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Periodismo

Orquídeas y calabazas

Cristina Grande selecciona casi un centenar de sus columnas de Heraldo.

Elías moro Cuéllar Actualizada 26/06/2015 a las 21:56
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Cristina mira fuera y dentro y hace autobiografía.Guillermo Mestre

Ignoro, como tantas otras cosas, si las flores de calabaza se utilizan en la elaboración de perfumes o son apenas el germen necesario para perpetuar la especie de la sabrosa cucurbitácea a la que nombran. En todo caso, y aunque solo fuera por esto último, su existencia estaría más que justificada. Si además sirven para dar título a este hermoso ramillete de artículos literarios que Cristina Grande ha ido sembrando entre las primaveras que van de 2010 a 2014 en las páginas de HERALDO DE ARAGÓN, solo puede significar que estamos ante una joya para los ojos y los sentidos.

Cristina Grande (Lanaja, Huesca, 1962) es dueña de una voz literaria tan personal y delicada como un encaje de bolillos; voz con la que indaga de manera sutilísima en los asuntos más cotidianos y evanescentes dotándolos, a ojos del lector atento y afortunado, de una insospechada trascendencia, de un ánima distinta y mejor. Voz y sensibilidad las de Cristina de las que ya dio muestras más que notables en libros como ‘Agua quieta’, ‘Lo breve’ o ‘Tejidos y novedades’, en los volúmenes de relatos ‘La novia parapente’ o ‘Dirección noche’ y en la espléndida novela ‘Naturaleza infiel’.

En cada una de las 98 columnas que conforman estas ‘Flores de calabaza’, asuntos tan aparentemente banales como mirar un escaparate o ponerse, o no, un disfraz, son transformados, por obra y gracia del talento de escritora de Cristina Grande, en una pieza literaria de primer orden. Leer uno solo, o un ramillete de ellos, de estos artículos al día puede darle sentido a una jornada que hasta entonces era rutinaria y anodina. Esa, entre otras, es una de las virtudes de la buena literatura cuando está en manos de quien sabe compartirla con los demás. Pocos son los escritores que consiguen tal comunión con ese lector desconocido que somos todos y que nos hemos acercado, golosos y esperanzados, a oler, palpar, degustar -preparando esta nota me he enterado de que las flores de calabaza se pueden cocinar- algunas páginas con el apetito de quien sabe que lo va a saciar de manera amable y gustosa.

Crucigramas y caricias, el mal de Alzheimer y los siluros del Ebro, el escaparate una mercería y los olivos de una heredad, almendras y libros, fantasmas y pasodobles, un vestido de terciopelo negro y una vieja lámpara de seis brazos en la casa familiar, las tías del pueblo y la bisabuela ausente, un polígono industrial y el mes de abril… caminan de la mano en estas piezas breves -como cuentas de un collar para lucirlo al pecho, como escamas de memoria en el mar del pensamiento…- , pero no por ello menos fascinantes, que podemos encontrar entre las páginas de este hermoso volumen. En una muy bella edición, por cierto, del joven sello Anorak.

Desde su escritorio, en cada una de esas páginas -una suerte de banco de semillas de recuerdos contra el silencio y el olvido- Cristina Grande va plantando pepitas de palabras que esperarán el tiempo que haga falta a su lector propicio para germinar en belleza en manos de los afortunados que abran este libro cada vez que su voluntad lo estime. La cosecha, a la vista está para quien sepa verla, es espléndida como pocas.

Algunos botánicos afirman que las orquídeas son las flores más hermosas; acaso estén en lo cierto, doctores tiene la iglesia. Pero si además de científicos fueran lectores y tuvieran la fortuna de acercarse a este libro, después de leerlo a buen seguro convendrían en que estas ‘Flores de calabaza’, no les van a la zaga en belleza y armonía a las ya citadas.

Para acabar, decir que me hubiera gustado que esta humilde reseña estuviese, siquiera mínimamente, a la altura de estas maravillosas columnas que la autora nos viene regalando a lo largo de los años. Pero eso es casi imposible. Haceos el favor de leer ‘Flores de calabaza’. No todos los días puede uno hacerse un regalo como este.







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