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Aquí hay ciencia

Si bebes 'raw water', lo llevas crudo

En Silicon Valley, la última demencial tendencia es beber ‘agua cruda’, la que no ha recibido ningún tipo de tratamiento. El agua potable nos libra de multitud de enfermedades infecciosas. 

Miguel Barral 13/01/2018 a las 05:00
El agua que sale del grifo está tratada, lo que garantiza que su consumo es seguroHeraldo

Hace ahora tres años, en las Navidades de 2015, el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de Coruña realizó una pequeña y sencilla exposición sobre inventos solidarios - 'Ejemplos de ideas sencilla(mente) geniales empleadas en regiones y países desfavorecidos que contribuyen a hacer del nuestro un mundo mejor'-. Uno de los inventos seleccionados fue el filtro de agua familiar Lifestraw: “Un sencillo purificador de agua que elimina la práctica totalidad de partículas, virus y bacterias garantizando el suministro de agua potable para una familia”, tal cual se explicaba en la exposición.

El proyecto Lifestraw nació en 1994, cuando el Carter Center solicitó a la Compañía Vestergaard el desarrollo de un sistema de filtrado accesible que permitiese eliminar del agua la larva de la lombriz de Guinea, causante de la dracuncualiasis, una enfermedad por entonces crónica en las regiones más desfavorecidas de África. A principios de siglo XXI había sido prácticamente erradicada en aquellas áreas y poblaciones entre las que se había distribuido el filtro.

Dicho esto, causa estupor e incredulidad -por no decir indignación- la última tendencia que está causando furor en Silicon Valley: beber 'raw water', esto es, agua 'cruda -lo que quiere decir que procede directamente del manantial y no ha recibido ningún tratamiento purificador-. Se llega a pagar a más de 6 dólares el litro. Uno de los principales y surrealistas argumentos en pro de su consumo proclama que el agua sin tratar es de lo más saludable al contener bacterias beneficiosas para nuestro intestino o probióticas. Ya, como si el agua tuviese la capacidad de seleccionar la naturaleza de las bacterias que acoge, discriminando las perjudiciales.

Porque el agua extraída directamente de la naturaleza sin ningún tratamiento y dependiendo de la fuente de la que se obtenga, puede contener infinidad de agentes patógenos de lo más diversos. Puede contener heces animales y en consecuencia bacterias Campylobacter, presentes en las heces de las aves; y parásitos como Cryptoporidium, en las del ganado, o la Giardia intestinalis, en heces humanas y de otros animales. También muchos otros microorganismos responsables de enfermedades como la hepatitis A, el cólera, disentería, tifus, etc. Además de algas. Y minerales cuya composición incluye elementos tóxicos como el arsénico. Y restos de fertilizantes y otras sustancias empleadas en agricultura y ganadería y potencialmente carcinógenas. Y… y el problema, en el caso de virus, bacterias y demás agentes infecciosos es que no solo se expone el consumidor del agua cruda. Lo más grave es que si este resulta infectado, se convierte en un foco de infección para la gente que le rodea. Que se puede ver afectada sin comerlo ni BEBERLA.

Y conste que esto no (solo) lo digo yo, sino voces mucho más reputadas. Por ejemplo, la doctora Valerie Curtis, experta en salud medioambiental del London School of Hygiene and Tropical Medicine, quien incide en que “hay todo un espectro de patógenos que pueden transmitirse por el agua”. Antes de poner el dedo en la llaga que caracteriza a buena parte de estas modas de alimentación 'natural' supuestamente tan saludables: “La humanidad ha invertido generaciones de científicos y esfuerzos en su intento por proteger a la gente de beber agua sin tratar. Parece increíble que haya individuos que quieran volver a los tiempos de la Edad Media, cuando millones de personas morían por infecciones transmitidas por el agua”. Ahí le ha dado.

Antes de Hipócrates

Lo cierto es que las primeras tentativas y ensayos para depurar o purificar el agua para su consumo se remontan al segundo mileno a.C. Hay escritos sánscritos y egipcios en los que se recogen métodos como el hervido del agua, la introducción de metales candentes en la misma, y la filtración a través de capas de grava y arena. De hecho, en torno al 500 a.C., Hipócrates, considerado el padre de la medicina, inventó el primer filtro de agua doméstico.

Ya en 1676, y a raíz de la invención del microscopio, Anton von Leeuwenhoek descubrió y describió la presencia de numerosos microorganismos en una gota agua. Lo que puso de manifiesto los peligros implícitos al consumo de agua sin tratar y generó una creciente concienciación con respecto a la necesidad de eliminarlos entre médicos y hombres de ciencia durante las siguientes décadas. Así, ya en 1703 el científico francés La Hire presentó un proyecto ante la Academia francesa de Ciencias para que cada vivienda de París estuviese dotada con una cisterna para recoger el agua de la lluvia equipada con un filtro de arena. Un siglo más tarde, en 1804, se instalaba en la localidad escocesa de Paisley la primera planta depuradora del mundo. Y en 1854, el médico británico John Snow establecía que el agente responsable de las epidemias de cólera se trasmite a través del agua contaminada. Demostrando que en las poblaciones en las que se había instaurado el tratamiento de la misma la incidencia era mucho menor. Poco después, el propio Snow comenzó a utilizar cloro para eliminar las bacterias del agua, dando inicio al tratamiento químico del agua de consumo. Tratamiento que ya a principios del siglo XX se tradujo en un rápido decrecimiento de los caso de cólera y tifus.

En la actualidad, el tratamiento que recibe el agua en las plantas depuradoras consta de dos etapas o fases:

  1. un filtrado físico, que elimina las partículas sólidas en suspensión
  2. y un tratamiento químico que elimina los microorganismos presentes.

Un último apunte para los californianos seguidores del movimiento 'raw water'. Antes de beber y pagar el gusto y las ganas deberían consultar la web del CDC (Center of Disease Control and Prevention) en la que se explica que el tratamiento de agua para consumo se inició en EE. UU. en 1908. Y que desde entonces el número de enfermedades infecciosas disminuyó de forma drástica. Los casos de fiebre tifoidea pasaron 100 por cada 100.000 habitantes a sólo 33 en 1920. Y a 0,1 en 2005. Y prácticamente todos en individuos que habían efectuado viajes internacionales.





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