se enteró en su momento, un breve dossier sobre lo que fue la cultura popular propulsada por el ayuntamiento zaragozano en décadas pasadas. ¿Sabe lo era el programa En La Frontera, las noches del Rincón de Goya, las de la Hípica, las temporadas de Música, Teatro y Danza del Principal, el ciclo Todos los meses Jazz, los grandes conciertos de La Romareda, el Taller de Rock, las programaciones gestionadas autóctonamente por el Ayuntamiento en fiestas de Pilar, el pabellón municipal de fiestas, los conciertos del Museo Provincial, los concursos municipales de rock… y tantas y tantas fructuosas iniciativas como crearon y alentaron sus antecesores en el cargo, desde Luis García Nieto a Rafael de Miguel, Antonio Piazuelo y Juan Bolea? Se le va a caer el cuajo, si no la cara de vergüenza, si le llega ese dossier, por político inepto y cínico (sí, aquí también su contumelia es palpable).

La vulgaridad se ha comido este tiempo. Usted ha hecho bueno a Zygmunt Bauman (la cultura se ha vuelto líquida), ha dado la razón a Vargas Llosa (“la civilización actual se rige por el mero y pobre espectáculo”) y se ha alineado con el filósofo francés Gilles Lipovetsky y su teoría de la ligereza como tendencia dominante en el espíritu de nuestra época, siendo usted uno de los culpables de esa ligereza, al menos en lo musical.

Afortunadamente, las encuestas dicen que le queda poco tiempo de lucir banda roja e ineptitud política (una pena, que usted y algunos colegas hayan matrimoniado ambas cosas), la gente, esa gente con la que llenan los carrillos, que no es solo podemita sino más global y menos sectaria, le ha calado. Sabe, sabemos, de su cinismo y de su incompetencia política. Es usted, por la connivencia imperdonable del PSOE, el concejal de Cultura más inane, falso e incapacitado –hechos y omisiones en su gestión cantan- que ha pasado por esta ciudad desde que se ganó la democracia… Ufff, el 2019 está a la vuelta de la esquina.

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Envidiable TV musical, ‘Later’

En el mundo del pop y la televisión, que un programa permanezca en pantalla durante 25 años, y siga, es toda una heroicidad si no una imposibilidad faraónica. Ya se sabe cómo tratan los ejecutivos televisivos a la música en general y al rock en particular: con desprecio si no como basura. Basta seguir las televisiones españolas para comprobar la desvergüenza cultural -amplificada con la desmesura de ‘Operación Triunfo’, los realities y esa canasta de trapos revueltos y sospechosos negocietes que son las madrugadas- con que se aborda el hecho musical, ya sea clásico, rockero o jazzístico.

Pero estamos en el Reino Unido. Allí la música popular, con impacto notabilísimo en el PIB, es especie protegida. Y ello explica los 25 años en antena que acaba de cumplir ‘Later… with Jools Holland’, programa de una hora con un formato insólito: media docena de artistas se reúnen en un plató televisivo circular y desde un escenario individual cantan sus canciones, a veces acompañados por el mismo presentador al piano. Es un espacio abierto a diferentes géneros, desde la world music al country, el rock o el pop, y con nombres de ringo-rango combinados con otros más desconocidos. En las últimas semanas han pasado por él Van Morrison, los hermanos Gallagher (separados, por supuesto), Paul Weller, Morrissey, The National, LCD Soundsystem, Beck, Queens Of The Stone Age, Robert Plant, Sheryl Crow, Xx, Haim… Menudo lujo tenerlos ahí cara a cara.

El presentador, jocoso e irónico, es viejo conocido. Militó como pianista en el grupo Squeeze, que tuvo su hueco en la new wave con su pop chispeante veteado de punk y rock’n’roll clásico, y luego emprendió carrera en solitario hasta que se dedicó a las labores televisivas. Es un gusto verle al frente de semejante reunión de embajadores musicales, quizá solo reunibles por él mismo, por su fuerza, simpatía y por el calor que les da a todos, lo que a veces truca en estilo algo ‘tombolero’, pero eficiente: su pervivencia lo acredita. Naturalmente es la BBC la que está detrás de esta pista de estrellas, poniendo medios y sueldos. Lo emite por su segundo canal, la BBC 2, y aquí en España se puede ver a través de la plataforma Movistar, vía canal Xtra, todos los martes a las diez de la noche.

¿Puede imaginarse algo similar en la TV pública española? Ni de coña. Ya vamos bien servidos los amantes de la música pop o la clásica con los triunfitos, deben pensar los gerifaltes televisivos. Y ahí seguimos, con la parrilla musical hecha un erial, si acaso salpimentada con los longevos conciertos de Radio 3, esa nevera nocturna donde cabe todo, y las madrugadas de la famosa ‘rueda’. Poco más, aunque ahora, por La 2, que ha comenzado a emitir en alta definición, se han pasado conciertos de Manolo García, El Barrio o un homenaje a Cecilia.

No vendría mal, vamos, es una obligación para hacer buena esa televisión “para todos y de servicio público”, con que tanto se llenan la boca los rectores de TVE, que alguien cogiera la brújula en esa segunda cadena e intentara dirigir a la televisión nacional al lugar medianamente visible que antaño tuvo la música pop (si no, ¿cómo se van a confeccionar los futuros cachitos de cromo y hierro?). Y si no, pues (jodidamente) siempre nos quedará Jools y sus martes en Movistar.


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Con las baquetas en los vaqueros (en memoria de Pedro Peralta)

Pedro Peralta, en primer plano a la izquierda, con Micky Mouse (febrero de 1979)

Me entero a través de Mariano Casanova, vía un enlace a su blog que ha insertado en un correo electrónico, de la muerte de Pedro Peralta y me quedo petrificado. No solo suscribo la estima de Mariano hacia Pedro sino que la amplifico y la valoro en grado superlativo en cuanto a su calidad como batería. Estima y valoración que extiendo a su hermano mayor Chema Peralta, otro músico imprescindible en la pequeña o gran historia musical de esta ciudad.

Como bien dice Mariano, ambos, Pedro y Chema, formaban parte de Micky Mouse, que es como decir de parte de la vanguardia del rock zaragozano de los setenta. Los Peralta daban vida a un combo insólito en aquella Zaragoza que en el 70-71 había perdido todo el esplendor pop de los sesenta y que apenas contaba con una docena de grupos ‘progresivos’ sumidos en la oscuridad mayor, desde La Codorniz a Tinta Negra, Extraña Mezcla, Flor de Cactus, Moisés, Simetrium, New Group Silver… y más tarde Vam Cyborg, Pedro Botero e incluso los mismos Puturrú de Fua.

Pedro Peralta, tras Micky Mouse, anduvo luego con los Puturrú, Chicotén… y otras aventuras de época como NHZ hasta que dio el salto a Madrid y se enroló en Suburbano para a continuación colaborar con diversos artistas de talla, entre ellos Aute, Luis Pastor, Vainica Doble, Luis Mendo… Una fructífera vida de ‘músico acompañante’ que cortó en seco para incorporarse a la Curroplastic, aquel primer intento nuevaolero cocido en tierras aragonesas, y años más tarde, en el 88, a raíz de la apertura del Taller de Rock en el Centro Cívico Delicias, incorporado luego, en 1994, a la actual Escuela de Música, dedicarse por completo a la docencia. No serán pocos los baterías de la ciudad que sabrán bien de las enseñanzas de Pedro a las baquetas.

De él, no obstante, guardo una de las estampas más señeras y diría que icónica que mi memoria guarda de la historia musical de esta ciudad, una estampa que ayer comentaba con su hermano Chema y qué el también recuerda a la perfección. Fue en el Aula Magna de Letras, a comienzos de los setenta. Insólitamente, pero seguramente a raíz del torbellino de ideas y agitación cultural y política que se vivía en los últimos años del franquismo, se organizó un ciclo de blues en la Facultad, de la que yo entonces era estudiante, y allí estaban Chema Peralta y Fernando Marco a las guitarras y Pedro a la batería (en otras sesiones se uniría Luis Fatás), subidos en la tarima solemne del aula en la que horas antes había impartido sus clases un sabio como el profesor D. Eugenio Frutos, tocando blues rural, evocando al Reverendo Gary Davis o a Sonny Terry & Brownie McGee. Para mí, que por aquella época andaba absolutamente abducido por el blues, una alucinación. Increíble que de repente me encontrara ante un grupo de mi ciudad, y no de unos campos de algodón del Misisipi o de un tugurio de Chicago, masajeando los típicos doce compases del género con tanta habilidad como lo hacían.

Y todavía más increíble que detrás de la batería estuviese un tipo flacucho, el pelo largo y lacio, y escasa envergadura que unos minutos antes lo había visto pasear a pie de tarima con las baquetas metidas en el bolsillo posterior derecho del pantalón vaquero, una estampa inolvidable, curiosa, fijada a fuego en mi memoria. ¡Cómo le daba el tío a los parches y a los platos! Luego ya supe o pude comprobar que no era un ‘donnadie’ sino un músico, en contraposición a su físico, de una estatura musical enorme que a base de esfuerzo y estudio, tras acabar el Bachillerato elemental -“fue autodidacta por completo”, me comenta su hermano Chema-, aprendió él solo a tocar el instrumento y a engrandecerlo. Había que verlo parapetado en aquellas murallas de bombo, cajas y platos que se fabricaba, siempre a la última hora de la tecnología percusiva… Otra de sus pasiones fue la joyería, tallando piezas finísimas en plata, aunque esta actividad no fuera su ‘modus vivendi’ sino la música.

Tenía 61 años y un cáncer de pulmón. La vida es demasiado traicionera, por no soltar otros epítetos más crudos u obscenos. Descansa en paz, Pedro.

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Y un disco internacional de 2017

¡Vaya! Parece que hay mayor unanimidad que en años anteriores sobre el mejor disco de 2017. Habiendo hecho acopio de revistas españolas y foráneas y explorando en el universo cibernético, sale que el álbum ‘Damn’, de Kendrick Lamar, fue el mejor disco del pasado año.

Veamos las selecciones que ocupan el número 1 en las revistas, webs y publicaciones más conocidas de dentro y de fuera de España:
New Musical Express-Lorde: ‘Melodrama’
Billboard– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Uncut– LCD Soundsystem: ‘American Dream’
Pitchfork– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Rolling Stone– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Mojo– LCD Soundsystem: ‘American Dream’
Rockdelux– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Ruta 66 -Peter Perret: ‘How The West Was Won’
Mondo Sonoro– Kendricl Lamard: ‘Damn’
Jenesaispop– Lorde: ‘Drama’

Pues muy bien, o muy mal, que depende de gustos: ‘Damn’, de Kendrick Lamar, fue el disco que más números 1 copó en las listas de los mejores álbumes de 2017. Un disco de rap. Desde luego no será este blog el que lo señale ni tenga a gala enseñorearlo: resulta difícil pasar de la primera pieza, un coñazo, pero allá cada cual con sus gustos, filias, fobias, placeres o neuras.

Dado el oceánico mar de producciones que salen al cabo del año, algo que impide escuchar todo, resulta atrevido señalar ‘el mejor disco del año’, como señalan las publicaciones mentadas. Pese a su solvencia, ¿habrán escuchado sus electores todos los discos salidos al mercado? Me temo que no. Es un imposible tan imposible como abrazar el universo.

Evidentemente un servidor no ha pasado por tan imposible trance de abarcar todo, ni lo ha intentado, por lo que no está en condiciones de señalar ese número 1 absoluto, ese ‘mejor disco’ del 2017, con el que rimbombantemente titulan las publicaciones citadas su selección, pero sí mi ‘favorito’, ese disco que se me quedará en la memoria y en mi discoteca para siempre. La apuesta es arriesgada y comprometida: un solo disco de entre los cientos que abarrotaron el mercado los doce meses últimos, lo que no significa obviar o menospreciar una docena más como mínimo de discos jugosos, pero invito a la parroquia a lanzarse a la piscina y elegir el suyo, uno solo.

En mi caso, lo tengo claro……, y es…. ‘A Deeper Understanding’, de The War On Drugs, un disco, como escribí en su momento, de rock melódico, de penumbra, de viaje al mundo interior. Un disco en el que se acoplan a la perfección melodías redondas con instrumentaciones variadas, que van desde la electrónica a las guitarras, los soportes de bajo y batería o los coros femeninos… Bueno, no es cuestión de repetirme. Mejor, si alguien quiere más datos, que pinche en el comentario que hice hace unos meses al respecto y que coteje, aplauda, discrepe, bote de entusiasmo o me escupa. Es mi elección, como espero la tuya. Eso sí, solo un disco.

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Cinco discos aragoneses de 2017

Habida cuenta de que Bunbury, con quien hay que ser exigente a tope por motivos obvios, entregó en 2017 un disco, por lo general, plano de melodías y versos con espinillas de vulgaridad; habida cuenta de que en Los Bengala habita un cantante de voz poco hecha; habida cuenta de que el rock setentero de la Kleejoss Band es más una intención que un logro; habida cuenta de que El Brindador explora el terreno sonoro con tino pero quizá por ese ambicioso ánimo explorador de sonidos no contiene las melodías en su punto apropiado de cocción mientras llega un momento en que carga con su llorosa voz aguda; habida cuenta de que el rap no me interesa lo más mínimo por su nula musicalidad y su facilismo creativo e interpretativo; habida cuenta de que Tachenko tiene su fuerte en las guitarras y las melodías y no en las voces; habida cuenta de que los llamados cursimente grupos emergentes (desde Lady Banana a Calavera, The Hard Mama, Mono, Levy Pants, Noa A, Oakland, Toro, Vegetal Jam, Señoras y Bedeles, Los Volcanes…) están muy verdes o son irrelevantes; habida cuenta de que Pedro Andreu ha montado con L4Red una réplica de Foo Fighters pero con un mal cantante y unas flojas canciones; habida cuenta de que nunca, desde la explosión dorada de inicios de los noventa (¡ay, Héroes, Proscritos, Especialistas, Mas Birras, Distrito, Días de Vino y Rosas, Niños del Brasil, Novias…, qué derroche!), el pop aragonés, con una vasta producción discográfica independiente, vive sin embargo su peor momento de creatividad e interés…, habida cuenta, en fin, de todo ello, y de que a la música hecha en estas tierras, en tiempos de acceso, medios y posibilidades globales, hay que pedirle lo mismo que a la de otro lugar remoto del planeta, me sobran dedos de las dos manos para contar lo más sobresaliente del año 2017 grabado por músicos aragoneses.

Haciendo un gran esfuerzo de recensión, en una mano pongo mis cinco discos favoritos -esquivo lo de ‘mejores’, que es palabra desterrada de mi vocabulario musical desde hace años-, es decir, los álbumes de 2017 que tengo la plena seguridad de que guardaré con mucho agrado en mi memoria y que escucharé con frecuencia en años venideros, discos que no se devaluarán con el tiempo, sino seguramente que crecerán. Es, a mi entender (resoplen), la primera línea creativa de la música aragonesa actual. Y aunque numerada pero con flexibilidad para la prelación, según días y momentos, si bien es cierto que los dos primeros lugares son inamovibles y deberían llevar el mismo guarismo de número 1 por sus distancias estilísticas, va así:

1.- My Expansive Awareness: ‘Going Nowhere’ (Analog Love)
El quinteto zaragozano se alinea en esa ‘expansiva’ oleada neopsicodélica -Wooden Shjips, Bardo Pond, Naam, The Besnard Lakes, Jacco Gardner, Black Angels, Brian Jonestown Massacre, Tame Impala…- que en los últimos años ha horadado el pop internacional hasta crear un fructífero espacio creciente, propio y hasta nuevo. En el caso de los zaragozanos, más: enriquecen ese espacio con matices poco comunes en el mundo psicodélico (sintetizadores voladores, wha wha, pedal steel…) y su querencia por los Doors. Su segundo disco es un compendio de todo ello. Y sus mejores armas: la labor del órgano a lo Manzarek, el trabajo de percusión y bajo, el atractivo empaste de voces masculina y femenina, las guitarras de línea clara y sobre todo el inmenso fortín de las melodías, cuidadas, directas, algo no muy trabajado en la psicodelia, donde los paisajes oníricos opacan las líneas cantabiles. Un disco perfecto en su género, de cuño internacional.

2.- Joaquín Carbonell: ‘El carbón y la rosa’ (Voces del Mercado)
Lo de Joaquín, dicho de forma visceral, pero también racional, no tiene nombre: que tenga en sus manos un florilegio de radiantes canciones de autor y que esas canciones se marchiten a la sombra de las de Sabina y la incomprensión del público en general es para, al menos, ver flotar algún cadáver sobre el Ebro. Ya lo he escrito una, y dos, y tres, y decenas de veces, y vuelvo a insistir: es el cantautor español de la vieja escuela de los setenta más en forma e inspirado. En este álbum que parece de despedida, lo que sería muy triste, el de Alloza matrimonia reggae con bolero, blues, rumba, country, vals mexicano, chanson, doo-wop… en una ensalada, que lejos de saber a mistura promiscua y destalentada se une en un todo armonioso e inventivo que elevan al infinito de las emociones y la inteligencia la ironía y la sensibilidad de sus versos de oro.

3.- Amaral: ‘Superluna’ (Antártida/El País)
El dúo se ha sentido más en forma y maduro que nunca en los escenarios y por ello ha decidido atacar con un segundo álbum en directo. ¡Bingo! Un estimulante viaje por sus siete álbumes -con parada más larga en el último, ‘Nocturnal’- y en tren de lujo: equilibrio y limpieza inmensa de sonido que no le quita contundencia, sino al contrario. Nada que ver con lo que aquí se oyó en su día en el Príncipe Felipe, donde una mala dinámica en la ecualización de bajo y batería, amén de la falta de rodaje de la gira, nos dio la noche. Doble CD envasado en un vistoso e informativo disco-libro.

4.- Gabriel Sopeña: ‘Sangre Sierra’ (Warner)
El polifacético Gabriel se abastece en los almacenes de Neil Young, Dylan, Springsteen, Jackson Brown, Tom Petty…, lo que, a poco que se posea destreza, y él la tiene a raudales, es garantía para certificar canciones de calado emocional y musical. Como las que este disco encierra. Ha tardado ni se sabe cuántos años en reaparecer en solitario, pero un disco así no es de los que se cuecen en una merendilla, incluso en piezas ajenas como esa magistral recreación en castellano del clásico de Janis Joplin, ‘Me And Bobby McGee’, con colaboración de Loquillo. Y con toda justicia, recupera dos canciones de trote muy conocido que él co-aportó a Mas Birras: ‘Apuesta por el rock’n’roll’ (Bunbury, invitado) y ‘Cass’. Le rinde la vida y el talento.

5.- The Patinettes: ‘Whatever The War’ (Rock GD Records)
Pensaba que tras un lustro sin noticias suyas y con los proyectos individuales de Patricia Destoky (Peabodys), este quinteto había fenecido. Percepción que afortunadamente a finales de año se difuminó al reaparecer con este tercer álbum, espeso y armonioso, y canciones sublimes que no se escriben así como así ni todos los días, caso de ‘Television’, joya de la corona. Patricia, con ese sugerente tono tristón que embarga sus fraseos, se hace ahora cargo por completo de las voces, desaparece el caleidoscopio de géneros que poblaba su primer disco e incluso el segundo a cambio de una mayor homogeneidad y permanece intacto el espíritu melódico –ya sea rockero, ya baladístico- de discos anteriores, la seña de identidad mayor del quinteto. Unas veces es la Velvet, otras The Pretenders, otras The Cars, otras es Springsteen, otras The Kinks, otras The Beatles, otras The Byrds, otras George Harrison… quienes asoman sus rostros invisibles por este disco, esto es, no de forma muy explícita sino más bien elusiva, porque bien es cierto que a The Patinettes resulta difícil pillarles las fuentes claras en las que beben, tal es su personalidad propia. Ay, ese ‘Television’… ¡Si vale por todo un álbum!

En la otra mano, en el banquillo, se quedan otros cinco álbumes, que me atraen, que tienen sustancia, que pueden saltar al campo en cualquier momento para suplir a algunos de los titulares, pero bien es verdad que ha habido que rebañar mucho en el conjunto general para seleccionarlos, por lo que no creo que me duren excesivo tiempo en el reproductor, aunque quién sabe. Son estos:

1.- Joaquín Pardinilla Sexteto: ‘Guatizalema’ (Luna Nueva Estudio).
2.- María José Hernández: ‘Cartas sobre la mesa’ (Lunática).
3.- Los Lügers: ‘Slasher’ (Zito Vision).
4.- Carmen París y Nabyla Maan: ‘Dos Medinas Blancas’.
5.- Hot Hands. ‘En directo’ (Autoproducido).

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The Moody Blues: cincuenta años de blanco satén

No quisiera que se fuese 2017 sin evocar un álbum singularísimo y una canción celestial envasada dentro de él que en estos días cumple sus ‘50 años de blanco satén’, hecho que Universal celebra con una reedición en doble CD más un DVD. Me refiero, obviamente, al álbum ‘Days Of Future Passed’ y a la canción ‘Nights In White Satin’. Sus autores, claro, The Moody Blues, un quinteto de Birmingham que empezó en los primeros sesenta tocando R&B clásico británico, en la esfera Animals, mezclado con beat y pop, fórmula con la que, en 1965, llegó a alcanzar el puesto número 1 de las listas inglesas merced a ‘Go Now’, una vistosa y pegadiza canción que tenía ingredientes Beach Boys. Todo muy distante de lo que luego ofrecieron con ‘Days Of Future Passed’, del volantazo que dieron con aquel LP, que lo mismo les pudo llevar al precipicio que a la autopista del éxito.

Afortunadamente fue lo segundo. Algo que no hubiera sido nada excepcional, habida cuenta de que, con él, el grupo abría un nuevo camino, adentrándose en territorio desconocido entonces y descubriendo lo que luego vino en llamarse ‘pop sinfónico’. No es poco. Alguien que inventa algo nuevo y con ello triunfa a nivel planetario es un hecho absolutamente asombroso en cualquier rama de las artes, un logro que muchos quisieran alcanzar y que a estas alturas de tiempos, con tanto terreno explorado, es casi una entelequia, algo imposible, como bien demuestra el devenir del pop y el rock en las últimas décadas, en las que el reciclaje, la adaptación a viejos moldes es la tónica dominante, no la invención de caminos insólitos y nuevos.

Hay quien asegura que el derrapaje de The Moody Blues hacia el sinfonismo fue efecto imperioso del impacto mundial del ‘Sgt. Peper’ beatleniano, y en concreto de la magistral ‘A Day In The Life’, pero nada más lejos. En realidad, fue fruto de una ingeniosa y aventurada ocurrencia de la compañía discográfica Decca.

En Estados Unidos el sonido estéreo se había implantado con éxito en las grabaciones. A mitad de los sesenta, el mayor poder adquisitivo del imperio llevó a que los tocadiscos estereofónicos, con dos altavoces, entrasen en abundancia en los hogares de tipo medio, mientras que en Inglaterra los equipos monofónicos eran lo habitual: no había peniques ni libras suficientes para costear los caros aparatos estereofónicos, razón básica, por ejemplo, por la que toda la primera discografía de los Beatles se editara en mono.

Mas la Decca, con todo su conservadurismo, se echó para adelante y pensó que una manera de extender los equipos de dos altavoces y de los discos estereofónicos era acercarse al público joven con el pop y al mayor con la música clásica. Dos pájaros de un tiro que debían caer con un sistema que la propia compañía inventó -el Deramic Sound System- y con una traslación al pop de una vieja y celebérrima pieza clásica, la ‘Sinfonía del nuevo mundo’ del checo Antonin Dvorak.

Los elegidos para materializar el invento fueron The Moody Blues. Pese a su éxito con ‘Go Now’, el quinteto sobrevivía merced a pequeñas actuaciones por Inglaterra e incluso por Europa. Todo muy distante de lo que por entonces cosechaban los Rolling, The Who, Animals o los inefables Beatles. Además, en el grupo habían entrado dos nuevos miembros, John Lodge y Justin Hayward, en sustitución de Clint Warwick y Denny Laine, que querían darle un nuevo giro al grupo, especialmente abandonando las versiones y trabajando en canciones propias, dado el gran potencial compositivo que habían logrado reunir entre todos ellos.

Hayward se había curtido en un buen número de grupos británicos y, aparte de guitarrista y cantante, era un prolífico compositor. Lodge, por su lado, además de darle al bajo tenía una voz armoniosa y era otro fecundo compositor. Pinder reinaba en el teclado, y junto a su papel de pionero en el uso del mellotron (él se lo enseñó a los Beatles), que luego ‘succionaría’ el sonido Moody Blues, cantaba, dominaba otros instrumentos como la guitarra y la tambura y era también otro imparable compositor. Con semejante trío el viaje tenía billete seguro al éxito.

Aceptaron el reto de Decca, máxime cuando esta ponía a su disposición medios abundantes para la grabación, inalcanzables por cualquier grupo de la época, salvo Beatles y Rolling, of course: un magnífico director musical, Peter Knight, especie de George Martin que escribía arreglos y ensamblaba las piezas, una gran orquesta sinfónica, The London Festival Orchestra (en realidad, los músicos clásicos de sesión de la Decca), un productor, Tony Clarke, con fe ciega en ellos, y un estudio a disposición plena durante todo el día.

Mas no tarda en producirse el primer choque: ocurre que los Moody Blues no solo componen temas propios sino que componen todos sus miembros, con lo que las canciones surgen a borbotones mientras tratan de adaptar la sinfonía de Dvorak. Piensan que un disco con composiciones propias sería algo más original e impactante. Piensan incluso en un álbum conceptual que describiese el trascurso de un día rutinario pero sedoso desde la mañana a la noche.

A los ejecutivos de la Decca se les pusieron los pelos de punta cuando recibieron la propuesta. Trastocaba sus planes radicalmente y echaba por tierra su cara inversión… Pero ante la insistencia del quinteto y los informes positivos de Peter Knight, que iba supervisando el material grabado, acabó cediendo y Dvorak volvió de nuevo a su tumba.

El 10 de noviembre de 1967 llegaba a las tiendas inglesas el nuevo álbum del quinteto. Ya no eran ‘The Magnificent Moodies’, como bautizaron su primer álbum, sino el grupo ‘del pop sinfónico’, el primero que dedicaba todo un LP entero a envolver las guitarras y los estribillos pop en el manto de una gran orquesta sinfónica. Algo inédito hasta entonces (los Beatles solo lo habían hecho parcialmente).

Como todo artefacto nuevo, costó su implantación. El LP, con siete largas piezas enlazadas a modo de gran sinfonía, que en su reedición actual se ha visto enriquecido con tomas diversas y actuaciones en la BBC así como imágenes filmadas en el Midem de 1968, tardó dos meses en entrar en las listas británicas, llegando al número 27 como posición más alta en las 16 semanas que permaneció en ellas.

A ‘Nights In White Satin’, un himno de admiración a las mujeres, según reveló tiempo después su compositor y cantante, Justin Hayward, que salió como primer single, recortado de siete a cuatro minutos, le costó un mes, apareciendo en las listas el 2 de enero del 68. No alcanzó el puesto número 1 nunca; a lo más que llegó fue al 19, algo que por otra parte se explicaba con barreras por delante tan altas como la de los Beatles, que entonces tenían en circulación su ‘Hello Goodbye’ y el EP ‘Magical Mistery Tour’, o superventas en aquel momento como Tom Jones, Engelbert Humperdinck, Bee Gees o The Monkees. En España se publicó bien avanzado 1968, llegando el 26 de agosto al número 3, o sea, casi un año después de su edición en Inglaterra.

Fue a través de sus reediciones y las numerosas versiones que conoció posteriormente –decenas, desde Frank Pourcel a Eric Burdon, The Shadows o el mismo Il Divo- que la canción alcanzó la consistencia y el respeto del que hoy goza. El álbum, a su vez, fue la puerta por la que grupos como Procol Harum, Nice, ELO, Emerson,Lake & Palmer o los mismos Deep Purple entraron en el gran salón del rock sinfónico.

Su escucha, por muy barroca que pueda sonar todavía, sigue siendo una fuente inagotable de sensibilidad y de una audacia increíble, imposible entonces pero más todavía hoy (¿quién se atrevería actualmente a hacer un disco similar, con toda una orquesta sinfónica detrás?). El grupo, por cierto, que tras el satén abandonó el sinfonismo orquestal para apostar por el pop y el rock con base en el famoso mellotrón, firmando discos majestuosos como el muy recomendable ‘Seventh Sojourn’, sigue todavía en activo, comandado por Justin Hayward, John Lodge y Graeme Edge, si bien desde 2003 no ha grabado disco alguno de estudio. En el inminente año nuevo 2018 les llegará el reconocimiento oficial, definitivo y merecido con su ingreso en el Rock And Roll Hall Of Fame.

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Bowie y Bing Crosby: Feliz Navidad con un clásico, ro pom, pom, pom

Hasta en esto parece haber palidecido la tropa rockera. No se detectan apenas villancicos rockeros de nuevo cuño, o sea, grabados específicamente para estas navidades. No hace mucho, hasta Dylan entregó un álbum completo, así que recurro a un clásico para, como en años atrás, felicitar estas fiestas a la pequeña familia bloguera de ‘La voz de mi amo’ y a todos cuantos se pasan por aquí, ya sea esporádicamente, de continuo o por casualidad.

Bowie y Bing Crosby. Pareja ciertamente antagónica. El primero, entonces, 30 años; y el segundo, 73. Y Bowie abriendo nuevos horizontes, sumido en su etapa alemana, mientras que Crosby seguía entonando las melosas canciones del Tin Pan Alley para contentar al tradicionalismo conservador americano. Así que no extraña que Bowie respingara cuando le propusieron cantar junto al abuelo Bing, pero todavía más cuando llegó al set de grabación, una casa alquilada por Crosby en Londres mientras hacía una gira, y le indicaron que debía cantar ‘The Little Drummer Boy’, sí, el famoso ‘Tamborilero”, que popularizó Raphael en España más de una década antes.

-Odio esta canción-, dicen que dijo secamente, con lo que la grabación estuvo a punto de irse al garete.

La unión era para el programa navideño de 1977, ‘Merrie Olde Christmas’, del cantante norteamericano que, al estar de gira por Inglaterra, lo iba a llenar con sus canciones y las de algunos invitados británicos, entre ellos Bowie, básicamente porque, según el Washington Post, la casa, en realidad un estudio de televisión, Elstree Studios, ubicado en un edificio en plan castillo de Drácula, estaba cercano a su domicilio. Mas recibida la rasposa respuesta, los productores del programa, que se quedaron de piedra, lejos de amilanarse, reaccionaron e insistieron.

Y todo a una velocidad de vértigo. Se les ocurrió la idea de darle la vuelta al famoso villancico que había reescrito sobre una melodía checa la compositora norteamericana Katherine Kennicott Davis en 1941, y encomendaron el desafío a los compositores Ian Fraser y Larry Grossman. Ambos se metieron en el sótano de la casa donde había un piano y pensaron para Bowie una nueva melodía y una nueva letra –‘Peace On Earth’- que se interpusiera a la tradicional y, uh lalala, en 75 minutos surgió uno de los detalles más ingeniosos y diplomáticamente astutos que se conozcan en la historia del pop.

A Bowie entonces le encantó la idea, desvelando además que a su madre le gustaba mucho el villancico tradicional. El 11 de septiembre de 1977 el Duque, en plena campaña de promoción de ‘Heroes’ y despojado ya de los afeites del glam, que hacía tiempo que habían pasado a mejor gloria, y con un aspecto envidiable de gentleman deportivo y moderno, después de llamar a la puerta de la casa de Crosby, según guión muy rafaelista, estaba cantando el famoso villancico. El veterano cantante, en la breve charla previa que mantuvieron, le confesó que le parecía maravillosa su música, lo que seguramente fue un cumplido, pues se asegura que ni lo conocía, y a continuación ambos pasaron a la acción, tal y como habían ensayado una hora antes.

Dos estrofas en común y luego Bowie por su cuenta atacando ‘Peace On Earth’, deseando un mundo mejor, mientras Crosby iba casi ronroneando el famoso ro pom pom pom. La unión fue perfecta, un prodigio, ya digo, de ingenio y astucia musical, aunque con cierto aire malage: Crosby murió al mes siguiente en Madrid mientras jugaba al golf, por lo que no pudo ver la emisión que hizo la CBS el día de Navidad, y unos días antes del encuentro moría su amigo Marc Bolan, con el que había colaborado. Un periodista le preguntó días después a Bowie con quién iba a trabajar próximamente, por aquello del yuyu y algo de mala leche. No se escondió y reveló que con Devo. Afortunadamente la maldición no prosiguió. La canción, por cierto, no vio la luz en disco hasta 1982.

Con esta historieta y con este clásico de estas fechas os deseo a todos una feliz Navidad, prosperidad, bienestar, que se calmen las aguas políticas, en especial las catalanas, y que el 2018 nos traiga a todos lo mejor. Y aquí seguiremos con las puertas abiertas del blog para que salga la mejor música posible. ¡Salud!

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Músicos aragoneses en Cataluña

‘Grosso modo’ puede afirmarse que a los músicos aragoneses en Cataluña no les fue mal, pero podría haberles ido mejor. Ya se sabe: salir de tu tierra para buscarte la proteína en otra es tarea ingrata por no decir odiosa, antes y ahora, máxime en Barcelona, donde, no me duelen prendas en afirmarlo, por mucho que prediquen los independentistas lo contrario, se ha mirado al de fuera por encima del hombro, y en estos tiempos más aún, si no practica la fe en el catalanismo o simplemente no participa de su lengua y cultura. También si no pasas por su cedazo ‘colonizador’: me sobran vivencias relacionadas con la música, managers, distribuidores, promotores y disqueros de allí. Al mismo Labordeta, que agarró un buen cabreo, le catalanizaron su primer LP copulando el título del disco con una i latina, ‘Cantar i callar’.

En los años sesenta fueron unos cuantos, en realidad todos cuantos destacaron, los músicos que tuvieron que salir de Zaragoza para buscar el éxito y cuando menos una mejor vida en otras ciudades españolas. Barcelona era entonces el foco principal de la industria musical y discográfica. Algunos de los sellos más importantes y activos estaba radicados allí: Belter, Vergara… y especialmente EMI que había lanzado a la fama al Dúo Dinámico. Pero además, la Ciudad Condal, frente al foco madrileño –más constreñido en discográficas y escenarios para la música moderna-, contaba con un rico circuito de locales de actuación entre teatros, salas de fiesta, entoldados veraniegos y hoteles playeros. No había otra opción que trasladarse allí en busca de trabajo y proyección. Cataluña, y en especial la metrópoli Barcelona, era la nueva tierra de promisión. Y a ella se marcharon cuatro de los primeros rockers zaragozanos: Chico Valento, Rocky Kan, Baby y Gavy Sander’s. También lo hicieron las cantantes Licia, Teresa María, Pilarín Lasheras, las mismas gemelas Pili y Mili, aunque estas por distinto motivo, o Luisita Tenor, esta también por otras razones.

Más tarde lo hicieron el pianista Benjamín Torrijo, que durante años acompañó a Julio Iglesias, o conjuntos afamados en la época, Unión de Reyes y Diablos Blancos, que acudieron a la Ciudad Condal a grabar discos. En los setenta aflojó el flujo, tan solo Joaquín Carbonell se buscó la vida por allí poniendo copas y cantando durante un año, pero no fueron pocas las veces que acudió a actuar después, cuando la canción popular aragonesa despegó, como también lo hicieron Labordeta o La Bullonera. Y más tarde, lo hizo Javier Mas.

A cada cual le fue como le fue, pero de todo hubo: desde quienes pasaron hambre como descosidos y recibieron pocas ayudas y poco calor catalán, caso de Rocky y Gavy, hasta quienes llegaron y triunfaron, caso de Baby, que acabó residenciándose en Sitges, o el de cantantes femeninas como Licia, Teresa María o Luisita Tenor que asentaron allí sus vidas y sus matrimonios.

Los cantautores no tuvieron asiento en tierra catalana. Acudían a cantar cuando les llamaban, por lo general casas regionales aragonesas pero ninguna entidad catalana. Actuaban y volvían. Tal vez por ello, y por la misma idiosincrasia del pueblo catalán de mirarse mucho a sí mismo, no eran frecuentes las actuaciones junto a otros cantautores de la tierra, algo que todavía no se explica Carbonell: “La defensa de las señas catalanas no habían alcanzado el paroxismo actual. Vivía Franco, estábamos aún en la dictadura o saliendo de ella, y el enemigo era común, pero aun así, catalanes y ‘españoles’ actuábamos en lugares distintos y casi nunca mezclados”.

Vienen a colación estos párrafos anteriores por la exposición ‘Dicen que hay tierras al este’, que desde el 20 del pasado mes de octubre y hasta el 7 de enero próximo se está celebrando en el palacio de Sástago, y con la que se intenta exponer la interrelación aragonesa-catalana durante los últimos tres siglos. La muestra, que han sufragado la DGA y la DPZ con más de 200.000 euros y que ha hecho que más de uno se pregunte si era necesaria, si no hubiera estado mejor aprovechado ese dinero en hospitales, escuelas o colectivos necesitados, en lo cual no falta una base de razón, se ha complementado con un documental y un opulento libro –‘Tejidos de vecindad’- de casi 600 páginas y unos tres o cuatro kilos de peso. Un libro del que conviene resguardarse si cae al pie o si la estantería es débil.

Tanto en el documental, que bellamente ha realizado Vicky Calavia, como en el libro, coordinado por el catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza, Alberto Sabio, intervienen profesores universitarios, periodistas y expertos en diversas materias, tanto económicas como históricas, sociales, pictóricas, literarias, cinematográficas o musicales.


En ambos, modestamente, quien suscribe tiene espacio para exponer, sucintamente en el documental y de forma mucho más extensa en el libro, esas relaciones, en concreto las musicales, que también han sido recíprocas aunque obviamente menos intensas: Javier Sebastián, de Alta Sociedad, se convirtió allí en escritor de cierto éxito, Puturrú de Fua grabó en Barcelona su primer LP, lo mismo que Dynamos y otros grupos de los ochenta en que paró la ‘héjira’ a tierras catalanas, la banda actual de Bunbury está reclutada casi al cien por cien en Barcelona, Juan José González Milla, nacido a mediados de los años 40 en el barrio del Clot de Barcelona y bautizado en la misma Sagrada Familia, vino a hacer la mili a Zaragoza y aquí se instaló abriendo los estudios Kikos, Loquillo tiene aquí su logística instalada, es decir, local de ensayo y oficina de management, y en su banda han figurado los zaragozanos Cuti y Gabriel Sopeña, por no olvidar la ascendencia aragonesa de Ramón Arcusa y Serrat.

A todos los que se fueron, ya digo, les fue mejor o peor, pero allí lanzaron sus carreras, y todos los que vinieron fueron acogidos de forma hospitalaria. Elefantes, por ejemplo, consideran Zaragoza como su segunda casa y Juanjo ‘Kikos’ no tiene el más mínimo empacho en asegurar que se considera “más aragonés que nadie”, sin el más mínimo anhelo por volver a su ciudad natal, Barcelona.

Muchos vínculos musicales, en fin, entre ambas tierras durante más de cinco décadas, que han dado grandes frutos discográficos, escénicos y relacionales como para establecer unos lazos de hermandad fuertes e imposibles de desanudar, por muchos litigios de bienes religiosos y soflamas independentistas que soplen de un lado o de otro.

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El olvido de Johnny Hallyday en España. No, Loquillo, no

Otro ídolo más de la primera generación del rock’n’roll, en este caso europea, que se ha ido: Johnny Hallyday. Ya lo he escrito en alguna entrada anterior: los viejos rockers y no rockers están en boxes de salida hacia el infierno, subiendo la escalera ledzeppeliana para pagar entre llamas sus pecados terrenales, que es lo que corresponde a un elemento luciferiano, como se consideraba tiempo ha a aquellos pioneros.

Hallyday era todo un ídolo en Francia. Fue, o así le consideran por allí, el Elvis galo, el tipo que prendió en el país vecino la mecha del rock’n’roll y el twist junto a otros como Eddy Mitchell, Les Chausettes Noirs, Vince Taylor o Les Chats Sauvages. Los periódicos vecinos lloran su pérdida, los viejos fans acuden en romería a su villa en Marnes-la-Coquette a depositar flores, la totalidad de expresidentes vivos –especialmente los de la derecha, donde el cantante decía sentirse más cómodo- han expresado sus condolencias cuando no lo elevan al olimpo de los dioses, como Macron, que lo ha calificado de ‘héroe francés’, los diputados le rinden pleitesía con un gran aplauso en la Asamblea Nacional, y hasta su primera esposa, Sylvie Vartan, la más bella del baile, ha confesado que “ha perdido a su gran amor de juventud y nadie lo podrá reemplazar”. Todo un océano de tristeza nacional, que los franceses para guardar y sostener lo suyo, más o menos méritos de por medio, son únicos. Por algo son los creadores y dueños de la palabra chauvinismo.

En España ese océano es y ha sido un mar pequeño, por no decir inexistente. Johnny entró en los primeros sesenta con el batallón yeyé de Salut les Copains, del que él era su gallito (basta con ver la icónica foto de época de todos ellos donde luce con cazadora blanca como el más alto y más insultantemente guapo, que tan elegantemenete abría el folleto del lujoso triple CD que editó Montparnasse en 2009) pero con un cacareo que alcanzó incluso menos ruido que el de sus partenaires femeninas.

Su esposa sonó mucho, y más, que él con sus inolvidables ‘La plus belle pour aller dancer’, ‘En ecoutant la pluie’ y ‘Si je chante’ o ‘La Locomotion’, y con la Hardy ni cuento con aquel adolescente ‘Tous les garçons et les filles’ y sus joyas posteriores de los 70, Sheila con ‘L’ecole est finie’, France Gall con el eurovisivo ‘Poupée de cire’, Dalida con ‘Gigi l’amoroso’, Marie Laforet con ‘La playa’ y ‘Volvamos al amor’ y no digamos los impactos de los melódicos Hervé Vilard (‘Capri c’est fini’), Alain Barrière (‘Ma vie’), Cristophe (‘Aline’), Claude Françoise (‘Le telephone pleure’) Aznavour (‘Venecia sin ti’, ‘La Boheme’), Richard Anthony (‘En Aranjuez con tu amor’), Michel Polnarev (‘Love Me Pleas Love Me’), Jean-François Michaël (‘Adieu Jolie Candy’) por no abrumar con Adamo o Les Surfs… para desembocar en el gran y escandaloso bombazo de la Birkin y Gainsbourg (‘Je t’aime moi non plus’). Una tonelada de inolvidables canciones de cuño galo que sonaron muchísimo en la España de los sesenta.

Él era una esponja, un tipo tan guapo como habilidoso para absorber el repertorio rockero de los grandes americanos o a los mismos Beatles (‘Girl’) y trasvasarlo a Francia y diversos países europeos entre los que no estuvo España, no se sabe bien la razón cuando el pop galo y el italiano gozaban de una salud de hierro y de un gran poder de penetración en España como nunca antes se ha conocido. Tal vez porque aquí ya teníamos nuestros rockers y twisteros masculinos, encabezados por Mike Ríos.

Pero, ya digo, Hallyday fue un traductor incontenible de clásicos del pop y rock americano, desde Chuck Berry a los mismos Troggs. Su vastísimo repertorio, distribuido en torno al centenar de discos que publicó, así lo delata. Recuerdo con mucho agrado su traslación de ‘A Hundred Pounds Of Clay’, de Gene McDaniels, que él tituló ‘Une poigne de terre’ y que Enrique Guzmán, el verdadero ganador en España con la versión, tituló como ‘Cien kilos de barro’. O ‘Souvenirs souvenirs’, su primer éxito que luego dio nombre a un programa de TV, la hilarante traslación del ‘Black Is Black’ de Los Bravos como ‘Noir c’est noire’, pero sobre todo dos piezas incontournables, que dirían los franceses: las hermosas ‘Retiens la nuit’, escrita por Aznavour, y ‘Les brass en croix’, de él mismo, que versionó maravillosamente Ríos, y el fruto de aquella pelea musical con el hippy Antoine, ‘Cheveux longues, idées courtes’. No mucho más. Desde entonces, desde los mismos finales de los sesenta, se difuminó y en España poco se supo de él desde entonces, aunque en el país vecino llenara estadios, parques de los príncipes y hasta plazas de la Concordia enteras. Un olvido que, bien es cierto, padeció toda la tropa ‘salut les copains’. Misterios o desgana de la industria.

Loquillo, que lo conoció personalmente y hasta grabó con él, ha incidido en este lamentable olvido, pero se ha dejado llevar por su idolatría y el exceso, poniéndolo a la altura ¡de Bruce Springsteen! y más aún a la de Mick Jagger (tal vez porque el mismo Hallyday, que de modesto no tenía ni un pelo, se equiparó a él) y cometiendo un grave error, ¿o un agravio intencionado?, cuando en su texto de despedida publicado en El País, asegura que Hallyday, Celentano y Bruno Lomas “fueron los pioneros de todo esto”…

No, hombre, no Loco. Aquí, antes que Bruno Lomas, que sí fue pionero en Los Milos, pero no como solista, tuvimos a los rockers zaragozanos –Chico Valento, Rocky Kan, Baby, Nelo y Gavy Sander’s-, que no alcanzaron un éxito arrasador, pero sí lo hizo otro coetáneo, Mike Ríos, Miguel, el gran Miguel, el alfa y el omega del rock español. ¿Cómo lo olvidas? ¿Un patinazo neuronal? ¿Algún conflicto personal? No quisiera pensar en nada de esto último, pero suena grosera esa afirmación y ese olvido.

Mas, en fin, se ha ido otro viejo rockero que ya transitaba por la mitad de las siete décadas de vida. Los excesos y la ley de vida. Bye bye Johnny. Gran rocker, pero las cosas en su sitio con respecto a España y a los pioneros.

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Pena: el Beatles’ Garden dice adiós

Confieso que me quedé sorprendidísimo, por no decir tristísimo, cuando hace unos días cayó en mis manos el último número del Beatles’ Garden, ese fantástico fanzine que se viene publicando desde Zaragoza para todo el mundo desde hace 25 años. La gran pena: es el último de verdad, el último que ha aparecido pero también el último de la serie en estos 25 años. Se despide, dice adiós definitivamente, con este número, el 68 de su largo camino.

Y no sé si habrá que añadir también el adjetivo de ‘tortuoso’ para ponerse en modo beatleniano y para definir un empeño tan complicado como mantener una publicación musical en papel durante un cuarto de siglo, que es, de todas todas, un gran mérito, casi una epopeya, en estos tiempos digitales.

Lo explican en el editorial que abre este último número: cansancio acumulado, necesidad de dedicar el tiempo a otros asuntos de la vida, factor económico… Vientos huracanados que son capaces de tumbar cualquier publicación, máxime esta, de tamaño cuartilla e ingresos justitos para no caer en el típico fanzine fotocopiado sino realmente, aunque de pequeño tamaño y volumen, una revista en color, impresa en offset y muy atractiva en su diseño y contenido.

Una pena. Pero, sin duda, queda un logro importante y vital, cumplido con creces: “La esencia de esta revista fue hacer una especie de enciclopedia, una obra de consulta a la que acudir con la máxima fiabilidad”, señalan en el editorial. Y, en efecto, logro conquistado valerosamente, como el alpinista coronando un ocho mil. En estos 68 números está la biblia beatleniana más completa, extensa y fiable que nunca se haya escrito en España y en español. Un cúmulo de páginas en las que ha quedado reflejada la historia grande y pequeña del cuarteto de Liverpool, la historia desmigajada hasta el detalle más nimio para saciar al lector, avezado o no, con apetito insaciable por la apasionante vida y obra de los Fab Four.

La sección ‘El disco al desguace’ ha sido uno de los pilares más potentes para sostener la revista y, por tanto, para dar a conocer a fondo la discografía beatleniana. Pero no más lejos quedan los reportajes de toda índole, el seguimiento de los Beatles en solitario, las películas… y sobre todo las entrevistas a personas muy cercanas al mundo Beatles, desde Pete Best a Richard Lester, el mismo George Martin o el ingeniero de sonido Geoff Emerick a quien abordan en este último número de despedida, dedicado básicamente a los 50 años y reedición del seminal ‘Sgt. Pepper’, más un artículo sobre Joe Orton y su relación con los Beatles, las huellas andaluzas de Penny Lane, los Beatles en Tenerife, el nuevo disco de Ringo, una entrevista al profesor madrileño, Juan Carrión, que logró que el grupo incluyera las letras de las canciones en su discos, curiosidad que fue el eje de la película de David Trueba ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’…

Como escribía en una vieja entrada de este blog, allá por enero de 2010, “The Beatles’ Garden es un milagro impreso sobre la vida de Los Beatles, el fanzine español por excelencia sobre el cuarteto, que además se edita en Zaragoza, bajo la mano fundadora y rectora de otros dos beatlenianos de pro, Juan Agüeras y Javier Tarazona”. El otro naturalmente era y es Ricardo Gil, asiduo de este blog. Los tres básicamente han dado vida a este “milagro impreso” que ahora se acaba. Solo queda darles las gracias por su pasión y constancia durante estos últimos 25 años para mantener y avivar una historia que tanto nos hizo disfrutar a quienes la vivimos desde su momento mismo de gestación y a quienes se incorporaron después.

La enciclopedia, aun inacabada, pues ya se sabe que curiosamente y pese al tiempo transcurrido, los Beatles son un pozo sin fondo, es un ‘summa artis’ beatleniano de un mérito extraordinario. Por lo que a mí concierne, mil gracias de nuevo y mi enhorabuena a Juan, Javier y Ricardo. En sgbeatlesfanclub@gmail.com y en Facebook y otros canales van a seguir operativos durante un tiempo. Pueden irse tranquilos y orgullosos. Forever.

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