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Entrevista

"Lo mejor del futuro es que no está hecho y todo puede cambiar"

No moriremos en el mismo mundo en que hemos nacido. Vivimos inmersos en un cambio continuo y acelerado, tan rápido que el presente le pisa los talones al futuro. Incluso a la ciencia ficción le cuesta imaginar lo que vendrá. Miquel Barceló, catedrático de la Universidad Politécnica de Cataluña, es un experto visitante de los mundos de ciencia ficción. Un género que, en su opinión, mezcla la especulación con el sentido de la maravilla, pero, sobre todo, «nos hace pensar en que el mundo y las cosas pueden ser distintos».

María Pilar Perla Mateo 08/04/2016 a las 06:00
Miquel Barceló participó recientemente en los 'Diálogos por la ciencia' de Caixaforum Zaragoza.Carlos Muñoz

  • Miquel Barceló es ingeniero aeronáutico y doctor en Informática.
  • Ha sido catedrático del Departamento de Ingeniería de Servicios y Sistemas de Información de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) hasta su reciente jubilación.
  • Creó el programa de Doctorado en Sostenibilidad, Tecnología y Humanismo de la UPC.
  • Autor de la 'Guía de lectura de la ciencia ficción’.

PREGUNTA La ciencia ficción imagina el futuro, ¿hasta qué punto nos lo anticipa?


RESPUESTA La ciencia ficción tiene la misma capacidad predictiva que el tarot, es decir nula. Pero si haces 10.000 predicciones, solo por estadística, es difícil que no se cumpla al menos una, y todo el mundo se olvida de las veces que has fallado. Lo mejor del futuro es que no está hecho, lo estamos haciendo día a día y por eso todo puede cambiar, si nos empeñamos, en la dirección que queramos. Lo único que sabemos de él es que no será ni como el pasado ni como el presente. Tenemos que aprender a adaptarnos y la ciencia ficción, aunque no tiene capacidades adivinatorias, sí es una herramienta para el aprendizaje del futuro. Al ser una narrativa de ideas que no tiene límites, se puede situar en el presente, el pasado o el futuro, en este mundo o en otros, en sociedades reales o inventadas... Se puede probar todo. Asociamos la ciencia ficción con las ciencias más duras: la física, la química, la biología, aplicaciones ingenieriles..., pero también se puede hacer sobre sociología, sobre historia alternativa, psicología... Y esta especulación permite pensar en otras alternativas, relativizar nuestro mundo, nuestra manera de vivir y ser, nuestros saberes... Ese cierto relativismo cultural es muy interesante.

P. Ya que la ciencia ficción es un estupendo entrenamiento para lo que pueda venir, ¿hay algún cambio para el que los lectores de ciencia ficción estén ‘preparados’?


R.
Cuando en febrero del 97 se clonó a la oveja a Dolly, todo el mundo empezó a hablar de la clonación de humanos. Los frikis de la ciencia ficción habíamos leído historias de clones, así que desde los años cincuenta, sesenta y setenta ya era una hipótesis que contemplábamos. Otro ejemplo: un cuento de Murray Leinster publicado en 1946, ‘Un lógico llamado Joe’, describe «un sofisticado aparato de televisión, con teclas en lugar de diales, que está conectado con ayuda del teléfono a la red telefónica y a monumentales tanques de datos, que permite consultar todo tipo de información, comprar entradas para diversos espectáculos, pedir programas de televisión del presente o del pasado e intercambiar mensajes con otras personas». Si esto no es internet, que baje Dios y lo vea.


P. Pese a que la ciencia ficción está llena de mil y una formas de vida extraterrestre. ¿Estamos preparados para encontrar vida más allá de la Tierra?


R.
No parece que eso vaya a ocurrir. Aunque no resulta lógico que, en un Universo tan grande, seamos nosotros los únicos con inteligencia autoconsciente –sería un derroche inútil–, las distancias del Universo nos mantienen alejados de una hipotética civilización extraterrestre.

P. Más cerca tenemos la convivencia con robots, que prometen hacernos la vida más fácil. ¿Podrán pensar un día los robots?

R.
Este es un campo donde la ciencia ficción ha creado un imaginario muy distinto a la realidad de la investigación. Lo que llamamos inteligencia artificial (IA) es un nombre con mucho márquetin. Hay IA débil, los llamados ‘idiots savants’, que saben hacer muy bien una cosa pero no lo demás: tenemos máquinas que calculan muy bien, Deep Blue juega muy bien al ajedrez, tenemos programas que planifican a la perfección los recursos de fabricación... Deep Blue gana a Kasparov pero no sabe hacer las tortillas a la francesa que sabe hacer Kasparov. Que quede claro que todos los éxitos de la inteligencia artificial se han obtenido en la IA especializada, llamada débil. La IA fuerte está en el imaginario de la ciencia ficción: un robot capaz de igualar o superar la inteligencia de un ser humano. En ese ámbito nadie está haciendo investigación.

P. Hemos leído y visto en el cine muchos mundos futuros invadidos por robots, que incluso se rebelan, pero parece que otra invasión está llegando antes: la de los sensores del internet de las cosas, que se conectan entre sí y emiten datos de todo tipo. ¿Acabaremos controlados?

R.
En ‘2001. Una odisea del espacio’, Hal no se mueve, pero conoce todo lo que pasa en la nave por sensores. Actualmente, el exceso de información empieza a estar fuera de nuestro control. El big data ya no lo manejamos nosotros sino nuestras máquinas de gestión de información, los ordenadores. Eso solo puede ir a más, alguien dirá a peor.
 
Imaginar urgentemente
Miquel Barceló lee ciencia ficción desde los 9 años. «Soy un poco friki –dice–. Mi padre era uno de los pocos que leían ciencia ficción en el país a finales de los cincuenta y, un día, me encaramé a un montón de sillas y taburetes hasta llegar a la última estantería y pillé una de aquellas novelas». Era ‘Amos de títeres’, de Robert Heinlein, que en la edición española se llamó ‘Titán invade la Tierra’, «una clásica novela de II Guerra Mundial donde unos extraterrestres malvadísimos, unas babosas que se pegan en el cogote, hacen dendritas, entran en tu cerebro y se apoderan de tu voluntad. Lees esto con 9 años y estás perturbado de por vida, ya no eres un tío normal nunca más».

Le pregunto si algo de lo que ha leído en estas décadas le ha servido para su futuro personal y responde que «hay cosas que vas reconociendo. Por ejemplo, hay cuentos de Asimov, en ‘Yo, robot’, donde los robots hacen de profesores o de niñeras y esto ya lo estamos teniendo». Pero lo que más le ha afectado, reconoce, es «la sensación de que las cosas no tienen por qué ser como son, que podrían ser distintas. El futuro está en nuestras manos y, si nos esforzamos, lo acabaremos cambiando». Piensa en futuros que debemos imaginar urgentemente, como los efectos del cambio climático. «La ciencia nos dice que si no hacemos algo, tendremos graves problemas».







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