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Aquí hay ciencia

Bikila: el mito descalzo y el porqué de los corredores africanos

Con su triunfo en los juegos de Roma 1960, el etíope Bikila inauguró una era. Desde entonces, Kenia y Etiopía copan las mejores marcas en el maratón. ¿A qué se debe? La ciencia plantea diversas hipótesis en busca de una explicación.

Jesús Méndez 21/08/2016 a las 06:00
El etíope Abebe Bikila, corriendo el maratón de Roma 1960.

Hay símbolos que se fuerzan y otros que se imponen sin remedio, como preconcebidos para la leyenda. Este es, sin duda, uno de los segundos.

Abebe Bikila fue un atleta casi perseguido por el mito. Hijo de un más que humilde pastor del sur de Etiopía, nada hacía pensar que se dedicaría al atletismo. Menos aún cuando con 17 años ingresó en la guardia imperial, una subdivisión del ejército etíope. Sin embargo, ahí empezaron las casualidades que le llevaron a convertirse en el primer campeón olímpico de África en el maratón; el inicio de un dominio en las carreras de fondo tal que, por ejemplo, las 45 (!) mejores marcas de la historia en los 42 kilómetros pertenecen hoy en día a atletas del este de África. Y de dos países en concreto: Kenia y Etiopía. Él fue el primero, y lo hizo así:

En la guardia imperial había un programa de mantenimiento físico. Bikila pronto destacó y llamó la atención de Onni Niskanen, un entrenador sueco que el emperador había contratado para encargarse de la preparación de los soldados. Empezó a competir en algunas maratones y llegó a ser seleccionado para la de los juegos olímpicos de Roma 1960… pero como reserva. Aquí empiezan las casualidades y/o la leyenda, punto tras punto:
 
  • La crónica oficial dice que Wami Biratu, uno de los dos atletas escogidos, se lesionó una semana antes de la carrera en un partido de fútbol. Otros dicen que sufrió una infección. El resultado es el mismo: Bikila, por entonces un gran desconocido, correría por Etiopía.
  • El patrocinador de la carrera era Adidas, y todos los corredores debían calzar zapatillas de la marca. Pero a Bikila todos los modelos que le ofrecieron parecían hacerle daño. Contra todo aparente sentido común decidió correr descalzo (!). Más de 42 kilómetros por Roma descalzo, incluyendo 15 sobre adoquines.
  • El plan de Niskanen parecía claro: Bikila debía seguir al por entonces favorito y, cuando quedasen apenas dos kilómetros para la llegada, atacar. En ese punto la carrera pasaba por el obelisco de Axum, un trofeo de guerra que el ejército de Musolini había sacado precisamente de Etiopía, cuando años atrás había tratado de invadirla. De noche ya cerrada, en las calles parcialmente iluminadas con antorchas, Bikila siguió el plan y atacó. Su figura implacable y serena, casi ascética. La zancada no especialmente larga y los brazos muy juntos, elegante y a la vez eléctrico.
  • El ataque surtió efecto. En cabeza, solitario, cada vez más distanciado, llega a la meta. Bate el récord olímpico y el del mundo. Descalzo. Y descalzo continúa corriendo unos metros más, hasta el arco de Constantino, al lado del Coliseo. El lugar (otro símbolo) de donde habían partido las tropas de Mussolini hacia Etiopía. Allí posa brevemente para los fotógrafos y allí, preguntado por los periodistas, contesta: “Yo quería que todo el mundo supiera que mi país ha ganado siempre con determinación y heroísmo”.
  • Cuatro años después, siendo ya un héroe nacional, es seleccionado para la maratón de Tokio 64. A pesar de haber sido operado de apendicitis seis semanas antes, vuelve a ser campeón olímpico. Y a batir el récord del mundo. Ahora ya no descalzo, sino con zapatillas. También competiría en México 68, pero tuvo que retirarse seguramente debido a un problema de adaptación a la altitud. Al final de su vida había ganado 12 de las 15 maratones que disputó. Y aún quedaría un símbolo más, pero este queda pospuesto unos párrafos. Ahora toca tratar de explicar lo que Bikila inauguró: el descomunal éxito de los atletas del este de África en las pruebas de resistencia. Y eso es algo que la ciencia trabaja por explicar.
¿Qué hace a un campeón?
La realidad es demasiado tozuda como para ser casual: dos países copan casi de forma abusiva las mejores marcas en el maratón, pero incluso la selección es mayor: la mitad de los corredores kenianos proceden de una subtribu conocida como los Nandi, que suponen tan solo el 3% de la población. Algo debe de suceder para tal acumulación de talento, y las hipótesis no escasean. Estas son las más potentes, sus fortalezas y debilidades:

La genética

Seguramente lo primero en lo que cabe pensar: por alguna razón los habitantes de estas zonas poseen variantes en sus genes que les ayudan a cubrir grandes distancias a gran velocidad y con un esfuerzo menor.

Diversos trabajos han tratado de identificar estas variaciones. Actualmente hay descritas más de 150, y la más estudiada está en el gen que 'define' a la ACE (enzima convertidor de angiotensina), una proteína que regula la presión arterial pero que también se piensa que podría influir en el metabolismo muscular. Sin embargo, aún no se sabe exactamente por qué mejoraría el rendimiento, y tampoco está del todo claro que lo haga: algunos estudios no han encontrado esa supuesta asociación con los atletas de élite. Pero eso no significa que no haya relación.

“Los trabajos que han fallado al encontrar relaciones entre ciertos genotipos del gen ACE y el rendimiento en atletas africanos kenianos y etíopes parten del error de comparar atletas con sedentarios de la misma población”, asegura Jordan Santos, investigador en la facultad de Actividad Física y Ciencias del Deporte de la Universidad del País Vasco, y que además ha trabajado en la universidad de Ciudad del Cabo con corredores de élite kenianos. Es decir, si esa variante está en casi toda la población, no veremos diferencias entre ellos, sean grandes atletas o no. Santos comenta el caso del jardinero de Martin Lel, uno de los mejores corredores de Kenia: una persona sedentaria que esperaríamos que no tuviera la variante del atleta de élite. Lo curioso es que el jardinero, que podría haber sido uno de los controles sedentarios en el estudio, decidió ponerse a entrenar: a los dos años estuvo cerca de batir el récord del mundo de maratón.

Eso da pie a la teoría que defiende en uno de sus artículos: no se trata tanto de una genética extremadamente singular y extraordinaria como de “la frecuencia en la población de las variantes favorables”, que parece mucho mayor en esas regiones que en el resto del mundo. Eso es lo que multiplica la cantidad de 'atletas potenciales' y por tanto la posibilidad de que alguno de ellos se dedique al atletismo.

En cualquier caso, si no es solo la genética, habrá que añadir variables a la ecuación.

La vida en altitud

El pueblo donde nació Bikila está a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar, y muchas de las regiones etíopes y kenianas se encuentran a alturas importantes, donde la cantidad de oxígeno es menor. En esas circunstancias el organismo reacciona adaptándose. Por ejemplo, fabrica más glóbulos rojos para facilitar la oxigenación (aumenta el llamado hematocrito). Por eso muchos atletas europeos realizan concentraciones en altura, buscando sus beneficios.

Aunque algunos estudios no han visto grandes diferencias en el hematocrito entre atletas africanos y europeos, para Jordan Santos el vivir y entrenar en altura “es mejor que las concentraciones periódicas que hacemos los europeos, pero no es más que un factor extra a la suma de razones que los hace superiores”.
Como decía el entrenador keniano Mike Koski: “Si el éxito se basara en la altitud, ¿entonces por qué Colombia o Nepal no producen grandes corredores?”.

La 'calidad' muscular

En términos bioquímicos el cansancio muscular puede llamarse en cierto modo “concentración de lactato”. Cuanto más fatigado esté el músculo mayor tiende a ser su producción y depósito. Varios estudios han visto que, a igual ritmo de carrera, los atletas africanos tienden a acumular menos lactato. Sin embargo, aunque se han propuesto diversas proteínas implicadas, el papel de ninguna de ellas ha llegado a confirmarse.

También se ha buscado entre las fibras que componen los músculos, y que suelen clasificarse en tipo 1 y tipo 2, según su tipo de metabolismo (las primeras favorecen la resistencia y las segundas la velocidad). Sin embargo, los estudios no parecen encontrar diferencias claras cuando se comparan con atletas europeos.

La forma de las piernas, la “economía” de carrera, ¿correr descalzos?

Los kenianos (y en menor medida los etíopes) parecen tener una ventaja sobre los europeos: sus piernas son proporcionalmente algo más largas, pero sobre todo son más ligeras y finas a la altura de la pantorrilla. Eso no solo les hace parecer más gráciles -que también- sino que, aplicando la ley de la palanca, les ahorra energía en cada zancada. Es lo que se denomina una buena 'economía de carrera': realizar un mismo trabajo con menor esfuerzo, lo cual permitirá por tanto mejorar el resultado simplemente igualando el sacrificio.

Aunque las piernas de los etíopes no son tan estilizadas, su morfología también parece encerrar ventajas: “Su tamaño corporal es pequeño” apunta Santos, “lo que implica una relación superficie/volumen favorable a la hora de disipar calor. Esto puede explicar que las diferencias entre africanos y europeos se acentúen los días de mucho calor y humedad”.

¿Y correr descalzos? Parece contraintuitivo, pero hasta cierto punto lógico desde un punto de vista evolutivo: nuestros cuerpos no fueron adaptándose para correr con zapatillas, sino sin ellas. ¿Tuvo una ventaja Bikila al rechazar la voluntad del patrocinador?

Hay toda una corriente que está estudiando el tema y, aunque no hay conclusiones generalizables, con cierto entrenamiento parece que correr descalzos (o con las llamadas zapatillas minimalistas) mejora la entrada en contacto del pie con el suelo (evita pisar directamente con el talón y lo lleva a la parte media) y podría prevenir lesiones. Incluso en algunos casos podría hasta beneficiar el rendimiento, pero se antoja algo preliminar y particular: “Parece que hay personas que podrían beneficiarse, pero en otras aumentaría dramáticamente el riesgo de lesiones”, comenta Santos. “Digamos que es algo que no es para todos”.

El factor social: correr a la escuela, la pobreza y la leyenda

Casi nunca lo genético o lo que podrían llamarse 'condiciones de base' bastan para explicar el éxito. En el puzle de variables de la ecuación están también los condicionantes, las motivaciones, lo social.

En la historia de infancia de muchos de los atletas africanos hay un detalle prácticamente constante: la escuela les quedaba lejos, y cada día corrían kilómetros para ir y venir de ella. ¿Podría este hábito explicar parte de su éxito, acondicionar su cuerpo desde niños? Podría. Algunos estudios han visto que cuanto mayor es el éxito del atleta, más tendencia hay a que tuvieran que ir a pie hasta ella, y a que esta estuviera más lejos. ¿Basta para explicarlo? No parece. Wilson Kipketer, uno de los mejores atletas kenianos de la historia (aunque en carreras más cortas, de 800 metros): “De pequeño vivía enfrente de la escuela e iba caminando tranquilamente”.

Aunque tampoco es determinante, otro factor en la ecuación es la situación de base de sus países de procedencia, con más del 40% de sus habitantes viviendo bajo la Línea de Pobreza. Convertirse en un atleta de éxito puede suponer garantizar su futuro y el de su familia. Eso era algo que antes de 1950 apenas podían contemplar, pero figuras como Bikila supusieron la referencia, la apertura y el inicio de la ambición.

Haile Gebrselassie, uno de los mejores atletas de todos los tiempos: “Queríamos ser como Bikila, Wolde, Yifter. Nos dieron una razón para soñar y desear. Eran nuestros modelos. Vemos en ellos algo que desata nuestra imaginación y nos anima a cambiar nuestras vidas a mejor". “Bikila hizo que nosotros, los africanos, pensáramos: Mira, él es uno de nosotros, si él puede hacerlo, nosotros podemos hacer lo mismo”.

Volviendo a Bikila. Nos falta un punto de su leyenda. El número 6.
  • Tras los juegos de Tokio, el gobierno etíope le regaló su propio coche, un Volkswagen Escarabajo blanco. En ese mismo coche iba un día de 1969 cuando, al encontrarse con una manifestación, se desvió para no atropellar a unos jóvenes que participaban en ella. Quedó parapléjico, condenado a una silla de ruedas. En esa silla recibió una tremenda ovación en el estadio olímpico de Munich 72. Y unido a esa silla estaría hasta morir un año después por una hemorragia cerebral, posiblemente consecuencia del accidente. En su propio país, más de 65.000 personas -incluyendo al emperador en cuya guardia comenzó a entrenar- se reunieron para despedirlo.
No parece exagerado decir que, al menos en el atletismo, su figura inauguró una era. Ni que, en este caso, el simbolismo parece imponerse por sí solo.
Como ellos corren: sin aparente esfuerzo.







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