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Catalina, de Aragón

Luis Felipe Sorando Actualizada 08/04/2013 a las 16:39
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Me llamo Catalina, y siempre he sido de peso. Lo cual no quita para que tenga mis curvas, que las tengo... Pero lo que más me enorgullece es mi voz.

Si llamaba yo, ahí estaban todos. Cada uno tenía sus quehaceres, pero en cuanto me oían, levantaban la cabeza, escuchaban y, si era necesario, acudían al momento. Y los domingos siempre llamaba: hay que reunirse con frecuencia, si no se aflojan los lazos y acaban por deshacerse. Aún me acuerdo del bautizo del hijo de la Jacinta, ¡cuántas peladillas! Pues, ¿y la boda del Marianazo? Ahí sí que cantaba con ganas. Claro que, a veces, también había malas noticias. ¡Pobre tío Moreno! Se me ponía como un pesar y la voz me salía lenta y grave, como a desgana.

Pero ya no. De año en año se fueron marchando. Todos. Y yo me quedé muda. Y, desde lo alto del campanario espero verlos volver valle arriba. Algunos me visitan el día de la fiesta mayor, y ese día, aunque la voz ya se me quiebra, repico de alegría.

Pero con el sol se van. De nuevo. Silencio.
Luis Felipe Sorando Izquierdo

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