París a tiros

París ha sufrido un brutal atentado yihadista. El atentado es también un desafío al G-20, que se ha reunido en Turquía. Un desafío y una oportunidad para ponerse de acuerdo en algo.

La policía cree que los terroristas han usado la PlayStation 4 para comunicarse sin ser interceptados: la misma industria provee los medios para eludir la vigilancia que desveló Snowden. Los terroristas son franceses, belgas, europeos.

La conexión íntima. Viene a la memoria enseguida la novela de Houellebeq, Sumisión, en la que Francia tiene un gobierno islámico. El clima en el que se produce la novela, el apagamiento y la debilidad mental -y demográfica- de Europa, de Occidente.

Con este horror entramos en otra era, la era del 11S, la misma en la que estábamos sin querer reconocerlo. La secuencia es dejá vu: Francia bombardea la ciudad de Raqa.

Raqa es la sede de ISIS, o de IS, o como se llame el Estado Islámico, que todavía no tiene nombre: es un ente elusivo, cambiante, mutante, que funciona con criterios occidentales a base de youtubes y solo tiene de islámico la última capa. Seduce a la juventud desorientada con su marketing occidental. Es un ente difuso, deslocalizado, aunque tenga una sede central en alguna parte que ya era un no-lugar.

Estamos en plena mentira de Volkswagen, el coche del pueblo. Mentira comercial ya descontada, perdonada y en trance de ser olvidada. Ciclo Enron, Madoff, etc.

Ahora, todos en alerta roja. Vigilando la PlayStation. Vigilando a los adolescentes que no encuentran ilusiones ni futuro en Europa. A las zozobras del refugiado interior -el paro, la crisis y la descomposición del sueño europeo- se añade la guerrilla infiltrada, el enemigo íntimo que no aspira a un empleo que no existe o que ya está adjudicado por derecho de cuna sino que aspira a ir al cielo. Un cielo cualquiera en el que tampoco cree. Un cielo que es solo una manera de salirse.

Es más fácil ir al cielo lleno de huríes -un cielo de PlayStation- que encontrar un trabajo.

Les resulta más fácil creer en el cielo que en el futuro terrenal del primer mundo. Al cielo a través de la PlayStation. Hay que cambiar eso. Bombardear ya se ha probado, en Irak, Afganistán. Y no parece que haya funcionado. Tony Blair reconoció el error y la mentira de atacar Iraq con la excusa de unas armas que nunca existieron. Esos negocios de Cheney y la banda de Bush Junior no han funcionado. (O quizá sí, el mundo siguió creciendo desde el 11-S, aguantó unos años más…).

Pensamos que la crisis arranca en 2008 con la caída de Lehman y las hipotecas subprime, pero quizá haya que retrasar la fecha hasta el 11-S del 2001.

Lo único que no ha intentado Occidente es reavivar su parte metafísica, mal vista por sí mismo y eliminada desde dentro. Tal vez necesitamos un poco de fe antigua, además de la Play, para entender y vencer a esas metafísicas de la guerra santa. Y también la necesitamos para superar la crisis económica eterna que nos aplasta.

(Nos aplasta hasta el punto de no reconocerla: la propaganda insiste en que la estamos superando).

Pero ya no podemos recuperar aquella fe ingenua: la hemos olvidado, la hemos desprestigiado. Hemos renunciado a ella y ahora es una estructura de poder, una marca sin alma.

Así pues, habrá que bombardear, aunque solo sea para mantener la marca. Y el mercado de armas, el único que funciona algo.

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El cristianismo ya había desaparecido, era un reclamo vintage, arqueología. Ahora está desapareciendo el islam, que queda reducido a una marca de terror, a un reclamo para matar. El mundo laico recurre a las religiones como marketing barato, vintage, marcas usadas que suenan a la juventud aunque no signifiquen nada. Hay que reinventar la fe buena, la de la paz, que quizá nunca se ha puesto en práctica.

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