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Aquí hay ciencia

El ciclismo echa el freno a los ídem de disco

Miguel Barral Actualizada 29/04/2016 a las 11:10
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Los frenos de disco desaparecen del ciclismo profesional.

La temporada ciclista (profesional en ruta) ya está lanzada, con la disputa del Giro a la vuelta de la esquina –si es que esto es geométricamente posible-. Y sacudida por la reciente decisión de la Unión Ciclista Internacional (UCI) de dar marcha atrás en su decisión, adoptada hace apenas un año, de permitir el empleo de los frenos de disco en las bicicletas de los profesionales.
La organización de la Quebrantahuesos y su hermana pequeña, la Treparriscos, acaba de comunicar también que no permitirá la participación en ninguna de las dos pruebas con bicicletas equipadas con frenos de disco.

Estas medidas se adoptan a consecuencia de la desgarradora lesión sufrida por el ciclista español Fran Ventoso. O más bien por su denuncia pública, a modo de carta abierta, colgada en las redes sociales y en la que venía a cuestionarse quién había sido el visionario al que se le había ocurrido la genial idea de los frenos de disco.

¿Quién los inventó?

Si bien Ventoso se ceñía al ámbito del ciclismo profesional, lo cierto es que el primero que tuvo la idea de este tipo de frenos fue, allá por 1902, año en el que obtuvo la patente, uno de los más distinguidos integrantes del gremio de 'genios olvidados' (que no olvidadizos). Atendía al nombre de Frederick William Lanchester y fue el más prolífico inventor británico de su tiempo, con más de cuatrocientas patentes registradas, gran parte de las mismas en el ámbito de la incipiente automoción. Así, desarrolló innovadoras soluciones en el sistema de transmisión, además de ser el máximo responsable de la fabricación del primer automóvil británico, en 1896. Aunque para su desgracia, y tal y como él mismo llegó a admitir, era mucho mejor inventor que empresario, por lo que apenas fue capaz de conseguir financiación para arrancar sus ideas y diseños, muchos de los cuales cayeron (al menos temporalmente) en el olvido. Circunstancia que también se dio con los frenos de disco. Lanchester los diseñó para su uso en automóviles, ya que los primeros montaban los mismos sistemas de frenos que los vehículos existentes (bicicletas, carros), que resultaban muy poco efectivos en los autos, mucho más pesados y veloces. Una combinación que demandaba frenos más eficaces.

Sin embargo, los frenos de disco no se implantaron de forma efectiva hasta la década de los cincuenta. En la actualidad, son muchos los coches que montan un sistema de frenado híbrido que combina frenos de disco y de tambor.

Donde más triunfaron fue en el mundo de las dos ruedas, tanto en motos como en bicis de montaña y ciclocross y, más recientemente, también las bicis de carretera para cicloturistas en lugar de los clásicos frenos de zapatas.

Viva zapata

Básicamente, las zapatas son bloques o piezas de algún tipo de goma o polímero, rígido y resistente que, como todo el mundo sabe, lo que hacen es presionar la llanta, mordiéndola o cerrándose sobre ella por ambos lados, con lo que la fricción generada ralentiza el giro. Un sistema limitado que obliga, por un lado, a un frenado prolongado en el tiempo y gradual, so riesgo de que si te pasas bloquees la rueda, con el consiguiente mamporro. Y que, sobre todo, pierde mucha efectividad en condiciones de mojado, ya que el agua y el barrillo que se cuelan entre las zapatas y la llanta minimizan el frenado por fricción.

En el caso de los frenos de disco, estos consisten en un fino disco solidario a la rueda y montado sobre su eje sobre el que actúan unas pastillas (sí, de algún modo unas zapatas también). Las pastillas, al aplicarse sobre el disco, provocan el frenado por fricción. Esto favorece un frenado más “seco por partida doble”: la superficie de contacto es mayor, por lo que la fricción es más efectiva, con la ventaja añadida de que es mucho más improbable que se bloquee la rueda aunque se frene de golpe, ya que no se actúa directamente sobre la llanta. Y el barro y el agua apenas le afectan porque las piezas implicadas permanecen limpias (al fin y al cabo, ¿cuánto barro o agua se puede acumular en el fino canto de un disco que está constantemente girando en el aire a gran velocidad?).

Así pues, el verdadero problema con los polémicos frenos radica en que discos tan sumamente finos girando a tremenda velocidad se comportan como cuchillas –piensa en las máquinas para cortar fiambre de las charcuterías-. Y eso, cuando doscientos tíos están rodando rueda con rueda, a más de 70 km/h, constituye un verdadero peligro en caso de una caída y la montonera que suele motivar. Peligro que, tal y como hace hincapié Fran Ventoso, no es tal para el cicloturista.







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