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REPORTAJE

Medicina forense. La ciencia de la evidencia

Primero fueron los crímenes de la Inglaterra victoriana rastreados por Sherlock Holmes. Más tarde, el glamur sórdido del cine de los años cuarenta y, en pleno siglo XXI, series como 'CSI' o 'Bones'. Pasaportes de la ficción con los que nos adentramos en la escena del crimen sin dejar huellas incriminatorias, excepto las de nuestra insaciable curiosidad. Mientras los espectadores nos dejamos llevar por este juego de deducción, construido sin fisuras por los guionistas, los médicos forenses despliegan toda su paciencia para encontrar evidencias en una realidad mucho más enredada y compleja.

Diana López Actualizada 07/03/2011 a las 14:32
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El cañón de luz láser polarizada es una de las herramientas más utilizada por los forensesCARLOS MUñOZ

¿REALIDAD O FICCIÓN?
Todo comienza en la escena del crimen. El procedimiento no puede ser más cartesiano: ordenar los hechos o evidencias de lo sencillo a lo complejo, enumerando sin omitir nada. El protocolo de actuación es multidisciplinar e intervienen distintos especialistas de las fuerzas de seguridad del Estado, jueces y técnicos, además del médico forense, en un trabajo eminentemente de equipo. «Nuestro objetivo es obtener el mayor número de evidencias para dar respuesta a múltiples interrogantes: ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo? ¿Quién ha sido? ¿Cuándo? ¿Con qué se ha producido el crimen o agresión?», desgrana el forense del Instituto de Medicina Legal de Aragón (IMLA) José Manuel Arredondo.


El levantamiento del cadáver corresponde con la Fase 0 de la investigación criminal. Bajo la dirección del juez de guardia, se establece una hipótesis de trabajo que, a lo largo de la investigación policial y la autopsia, se elevará al rango de tesis. En esta recogida de indicios el mayor peso específico lo lleva la Policía Científica, responsable de las evidencias físicas, como documentos, armas blancas o de fuego. Los médicos forenses se encargan fundamentalmente del cadáver y de las pruebas biológicas existentes en el lugar de los hechos. No es tarea fácil. En la ficción, un solo cabello es el oportuno punto de giro capaz de dar un vuelco al caso. En la práctica, en vez de una evidencia absoluta, los expertos encuentran numerosos cabellos e indicios biológicos, de más de un sujeto.

No es el único tópico que cae bajo la lupa de los auténticos profesionales. Mientras en series como ‘CSI’ la escena del crimen es el punto más concurrido –una especie de púlpito en el que los forenses presumen de sus habilidades en los campos más diversos, desde aeronáutica hasta medicina tropical– en la realidad, los médicos trabajan de la forma más silenciosa posible, convenientemente pertrechados con monos desechables y mascarillas.


EVIDENCIAS BIOLÓGICAS
Otro de los lugares comunes tiene que ver con la célebre prueba de ADN. Como aclara el forense Paulino Querol, «se trata de una prueba compleja, de difícil ejecución, que precisa de medios muy especializados, por lo que resulta cara y costosa. Resulta un hándicap cuando lo que buscamos es una respuesta rápida que podemos resolver con otros medios de identificación más baratos, rápidos y sencillos, como huellas dactilares, odontología forense o reconstrucción cráneo-facial». Solo si los expertos disponen de una muestra indubitada perteneciente a una persona concreta, con la que se pueda comparar, resulta fiable al cien por cien. «En la actividad habitual forense no es una prueba usual, sin embargo se utiliza de forma protocolizada en la toma de muestras en agresiones sexuales». Tiene, además, notable trascendencia en casos de desaparecidos o cadáveres no identificados por otros procedimientos. «En España contamos con el Proyecto Fénix, un banco de datos de ADN sobre desaparecidos. Gracias a este recurso, se pudo identificar a un zaragozano desaparecido en el Cantábrico y cuyo cuerpo arrastraron las corrientes marinas hasta las playas de Francia», recuerda Querol sobre el caso resuelto en noviembre de 2010.

ELEMENTAL, QUERIDO LOCARD
Sin embargo, hay algo que no ha cambiado. Salvador Baena, forense del IMLA, recurre a todo un clásico para explicar el proceso. «La recogida de evidencias se basa en el principio de intercambio de Locard: cuando ocurre un hecho penal, el asesino se lleva algo, que denominamos vestigio o prueba y deja algo –otro vestigio– en el lugar de los hechos. La función de los investigadores es buscar ‘ese algo’ que se ha llevado el asesino, como una mancha de sangre en la ropa y ‘ese algo’ que ha dejado –semen, cabellos– para relacionarlo con el hecho criminal y ponerlo a disposición judicial». Para conseguirlo, las nuevas tecnologías hacen saltar por los aires las barreras que limitan los cinco sentidos. «Utilizamos luces polarizadas para localizar el mayor número de pruebas, sobre todo las de tipo oculto o latente», relata José Manuel Arredondo. «Las fotografías analógicas han sido sustituidas por la imagen digital y el escáner, perfecto para ‘llevarse’ el lugar de los hechos hasta el laboratorio y realizar todo tipo de mediciones y valoraciones». Otras veces, la tecnología es capaz de recrear un objeto, incluso cuando el asesino ya se ha desprendido de él. «Al impactar o comprimir una zona del cuerpo de una persona, el objeto tiende a dejar su impronta o marca sobre la superficie corporal. En medicina legal lo denominamos imágenes figuradas: reproducen el objeto, por ejemplo, una cuerda. El procedimiento es similar a la toma de una impresión dental para preparar una prótesis. Partiendo de un negativo –la huella que ha dejado en el cuerpo– tratamos de obtener el positivo para identificar el objeto», explica.

Las autopsias, sin embargo, siguen siendo el procedimiento que más identifica a los médicos forenses. Para Arredondo, «se tratar de poner nombre y apellidos a una muerte: natural, violenta-accidental, homicidio o suicidio. Y, por otro, responder a cuestiones como la identificación del cadáver, el objeto utilizado para producir las heridas y el momento y fecha de la muerte». Actualmente, comienzan a practicarse virtopsias o autopsias virtuales que permiten realizar exámenes mínimamente invasivos en casos de alto riesgo. Por ejemplo, en personas que han sufrido hepatitis C o sida, mediante técnicas como ecografías, resonancias, TAC o endoscopias.

Del forense de manual del siglo XIX hasta la tecnificación del siglo XXI hay un largo camino, aunque como recuerda Salvador Baena, «ambos son compatibles: sin creatividad y experiencia no es posible desarrollar técnicas aplicadas a la medicina forense actual». El mejor ejemplo es el último procedimiento investigado y desarrollado en el IMLA. Se trata de la inyección de silicona en los vasos sanguíneos del cerebro. Un procedimiento de extrema utilidad a la hora de facilitar el estudio de zonas especialmente frágiles de la anatomía humana y detectar patologías, que ya ha sido presentado con gran éxito a nivel nacional.




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