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Aquí hay ciencia

Cruyff, la hepatitis C y un acelerador del tiempo

Jesús Méndez Actualizada 24/05/2016 a las 13:08
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Johan Cruyff murió de cáncer el pasado mes de marzo.Afp

Sucedió el 24 de marzo. Johan Cruyff, el Flaco, el Holandés Volador, el revolucionario del fútbol, moría de cáncer a los 68 años. Fumador empedernido desde su juventud, lo había dejado sin embargo hacía ya 25, tras sufrir un infarto de corazón. Posiblemente no bastó. El tabaco, la casualidad o ambas cosas a la vez terminaron por provocar un cáncer de pulmón fatal.

Una pena, se dijo.

Es la vida, se dijo.

¿Pero qué es la vida? ¿Es real y forzosamente así la vida?

Pocos días después aparece en la televisión un hombre gallego cuya mujer había muerto hacía un año a causa de la hepatitis C. Llevaba casi veinte conviviendo con el virus, seguramente esperando, resignados, el momento lejano en que su hígado diría: basta ya. Los tratamientos contra el virus no eran eficaces en muchos pacientes, y en el caso de su mujer ni siquiera podían administrárselos. Pero algo sucedió en 2014: un nuevo fármaco, el sofosbuvir, revolucionó el tratamiento de la hepatitis C. De repente había un tratamiento eficaz en más del 90% de los enfermos, casi en el 100%.

Su mujer no llegó a tiempo. Las plataformas de pacientes se movilizaron y consiguieron, no sin una dura lucha, que el Estado financiara ampliamente el sofosbuvir. Pero en su caso tardaron más de ocho meses en administrárselo, minimizando las posibilidades que podía tener de curación. Tras su muerte, esto es lo que su marido decía:

“No consigo recuperarme. Si ella hubiese muerto de cáncer o de un accidente de tráfico llevaría la desgracia de otra manera. Pero pensar que había un tratamiento que posiblemente la hubiera salvado si se lo hubiesen dado desde el principio… Con eso no puedo.”

Ya no es solo una pena, ya no es la vida.

Ahora es una injusticia.


Porque había una solución.

¿Qué es la vida, entonces?

(¿Una ciudad como Madrid sin aeropuerto sería la vida? ¿Una Barcelona o una Zaragoza sin cobertura sería la vida? No, no lo sería, nos rebelaríamos contra ello. Pero hace doscientos años no había aviones, no había móviles, por aquel entonces apenas cabía en cabeza alguna siquiera su posibilidad. No podía ser una injusticia.

¿O sí?)

Es tranquilizador, es -claro está- en cierto modo necesario asumir las 'leyes de la vida'. No podemos pensar continuamente que son gigantes los molinos, arremeter contra ellos. Pero de alguna manera, y de una forma difusa, lo que no está también puede tener un poso de injusticia; si es que no hemos puesto la atención, las ganas o las herramientas para hacerlo realidad.

Si hablamos de salud, muchas de las soluciones, o al menos de las mejoras, están ahí fuera, esperando a ser desentrañadas. No se trata de caer en la medicalización y el sobretratamiento, pero la polio fue en su día una epidemia mundial: hoy está prácticamente erradicada. El sida o el ébola eran virus que campaban semidesconocidos por África hasta que las epidemias se desataron. Hoy, el primero es ya prácticamente una enfermedad crónica, y del segundo hay una muy prometedora vacuna probada en tiempo récord. Los intereses que dan lugar a las movilizaciones son un capítulo aparte, pero ¿a quién no le interesa el cáncer, el alzhéimer?

La investigación funciona como un generador y aglutinador de ideas, un acelerador del tiempo. En 1950 no se sabía siquiera lo que hacía el ADN. Cincuenta años después se consiguió leer al completo. Y lo que costó en aquel entonces casi 3.000 millones de euros hoy se hace por apenas 1.500. En los años cincuenta se creía que un tumor siempre era consecuencia de un virus. Hoy se sabe que eso solo a veces es cierto: se conoce el papel fundamental de los genes en su desarrollo, se desarrollan terapias basadas en ese conocimiento, y se aprovechan las nuevas técnicas para leer el ADN de miles y miles de tumores. Las tasas de supervivencia mejoran lentamente, pero no dejan de aumentar.

Lo que tenemos que preguntarnos es: ¿es esto suficiente? Si en muchos casos la atención genera inversión: ¿estamos prestando la atención suficiente, el dinero suficiente? La investigación es en cierto modo invisible hasta que da resultados: ¿Debería haber plataformas de pacientes por tratamientos potenciales? Claro que hay presupuestos para la investigación, pero: ¿son aceptables? ¿Debemos 'alegrarnos' por la desgracia de un famoso para que haya una fundación Josep Carreras contra la leucemia, una fundación Pasqual Maragall contra el alzhéimer?

¿Podemos decir, con total tranquilidad, es la vida?







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