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Reportaje

Grandes expediciones. La aventura de la ciencia

Los nombres de Darwin, Mutis, Malaspina, Amundsen, Scott, Armstrong... son sinónimo de descubrimiento y también de aventura. Porque la ciencia no siempre se ha construido entre las paredes de un laboratorio, sino que algunos de sus avances han tenido lugar en lugares remotos, cuya conquista nos parece aún hoy una aventura sobrehumana. Las grandes exploraciones han revolucionado nuestro conocimiento sobre el mundo en que vivimos y, además de riesgos y peligros, también han llevado aparejados numerosos logros científicos y técnicos.

Enrique José Díaz León 03/01/2018 a las 05:00
Última expedición de Scott al Polo Sur. En la imagen, tomada el 18 de enero de 1912, Wilson, Scott y Oates, de pie; Bowers y Evans, sentadosHerbert Ponting / National Geographic

Muchos de los avances científicos que disfrutamos hoy en día no habrían sido nunca una realidad de no haber existido, en un momento preciso de la historia, un científico o científica dispuesto a arriesgar algo más que su prestigio en una aventura de final incierto, en una travesía a lo desconocido. A lo largo de la historia siempre ha existido un gobernante con motivaciones políticas y los recursos necesarios para sufragar estas aventuras y la ambición de encontrar recompensa a sus esfuerzos.

En estas aventuras se han encontrado respuestas, se han hallado soluciones a enigmas que los científicos, anclados a sus aulas y laboratorios, eran incapaces de resolver; la expedición al Ecuador para medir el arco de meridiano, la búsqueda del continente austral, el hallazgo de las fuentes del río Nilo o la posibilidad de circunnavegar nuestro planeta necesitaban inexcusablemente ir más allá, superar los límites. Pero no han sido pocas las grandes expediciones que han terminado en clamorosos fracasos, basta con recordar la tragedia de la expedición británica al Polo Sur comandada por Robert F. Scott. En ocasiones, estas grandes empresas científicas han supuesto grandes peligros para aquellos valientes que las han emprendido. Scott fracasó en su aventura, pero su legado científico fue muy importante. La ciencia se abre camino igual que la vida.

El programa Apolo

Y no únicamente a lo largo y ancho del planeta. Detrás del programa Apolo se escondía no solo una motivación política que intentaba derrotar a la extinta Unión Soviética en el terreno de la propaganda y del desarrollo científico, sino también el absoluto convencimiento de que la Tierra no era más que un eslabón de una cadena infinita cuyos orígenes el ser humano debía conocer.

Cuando el presidente John F. Kennedy pronunció aquel célebre discurso, en el Congreso de los Estados Unidos, en 1961, que determinaría que a finales de esa década un astronauta norteamericano fuera capaz de alcanzar la Luna, existía un convencimiento absoluto por parte de la industria aeronáutica norteamericana de que los avances en ese campo vendrían de la mano de la investigación espacial; el mismo convencimiento de que la empresa era algo transversal a toda la ciencia norteamericana permitió que expertos en todas las disciplinas científicas intervinieran en este magno proyecto.

A pesar de la relativa cercanía de esta aventura, sigue existiendo un halo de leyenda en torno a la misma. Todavía son muchos los que creen sin ningún género de duda que el cineasta Stanley Kubrick rodó en secreto estudio las imágenes de una falsa llegada del hombre a la Luna. Tampoco se han conocido hasta hace muy poco la audacia y el temple que tuvo que derrochar el comandante de la expedición, Neil Armstrong, para que todos pudieran volver con vida a nuestro planeta, a pesar de que se ‘vendió’ que todo había ido perfectamente. El resultado final supuso un punto de inflexión para la ciencia a todos los niveles y todavía hoy son visibles los resultados directos de aquella hazaña.

El uso propagandístico que la Administración norteamericana hizo de aquel logro imposible pudo ser uno de los motivos determinantes del final de la Guerra Fría. El empeño de los soviéticos en emular a los norteamericanos provocó el colapso de su economía y el fin de su poderío.

El científico ‘aventurero’ aragonés

Félix de Azara encarna como nadie el espíritu ilustrado del científico dispuesto a todo por alcanzar la razón. Excelente ingeniero militar, pronto trabó contacto con las Sociedades de Amigos del País, verdadero motor de la Ilustración en España. El Tratado de San Ildefonso de 1777, por el cual se ajustaban las posesiones de España y Portugal en América del Sur, le proporcionó la oportunidad de su vida, al ser nombrado uno de los tres comisarios encargados de estas tareas. Azara, al margen de su formación como ingeniero militar, tenía profundos conocimientos de zoología, botánica y geografía.

Grandes expediciones. La aventura de la ciencia

Reubicación del retrato de Félix de Azara pintado por Goya. José Miguel Marco

La misión que, en principio, debía retenerle durante unos meses se prolongó durante veinte años. Azara fue encargado de delimitar la frontera natural que suponía el río Paraguay. La paralización de las tareas, forzada fundamentalmente por los portugueses, provocó que el ingeniero militar dispusiera de mucho tiempo libre que, lejos de malgastar, decidió emplear en la observación científica. La descripción y catalogación de la fauna de la zona se convirtió en su máximo anhelo, procurando que estas tareas tuvieran todo el rigor científico necesario. Para ello se dotó del instrumental científico más moderno. Como bibliografía, contó con la obra del conde de Buffon, la enciclopedia de Historia Natural más reconocida de su época. Del carácter de Azara dice mucho el hecho de que se permitiera criticar las descripciones allí plasmadas.

El ritmo cansino y la parálisis dominaron la tarea que había llevado a Azara a estos lugares y, tras dedicar también sus esfuerzos al estudio de la fauna del río Paraná y del de la Plata, Azara envío su trabajo a su hermano José Nicolás a París, donde ejercía como diplomático. Su labor obtuvo inmediato reconocimiento y su obra ‘Apuntes para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y del río de la Plata’ fue publicada en Francia antes que en España, admitiéndose sin objeciones sus correcciones a la obra de Buffon. Los pájaros tuvieron así mismo un estudio diferenciado, muy reconocido a nivel internacional. También como astrónomo y geógrafo, el trabajo de Azara alcanzó un gran nivel.

La obra de Félix de Azara tuvo y sigue teniendo un enorme prestigio internacional. Prueba de ello cabe destacar el gran número de citas al aragonés que, en su ‘Viaje del Beagle’, hizo Darwin, en quien influyó con su defensa de la selección artificial.

Marianne North, la pionera

El ‘victoriano’ siglo XIX inglés supuso, sin duda alguna, un punto de inflexión para el devenir de la ciencia. Gran Bretaña, como primerísima potencia mundial, adquirió clara conciencia de que por encima de esnobismos, la innovación aplicada a la industria era la única manera de progresar. Era necesario invertir en investigación, una simple cuestión de dinero… y de prestigio.

Muchas de las aventuras en las que se embarcaron los científicos de esta nacionalidad durante este siglo (Darwin, expedicionarios del Endeavour, etc.) son un claro ejemplo de cómo un país afronta el reto de ejercer la primacía política: la ciencia es un asunto de Estado. Los sucesivos gobiernos apoyan y alientan estudios y expediciones de gran calado, con la garantía de que las ya consolidadas academias científicas (en el caso inglés, la Royal Society) supervisan, cuando no instigan directamente, las propuestas. Se trata de políticas transversales que trascienden el ámbito académico y alcanzan a todos los estratos sociales. La educación se universaliza y las mujeres, pilares fundamentales del modelo de familia anglicano, comienzan a tomar posiciones también en el campo de la ciencia.

Marianne North era la hija de un adinerado diplomático inglés que aprovechó el interés de su padre por la educación de sus dos hijas para dar rienda a su pasión por la pintura y las plantas. North acompañará a su padre a lo largo de su carrera diplomática trabando contacto con los mejores maestros del momento y adquiriendo una formación botánica muy esmerada.

A la muerte del diplomático, su hija Marianne escandalizará a la conservadora sociedad victoriana de su época al emplear su fortuna en emprender largos viajes en solitario para poder pintar sus amadas plantas en su entorno natural. Lugares tan remotos y dispares como Japón, Brasil, Estados Unidos, Chile, India, Australia e incluso las por aquel entonces exóticas Islas Canarias fueron visitados y explorados por North, quien realizó portentosos dibujos de especies hasta ese momento desconocidas, con lo que contribuyó de forma definitiva al desarrollo de la botánica.

Grandes expediciones. La aventura de la ciencia

Nephentes northiana, en ilustración de Marianne North.

Entre sus amistades más destacadas de la comunidad científica destacó Darwin, quien la animó a viajar a Australia. Marianne North no solo fue una destacada botánica y artista, sino que contribuyó como pocos a la divulgación científica.

Auspiciada por toda la comunidad científica botánica, los Kew Gardens de Londres le propusieron exponer en una galería creada al efecto y que supuso una revolución en la divulgación de la ciencia de finales del siglo XIX: el gran público hacía colas para poder ver de cerca aquellas plantas y aquellos paisajes de los que habían oído hablar pero que nunca llegaría a conocer.

Política y ciencia. La expedición Malaspina

La hoy tan publicitada expedición Malaspina, cuyos resultados científicos fueron indiscutibles, tuvo una intrahistoria digna de una gran novela. El propio Malaspina era el segundón de una familia de la baja aristocracia del sur de Italia, en aquellos momentos bajo el gobierno de la Corona Española. La otrora reina de los mares se encontró con la dura realidad de que Gran Bretaña la había relegado a un lugar de absoluta insignificancia en el control de las rutas marítimas, a pesar de que el Imperio español seguía siendo el más extenso del orbe. Y Francia había ganado la partida de la hegemonía continental.

Malaspina optó por "cortar amarras" con la carrera eclesiástica que le esperaba y emprender su sueño de surcar los mares y convertirse en marino. Para ello decidió formarse en el mejor centro que la Corona española poseía en aquel momento: la Escuela de Guardiamarinas de la Armada, sita en San Fernando. Allí recibió las enseñanzas de Mazarredo y Vicente Tofiño, entre otros, y emprendió una carrera meteórica en la Armada.

La razón como guía

Su estancia en el centro y su previa formación en el colegio Clementino de Roma hicieron de Malaspina un auténtico científico, con la razón como auténtica guía. Sus ideas ilustradas y su desprecio por los rituales religiosos le granjearán la enemistad de los inquisidores.

Malaspina, a su salida de la Escuela de Guardiamarinas, acumulaba horas de navegación en largas travesías y sería de los pocos marinos de su época que lograría completar una circunnavegación al globo. Tras la Guerra de los Siete Años, la pérdida de influencia de la Corona Española en su posesión más extensa, el Pacífico, y la necesidad de responder con un signo inequívoco de modernidad a los logros alcanzados por los ingleses, llevaron a las autoridades españolas a plantearse una magna expedición que potenciara su conocimiento y consolidara su primacía en esta codiciada región del planeta: Malaspina tenía el perfil idóneo para capitanearla.

La travesía se alargó durante seis años y algunos de sus resultados fueron utilizados más tarde incluso por el insigne científico alemán Alexander von Humboldt. Malaspina es, más que un marino, un filósofo que planteó como herramientas para controlar el imperio la geometría, la astronomía, la mecánica o la dinámica. Como cualquier otro científico, ansiaba publicar los frutos de su trabajo, pero las intrigas cortesanas y su enemistad personal con el ‘favorito’ Godoy le costaron la cárcel y, posteriormente, el regreso a su Italia natal, donde moriría sin ver publicados los resultados de su expedición.

Enrique José Díaz León es autor del libro ‘Historia de las grandes expediciones científicas’ (editorial Guadalmazán)

 





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