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Avemarías

César Ibáñez París Actualizada 18/04/2016 a las 13:33
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La mujer, pequeña como pájaro leve, entró a rezar por su hijo Dimas, que andaba pegando tiros por el frente de Gandesa. Se sentó, se santiguó y musitó tres avemarías compungidas y esperanzadas. En la otra bancada estaba la tía Felisa, pidiendo a la Virgen por su Mariano. ¿Pediría también por su Dimas? Sí, era buena mujer. Añadió otras tres avemarías por el regreso con bien de su vecino de calle, buen mozo aunque demasiado metido en política. Cuando salió, se saludaron con una inclinación de cabeza. Seguro que, al verla, también había rezado por su Dimas. La Virgen del Pilar cuidaría de los dos, tenía que hacerlo. Qué más le daba a Ella que estuvieran en bandos enfrentados. Si la bala de uno, Dios no lo quisiera, iba directa al pecho del otro, la Virgen la desviaría, tenía que hacerlo. Al cerrar los ojos para desearlo con más fuerza, se le escapó una lágrima que secó con el borde de la toquilla.


 







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