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Neurociencia

Del gesto a la palabra. El misterio de la lengua de signos en el cerebro

En las últimas décadas, el estudio de distintas lenguas de signos ha servido para arrojar luz sobre el misterio del procesamiento del lenguaje en el cerebro, una cuestión que ya preocupaba a los científicos en el siglo XIX. Al contrario de lo que se pensaba en un principio, las lenguas de signos y las orales activan las mismas áreas del órgano pensante, aunque con algunas diferencias. Incluso en nuestra cabeza, el lenguaje es algo universal que funciona más allá de su codificación.

Marta Sofía Ruiz AGENCIA SINC 23/03/2016 a las 13:15
La investigación de distintas lenguas de signos resulta muy útil para tratar de entender el procesamiento del lenguaje en el cerebro.Phil Chambers

Uno de los grandes misterios del cerebro humano es cómo entiende y cómo produce el lenguaje. La mayor parte de los intentos por comprender esta cuestión se han basado en el estudio de idiomas hablados, como el inglés, el francés o el alemán.

Sin embargo, la investigación de distintas lenguas de signos ha demostrado ser una aliada muy útil en la búsqueda de respuestas. Este tipo de idioma permite preguntarnos si el procesamiento del lenguaje depende de la modalidad de este o si, por el contrario, la forma en la que se codifica –de manera auditiva y oral en el caso de las lenguas habladas, y visual y manual en las de signos– no supone una activación cerebral diferente.

Las investigaciones de los últimos años con la lengua de signos norteamericana, británica y china ofrecen la respuesta: los núcleos del cerebro en los que se procesa el lenguaje son los mismos tanto en una lengua oral como en una signada.

Tanto el área de Broca como el área de Wernicke, situadas en el hemisferio izquierdo y fundamentales en los idiomas orales, siguen siendo importantes en la producción y comprensión de las lenguas de signos. Esto indica que estas zonas no son centros para la generación del habla y la audición del sonido, sino áreas de lenguaje de orden superior en el cerebro.

«Antes se creía que la lengua de signos activaba más el hemisferio derecho que una lengua oral, pero los estudios más recientes muestran grados similares de implicación de ambos hemisferios», explica Gregory S. Hickock, investigador del Centro de la Ciencia del Lenguaje en California (EE. UU.) y autor de varios estudios sobre este tipo de idioma.

Sin embargo, la activación cerebral no es exactamente la misma. En el caso de la lengua de señas hay más actividad de las zonas visuales y de control de las manos, que tienen que utilizarse para el proceso de input –‘ver’ la lengua de signos– y para el output –producirla–.

La directora del Laboratorio de Lenguaje y Neurociencia Cognitiva (EE. UU.), Karen Emmorey, incide en estas diferencias y destaca que cuando los signantes –las personas que emplean la lengua de signos– explican una relación espacial (por ejemplo, el libro está al lado del florero en el estante), tienen lugar procesos que no intervienen en una lengua oral.

«Se activan zonas que participan en el procesamiento espacial y en la conciencia de la localización corporal, ya que, en lugar de preposiciones, emplean sus manos en el espacio para representar la ubicación de objetos», concreta la especialista.

REDES NEURONALES

El centro de investigación Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL), ubicado en San Sebastián, está inmerso en un ambicioso proyecto que pretende profundizar aún más en el funcionamiento de la lengua de señas en el cerebro. Desde 2012, el estudio, que busca descubrir cuáles son las rutas por las que navega la información, es el primero que se realiza utilizando la lengua de signos española (LSE) como objeto de análisis.

«Lo primero que queremos hacer es comprobar si lo que se conoce sobre las lenguas de signos ya estudiadas se repite también con la española, si es posible reproducir ese patrón de solapamiento de las zonas básicas del lenguaje», afirma Brendan Costello, director del programa.

Pero su proyecto busca ir un paso más allá. «El cerebro es un órgano muy complejo en el que las distintas áreas trabajan de forma conjunta, conectadas por redes. Por ello, queremos analizar no solo las zonas de activación, sino las redes neuronales que las conectan», concreta.

Según el especialista, si el núcleo del procesamiento lingüístico es más o menos igual que en las lenguas orales, la red necesitará, de alguna forma, estructurarse de forma distinta por el hecho de estar trabajando con información codificada de una manera diferente.

Por ello, el equipo comprobará si la red asociada con el procesamiento lingüístico coincide en el caso de la lengua de signos.

«Aún nos queda mucho por descubrir. Por ejemplo, todavía no entendemos la forma en que la producción del lenguaje y su comprensión se integran en la lengua de signos. En las lenguas orales, el hablante puede escuchar su propia voz, pero los signantes no miran sus propias manos cuando signan y lo que ven de esas señas no se corresponde con lo que ven en los demás», destaca Karen Emmorey.

«¿Cómo consiguen aprender de manera correcta a producir signos? Creemos que dependen del input somatosensorial, es decir, la manera en la que los signos se ‘sienten’, pero aún no sabemos cómo se combina la información somatosensorial y la visual en el cerebro», indica la investigadora.

A pesar de las respuestas que aportarán estudios como el del centro vasco, aún queda mucho por descubrir. Mientras, la excepcionalidad de la lengua de signos permitirá confirmar la regla sobre los distintos misterios del lenguaje y acercarnos un poco más a la comprensión de nuestro órgano pensante. De momento, los idiomas signados ya nos demuestran que, incluso en el cerebro, el lenguaje es un concepto universal.
 
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