Secretos de alcoba

26 julio, 2010 por Sergio del Molino

E. H. Carr, Los exiliados románticos, Anagrama, 2010 (a la venta desde el 15 de julio)

Estoy leyendo con mucho placer una obrita que puede encajar bien en esta serie de libros viajeros para el verano. Se titula Los exiliados románticos, lo firma E. H. Carr y acaba de salir publicado en la colección Otra vuelta de tuerca de Anagrama.

En realidad, acaba de ser reeditado, porque ya saben que esa colección se abrió el año pasado para celebrar el 40 aniversario de la editorial barcelonesa, y en ella se está dando una segunda vida a clásicos y a títulos fundamentales del inabarcable catálogo construido por Jorge Herralde. Los exiliados románticos, en concreto, fue uno de los primeros libros de ensayo publicados en Anagrama, en 1969.

Los exiliados románticos cuenta la vida de Alxandr Herzen, de Mijail Bakunin y de otros “revolucionarios de palabra” rusos del siglo XIX que pasaron su vida en el exilio de Europa occidental, y puede leerse como una invitación a redescubrir algunas ciudades de ese continente lleno de aristócratas furibundamente demócratas, entusiastas, exaltados y atormentados. A través de sus páginas se puede visitar el París febril y desencantado de la revolución de 1848, la Italia agitada por Mazzini y Garibaldi o las ciudades suizas, rebosantes de apátridas en discusión permanente y consagrados a la revolución, fuera lo que fuese esa amante violenta que siempre desencantaba a sus padres y devoraba a sus hijos.

Una vez, hablando con un amigo de los amores de Lenin -sí, qué se le va a hacer, uno tiene conversaciones así de raras-, le comenté que tenía la esperanza de que la volcánica Alexandra Kolontai hubiera pegado un buen revolcón al fundador de la URSS, desmintiendo la historia oficial, que le retrata monásticamente fiel a la reseca y estiradísima Nadejda Krupskaia, una sota más rígida que el propio Lenin (que se permitía escuchar música y tener alguna debilidad burguesa). A mi juicio, si Lenin había engañado a su mujer, se demostraba que fue humano, y no un robot político. Mi amigo me replicó: “¿Estás pensando en escribir El libro rosa del comunismo?”. Eran los tiempos en los que se hablaba de El libro negro del comunismo, claro, y la broma venía al pelo. Pero tomé nota. No es mala idea: quedaría un relato chulo, con mucho fornicio en el Kremlin y agentes dobles con ligas rojas. Crímenes y sexo, ¿qué más puede pedir un escritor?

Cuento esto porque algún reseñista le ha reprochado a Los exiliados románticos ser una especie de Libro rosa del romanticismo (lo cual sería pintar rosa sobre rosa, claro). Dicen que se centra mucho en la peripecia personal e íntima de los protagonistas y que apenas dice nada de sus ideas y discusiones políticas.

Y es verdad, pero donde otros ven un defecto, yo veo una virtud. Eso es lo que hace que el libro de Carr pueda ser disfrutado por cualquier lector. Es un topicazo, pero es que es verdad: Los exiliados románticos se lee como una novela. Y se lee así porque se ha centrado en contar las entretelas cotillas de esa gente. Si hubiera puesto el foco en sus doctrinas y en sus debates intelectuales, Carr habría escrito una monografía para especialistas. Así, escribió un libro cautivador y divertido, que nos enseña cómo fueron estos personajes en su vida cotidiana.

Creo que este libro se parece bastante a la biografía de Karl Marx que escribió Isahia Berlin, y que pasa por ser el relato canónico del fundador del ismo de su apellido. De hecho, en la biografía de Berlin aparecen Herzen, Bakunin y el resto de retratados en la obra de Carr. Están todos revueltos en los cafés de París, malhumorados, con largos bigotes, obsesionados con cambiar el mundo y escandalizados por la idiotez supina de Napoleón III y de los cretinos parlamentarios franceses.

Carr cuenta la historia de amor de Herzen con su mujer, Natalia, y de cómo esta le engañó con un poeta cobarde alemán, y de cómo ese engaño tambaleó todo el mundo de Herzen: como romántico, defendía el triunfo del amor y de la libertad de la mujer. Pero, como marido cornudo, estalló de rabia. No supo qué hacer el pobre hombre.

¿No es ese relato mil veces más revelador que cualquier disquisición sobre sus postulados políticos y estéticos?

En fin, ya tienen otra lectura veraniega. No teman, es ligera: está escrita por un sabio inglés, y eso garantiza la amenidad. Si la hubiera escrito un philosophe francés, no habría dios que se la tragara.

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Sobre este blog

Si los amigos no se dan consejos, tampoco deberían recomendarse libros. Por eso aquí no se recomienda nada. Solo se lee, compulsivamente, con bulimia, con atragantamiento, y se comenta a vuelapluma lo que se lee. Esto es un cuaderno de lecturas que abre trecho en la espesura de las novedades editoriales. Un blog para lectores que buscan de reojo sin saber lo que buscan y que acaban encontrando lo que no se esperaban. Sin protocolos ni academicismos. Pasen sin llamar.