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Un sueño roto

​El Real Zaragoza se quedó a siete minutos del ascenso a Primera División. Las Palmas derribó las ilusiones aragonesas después de una temporada poblada de dificultades.

Chema R. Bravo Actualizada 14/07/2015 a las 08:18

Hoy duele el Real Zaragoza. Es natural. Es lo que corresponde. Por eso se le quiere. Por eso hay que estar orgulloso de las lágrimas. Ahora, no hay consuelo por la oportunidad derramada. Un ascenso a Primera División que se soñó y se palpó, pero que Las Palmas, con un juego mejor, derruyó a falta de siete minutos para el final con un gol del verdugo Araujo.

Ese balón que parecía perderse en el segundo palo cuando a los canarios solo les quedaba ya la épica, el latigazo definitivo, se clavó en las carnes de todo el zaragocismo. El partido fue complicado. Las Palmas se adelantó, dominó y se alzó sobre el guión durante toda la cita, aunque no asedió. Ni siquiera el estadio de Gran Canaria tensó las gargantas. No hubo ambiente de ascenso hasta que ese gol entró. Dio la sensación de que ese momento llegó cuando el Zaragoza parecía que controlaba sus pulsaciones por fin, ya en el tramo último. Entonces, cayó esa pelota letal, envuelta de desilusiones, macabra, sobre el área de Bono. Todos soplamos para que no entrara, pero no fue así.

Ahora, es tiempo de mirar hacia delante, y lo justo y necesario hacia detrás. Hace menos de un año, el Real Zaragoza casi estaba en la mesa del forense. Perdía la vida, pero tenía el activo más importante: una masa de aficionados que sufrió malos días, temió por su equipo y estimuló el rescate final. El Zaragoza vivió porque nunca perderá un patrimonio sentimental del que pocos pueden presumir: el niño al que ayer costaba explicarle la dureza del desenlace, el padre o la madre al que la derrota dejó sin palabras, y el abuelo que todo lo observaba con cierto orgullo porque nadie mejor que él conoce que el Zaragoza es el Zaragoza, que si ayer lloraba, mañana reirá.

Ellos son la única verdad de este club de fútbol y por ellos el Zaragoza se presentó ayer en Las Palmas con opciones de subir a Primera División. El reto parecía imposible hace solo unos días. Menos de un año después de escapar de la liquidación, el Zaragoza se plantó en las puertas de Primera con un equipo que se levantó en un mes desde lo que era un descampado descorazonador. Pero allí estuvo el Zaragoza, en Las Palmas, empujado por la mística de su genética, peleando el ascenso hasta la última gota, como era su obligación histórica, arropado por 200 irreductibles a los que la afición de Las Palmas despidió haciéndoles un pasillo porque se comportaron como lo que son: una hinchada de Primera.

Y allí, en Las Palmas, perdió el Zaragoza el ascenso. Ahora, decíamos, apenas hay consuelo. No lo tenían tampoco los futbolistas: Bono, Vallejo, Dorca, Fernández… gente hundida, cabizbaja. Fueron saliendo del estadio de Gran Canaria con la convicción de que habían fracasado. Pero olvidaban una cuestión: en las peores derrotas también existen victorias. Y el Real Zaragoza ha perdido un ascenso, pero ha ganado mucho recuperando su identidad. La magia, el resplandor de su escudo, la fuerza de su nombre y algo vital: la complicidad y el cariño de su afición. No debe arruinarse ahora lo construido en los últimos siete días.

Una semana de sueños y orgullo en la que el Zaragoza volvió a ser el Zaragoza de siempre, aquel anterior al que se marchitó durante los últimos años hasta caminar hacia el borde del abismo. La remontada de Gerona quedará grabada en la historia del club como el día en el que el león aragonés resucitó. Con esa proeza, el Zaragoza volvió a fundirse con su gente: el recibimiento en la estación Delicias con un histórico 1-4 en el equipaje, la fiebre por una entrada para el partido de ida contra Las Palmas, La Romareda más hermosa y atronadora que se recordaba, los numerosos niños que saborearon el hechizo zaragocista por primera vez en una generación, la victoria 3-1, la madurez con la que se sintió ese triunfo y el desplazamiento a Gran Canaria de un puñado de 200 héroes, más todos aquellos que lo vivieron desde Zaragoza, Aragón o cualquier otro punto del planeta. Todo eso se ha conseguido: casar, de nuevo, al equipo y a su gente. Es un punto de partida impecable para lo que viene.

Esto no debe derramarse ni desperdiciarse. El fútbol es altamente cruel, lo comprobó Las Palmas hace un año contra el Córdoba y el Real Zaragoza ayer, pero también devuelve todo lo que arrebata. Esa es su grandeza. La nueva oportunidad la tendrá ante sí el equipo aragonés a partir el próximo 15 de agosto. De nuevo, en Segunda. Esta vez con la forzosa responsabilidad de ascender a Primera División para garantizar su viabilidad económica e institucional. Ahora, dispondrá de tiempo, unas circunstancias mejor ordenadas y unos cimientos sobre los que vale la pena seguir edificando. Algunos jugadores saldrán, otros vendrán. Varios continuarán. Pero, por fin, el Zaragoza ya tiene unas raíces firmes en la tierra.

El proyecto se ha asentado y merece confianza. Por ejemplo, el trabajo de Ángel Martín González, el director deportivo, cuya labor el verano pasado ha cobrado su dimensión en este mes de junio. Seguramente, persistirá en el banquillo Ranko Popovic, lo que sería otro signo más de estabilidad y continuidad. Todos, no obstante, deberán corregir las cuestiones en las que se ha errado y potenciar las virtudes que se han conquistado. El Zaragoza retomará la competición en Segunda, pero esta vez habrá poco margen para la equivocación. Una espada de Damocles penderá sobre su cabeza: el periodo de carencia de su convenio de acreedores se agota en un año. Gestionar todas estas cuestiones ocupa un lugar ya destacado en el plan de trabajo de los consejeros del club, ayer, tan abatidos y apesadumbrados como los futbolistas o la afición.

La misión es, desde ya, incuestionable. Devolverle a la gente que tocó ayer con la yema de las manos el ascenso un equipo de Primera División. Un equipo en el que deberá permanecer uno de los regalos que ha dejado una temporada durísima y accidentada, finalizada con drama: Jesús Vallejo es esa luz que debe guiar el futuro del Real Zaragoza. Ayer, el capitán aragonés lloró como futbolista, pero, sobre todo, como hincha. Los verdaderos héroes son aquellos que lo hacen, porque, al final, ellos siempre acaban levantando la cabeza. Usted, por favor, haga lo mismo: sienta orgullo por su Real Zaragoza.







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