Carreteras interiores

1 julio, 2010 por Sergio del Molino

¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Probando, probando. Uno, dos, uno, dos. ¿Se me escucha?

Como los focos no me dejan ver el anfiteatro, no sé si ustedes siguen por aquí o se han ido ya en estampía hacia sitios más frescos y amables, lejos de sus rutinas asalariadas -quien las tenga-.

Para los desgraciados que, como yo, nos arrastramos por las esquinas de esta ciudad abrasada, ganándonos literalmente el pan con el sudor de nuestras frentes, empiezo una serie de recomendaciones vacacionales. Para cuando puedan o quieran tomarse el asueto.

Hablaré de libros de viajes y de libros viajeros, que son los indicados para estas fechas.

Y empezaré por uno que no se suele incluir en ese casillero, pero que para mí es de lo más representativo del género: En la carretera.

jack-kerouac

El año pasado Anagrama publicó la edición primigenia: el rollo mecanografiado original. Jack Kerouac escribió la novela en tres semanas de abril de 1951 en un rollo de papel continuo de teletipo, sin puntos y aparte y casi sin comas ni puntos y seguido. La leyenda dice que la redactó puesto de droga hasta las cejas y que, al acabarla, irrumpió en el despacho de su editor y desplegó el rollo sobre la moqueta, diciéndole: “Aquí tienes mi novela”. El pobre hombre le sugirió que sería conveniente pasarla a limpio, mecanografiarla en folios y ponerle unas grapas o algo para que pudieran leerla, y dicen que Kerouac recogió su rollo, se negó a todo y salió de la editorial dando voces.

En la carretera se publicó seis años después, debidamente purgada, corregida y trasquilada.

A los fans les encanta esta versión de la historia porque reúne un montón de gratas ideas preconcebidas sobre el mundo literario: el artista excéntrico pero insobornable, que prefiere permanecer inédito a venderse a las exigencias del capital; el editor burgués que no entiende la llama de la pasión artística y, finalmente, la victoria pírrica y melancólica del creador, que, para que su obra genial no fenezca, acepta pasarla por algunos aros.

Por eso, la edición del rollo mecanografiado original ha sido uno de los acontecimientos literarios de la década en Estados Unidos, porque iba a sacar a la luz toda la verdad, todo el genio sin desbastar del inventor del movimiento beat, sin edulcorar ni pervertir por las gallináceas bienpensantes de Wall Street.

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Pero ahora Anagrama ha publicado un breve ensayo, Kerouac en la carretera, que en realidad es el estudio preliminar que acompañaba la edición en inglés del rollo, en el que se desmitifica esa leyenda de cabo a rabo.

El gozo hace plof en el pozo.

Este entretenido y documentado ensayo demuestra:

a) que Kerouac no escribió el rollo drogado y en un arrebato de inspiración lisérgica, sino que fue un esfuerzo meditado y consciente, la culminación de tres años de trabajo y de ensayos, y que en esas tres semanas la única sustancia que tomó fue café para aguantar las jornadas de escritura.

b) que parece que la escena del editor no sucedió nunca.

c) que Kerouac pasó a limpio la novela al menos dos veces, en folios normales y a doble espacio, y que aceptó miles de consejos y sugerencias de los editores, de los amigos escritores y hasta de los críticos.

d) que la mayoría de las censuras fueron autocensuras. Fue el propio Kerouac quien recortó escenas, suprimió personajes y rebajó el tono sexualmente explícito de muchos episodios, llegando a eludir cualquier referencia a la homosexualidad del protagonista.

e) que, si se cabreó con los editores, fue porque no estaba de acuerdo con las correcciones de estilo y de puntuación, pero que transigió con todos los recortes que se le hicieron al contenido.

En definitiva, que Kerouac no solo no se marchó dando un portazo, sino que se mostró muchas veces ansioso y dispuesto a hacer cualquier cambio con tal de ver su obra publicada.

¿Le hace eso mejor o peor? Ni lo uno ni lo otro. Le hace humano y escritor. Desde la primera redacción hasta la edición definitiva pasaron seis años en los que Kerouac maduró y cambió su poética y su visión de la literatura. Y esos cambios se trasladaron al manuscrito.

Leídas las dos, creo que la versión publicada de En la carretera, la censurada y edulcorada, es mucho mejor que el rollo mecanografiado original, que no puede tomarse más que como un embrión de novela. Un embrión fascinante y vibrante, pero embrión al fin y al cabo.

Para los profanos: En la carretera cuenta varios viajes a través de Estados Unidos entre 1947 y 1949. Viajes en autostop y en autobuses de Greyhound, sin un dólar. Viajes en los que los protagonistas, a través del sexo, el alcohol y las drogas, buscan inhalar el alma de América, de la América ajena a la propaganda oficial y triunfante, la América de los vagabundos. Pero, como todo viaje, En la carretera es en realidad un viaje interior, una búsqueda desesperada del hogar que nunca se tuvo, de un cobijo para la propia alma.

Aprovechen este verano para leerlo en cualquiera de las dos versiones. Es de esos libros que no defraudan y a los que siempre se puede volver.

PD.- Al hilo del comentario de Jesús Zulaika, traductor del rollo mecanografiado original, en esta entrada del blog, me permito matizar lo que escribí anoche con un entusiasmo extemporáneo. No estoy en disposición de afirmar que la novela de 1957 es mucho mejor que el manuscrito de 1951. La nostalgia, efectivamente, me ha traicionado. De En la carretera tengo un recuerdo difuso y antiguo. Y el rollo mecanografiado es hermoso, sincero y brutal. Es todo lo que tiene que ser la literatura.

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Conexiones portuguesas

30 junio, 2010 por Sergio del Molino

En el fútbol han sido nuestros enemigos. Enemigos batidos. Pero, fuera del campo de fútbol, los portugueses son algo más que unos hermanos. Así que he creído conveniente aplacar la marea patriótica de la victoria de la selección con unas notitas de literatura del país vecino, para que lo conozcamos un poco mejor más allá de las toallas y Cristiano Ronaldo.

Ahora que han remitido los lutos por Saramago (se han esfumado, más bien, parece que ya nadie se acuerda del Nobel portugués, pasamos del todo a la nada sin término medio), se puede hablar sin sospechas de oportunismo de un autor a él vinculado.

Se llama Gonçalo M. Tavares y es portugués, aunque nacido en Angola durante la interminable guerra que Portugal libró en el país africano cuando era su colonia. Dicen que es el único autor lusófono que Saramago admiraba. Sobre él escribió: “No tiene derecho a escribir tan bien. Dan ganas de pegarle”.

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Empezó su carrera literaria ganando un premio que llevaba el nombre de Saramago, que le entregó el propio Nobel, por una novela titulada Jerusalem que acaba de ser traducida al inglés, y desde entonces no ha parado de publicar libros pequeños, heterodoxos, casi epigramáticos, centrados en la anécdota, en lo aparentemente intrascendente, y casi siempre violento y sórdido.

Yo lo descubrí a través de Félix Romeo, que tradujo al español su libro Biblioteca. Por una de esas extrañas y subterráneas conexiones entre Aragón y Portugal (que quizá tengan algo que ver con la famosa Santa Isabel), su editorial en España es la zaragozana Xordica, que ha publicado tres títulos de Tavares: la mencionada Biblioteca, Historias falsas y Agua, perro, caballo, cabeza. Esta última es muy reciente, salió para la Feria del Libro.

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Tavares no para de recibir elogios. Entre sus fans españoles se cuenta Vila-Matas, que es un hueso bien duro de roer, y sus libros están traduciéndose a muchas lenguas. Aun así, sigue siendo un autor de culto, de minorías muy minoritarias. Ambrosía delicada solo apta para paladares muy educados. En Aragón, eso sí, la tienen muy a mano. Échenle un tiento: sus libros son tan breves que no les dará tiempo a aburrirse ni a enfadarse.

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El miedo a todo

24 junio, 2010 por Sergio del Molino

Pedro Mairal, El año del desierto, Salto de Página

Cuando visité por primera vez Buenos Aires aún podían verse los estragos del corralito. El país recuperaba el aliento mientras los más lúcidos y espabilados se sumaban a un éxodo aéreo hacia Madrid o Miami, dejando Argentina vacía de cerebros, como si un zombi le hubiera chupado la sangre.

Pero eso no se veía. Había otros signos superficiales mucho más ilustrativos del estado de ánimo del país. En el barrio de Recoleta, el tradicional hábitat de la clase media alta y de los dirigentes del país (una especie de barrio de Salamanca a otra escala, porque los ricos-ricos viven en otros sitios), mandaban los porteros. Había una psicosis generalizada, leyendas de saqueos, terrores nocturnos, puertas cerradas con mil candados. Los porteros no abrían a ningún desconocido. En la casa donde nos alojábamos, el conserje nos miraba siempre ceñudo, y obligaba a todos a cerrar con dos vueltas de llave el portal al entrar y al salir.

Los bancos estaban custodiados por policías armados, algunas embajadas extranjeras parecían literalmente búnkers, y en casi cada esquina del centro de la ciudad había un guardia apostado.

Esta histeria contrastaba con la tranquilidad que se respiraba en todas partes. No se justificaba en absoluto ese enclaustramiento y ese constante miedo con el que vivía la clase media, atrincherada, asustada de la sola brisa del mar.

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Estos días, leyendo la sugerente novela El año del desierto, de Pedro Mairal, he revivido esa sensación postcorralito. Mairal se burla de esa neurosis colectiva que acechaba a la depauperada clase media urbana de Argentina en el periodo posterior a la debacle financiera de 2001. Y lo hace construyendo una fantasía sobre la destrucción de Buenos Aires.

La intemperie avanza desde el interior del país y va tomando la ciudad. No se explica en qué consiste esa intemperie ni qué la causa, pero es una aceleración de los procesos de deterioro: las casas se hunden, la comida se pudre, los embarazos duran menos, los cánceres matan más deprisa… Esto provoca un éxodo de la provincia a la capital, con revueltas y una dura represión del gobierno. Ante los disturbios, la clase media de Recoleta se atrinchera en sus casas. Literalmente.

Llenan de tierra las primeras plantas de los edificios, cierran a cal y canto los comercios y los portales y hacen vida en los patios interiores. Para moverse por la ciudad, idean un complicado sistema de túneles y de puentes construidos con cables de la luz para pasar de un edificio a otro sin pisar la calle.

Los asustados porteños se acostumbran a vivir así, hasta que la protagonista, por una casualidad, sale a la calle y descubre que no pasa nada, que está tranquila, que la vida sigue fuera sin violencia ni saqueos. Intenta decírselo a los vecinos de su bloque, pero le responden a pedradas. “Déjalo, no quieren saber nada del mundo exterior”, le dice un viejito.

Es muy interesante cómo Pedro Mairal juega a destruir Buenos Aires. Se lo pasa bien en el juego y nos hace disfrutar a los lectores en una novela que cuenta la involución de un país: la falta de gasolina obliga a volver a los caballos y a usar azadas y arados en el campo. Argentina vuelve a la Edad Media, a un estadio anterior a la Revolución Industrial. Un apocalipsis que busca ridiculizar muchos tics de la sociedad argentina que ya han sido retratados por otros grandes escritores del país americano. Son cosas de carácter nacional, me imagino.

Pienso, fundamentalmente, en dos textos hermanados con esta novela: La guerra del cerdo, de Bioy Casares, y Casa tomada, de Julio Cortázar. En el primero, Bioy fabula sobre un hipotético movimiento violento que quiere aniquilar a los viejos de Buenos Aires. Los jóvenes han tomado el control y no quieren saber nada de los mayores. Les molestan, les odian. En el segundo, Cortázar construye un cuento magistral sobre una casa habitada por dos hermanos que se ve invadida por algo desconocido, que no se nombra, pero que es aterrador y que acaba enclaustrando a la pareja en un sitio diminuto, dejándola sin espacio para vivir.

Los dos textos han sido leídos como alegorías de la represión política de Argentina. El año del desierto entra en el mismo saco. Muy recomendable.

PS.- Mañana, en el suplemento MVT, más sobre esta novela y sobre el arte literario de destruir ciudades en uno de esos reportajes literarios que me marco de cuando en cuando.

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El escritor español que escribía en portugués

18 junio, 2010 por Sergio del Molino

Empezaré haciendo una cosa odiosa y muy poco elegante -pero muy extendida en el estilo necrológico hispano-: contar mis experiencias con el autor difunto. No esperen revelaciones ni grandes amistades ni historias de amor. Fueron dos vistazos superficiales, en sendos actos públicos en los que acabé en su corrillo, estrechando su mano e intercambiando unas pocas frases. Nunca le entrevisté ni tuve un acercamiento más reseñable.

saramago

Esto es algo absolutamente irrelevante en sí mismo, pero que me sirve para constatar una cualidad que se destaca en todos los comentarios que se están haciendo sobre José Saramago: su extremada simpatía y cordialidad. Esa es la impresión que me dio, la de un señor encantador y refinadamente educado. Pero no con esa buena educación que a muchos les sirve de armadura elitista, sino como un nexo con el mundo, como una forma de respeto hacia los demás. Me lo han confirmado personas que sí que lo han conocido de verdad. Y esta virtud, en un personaje de su talla, acostumbrado a arrastrar cortesanos y aduladores tras de sí, y en un mundo -el literario y el mediático- en el que la altivez, la grosería y la prepotencia cotizan muy alto, es encomiable. Me parecía importante destacarlo: en este caso, las necrológicas dicen la verdad cuando hablan de su simpatía y bonhomía naturales.

Creo que poco más habría que decir. No es día para disecciones literarias en profundidad. Las haré en la superficie.

No fue Saramago escritor de mi gusto. Pero esto, de nuevo, es irrelevante. Uno de sus libros que sí disfruté fue Viaje a Portugal, una obrita menor, un recorrido por su país con los ojos de un turista inocentón. Una pequeña joya en la que el premio Nobel, que siempre parecía ponerse solemne y tremendamente alegórico en sus novelas, se calzaba las bermudas y la camiseta y disfrutaba de la vida, sin ver la Península Ibérica como una balsa de piedra a la deriva, sino como un territorio de goce sencillo.

Como ustedes sabrán, el mundillo literario se parece mucho al político y al futbolístico. Tiene sus equipos y sus partidos, y sus forofos y seguidores incontestables. Ser de uno implica muchas veces estar contra otro. En Portugal, las capillas son dos: la de José Saramago y la de António Lobo Antunes (sí, yo soy de Lobo, no hace falta que lo aclare, ¿no?).

Saramago ganó el Nobel; Lobo Antunes no, ni lo ganará. Saramago se retiró a una isla fuera de Portugal; Lobo Antunes se quedó en Lisboa, donde transcurren casi todas sus ficciones. Saramago opinaba de todo y cada vez fue más político; Lobo Antunes se sumergió en una abulia, cada vez más desencantado, más centrado en sus cuitas literarias. Saramago era optimista; Lobo Antunes, un cenizo. Saramago era el sol; Lobo Antunes, la sombra.

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En su país, Lobo es más querido que Saramago. Ni siquiera el brillo del Nobel silenció la desconfianza con la que recibían al personaje y su literatura. Su proclamado iberismo (era abiertamente partidario de la unión política con España) y su exilio autoimpuesto en Canarias le convirtieron, a ojos de muchos portugueses, en un escritor español que escribía en portugués.

Y puede que ni eso. Hay una leyenda que dice que Saramago escribía por las mañanas en la planta de arriba de su casa, y que su mujer traducía el capítulo al castellano por la tarde en la planta de abajo. Así, las versiones portuguesa y española de sus últimos libros se publicaban simultáneamente. Y nadie negará que tenían mayor aceptación a este lado del Guadiana.

Y, sin embargo, su amabilidad legendaria y sus opiniones políticas han trascendido mucho más que el contenido de sus obras, densas, alegóricas, vocacionalmente doctrinarias y moralizantes. Saramago tenía alma de pedagogo, y no estoy seguro de que eso funcione muy bien en la literatura. Funciona en la vida y en la escena pública, qué duda cabe, pero algunos nos preguntamos si José Saramago tenía algo que ver con la literatura o encarnó, más bien, la imagen de escritor sabio que ha construido el arquetipo popular: comprometido, amable, anciano, aparentemente retirado del mundo -aunque su exposición pública fue más allá de la que le exigieron los medios- y de escritura difícil y moralista.

¿Quién fue José Saramago? Puede que tan solo un escritor español que escribía en portugués, pero nos llevará unos años calibrar la verdadera dimensión del personaje, omnipresente en la vida literaria española de las dos últimas décadas.

En cualquier caso, descanse em paz, senhor Saramago. Adèus.

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Sobre este blog

Si los amigos no se dan consejos, tampoco deberían recomendarse libros. Por eso aquí no se recomienda nada. Solo se lee, compulsivamente, con bulimia, con atragantamiento, y se comenta a vuelapluma lo que se lee. Esto es un cuaderno de lecturas que abre trecho en la espesura de las novedades editoriales. Un blog para lectores que buscan de reojo sin saber lo que buscan y que acaban encontrando lo que no se esperaban. Sin protocolos ni academicismos. Pasen sin llamar.