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Neurociencia

¿A mentir se aprende?

Elena Sanz Actualizada 05/05/2016 a las 13:35
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Pinocho, la marioneta embustera de Collodi.M. Iturbe Urretxa

La mentira empieza a formar parte de nuestra vida a los 2 años de edad. En esos primeros momentos solo recurrimos a los embustes para negar que hemos hecho algo malo y tapar alguna fechoría. Un año después empezamos a decir ‘mentiras blancas’, con las que pretendemos ser corteses –por ejemplo, diciéndole a alguien que nos gusta su regalo aunque nos parezca un horror– o beneficiar a alguien que nos importa. Son mentiras prosociales, que nos ayudan a convivir.

De hecho, la capacidad de mentir es, según un estudio de la Universidad de Toronto (Canadá), señal inequívoca de que el cerebro infantil está madurando. De hecho, el trabajo demuestra que los niños capaces de mentir y dotar a su trola de cierta verosimilitud tienen mayores habilidades cognitivas que el resto. Al fin y al cabo, mentir supone conocer la verdad, tener claro qué sabe tu interlocutor e idear una realidad alternativa convincente. Los niños que saben decir mentiras tienen mayores probabilidades de prosperar en su vida de adultos que sus coetáneos veraces, dicen los investigadores canadienses.

Lo que parece indudable es que si le mientes a un niño, será más propenso a convertirse en un embustero compulsivo. Científicos de la Universidad de California (Estados Unidos) demostraron que los pequeños de entre 5 y 7 años que escuchan bulos, incluso pequeñas mentirijillas, de boca de los adultos aprenden pronto a usar también la mentira. Antes de los 4 años, la honestidad de los niños apenas se ve alterada por la de los adultos que les rodean.

Entrenamiento

Por otra parte, según científicos de la Universidad Northwestern (EE. UU.), el engaño es «un arte que puede ser perfeccionado». Normalmente, las personas tardan más tiempo en responder y cometen más errores cuando mienten que cuando son honestas. La neurociencia ha demostrado que se debe a que el cerebro baraja dos respuestas que crean un conflicto y tiene que suprimir la verdadera, lo que supone un esfuerzo. Sin embargo, el tiempo de respuesta al mentir se puede acortar con entrenamiento. Xiaoqing Hu y sus colegas lo probaron y lograron que verdades y mentiras fueran indistinguibles. Algo preocupante para la criminología.
 
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