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NEUROCIENCIA

De viaje por la música y el cerebro

Cuando una melodía llega hasta nosotros, inicia un viaje por nuestro cerebro donde hay tiempo para el reconocimiento y la sorpresa, para el placer y la emoción. La música puede estimular un gran número de áreas cerebrales, pero además juega con los centros de recompensa del cerebro y provoca la liberación de dopamina. Sin que tengamos que pensar un minuto en todo ello, hay canciones que nos conquistan sin que lleguemos a entender por qué sucede. Cierra los ojos y escucha.

Jesús Méndez Actualizada 14/02/2011 a las 19:14
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¿Qué teclas pulsan algunas melodías para enamorarnos sin remisión?EFE

Suena la canción 'I'm on fire', de Bruce Springsteen, esa en la que 'el Jefe' trabaja como mecánico en un taller de coches. De alguna manera siempre tuve una cierta fijación por ese tema en particular, a pesar de que su ritmo es más bien simple, no tiene la fuerza de otras y ni siquiera la letra es que revele ninguna verdad fundamental. Pero la escucho una y otra vez mientras me pregunto qué es lo que provoca dentro de mí, qué teclas pulsa, qué es lo que hace que pueda escucharla más de diez veces seguidas sin ninguna dificultad, sin hartarme de su melodía. Luego descubro que es uno de los ejemplos que se citan cuando se habla de temas con groove, un término sin traducción que hace referencia a la capacidad de una canción para avanzar, para contagiar al oyente en su progresión. Pero, ¿de qué depende? ¿Qué sucede para que el cerebro disfrute tanto con la música? ¿Tiene alguna utilidad aparte del mero placer?

UN LENGUAJE MÚLTIPLE
Una de las definiciones clásicas de qué es la música es la del compositor Edgard Varèse, y supone también una de las más simples: «Música es sonido organizado». Pero para percibir esa organización el cerebro tiene que ser capaz de captar e interpretar todos sus atributos. Los sonidos no son simples vibraciones, sino que comprenden toda una serie de cualidades: intensidad, tono, ritmo, timbre y reverberación, entre otras. Y éstas se agrupan en conceptos de orden superior, como el compás, la melodía o la armonía. Cuando las notas de 'I'm on fire' comienzan a sonar, sus sonidos son transformados por el tímpano en señales nerviosas que son conducidas al lóbulo temporal, justo detrás de nuestros oídos. Aquí se procesan y se interpretan todas estas cualidades. Una vez descifradas, las informaciones viajan hacia el lóbulo frontal, donde se reagrupan y se analiza si aparece alguna estructura entre todas ellas, es decir, si hay una organización. Como en este caso es así, la información viaja entonces hasta el hipocampo, una pequeña zona responsable de la memoria, buscando saber si esas notas ya las habíamos escuchado antes, en qué contexto, si los recuerdos son agradables o no. Todas esas asociaciones que la música puede provocar. Y aún hay más: si prestamos atención llegamos a la conclusión de que la música presenta características que también tiene el lenguaje: orden, estructura, complejidad, incluso contenido. Y de hecho, la música, especialmente en músicos profesionales, es capaz de activar las áreas cerebrales tradicionalmente relacionadas con el lenguaje, como son las áreas de Broca (habla) y Wernicke (comprensión). Todo un concierto cerebral donde aún faltan un par de piezas importantes, como son el baile y la emoción: cuando Bruce empieza a cantar me sorprendo siguiendo el ritmo con los dedos y los pies. Seguramente sea el cerebelo el responsable: al fin y al cabo es uno de los encargados de coordinar los movimientos, de que no nos tengamos que concentrar en cada paso al caminar por la calle. Pero además se ha visto que al escuchar música el cerebelo se activa especialmente, y que se encuentra muy conectado con los centros cerebrales de la emoción. Seguramente por eso la música esté tan ligada al baile. Pero, ¿cómo hace la música para emocionarnos? ¿qué reglas, si es que hay reglas, tiene que cumplir? Básicamente lo que hace es, como al conejo, ponernos la zanahoria delante de la boca.

SORPRESA Y RECOMPENSA

La música es sonido organizado, pero tiene que incluir algo inesperado, porque si no se vuelve plana y previsible –las escalas están perfectamente organizadas, pero nadie pagaría por ir a escucharlas a un concierto-. Los compositores muestran una estructura para que nos familiaricemos con ella, pero luego, a partir de entonces, manipulan nuestras expectativas, nos ofrecen sorpresas, nos acercan y alejan la zanahoria. Ya hemos visto que la música puede estimular un gran número de áreas cerebrales, pero además juega con los centros de recompensa de nuestro cerebro y provoca la liberación de dopamina, como se ha visto recientemente. Y lo puede hacer de muchas maneras. Haydn, por ejemplo, usaba a menudo la cadencia engañosa. Una cadencia es una secuencia de acordes que suele terminar con la nota que se espera de la estructura. En la cadencia engañosa Haydn repite la secuencia una y otra vez, y cuando nuestro cerebro espera ya el colofón, suena un acorde que no esperábamos. En cierto modo es lo que hacen los magos: repiten una acción varias veces, como pasarse una moneda de una mano a otra y, en un determinado momento, nos sorprenden con algo que no imaginábamos: la moneda ha desaparecido o aparece en otro lugar. Es también lo que hacen los Beatles en 'For No One': la canción termina en un acorde inesperado y nos quedamos esperando una resolución que solo llega con el inicio del siguiente tema de su álbum 'Revolver'. Los Beatles nos manipulan también en 'Yesterday', en la que las frases tienen siete compases, y no cuatro u ocho como en la inmensa mayoría de la música pop. Y los Rolling Stones utilizaron variaciones en el timbre para violar expectativas, como la inclusión de violines en la canción 'Lady Jane' . Algo completamente inesperado y opuesto a los sonidos de las guitarras eléctricas o los ritmos de la batería. Los ejemplos son innumerables, pero no deben alejarse demasiado de una estructura, porque si no nuestro cerebro se perdería y no esperaría ninguna recompensa. O sí, y tal vez es un problema de habituación: Stravinsky y Schönberg usaron escalas especiales que no conceden margen a ningún tipo de expectación, y aunque todavía hoy son bastante incomprendidos, su reconocimiento es mucho mayor que en sus comienzos. Al fin y al cabo es lo que le sucedió a Bob Dylan cuando, ya siendo una estrella, incluyó guitarras eléctricas en uno de sus conciertos y fue completamente abucheado. O, yéndonos un poco más lejos, lo que sucedía con un determinado intervalo de notas –una cuarta aumentada, o el trayecto de do a fa sostenido-, que fue prohibido durante siglos por la Iglesia debido a su sonido disonante (se le llamó Diabolus in musica), pero acabó siendo ese en el que en 'West Side Story' Toni canta el nombre de María. Seguramente haya estructuras que nuestro cerebro acepta de una forma más natural, pero también que la cultura puede modelar y ampliar muchas de esas tendencias. En cualquier caso, sigue quedando una duda pendiente: a pesar de lo que podemos disfrutar con la música: ¿sirve realmente para algo? ¿cumple una función y por eso se ha mantenido con los siglos? El debate está aún en el aire.

¿PARA QUÉ SIRVE LA MÚSICA?

Steven Pinker es un conocido catedrático de psicología de Harvard. Hace unos años, durante una charla en Boston, dijo: «La música es la tarta de queso auditiva». Tal cual. Lo que quería decir es que cosquillea partes importantes del cerebro, como la tarta lo hace en la boca, pero que no cumple ninguna función. Al fin y al cabo, y como hemos visto, puede activar zonas relacionadas con la emoción, la recompensa, el lenguaje, la audición o los movimientos. Puede ser muy placentera, pero no cumple ningún objetivo. Es lo que se conoce como un parásito evolutivo, un subproducto que aparece a partir de otras funciones que son las realmente importantes. A partir de entonces muchos científicos han buscado argumentos para rebatirle. Uno de ellos es que la música funciona como medio de cortejo sexual: los cantantes de rock suelen ser símbolos sexuales, y aunque el razonamiento puede ser un poco débil, en las danzas tribales los líderes suelen ser los que mejor bailan, y realmente el que canta en los campamentos con su guitarra tiene bastante terreno ganado... Otro argumento es que la música se ha perpetuado en el tiempo, cosa que no suele suceder con aquello que resulta prescindible. También que la música sirve como medio de vinculación social, que fomenta el desarrollo cognitivo o incluso que las vocalizaciones de los pájaros estimulan la ovulación en las hembras. Pero el debate sigue ahí.

CON BORGES Y BRUCE
Y mientras el debate sigue recuerdo lo que decía Borges: que todas las artes aspiran a la condición de música, porque en ella la forma es fondo. Luego vuelvo a escuchar 'I'm on fire' y leo lo que de ella dijo Debby Bull, un crítico americano: la manera en que el grupo se queda tan sólo en un ligero repiqueteo de batería, un órgano tenue y unas tranquilas notas de guitarra hacen que su deseo parezca siniestro: te imaginas a alguien picado de viruela estirado en la cama, demasiado nervioso como para poder dormir, en la habitación de un motel. Y pienso que es justamente eso, que no sé si es sólo la forma y no sé si útil pero que no me ha hecho falta la letra para saber que era justamente eso, para saber que quiero escucharla al menos una vez más.


  • Raùl18/06/14 00:00
    El texto me parece muy bueno, y los felicito por darse el tiempo de explicar algo tan complicado, sin embargo me gustaría saber si, ¿ hay algún mapa o trayecto que lleva la música(sonidos) hacía el sistema límbico o al cerebro en general? gracias
  • susaNNa07/05/11 00:00
    ¿Hay estudios que explique que una determinada melodía sea amada i(nmediatamente por un determinado grupo de personas y autómaticamente odiada por otras? Me refiero a la primera vez que se escuchan, no a las que se acaba amando/odiando por el efecto de las repeticiones indiscriminadas)


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