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Concurso

Afina tu olfato y descubre una nueva molécula

Bienvenidos a un nuevo reto de ‘Adopta tu Molécula’. Esta vez, nuestra @moleculica enlaza su historia con la de San Jorge y el dragón y va dejando un rastro de pistas. Te invitamos a seguirlas hasta descubrirla y también a mandarnos tu respuesta hasta el 13 de mayo. Podrás ganar una exclusiva taza de desayuno, como acaba de conseguir Jesús F. Beltrán López, que descubrió a nuestra anterior @moleculica enigmática. Esta fue su respuesta: «Para-hidroxibenzoato de metilo o metilparabeno (E-218)».

Fernando Gomollón Bel y José Ignacio García Laureiro 28/04/2016 a las 06:00
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Esta vez, nuestra @moleculica enlaza su historia con la de San Jorge y el dragón y va dejando un rastro de pistas.

Cuando San Jorge consiguió por fin clavarle su lanza al dragón, tras denodada lucha, un fuerte olor metálico llegó a su pituitaria. ¿Era debido a su reluciente armadura? ¿Quizá el sudor estaba llevando ese olor característico hasta su nariz? Nada de eso. Era yo y solo yo. Y es que el típico olor metálico de la sangre no se debe a que contenga hierro, no. Es culpa mía: basta una pequeñísima cantidad para que muchos animales perciban mi olor. Hasta vosotros, humanos, que tenéis un olfato mediocre, sois capaces de percibirme en concentraciones ridículas. En el aire, podéis detectarme hasta en 1,5 picogramos por litro, algo así como media cucharadita en una piscina olímpica. Me oléis aunque esté veinte veces más diluida que la sustancia que le añaden al gas butano –que él solito no huele a nada– para detectar las fugas.
 

Aquí huele a sangre

Gracias a esta sensibilidad, los investigadores pudieron identificarme como la responsable del olor de la sangre. Al principio no daban conmigo, ni siquiera usando técnicas analíticas ‘de pata negra’. Detectaban más de 30 sustancias diferentes que, como yo, procedían de la descomposición de las grasas, pero no conseguían aislarme (yo en el cole siempre ganaba al escondite). Pero, entonces, los científicos dejaron de lado sus carísimos espectrómetros de masas y decidieron usar un detector no menos sofisticado que todo humano lleva incorporado: el apéndice nasal, nariz o napia. Esta técnica (muy usada en la Universidad de Zaragoza, por cierto) se conoce como cromatografía de gases-olfatometría, y fue mi perdición: mi característico olor a sangre me delata.

Supervivencia

A pesar de mi modesto aspecto, tengo un papel muy importante en la supervivencia de las especies. Puedo ser una señal de alarma: si un animal sangra, mi olor puede alertar a otros de que se acercan a una zona peligrosa. Los depredadores y carroñeros interpretan esa señal justo al contrario: si hay sangre, hay cena. Por último, también puedo actuar como feromona sexual en algunas especies; como siempre acompaño a la sangre, doy información sobre el ciclo reproductor de las hembras.


Algunos científicos me han usado para engañar a unos pobres tigres. Echándoles palos impregnados conmigo, los carnívoros los olfatean, lamen y muerden igual que si estuvieran cubiertos de sangre. Ahora proponen usarme en los zoológicos para activar a los depredadores en cautividad, que se vuelven sedentarios y engordan. Usando palos recubiertos de mi estimulante aroma igual se animan a hacer algo de deporte.

Carne pasada

Pero no os penséis que con la sangre se termina todo. También aparezco en las carnes, sobre todo de vaca o cordero, cuando se cocinan y se guardan durante demasiado tiempo. En esos casos contribuyo a dar ese olor y sabor a rancio que nos dice que la carne se ha ‘pasado’. ¡Seguro que todos (y no solo Alberto Chicote) sabéis de qué os hablo!

¿Vampiros?

Aunque algunos han bromeado diciendo que yo era también la responsable de la irresistible atracción que Drácula sentía por la sangre fresca de sus víctimas, no hagáis mucho caso. Os tengo que confesar una pequeña mentirijilla: San Jorge nunca pudo olerme cuando atravesó al dragón porque, ¡ay!, los dragones, al igual que los vampiros, solo existen en las historias de ficción. Pero yo sí que soy real y espero que hayas pasado un feliz día de Aragón. Por cierto, ¿sabes ya qué moleculica soy?
 
¿Sabes qué molécula soy?
Manda tu respuesta y tus datos (dirección y teléfono) a milenio@heraldo.es con el asunto Adopta tu molécula. Sortearemos un premio entre los acertantes. Fecha límite: 13 de mayo.

 
¿Quieres adoptarme?
Para ser una buena madre o un buen padre, tendrás que averiguar sus propiedades, usos y la opinión que la gente tiene de ella. No te preocupes si te parece difícil y una gran responsabilidad; desde el blog ‘Moléculas a reacción’, te ayudaremos y guiaremos en tu adopción.

Fernando Gomollón Bel y José Ignacio García Laureiro Instituto de Síntesis Química y Catálisis Homogénea







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