INSTRUMENTOS DE PODER
Considerado el
primer mapa científico del mundo, el Padrón Real, creado en 1527 por el cartógrafo portugués con sede en España Diego Ribero, utilizaba por primera vez observaciones empíricas de las latitudes para crear un mapa. La leyenda, no confirmada, apunta a que este primer y antiquísimo mapa era mantenido por la Corona española como arma secreta de sus conquistas y que todos sus marinos y exploradores habían de utilizar una copia del mismo bajo pena de pagar una multa. Los mapas siempre han sido representaciones de la realidad y, por tanto, instrumentos de poder.
Sea o no cierta la leyenda, lo que es probablemente verdad es que los numerosos barcos que partían o regresaban en aquella época dorada tenían la obligación de informar de las tierras o descubrimientos realizados, junto a sus longitudes y latitudes, y que esa información se utilizaba para construir aquel mapa, basado en las exploraciones de Magallanes y del que no se conservan copias. En aquellos días contaban con pocos instrumentos y
trazar un mapa era una labor minuciosa y ardua.
Hoy podemos recorrer con precisión
desde la pantalla del ordenador de nuestra casa ese mundo que a Ribero le llevó años dibujar. En alta resolución, a vista de pájaro y con efecto 3D: basta con descargarse
Google Earth. O encontrar la floristería más cercana a nuestra casa usando
Google Maps en nuestro teléfono inteligente. O dejarnos guiar por el
GPS para llegar a casa del amigo que vive en la parte de la ciudad que no conocemos tan bien…
Lo reconozcamos o no,
nuestro cerebro tiene otro concepto del espacio y se mueve de forma distinta por él. Incluso percibimos de otro modo las catástrofes, que ahora observamos desde arriba: piense en el antes y después del
tsunami de Japón o en el mapa aéreo que nos mostraba
el escondite de Bin Laden. Nuestra percepción visual rechaza la visión plana de la realidad, incluso cuando se trate simplemente de información rosa como la
boda real británica.
Los mapamundis han quedado relegados a una icónica –y casi ingenua– imagen de un pasado reciente. Como esos mapas con el puntito rojo y la indicación «usted está aquí». Los atlas ya no se ven y las compañías han dejado de ganar dinero vendiendo versiones físicas o políticas en papel: ahora la información de los mapas es gratuita, accesible a cualquiera y, además, incluso alguien que no sea cartógrafo puede contribuir a crear uno.
«Los mapas son más accesibles y están más presentes que nunca en nuestras vidas. También somos el centro de los mapas mucho más que antes, responden a lo que nosotros necesitamos y lo que queremos en ese momento, son personalizados», explicaba en una charla sobre mapas en la
British Library Ed Parsons, tecnólogo geoespacial de
Google Maps.
EL MUNDO, SEGÚN GOOGLE
Sin embargo
Google Maps fue lanzado al mundo hace apenas seis años.
Google Earth haría su aparición tan solo seis meses después, en junio de 2005, y desde entonces sigue cosechando exclamaciones de entusiasmo y dejando boquiabiertos a aquellos que se lo descargan por primera vez.
Todo empezó con la adquisición de una compañía de mapas digitales en 2004 a la que Google añadió lo que mejor sabe hacer: su potente buscador. De esta forma nacía el callejero del siglo XXI:
Google Maps. Más tarde llegaría su producto más polémico:
Street View, que toma imágenes reales de su calle y la mía y que ha generado una sucesión de demandas relacionadas con la privacidad en varios países.
Hoy por hoy,
Google Earth integra la información de
Google Maps y Street View, y ha desarrollado un código abierto que permite a todo el mundo que lo desee
modificar un mapa o ayudar a mantenerlo
actualizado y uno puede informar al gigante de internet de la tienda de la esquina que no ha soportado la crisis o recomendar el mejor lugar para comer un pincho de tortilla.
OJOS QUE MIRAN
En realidad,
Google Earth se apoya en las imágenes de satélite proporcionadas por diversas compañías especializadas: en particular los satélites de
Digital Globe (Quick-bird o Worldview) o
Geo Eye (Ikonos o Geo Eye), pero también en fotografías aéreas tomadas por aviones, globos o cometas o cedidas por agencias estatales (como la
Nasa y la
Agencia Espacial Europea, ESA) y otras instituciones, para conseguir que
el 60% del planeta esté digitalizado en alta resolución.
Pero en este tipo de información, como en todos los órdenes de la vida, también hay clases: mientras que Madrid se observa a 70 centímetros por píxel, Chicago se ofrece a 30 y la fotogénica Nueva York, con una claridad más nítida: a 10 cm por píxel. Las zonas menos pobladas suelen ser las que cuentan con peor resolución y también se ofrecen imágenes borrosas de centros claves de seguridad o ciertas instalaciones militares.
En realidad, uno de los errores más comunes entre los usuarios es pensar que las imágenes de
Google Earth se actualizan cada día. Según explica Google, la mayoría de ellas tienen entre uno y tres años de antigüedad y pueden verse borrosas debido a que combinan datos de distintas resoluciones para asegurar una visualización sin errores de transición; recordemos que lo que aporta Google es el software de integración, ya que las imágenes las adquiere de otros.
En total, más de
13.000 satélites operativos o restos de satélites dan vueltas en la actualidad alrededor de la Tierra. Se dice pronto, pero son muchos. ¿Qué cómo sé cuántos son? Porque los ha contado una aplicación, precisamente de... Google Earth.