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Fiestas Teruel

Puro delirio vaquillero

Eduardo Suárez y Carlos Pérez fueron los encargados de colocar el Pañuelico al toro ante un hervidero de 18.000 personas. La emoción se pudo palpar desde el momento en que los miembros de ‘Nos An Soltao’ comenzaron a abrir el camino para llegar hasta el Torico.

Lorena Hernández. Teruel 12/07/2015 a las 06:00
Eduardo y Carlos, subidos en lo más alto de la fuente y preparados para colocarle el pañuelo rojo al Torico en una plaza repleta de público enfervorizado.Jorge Escudero

La ciudad de Teruel estalló ayer de emoción y alegría cuando Eduardo Suárez y Carlos Pérez, miembros de la peña ‘Nos An Soltao’, se irguieron a lo más alto de la fuente del Torico y colocaron el pañuelo rojo a la estatua del toro para dar el pistoletazo de salida a La Vaquilla. Justo en ese instante, el griterío de la plaza subió de decibelios para celebrar ese momento que los vaquilleros habían esperado durante todo un año.

Pero antes de que el acto empezara, en la plaza la fiesta ya había comenzado. Las batallas de vino y agua se sucedían entre los grupos de amigos. Incluso hubo algunos que se aventuraron a tirarse harina o pintura. Los más valientes también se atrevieron a levantar castillos humanos. Además, las charangas, que acudían progresivamente junto con sus peñas, animaban al respetable, que no dudó en corear sus canciones. Una de las que más fuerte retumbó fue, como no podía ser de otra manera, el ya famoso y casi tradicional "Yo soy de Teruel".

Mientras la plaza se llenaba, los miembros de la peña que este año ha tenido el privilegio de poder ponerle el Pañuelico al toro permanecían alrededor de la fuente, custodiándola para que llegado el momento no hubiese ningún problema al formar la pirámide que permitiría subir al Torico. Y pese a estar en medio de la fiesta, y contra todo pronóstico, sus camisetas fueron las que permanecieron blancas más tiempo.

Pero entre la locura festiva, el civismo parecía tener cabida. Se pudo escuchar como toda la plaza recriminaba, al grito de "¡tonto!" y con una sonora pitada, a un imprudente que decidió encender una bengala. Además, la orden del Ayuntamiento que prohibía acceder al acto con botellas o vasos de cristal por seguridad parece que funcionó porque apenas se pudieron ver cascos rotos en el suelo. La norma no llegó a cumplirse a rajatabla en el apartado que prohibía entrar a la plaza con carritos porque, al menos, consiguieron colarse un par de ellos.

Y cuando parecía que todo el mundo estaba pendiente de su propia fiesta, por la calle asomó el grupo encargado de abrir paso a Carlos, Eduardo y a Marcos Vicente –el responsable de llevar el pañuelico desde el Ayuntamiento hasta la plaza–. Las 18.000 almas congregadas giraron su vista para mirarlo a él, al Torico.

A los pies de la fuente, Carlos y Eduardo no pudieron controlar la emoción del momento. Tuvieron que parar para darse un gran abrazo, en el cual no fueron capaces de contener las lágrimas. Una vez recompuestos, cada uno se fue para un lado del pilón y comenzaron a escalar. Una vez arriba, los dos besaron al Torico, agarraron el pañuelo uno de cada punta y lo mostraron a toda la plaza. Entonces el ruido fue todavía más ensordecedor, para terminar en estallido cuando el toro lució, por fin, el Pañuelico rojo.

Tras bajarse del pilón, a Carlos le faltaban las palabras para contar lo que había vivido al lado del Torico: "No se puede explicar, estas arriba viendo como la gente está esperando a que tú pongas el pañuelico, es... ¡pufff!". Eduardo tampoco podía contener su agitación y con los ojos vidriosos explicó que no podía con la emoción y los nervios que sentía tras haber llegado a ese momento que tanto trabajo les había costado. Y, antes de que terminara de contar qué había sentido, los componentes de su peña ya habían formado un corro, con él en el centro, para darle una gran ovación que terminó con una foto de grupo. La misma atención que tan solo hacía unos instantes era para el Torico, ya engalanado como un vaquillero.







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