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NOVELA

Chopin o el dolor del hielo

Ana Alcolea| Actualizada 13/10/2010 a las 20:10     0 Comentarios

José Luis Rodríguez homenajea al compositor polaco en su bicentenario con 'El tercer concierto'. NARRATIVA ARAGONESA El tercer concierto. José Luis Rodríguez García. Eclipsados. Zaragoza, 2010. 412 páginas.

El rostro de Chopin pintado por Delacroix en 1838 da la bienvenida al lector a esta novela de José Luis Rodríguez García. Se recrean los últimos días de la vida del compositor en París, la ciudad en que vivió la gloria, el tormento, la agonía y la muerte. Porque en esta novela asistimos a cómo se vive la propia muerte. Varias voces y puntos de vista se mezclan en la visión de la agonía: la propia, que mezcla los recuerdos, las ensoñaciones, la realidad; la de Heine, la del propio Delacroix, la de Solange, la hija de George Sand, la de Nicolás Pertusato, un enano descenciente de aquel que pintara Velázquez en Las Meninas. La gloria y la agonía del músico polaco trascienden lo personal para simbolizar también la gloria y la agonía de un mundo en trance de desaparecer.

Un mundo romántico al que se le acaba cantando su propio Réquiem. Un mundo que enferma de ansiedad de belleza inalcanzable. Un mundo en el que se añoran las hazañas de un ser al que ni la historia ni los contemporáneos saben muy bien si tratar de héroe o de monstruo, o de ambas cosas a la vez, Napoleón Bonaparte. Un mundo en que la pintura y la música acaban dentro y fuera de un féretro cubierto con la bandera de Polonia en la iglesia de La Madelaine de París. En la novela, aparecen y desaparecen personajes reales, los ya citados, y otros como María Malibrán, la bella soprano española que murió a los 28 años; su hermana, la mezzosoprano Pauline Viardot-García, que fue amante de Turgueniev, y una de las mujeres más influyentes en la cultura europea de la época; los mecenas Radziwill y Rothschild. Junto a ellos, la criatura magistralmente creada por el escritor para reflejar la decadencia de toda una época: el enano Nicolás Pertusato, pagado por el mecenas para ser la sombra de Chopin e informarle de las actividades del artista.

Pertusato se pasea por los palacios, por los burdeles, por las calles y teatros de media Europa, y ante la inminente muerte de aquel por el que ha vivido, acaba compartiendo un carromato de circo con una prostituta. Desde él verá pasar el cortejo fúnebre de Chopin. Un cortejo tan doloroso como la cabalgata del circo. Porque la muerte tiene ese punto de macabro y patético: "Delacroix no se explica cómo alguien puede asegurar que el cadáver de un amante, de un hijo o de un general transmite paz. Paparruchas. No hay nada más absurdo y perturbador que un cadáver. Pura y limpia miseria".

Chopin en su agonía no recuerda tanto su gloria artística como momentos de su vida, no siempre amables: su infancia, la muerte de su hermana Emilie, con quien habla de una manera perturbadora en un diálogo entre muerta y moribundo. Su abandono de Polonia. Su estancia en Mallorca, desastrosa y que nada tuvo que ver con el viaje al sur lleno de calor, luz y encanto del que siempre le habló Delacroix. En Valdemosa, sus vecinos escupían cuando pasaba a su lado, y despreciaban a aquel extranjero enfermo que manchaba los pañuelos de sangre y que vivía en concubinato con una mujer que vestía de hombre y fumaba: Aurora, George Sand.

Esta es una novela del no-regreso. La imposibilidad del regreso a la patria, a la infancia (que es lo mismo, según nos dijo Rilke), o a los brazos de la condesa Potocka, que vela al enfermo pero que no puede llegar hasta sus pensamientos. El cuerpo de Chopin reposa en el cementerio parisino de Père Lachaise, aunque su corazón fue llevado a su Polonia natal.
'El tercer concierto' es una novela hermosa, poética, doliente: "el dolor es el hielo que te rodea..., el dolor es saber que el cuerpo se estropea y que tu alma todavía está viva, brasas negras en el amanecer, una mano que se duerme agarrada al sexo, el dolor es el champagne que se desprecia y las nubes que tienen color de basura, el dolor es rozar las pestañas de la muerte, y reírse..." Atemporal, a pesar de recrear el hecho concreto de la muerte del músico. La mezcla aparentemente caótica de tiempos verbales nos conduce a la realidad universal que se retrata y sobre la que se reflexiona: la decadencia, la imposibilidad de absoluto, en la línea del romanticismo más alemán.

Sólo los destellos de la pintura y de la música darán puntos de luz a la oscuridad total.
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