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Salud

Faltan bebés para investigar

Marta Palomo Agencia SINC Actualizada 20/05/2016 a las 15:29
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El objetivo del proyecto británico LifeStudy era obtener datos de la vida de 80.000 bebés de todos los estratos sociales desde su nacimiento para evaluar la importancia del entorno sobre su salud.

La falta de participantes es el gran hándicap de los estudios con bebés y niños sanos. Lo es en nuestro país: “La variabilidad entre los bebés es enorme. No puedes saber si les duele la barriga, tienen un mal día o han dormido poco, por lo que para un solo estudio necesitas muchísimos niños”, cuenta Núria Sebastián, directora del grupo de investigación sobre adquisición y percepción del lenguaje de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona). Y lo es también en otros países como Inglaterra, donde un macroproyecto dotado con 38,4 millones de libras esterlinas (48.694.656 €) ha sido cancelado apenas seis meses después de empezar por no haber captado suficientes participantes.

La iniciativa LifeStudy planeaba enrolar a 80.000 bebés ingleses desde su nacimiento y estudiarlos a lo largo de su vida para comprender la interacción entre su salud y desarrollo y su entorno social, económico y físico. “Era un proyecto muy ambicioso y necesario en el Reino Unido –cuenta a Sinc su directora, Carol Dezateux–. La decisión de cortar los fondos tan pronto ha sido muy decepcionante pues con un poco más de tiempo y experiencia creo que habríamos remontado este problema de reclutamiento”.

LifeStudy contemplaba participantes de todos los estratos sociales y Dezateux opina que uno de los problemas puede haber recaído en la baja participación de los estratos más pobres de la sociedad.

“Los estudios deben tener en cuenta el reclutamiento desde el principio. Nosotros publicaremos nuestros protocolos y las lecciones aprendidas para ayudar a futuras investigaciones”, agrega la científica.

Por su parte, el equipo de Núria Sebastián se pasea por varias clínicas de Barcelona un par de veces por semana convenciendo a padres y madres para que sus recién nacidos participen en sus investigaciones. “Sobre todo estudiamos el primer año de vida –explica la científica en su despacho–. Aunque parezca que solo lloran, duermen y hacen caca, también están adquiriendo las bases fundamentales del lenguaje”.

“Los seres humanos somos buenísimos detectando idiomas y acentos diferentes”, afirma Sebastián. En su laboratorio y mediante técnicas no invasivas estudian a qué edad somos capaces de hacerlo y parece que a los seis meses un bebé ya es capaz de discriminar su lengua materna del resto. “Medimos la actividad del cerebro cuando anticipa una acción y hemos observado que si una persona se presenta a un bebé en el idioma del pequeño (castellano o catalán, en nuestro caso) o en uno extranjero (alemán), este anticipará las acciones del desconocido y estará mucho más interesado en él cuando se haya presentado usando la propia lengua”, explica la investigadora.

Sebastián es la primera sorprendida en encontrar este tipo de reacción en edades tan tempranas, pero reflexiona que desde el punto de vista evolutivo sus resultados tienen mucho sentido. “En los primeros años de vida debes aprender muchísimo. ¿Pero de quién fiarse? Como aquellas personas que están más próximas a ti a nivel genético serán las más interesadas en que sobrevivas, es lógico que haya mecanismos que primen el interés y la confianza en los individuos de tu grupo, y el lenguaje es una de nuestras mayores marcas de identidad”.

Del ‘agú’ de los seis meses a investigaciones dentro del útero

En el Centro de Medicina Fetal i+D (Barcelona), Fátima Crispi va un paso más allá e investiga a seres que ni siquiera balbucean. El equipo de esta científica ha detectado que los bebés que nacen con un peso inferior al normal por haber sufrido restricción del crecimiento intrauterino pueden tener problemas cardiovasculares.

“Durante la gestación de estos niños, la placenta no funciona de manera correcta y la falta de oxígeno y nutrientes provoca que el corazón del feto sea más redondo de lo normal y la presión arterial más alta. Como si ya tuvieran preaterosclerosis”, especifica la coordinadora de la línea de programación cardiovascular.

A diferencia de otros, estos investigadores no tienen ningún problema a la hora de reclutar pacientes. “Las embarazadas están encantadas de poder tener ecografías extra”, explica Crispi. Pero sí en su seguimiento, pues a medida que avanza el estudio pierden participantes. “Entre el colegio y el trabajo, los padres de los niños controles sanos no encuentran el momento de venir. Y los críos enfermos muchas veces ya están hartos de visitas médicas”, admite la científica.

Pero el desarrollo del corazón no termina al nacer y los expertos consideran que los primeros meses y años de vida son una ‘ventana de oportunidad’ para revertir los problemas de salud de estos niños. “Como hasta ahora no se veía, el feto ha sido el gran olvidado de la investigación –denuncia Crispi–. Si realmente queremos que la medicina del futuro sea preventiva debemos incluir en ella a este sector de la población. Cuanto antes podamos diagnosticar un problema mejor podremos tratarlo”.
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