Tras el periplo por Estados Unidos,
llegamos a Canadá. El paso por la frontera ha sido de lo más monótono: coches en fila india, calor, y un continuó arranca, acelera, para, arranca, acelera, para...
Así hasta llegar a la garita policial, donde me detengo para entregar mi pasaporte. Lo único interesante de este trámite ha sido mi pequeña mentira. El agente que me atiende me pregunta si estoy grabando con mi cámara y le digo que no. Y es que mis nuevas cámaras son perfectas. La del casco es una Midland XTC-300, no se ve ninguna luz cuando graba y eso despista al personal.
Llegar a
Canadá es como cruzar de acera. Está todo limpio, reluciente, muy ordenado y rodeado de bonitos bosques. La primera parada es Vancouver, la capital de la región de British Columbia. Es una ciudad pequeña, metida entre las montañas y el mar. Las cumbres nevadas se ven desde cualquier ángulo y sus calles son cuadradas y largas. A simple vista, se nota que es nueva.
Descubierta en Vancouver
En esta parada de mi largo viaje por la
Ruta de los Exploradores Olvidados tengo suerte porque mi primo y su mujer se vinieron a vivir aquí hace unos meses, así que tengo un lugar donde dormir y no me cuesta dinero. Me reciben con una bonita pintada en el espejo del lavabo. Ellos no saben la ilusión que me hace esto y, sobre todo, estar con ellos.
En Vancouver, destacan los altísimos edificios de apartamentos de más de treinta plantas, que conviven con pequeñas casitas de madera, de dos o tres pisos, con sus pequeños jardines en la parte delantera de la vivienda. Esta ciudad de la
costa pacífica de Canadá está ubicada en el suroeste de la provincia de Columbia Británica, entre el estrecho de Georgia y las montañas Costeras. La ciudad fue llamada así en honor del capitán George Vancouver, un explorador inglés.
Es una ciudad que merece la pena visitar. Mires donde mires, ves una cumbre nevada, razón más que suficiente para que fuera sede de los Juegos de Invierno Olímpicos y Paralímpicos en 2010.
Vancouver también ocupa un lugar destacado en el ranquin de ciudades con mejor calidad de vida. Pero, siempre hay un pero, y es que cuando bajas la vista de los bonitos picos nevados, te encuentras con calles llenas de indigentes, drogadictos y personas con problemas mentales. Un viaje del cielo al infierno sin salir de la ciudad.
Pasear por la calle Hasting, en su lado este, es como meterse en una película de muertos vivientes. Mujeres y hombres con la ropa sucia, las manos cuarteadas, sin lavar, y unos rostros sin sonrisas por la falta de dientes. Personas metidas en el mundo del crack, que hablan solos porque, la mayoría, tiene serios problemas mentales.
Ante tanta miseria, María, la mujer de mi primo, me coge por banda y
me lleva a Granville a comer un cruasán (pienso en la última vez que comí algo tan rico) y pregunto, después del suculento ágape, por las personas que he visto mendigando. Ella me cuenta que han cerrado un hospital psiquiátrico hace poco y que otros llegan de los pueblos, huyendo del frío, y acuden a Vancouver porque aquí les dan de comer y los cuidan.
En ese momento de la conversación, me pongo a comparar suertes, y pienso en los africanos y en los occidentales. Visto lo visto, realmente prefiero ser pobre en África. Los pobres en el continente africano tienen dignidad, algo que estos 'sintecho' blancos de Canadá han perdido.
Después de ver este panorama tan desolador, doy la vuelta con Descubierta y salgo de ahí. Vancouver está lleno de parques, uno de los más bonitos es el Stanley Park.
Un feliz reencuentro
En mi periplo por la ciudad me encuentro con
Miquel Silvestre, la persona con la que comencé está aventura allá por septiembre y con quien crucé África. Acaba de llegar de Filipinas y le ayudo a encontrar un hotel no muy caro. El que localizamos y se adapta a nuestro presupuesto está en la calle de los 'muertos vivientes'. En este establecimiento fabrican su propia cerveza.
Una de las pocas pegas de
Vancouver es que llueve todo el rato y solo, a veces, sale el sol. Aquí los días han pasado entre familia, de cañas, de cena con amigos, grabando un programa de TV como figurante, en el que me invitaron a bebida (resultó ser sangría), y disfrutando de las vistas desde mi alojamiento en un apartamento, en la planta 27, frente a un estadio que cambia de color cada noche.
He estado escuchando a los Pink Floyd una noche y he visitado y comprado en un mercado, un lugar que me encanta. Me he fijado que la mayoría de la población que trabaja allí es de origen asiático. Y me cuentan los lugareños con los que he coincidido en el viaje que los áticos de los magníficos rascacielos de la ciudad pertenecen a asiáticos, en su mayoría chinos, y que son estas personas las que han movido la economía local.
Cada vez quedan menos días para poder irme a
Alaska. Estoy esperando a que Continental me diga dónde tengo que ir a por los neumáticos que necesito cambiar. Pienso todos los días en salir pitando sin las gomas nuevas. No me gustan las ciudades y eso que Vancouver, junto con Melbourne, en Australia, son dos sitios donde me gustaría vivir.