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La ciencia de la corrupción

Cada vez más acusados de corrupción se sientan en los banquillos. ¿Sabías que la presencia de intermediarios incrementa la corrupción? La ciencia lo ha estudiado.

Elena Sanz Actualizada 20/02/2017 a las 16:39
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La ciencia también ha estudiado la corrupciónFreepik

Caso Nóos, caso Gürtel, caso púnica, caso de los ERE. Cada vez son más los acusados de corrupción que se sientan en los banquillos de los juzgados españoles. Ante este panorama no es de extrañar que España se haya convertido en el segundo país donde más preocupa la corrupción tras Moldavia, según el último Barómetro Global de la Corrupción 2016. Un problema social que tampoco le es ajeno a la ciencia.

Un estudio experimental que llevó a cabo la Universidad Carlos III de Madrid demostró que, en las transacciones económicas y legales entre funcionarios, la presencia de intermediarios incrementa significativamente la corrupción. Algo que muchos sospechaban pero para lo que no existían pruebas empíricas. Porque evidentemente los corruptos no se prestarían a participar en un experimento así. Por eso los investigadores tuvieron que recrear en su laboratorio un caso de corrupción menor, en el que un ciudadano debía decidir si ofrecía un soborno a un funcionario público a cambio de acelerar un ingreso hospitalario o de obtener un trato preferencial a la hora de concertar una cita. El funcionario, por su parte, elegía si aceptar o no esta propuesta deshonesta y la cuantía por lo que lo haría. En unos casos la negociación era directa, mientras en otros ocurría en presencia de un intermediario que adoptaba una actitud pasiva y ni decidía ni cobraba nada. Los resultados revelaron que su simple presencia aumenta la corrupción. Quizás, sugieren los autores del estudio, porque con un intermediario se diluye la responsabilidad de las acciones y se reducen los sentimientos negativos.

Que el poder corrompe hasta a los honestos es otra idea intuitiva que la ciencia ha demostrado. En la Universidad de Laussane (Suiza) decidieron recurrir al 'juego del dictador' para cuantificarlo. Y demostraron que, aunque al principio las personas que en un test previo de personalidad habían demostrado ser más honestas evitaban la corrupción, a medida que avanzaba el tiempo también tomaban decisiones antisociales que reducía los beneficios del grupo e incrementaba sus ganancias. "Eso significa que, por muy honesto que sea un líder, hacen falta mecanismos de control e instituciones fuertes para mantenerlos a raya", concluyen los autores. Porque el poder seduce de un modo irresistible.

Además, el estudio sueco reveló que los líderes son más corruptos cuanta más testosterona corre por sus venas. Y que la hormona sexual masculina por excelencia les afecta más cuanto más personas están 'bajo su sombra' y más crece su poder.

Que la mayoría de la sociedad tolere e incluso justifique a los corruptos, e incluso se resista a cambios que los harían desaparecer, tiene asimismo una explicación. Aaron C. Kay, de la Universidad de Duke (EE. UU.), demostró que existe un fenómeno denominado 'justificación del sistema' que surge en varias situaciones: cuando el sistema se ve amenazado, cuando dependemos del sistema -es decir, normalmente no "mordemos la mano que nos da de comer"- y cuando sentimos que no podemos escapar del sistema y no nos queda otra que adaptarnos.

Lo que la mayoría ignora es que la corrupción puede afectar a nuestra salud. Sobre todo cuando se trata de infecciones que se tratan con antibióticos. La resistencia de los microbios a estos medicamentos es mucho mayor en países corruptos, según se podía leer hace poco en 'PLOS One'. Todo apunta a que debido a que en estos países se suelen consumir más fármacos sin prescripción. Si la corrupción se atajase, uno de los problemas de salud que más preocupa en estos momentos a la Organización Mundial de la Salud -porque convierte en intratables enfermedades que tenían cura- dejaría de ser tan grave.

No obstante, la corrupción también tiene una cara amable. Científicos norteamericanos de las Universidades de Tennessee y Harvard demostraron que el poder y la corrupción ayudan a que la cooperación social se mantenga. ¿Contradictorio? En absoluto. Resulta que la mayor parte de la sociedad colabora porque existen fuerzas policiales que les obligan a hacerlo. Y que, si no cooperan, les penalizan. Algo que todo el mundo quiere evitar. Pero sin fuerzas del orden que los controlasen, los individuos tendrían pocos incentivos para colaborar. Y - aquí viene lo curioso- sin poder ni corrupción esas fuerzas del orden tendrían menos incentivos para hacer su trabajo. Eso explica, según los investigadores, que incluso en insectos sociales como las hormigas existan comportamientos corruptos.

 

 





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