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2018: el año de la ultravioletmanía

El Pantone Color Institute acaba de proclamar al 'Ultra violet' como el color del año 2018. ¿No se habrán dado cuenta de que esta radiación es invisible al ojo humano?

Miguel Barral 14/12/2017 a las 06:00
Prince, en versión 'Purple rain'

Ahora que el Pantone Color Institute acaba de proclamar al 'Ultra violet' como el color del año 2018, no me queda más remedio que llevarles la contraria. Se me antoja bastante improbable, por no decir imposible, si se tiene en cuenta que el ultravioleta (o mejor dicho, la luz o radiación ídem) es invisible al ojo humano al ubicarse en el espectro electromagnético a continuación del violeta, de facto, el color de mayor frecuencia que es capaz de discernir el ojo humano. Y eso ya con cierta dificultad.

De hecho, la radiación ultravioleta (UV) permaneció invisible al conocimiento humano hasta que en 1801 el físico Johann Ritter decidió averiguar si existía algún tipo de radiación más allá del violeta del mismo modo que acontecía en el otro extremo del espectro visible con la radiación infrarroja (IR) descubierta por Herschel un año antes. Para ello experimentó con cloruro de plata, a la sazón un compuesto fotosensible, es decir, que reacciona al ser expuesto a la luz volviéndose negro.

Lo que hizo fue medir la velocidad de reacción conforme lo iluminaba con los sucesivos los colores del espectro visible, tras descomponer la luz al hacerla pasar por un prisma. Y comprobó que la reacción se hacía más intensa conforme se desplazaba hacia el violeta. Y aún más cuando lo exponía más allá de este. Con lo que demostró la existencia de una nueva radiación invisible al ojo humano: la ultravioleta.

Acción bactericida

También fue gracias a la reacción ante la luz como se descubrió la acción bactericida o esterilizante de dicha radiación. En 1877 los químicos británicos Downes y Blunt constataron que si se dejaba una disolución de azúcar en agua a oscuras, esta se volvía turbia, mientras que la misma solución expuesta a la luz solar permanecía inalterada. Al examinar una y otra al microscopio vieron que en la primera habían proliferado las bacterias, pero no así en la segunda. Pocos años después, Marshall Ward certificaba que esta acción bactericida era debida fundamentalmente a la banda UV presente en la radiación solar.

Dicho lo cual, conviene aclarar que la designación tiene truco ya que el denominado en la escala Pantone como '18-3838 ultra violet' es en realidad un tono de púrpura o malva. Un color, por otra parte, investido de historia y de química.

La historia del malva

Durante siglos, el color púrpura solo se podía obtener a partir del tinte obtenido de la secreción mucosa de unos determinados moluscos gasterópodos, los caracoles marinos del genero murex o murícidos; que abundan en la costa mediterránea que en la antigüedad bañaba la ciudad fenicia de Tiro (en el actual Líbano), donde fue descubierto y donde se capitalizó la producción del conocido como púrpura de Tiro.

Dicha secreción, originalmente amarillenta, al exponerse al aire adquiría la preciada tonalidad púrpura. Un colorante valiosísimo toda vez que hacían falta más de 250.000 caracoles para teñir una toga. Además de estómago para soportar la pestilencia que despedían las tinajas repletas de caracoles en que se recogía, que obligaba a confinarlas a las afueras de la ciudad.

Como siempre, su escasez estableció su valor y lo hizo costosísimo. Hasta el punto de que las prendas de ese color, literalmente, valían su peso en oro. De modo que durante mucho tiempo fue un color asociado y reservado a la más alta nobleza, la realeza y la divinidad. Julio César decretó que solo él podía vestir túnicas púrpura. Y aún a caballo entre los siglos XVI y XVII, la reina Isabel de Inglaterra hizo lo propio prohibiendo su uso a cualquiera que no fuera miembro de la familia real. De hecho, durante el reinado de su progenitor, Enrique VIII, cuando el conde de Surrey fue acusado de alta traición a la Corona, uno de los delitos imputados fue vestir de púrpura.

Todo cambió en 1856 de la mano de William Perkin, por entonces un estudiante de apenas 18 años en el Royal College of Chemistry de Londres. Perkin pretendía sintetizar quinina, empleada para tratar la malaria y que también era muy escasa y valiosa, pues se obtenía de la corteza del árbol de la quina, originario de Sudamérica. A sugerencia de su mentor Hofmann, intentó obtenerla empleando como agente precursor la anilina presente en el alquitrán de hulla. Al hacer reaccionar este con oxígeno e hidrógeno obtuvo un residuo negro que, una vez diluido, exhibía una intensa coloración púrpura.

Perkin había producido el primer tinte sintético de la historia. Y enseguida reconoció su valor. Lo bautizó con el glamuroso nombre de 'mauve' (malva); lo patentó; y abandonó sus estudios para establecer las fábricas para su producción que lo harían inmensamente rico. El descubrimiento de Perkin marcó el inicio de la fructífera industria química de los pigmentos, colorantes, tintes y pinturas.

La estructura de la molécula responsable del color, denominada mauveina, no se elucidó de forma definitiva hasta 1994, resultando ser en realidad una mezcla de cuatro compuestos aromáticos con el mismo armazón o esqueleto policíclico y que solo difieren en el número y posición de los grupos metilos que cuelgan del mismo.

Irónicamente, el establecimiento del malva de Perkin como color de moda se produjo en 1862, cuando la reina Victoria eligió un vestido de este tono para un acto oficial. No mucho después, en el París de finales del XIX, los pintores impresionistas, con Monet a la cabeza, lo adoptaron como el perfecto color para representar la atmósfera y el aire; hasta el punto de que sus críticos los acusaban de padecer 'violetomanía'. Un mal que también contrajo el icono del pop Prince. Así que ya podemos intuir qué nos espera en 2018: se avecina la 'ultravioletmania'.

 

 

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