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Entrevista

Míchel Suñén, escritor: "Los asesinos etarras,como cualquier otro criminal, cosifican a sus víctimas"

El narrador, nacido en Zaragoza en 1970, publica ‘Psicario’, un ‘thriller’ donde conviven pasión, culpa y crimen.

A. Castro Actualizada 24/06/2015 a las 21:24
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¿Cuál es su relación con la novela policíaca o de intriga?
Soy un escritor polifacético, pero si tuviera que decantarme por un único género este sería, sin duda, el negro. El ‘thriller’. Como lector me ocurre algo parecido: sigue siendo mi género de cabecera. En mis intrigas siempre he abordado temas de absoluta actualidad: el fundamentalismo islámico, la anorexia, las bandas latinas, las desapariciones y los crímenes sexuales, el terrorismo etarra, el sicariato...


Ahí sigue con ‘Psicario’ (Pàmies). ¿De qué imágenes, intuiciones o estados de ánimo ha surgido?
‘Psicario’ aborda de lleno el crimen por encargo. La crueldad profesionalizada, convertida en un modo de vida. Uno de los puntos de partida fue el contraste entre dos arquetipos diferentes de asesinos por encargo: el sicario y el terrorista etarra. Trataba de entender cómo pueden convivir con lo que hacen, desconectar, seguir viviendo.

¿Lo ha podido entender?
No aspiraba a comprenderlos, ni a empatizar con ellos, solo pretendía analizar qué mecanismos utilizan para aceptarse y seguir mirándose en el espejo cada mañana. También me atrajo la idea de alimentar una cuestión moral: ¿qué debe hacer una sociedad civilizada con sus individuos anómicos más dañinos, cuando estos son totalmente irrecuperables? En mi novela alguien empieza a eliminar a seres despreciables: pederastas, mafiosos, narcotraficantes, asesinos sexuales…


Resúmanos hasta donde se pueda la acción. ¿Qué sucede?

Después de muchos sufrimientos y renuncias, Ainhoa Gázquez ha sido capaz de reorientar su vida, recuperar a su hijo Jorge e incluso canalizar su vocación periodística gracias a un blog emergente titulado ‘Escráchalos’. Pero todo se tambalea cuando los protagonistas de sus artículos comienzan a ser ejecutados. Conocer a Emeri Santxicoetxea, un antiguo etarra que ha cumplido condena por delitos de sangre sin arrepentirse ni renunciar a los ideales de la organización, la coloca en un vértice mortal en el que ella es víctima y verdugo al mismo tiempo. Un tercer personaje, un sicario que ha abandonado México, se convierte en otro pilar incuestionable de esta inquietante trama sobre la justicia humana, la conciencia, los afectos que duelen y la insondable personalidad de los asesinos.

¿Cómo es Ainhoa, periodista, madre de un adolescente y abandonada por su pareja, Bruno?
Ainhoa es una superviviente. Las consecuencias de la desaparición de su pareja la obligaron a empezar de cero, renunciando incluso al cuidado de su hijo Jorge para poder hacer frente a una situación económica y personal muy deficiente. Es una mujer luchadora. Le ha costado quince años recuperar en parte lo perdido. Cuando los crímenes comienzan a producirse, ella vuelve a ser una mujer asustada, desubicada, que precisa el apoyo de un cómplice para salir adelante. Y lo daría todo por lograr que su hijo fuera esa persona.

¿Cuántos peligros nos acechan? Pienso en Jorge y en la cocaína…
Vivir es arriesgar. Tomamos decisiones permanentemente, y no solo nosotros, también las personas a las que amamos. Hoy en día los adolescentes se encuentran rodeados de unos peligros similares a los que otras generaciones tuvimos que afrontar, pero la presión social y el caudal informativo es tan grande que les resulta más difícil decidir con libertad. Cuanto más jóvenes son, más vulnerables resultan.

Hay dos malos malísimos a los que ya ha citado. Hablo del mexicano Duc y el etarra Emeri. Lo suyo es casi un duelo invisible...
Ambos son dos asesinos profesionales. El primero trabaja sobre todo para el narcotráfico, ha hecho de la muerte su trabajo y es un especialista con una enorme experiencia. Emeri Santxicoetxea, el etarra y padre, es otro tipo de agente de la muerte.

¿Ha querido reivindicar algo concreto de un asesino con él?
Representa la verdadera dimensión del terrorista etarra. Esa clase de tipos que quizás, en el origen, no pretendían ser malvados sino héroes, alentados por intelectuales perversos y manipuladores; a la larga se acostumbran a convivir con la maldad y a justificarla de cualquier modo.

¿Cómo se explica que maten sin escrúpulos y sean ultrasensibles con lo suyo y los suyos? Hacen pensar en ‘El Padrino’, ¿no?
Los asesinos etarras, como cualquier criminal, despersonalizan a sus víctimas. Las cosifican. Para ellos no son personas lo que caen, sino enemigos. Cada muerto es un paso más hacia la victoria.

¿Tienen alma y corazón los sicarios?
No puedo afirmar que tengan alma; si la tienen, desde luego, es muy a pesar de ellos. Tienen, sin duda, corazón; un corazón compartimentado, eso sí, pero lo tienen. Como refleja el lema de ‘Psicario’: "Hay amores que matan… y asesinos que aman". Quieren a sus hijos, los protegen; a veces se enamoran, viven en pareja. Hay unos patrones generales comunes a todos los sicarios; pero, por otra parte, cómo diablos logra cada uno de ellos conciliar esa vida profesional con la vida personal e íntima resulta para mí un auténtico misterio. Por eso los considero individuos insondables.

Dice que es una novela sobre la justicia. ¿En qué sentido?
Las víctimas y sus familiares son siempre la parte que más sufre, la que cae más pronto en el olvido, en cualquier crimen. Necesitan apoyo, respaldo, comprensión y, aunque nadie puede devolverles la vida o la pérdida sufrida, algún tipo de contrapartida.
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