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Una temporada para renacer

Las múltiples vicisitudes que ha padecido el Real Zaragoza en la presente campaña realzan los méritos alcanzados por la entidad y por el equipo. En lo deportivo se ha luchado hasta el último minuto por el ascenso y en lo institucional ha regresado la conexión con la afición.

J. F. Losilla Eixarch Actualizada 15/07/2015 a las 07:09

El dolor por lo acaecido ayer en el estadio de Gran Canaria es insoportable. El ansiado regreso a Primera División quedó a escasos cinco minutos. Un desenlace cruel que no debe sepultar en el arcón del olvido los grandes momentos vividos en una temporada que ha obrado el milagro de rearmar y reconciliar al zaragocismo. Por encima de los resultados, el triunfo más valioso es la recuperación de la autoestima extraviada por el camino pretérito.

Analizado con perspectiva, haber contado con opciones de ascenso hasta el último suspiro es un prodigio impredecible hace menos de un año. A finales del pasado julio, la incertidumbre gobernaba el presente y el futuro de la entidad. Unos nubarrones que comenzaron a despejarse con la irrupción de una nueva propiedad, la Fundación Zaragoza 2032, que ha dotado de estabilidad económica a la institución.

Las premuras temporales y las restricciones heredadas, forzaron a la confección exprés de un plantel reducido –apenas 18 fichas– con retales en forma de cesiones.

Obviamente, esta rémora lastró el arranque del equipo, que llegó a clavarse en la decimonovena posición. Tras un estreno sin goles en Huelva, la primera victoria se hizo esperar hasta la quinta jornada, cuando el Alavés cayó en La Romareda por 1-0. Tres puntos que parecieron insuflar energías y confianza a los jugadores entonces entrenados por Víctor Muñoz. Semana tras semana fueron escalando posiciones hasta alcanzar el quinto puesto en la décima fecha con un zarpazo en Alcorcón (1-3).

Pero cuando la cima ya se divisaba, se desencadenó un desplome súbito. El Tenerife asaltó el estadio zaragozano (2-3), el Sporting propinó otra bofetada (3-1), el Betis arrancó un punto (2-2) y el Numancia (2-0) dispensó la estocada definitiva para Muñoz, que encendió la mecha de su destitución en una indescifrable rueda de prensa en Los Pajaritos.

La apuesta del club para el banquillo fue sorprendente. Ranko Popovic asumió las riendas en la decimoquinta jornada con una ilusionante goleada a la Ponferradina (4-1). Paulatinamente, el revulsivo del serbio fue diluyéndose y la irregularidad volvió a instalarse. Sin embargo, consiguió estabilizar al Real Zaragoza en el sexto puesto, la tabla de salvación a la que el zaragocismo aspiraba a aferrarse. De hecho, con el balcánico el conjunto aragonés ha permanecido en zona de ‘play off’ en 19 de las 28 jornadas, incluidas las siete últimas.

Una de sus mayores contribuciones fue la elección de Bono como portero titular. Al marroquí le costó 20 partidos estrenarse con la camiseta blanquilla. Inauguró su cuenta con un 5-3 en Las Palmas, pero no tardó en disipar dudas aportando un temple y una seguridad que han asomado especialmente en citas cruciales, como en la vuelta de la eliminatoria contra el Girona.

Pero sin duda, el nombre propio más impactante del ejercicio es el de Jesús Vallejo. Este juvenil, al que dio la alternativa Muñoz y al que Popovic entregó el brazalete de capitán con 18 años, ha protagonizado una irrupción con tintes históricos. Talento salvaje, un zaragocismo insobornable y una personalidad arrolladora sobre el campo. El central ha quemado etapas con celeridad y ha derribado cuantas puertas le han salido al paso. Ha propiciado una identificación y una empatía que prolonga una estirpe que señala a Alberto Zapater y a Cani como sus predecesores. Sus lágrimas tras consumarse la decepción de ayer le ennoblecen y riegan el porvenir de una entidad con una solera de más de ocho décadas.

Los 23 goles de Borja Bastón asoman como otro poderoso argumento. El madrileño ha completado su campaña más fecunda en la elite. Ha encontrado en La Romareda el hábitat ideal para explotar sus virtudes realizadoras. Una contribución capital, cortada abruptamente por una traicionera lesión muscular en la cuadragésima jornada en Valladolid, que forzó la ausencia del pichichi hasta ayer.

No fue un hecho aislado. Las dolencias físicas –y las sanciones– han martilleado machaconamente a la escuadra aragonesa desde la casilla de salida. Trabajar con el plantel al completo ha sido una quimera. Una circunstancia que ha minado los planes de los técnicos pero que no ha dinamitado la esperanza del zaragocismo.







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