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Ciencia ciudadana

Los ciudadanos acuden en ayuda de la ciencia de los terremotos

De forma voluntaria o accidental, cada vez más y más personas colaboran para estudiar los terremotos. Con esta información, menos precisa pero más rápida, los sismólogos pueden ahora estimar las posibles pérdidas humanas y económicas de un terremoto en cualquier lugar del mundo en menos de veinte minutos.

Daniel García Jiménez 08/10/2016 a las 06:00
En EE. UU., redes de medición como QuakeCatcher cuentan con cientos de miles de sismómetros distribuidos por casas y escuelas.

Ahora que los escombros de Amatrice y otros pueblos italianos empiezan a olvidarse, parece invadirnos la sensación de que los terremotos y sus efectos son inevitables, de que no hay nada que el ciudadano medio pueda hacer por mitigarlos.

Nada más lejos de la realidad. Cualquiera puede ayudar, y mucho, a reducir dichos efectos. Quienes viven en zonas de gran actividad sísmica, como Italia, Japón o México, saben bien cómo actuar. Guardar un acopio de agua, comida y luz de emergencia, conocer las zonas más seguras de cada edificio o realizar simulacros de evacuación son parte de la cultura popular en estas regiones. También en España, donde el sureste peninsular -de Málaga a Alicante- y el Pirineo sufren seísmos con más frecuencia, como nos recordó el de Lorca en 2011.

Pero no solo quienes viven bajo amenaza constante pueden ayudar a la sismología, la ciencia que estudia los terremotos. La globalización hace que cada año millones de personas viajen a zonas sísmicas de todo el mundo. Y esto puede convertirlos en valiosos sismólogos por accidente.

Los sismólogos profesionales están habituados a compartir datos y conocimientos. Gracias a ello han tejido una red de sensores que vigila incansable todo el globo para detectar seísmos, analizar el interior del planeta o revelar pruebas nucleares en los rincones más recónditos. Pero esa red no cubre todas las zonas habitadas, así que para conocer los daños de los terremotos los sismólogos han recurrido tradicionalmente a los testimonios de las personas afectadas. Primero fueron las crónicas de viajeros e historiadores, luego cuestionarios a vuelta de correo postal, después entrevistas telefónicas y, siempre que fuera posible, visitas a la zona. En los últimos años internet y los móviles han revolucionado esta ciencia.

El proyecto Did You Feel It? ('¿lo sintió?' en inglés), del Servicio Geológico de EE.UU., lleva veinte años recogiendo cuestionarios 'online' sobre cómo se siente la sacudida sísmica generada por un terremoto. El sistema, ideado originalmente para California, recibe cada día miles de datos de ciudadanos anónimos sobre seísmos en todo el mundo, con los que en minutos produce mapas que dibujan la violencia de la sacudida. Estos mapas son mucho más prácticos que conocer la magnitud del terremoto, pues ésta solo informa de su tamaño. Así, un terremoto enorme en una zona deshabitada resulta inofensivo, mientras que uno modesto bajo una ciudad puede causar estragos, como en Lorca. Para medir los efectos de un temblor los sismólogos prefieren usar la intensidad sísmica, que describe el impacto sobre las edificaciones y el terreno, y que difiere en cada lugar en torno al epicentro. Sistemas como el norteamericano son ya comunes en muchos países sometidos al incesante runrún de nuestra inquieta Tierra. En España, por ejemplo, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) recoge en esta página la información de cualquier sismo sentido en nuestro territorio.

Pero con la tecnología actual cualquiera puede hacer mucho más. Hoy día se construyen sensores sísmicos -sismómetros- muy baratos, por apenas 50 euros. Estos instrumentos no son tan precisos como los más profesionales, cuyo coste puede ser 300 veces mayor. A cambio, su bajo coste permite distribuir miles de ellos entre la población, creando redes de medición muy densas, inimaginables hace unos años. Las redes Earthquake Network y QuakeCatcher (literalmente 'atrapasismos') cuentan con cientos de miles de sismómetros distribuidos por todo el mundo en casas y escuelas, lo que contribuye además a incorporar la prevención sísmica en la educación de un modo cotidiano.

Y si se trata de captar a más gente para cubrir más terreno y tener más medidas, ¿qué mejor que los móviles? Cualquier terminal cuenta hoy con un acelerómetro, un sensor interno que detecta cambios bruscos de velocidad -como cuando se nos cae- para prevenir daños en el software. Estos sensores pueden registrar también la sacudida del suelo y enviarla a los sismólogos mediante apps como MyShake. Los usuarios pueden complementar esa información enviando fotos de los daños que ven, como en la app para España IGN Sismología, lo que ayuda a estimar la intensidad sentida en el ese lugar.

No solo eso, incluso los tuits enviados por quienes acaban de notar un seísmo ayudan. Los sismólogos rastrean incesantemente Twitter en busca de palabras clave como 'sismo' o 'temblor' en múltiples idiomas. Aumentos repentinos de estas palabras en una región suelen indicar la ocurrencia de un terremoto, cuyo impacto en superficie y en la red se va extendiendo desde el epicentro conforme viajan las ondas sísmicas causantes de la sacudida. Por increíble que parezca, con estos tuits se localizan los seísmos más rápido que con sismómetros, aunque con menor precisión. Por ello los científicos estudian cómo usarlos para alertar a la población antes de que llegue la parte más violenta del movimiento del suelo.

Con toda esta información, disponible en tiempo casi real, los sismólogos pueden ahora estimar las posibles pérdidas humanas y económicas de un terremoto en cualquier lugar del mundo en menos de veinte minutos. Esto ayuda a tomar decisiones críticas, como movilizar equipos de rescate, activar planes de ayuda internacional o reservar fondos de compensación de seguros. Incluso en esta labor de mitigación la gente de a pie puede marcar la diferencia.

En el terremoto de Ecuador del pasado abril la empresa californiana Planet Lab lanzó a través de la plataforma Zooniverse una llamada ciudadana para analizar las imágenes satelitales de la zona e identificar áreas dañadas. La abrumadora respuesta de casi tres mil voluntarios en cuatro horas permitió cubrir un área mayor que la Comunidad Valenciana e informar de más de 650 muertos y 16.000 heridos, una tarea que de otra manera habría llevado días.

De forma voluntaria o accidental, cada vez más y más personas colaboran para estudiar los terremotos, contribuyendo a un círculo virtuoso: la creciente participación ciudadana mejora la educación de nuestra sociedad e impulsa más investigación para mitigar los efectos sísmicos. Efectos que no son inevitables y cuya reducción está, hoy más que nunca, literalmente en nuestras manos.

Otros enlaces de interés: Esta sección se realiza en colaboración con el Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España.







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