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Premios concurso Ilumináfrica

Ceguera

Microrrelato de Olga Celeméndiz, ganadora en la categoría de 'Ceguera y otras minusvalías'.

Olga Celeméndiz Actualizada 22/12/2015 a las 17:02
María Pardillos Celeméndiz (recogiendo el premio de 'Ceguera' en ausencia de su madre, la ganadora de Olga Celeméndiz), recibe el premio de Ringo Válvulas de la mano de Charo Zarazaga.Sandra Lario

Frío, era lo único que notaba. Traté de bajar las frágiles escaleras sin causar gran estruendo a mi alrededor. Inevitable. Cada paso que daba era un tentar a la suerte y caer escaleras abajo. Era de noche, pero la falta de luz en mis ojos era la misma de todos los días. Para mí la noche nunca fue oscuridad sino silencio. No quería despertar a nadie ya que finalmente todos dormían. A pesar de la incomodidad que se había convertido en banda sonora de nuestros días, el lugar en el que hemos vivido los últimos años nos acogió como un abrazo. Yo no lo he visto nunca pero se cómo es. Me gusta el olor a familia a primera hora de la mañana y la paz del anochecer; sin embargo, odio el sonido de la soledad cuando soy la única que está en casa.

Llegué a la puerta y traté de abrirla. Después de asegurarme de que el ruido no había despertado a nadie, salí. El viento me acarició. Toqué, olí y escuché el frío pero no, no lo vi. Apenas vivíamos a unos metros del lago al que todas las mañanas había que ir a recoger agua. Mi madre me decía que el agua decide si vivimos o no y que siempre que estés cerca de un río serás vida. Yo aún conservaba la vista aquellos días. Tengo la imagen de sus ojos brillar al pronunciar cada palabra. La humedad que alcanzó a mis pies me despertó de las imágenes de mis recuerdos, mis únicas imágenes. Quedaba un pequeño tramo de camino hasta llegar a mi destino pero era el más complicado ya que allí, no había ni rocas que te guiaran ni un terreno con piedad que te permitiera caminar entre los árboles. La noche seguía intacta pero se percibían toques de amanecer. Yo iba a llegar al lago por mí misma. La impotencia reinaba mis días, en cada insignificante acción, en cada hecho cotidiano era incapaz de no necesitar ayuda. Necesitaba unos ojos y únicamente los de mí alrededor podían dármelos temporalmente.

Después del camino lleno de tropiezos evitables y pisadas inseguras llegué a mi destino. Mi destino diario. Mi sentimiento al llegar allí no fue el de siempre. Era la primera vez que recorría el camino sin compañía desde que perdí la visión. Una lágrima nacía en mis recuerdos y desembocaba en mis inservibles ojos. Entonces una pequeña y dulce mano agarró la mía y me dijo al oído:
- "Salí tras de ti al oír la puerta". Era él, mis ojos, mi vida, mi hijo.







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