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Costumbres

Dime de qué pueblo eres y te diré tu apodo

El zaragozano llama fato al oscense y este le denomina cheposo al primero. Hay apodos que identifican a un pueblo, que lo describen, lo critican o simplemente recuerdan una anécdota. Son los gentilicios oficiosos, esos que casi siempre buscan poner un toque de ironía.

Cristina Adán Actualizada 02/02/2016 a las 10:18
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Si alguien oye hablar de un cheposo en Huesca, seguro que no tiene duda de que se están refiriendo a un zaragozano (y no a alguien con joroba). Si la conversación transcurre en la capital aragonesa y se refieren a un oscense, entonces este será fato. Y así los hay de muchas formas y maneras: salseros, venas, nenes, rusos, tripudos, zorros... Son algunos de los gentilicios no oficiales u oficiosos. Esos apodos que identifican a un pueblo, o mejor al de al lado, que lo describen, lo critican o simplemente recuerdan una anécdota histórica que ha pasado de generación tras generación. Tómense con humor las siguientes líneas porque buscar el rigor científico en este asunto es misión imposible.

"Radio Calle dice que aquí, en Villamayor de Gállego, se hacían meriendas y ranchos para las fiestas y se invitaba a todo el mundo, pero que estos llevaba poca patata, poca carne y mucha salsa. Y de ahí nos viene lo de salseros", explica el alcalde, José Luis Montero. Para ellos es el gentilicio corto, el que muchas veces sustituye al oficial y que, en absoluto, molesta. De hecho, acaba de servir para dar nombre a una tarjeta ciudadana y ya se usó en los sesenta como nombre de una peña que dejó la tradición de vestirse de blanco y azul para las fiestas.

Ahí va otro. Cuentan los de Tierga y Trasobares que hace mucho tiempo un agente dio el alto a un trasobarino y que este levantó las manos y dijo algo así como "¡Españolico, gente de mucha paz!". Pudiera ser desde entonces que estos pasaron a ser conocidos como españoles (o españolicos, con su matiz aún más aragonés) y los deTierga comenzaron a ser rusos. Unos apodos que para nada provocaron una guerra fría.

Ironía (y algo de ganas de fastidiar) había también en el origen de cheposos. Según el diccionario aragonés del lexicógrafo Andolz, este tiene que ver con que en Zaragoza hace mucho cierzo y cuando los de Huesca llegaban a la capital veían a los zaragozanos encorvados por el viento mientras cruzaban el puente de Piedra. Aunque Juan Antonio Frago, catedrático emérito de Historia de la Lengua Española, cree que este apodo se puso como contestación al de fato (la forma coloquial de fatuo, presumido) y porque la giba o chepa era un defecto físico muy mal visto antiguamente.

"En El Quijote puede leerse el dicho de ‘A pueblo pequeño, infierno grande’ y esa rivalidad por motivos económicos, disputas por agua, terrenos en litigio... ha sido muchas veces el origen de este tipo de apodos entre pueblos", cuenta Frago. "Los apodos suelen ser muchas veces despectivos", añade, y concreta que los españoles fueron quienes llevaron a América el estereotipo de ver negativamente al vecino. El catedrático emérito recuerda también la cantidad de dichos populares que hacen referencia a la forma de ser de una región: "Como Aragón, a buen servicio, mal galardón".

Y siguiendo con ejemplos... Si a los de Alfamén los llaman ‘venas’ solo es porque ellos mismos utilizan esa muletilla como apelativo cariñoso en lugar del ‘maño’, ‘amante’ o ‘galán’ de otras zonas. Pese a lo que pueda parecer, los apatuscos de Pedrola solo son así llamados porque son el único pueblo de la zona que llama así al cardo. O si en La Almunia pretendían ofender denominándoles albarcudos (se entiende que porque llevaban este calzado), estos responden entre risas con: "Cuando aquí se llevaban albarcas, otros iban descalzos". Los ‘cazuelos’ de Calatayud se llaman así por la forma del valle en el que viven. O los de Aliaga son porrinos porque la enorme roca que da la bienvenida al pueblo se llama La Porra, por su forma.

Y sobre apodos podría escribirse mucho más porque además de los genéricos, en cada pueblo (y más en los pequeños), casi cada familia tiene uno. La explicación es clara: Juan Antonio Frago recuerda que hasta que se fijó el apellido, a partir del Concilio de Trento, se usaba como tal el origen del individuo (Catalán, Montañés, Navarro...) o el oficio (Herrero, Escribano...). También había apodos de caracterización moral o física (Amorosa, Alegre, Burro, Calvo...) y sin que faltaran las identificaciones escatológicas y de sentido sexual, aunque muchas de estas últimas desaparecieron con la reglamentación del apellido.







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