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Universidad

Ingeniería y realidad

Los sueños de investigación no pueden prosperar ante la falta de inversión pública y privada en la Universidad, que conserva su prestigio gracias a la vocación de
los científicos aragoneses. Muchos harán las maletas, pero confían en regresar.

David Navarro Actualizada 22/06/2015 a las 21:10
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José María Ayuso. Ingeniería Biomédica.Francisco Jiménez/Oliver Duch

Ninguno de los investigadores que aparecen en este reportaje tiene asegurado un contrato laboral al finalizar su tesis. Son jóvenes brillantes, que culminan una reconocida formación multidisciplinar pero tendrán que hacer las maletas y continuar su vida laboral fuera de Aragón, incluso fuera de España. "Combinar la inversión pública y privada en I+D es fundamental, pero estos años están siendo difíciles. En Aragón la inversión pública es un poco menor que en otras regiones europeas, pero es la inversión privada la que falla, porque la empresa aún no tiene confianza en las posibilidades a largo plazo que supone invertir en conocimiento. Por otro lado, en Aragón hay pocas empresas grandes y las pequeñas no se creen responsables de la generación de conocimiento. Esos factores han llevado a que se produzca una continua marcha de investigadores. Supone una gran pérdida de talento, pero también el envejecimiento de nuestra red de investigación", considera Juan Ignacio Garcés Gregorio, director del Instituto de Investigación en Ingeniería de Aragón (I3A). Un instituto creado en 2002 para favorecer una continua colaboración científica que da soluciones a las necesidades de las empresas aragonesas. Hasta 500 investigadores, incluyendo 299 miembros doctores y unos 250 miembros asociados (becarios, personal contratado y estudiantes de postgrado), que solo en 2014 desarrollaron 300 proyectos por valor de 10,6 millones de euros. "En estos momentos somos 32 grupos autónomos que trabajan en cuatro divisiones: ingeniería biomédica, tecnología de la información y la comunicación, procesos y reciclado y tecnologías industriales", enumera Garcés.

A finales de mayo tuvo lugar el encuentro anual de jóvenes investigadores del I3A, donde se presentaron 11 proyectos realizados por doctorandos que culminan su formación en la Universidad y compaginan su tesis con la investigación. Una jornada en la que se repasaron los ya conocidos sinsabores de la investigación (bajos sueldos, inestabilidad laboral e imposibilidad de continuar con las investigaciones a falta de becas y contratos), pero también los puntos positivos de Aragón como potencia científica. Porque los hay. "Aragón cuenta con un rico ecosistema de ingeniería y el entorno productivo es potente, alcanza el 21% de nuestro PIB. Eso está muy por encima que en otras regiones. Existen además institutos como el ITA (tecnología), el INA (nanociencia) y entre universidad, empresa y administración contamos con una triple hélice que nos permite avanzar, aunque lentamente. Falta la cuarta hélice, la del apoyo social, que cada vez es más evidente pero que debería ser mayor", considera el director del I3A.

Casi todos los compañeros de tesis de Ignacio Julián han abandonado ya España rumbo a Holanda y Alemania. Julián tiene 29 años, está licenciado en Ingeniería Química y ya ha depositado la tesis doctoral. "He podido desarrollar mi investigación gracias a una beca del Ministerio de Educación asociada a un proyecto. Pero la beca se acabará". Estos dos últimos años Ignacio Julián ha estudiado el comportamiento del glicerol, un desecho contaminante que una vez reciclado puede convertirse en fuente de energía. Y se ha unido al equipo de la Universidad que ultima la creación de un reactor con el que reducir costes, un invento patentado por la UZ que aún no está terminado y cuyo desarrollo avanza a trompicones según se conceden becas para nuevos investigadores.

"Actualmente la salida está en el desarrollo de proyectos solicitados por la empresa privada. No se esperan muchos fondos públicos", considera Enrique Carretero, licenciado en Física de 29 años cuya tesis versa sobre el estudio de los recubrimientos mediante pulverización catódica. Suena complicado, en resumen sería la creación de un recubrimiento decorativo que a simple vista parece opaco pero que permite el paso de información a través de una pantalla. Un encargo de una importante firma afincada en Zaragoza que prevé vender el producto final en todo el mundo. "Si una empresa está interesada en un proyecto, supone una oportunidad que no hay que dejar escapar. La sociedad nos da mucho, tendremos que devolverlo de esta manera".

Nadie trabaja solo

El objetivo principal del I3A es unir conocimientos. "Tenemos el poder de crear colaboraciones y buscar proyectos para sacar el máximo partido a la investigación. Un ejemplo: existe en la división TIC (tecnologías de la información) un proyecto de desarrollo de la realidad aumentada (tecnología que combina elementos reales con otros virtuales y que se visualiza mediante un móvil o una tablet) que se puede aplicar al ocio o el turismo. Pero también a la medicina, porque gracias a la ingeniería biomédica un cirujano puede contemplar un hígado, por ejemplo. Así se ha un salto cualitativo".

La ingeniería biomédica es una de las divisiones más novedosas del I3A y cuenta con un máster que goza de gran prestigio. José María Ayuso tiene 27 años y se licenció en Bioquímica en la Universidad Autónoma de Madrid. "Elegí la Universidad de Zaragoza para realizar el doctorado porque me gustó el carácter multidisciplinar del máster. Unir ingeniería y biología, hablar con físicos, médicos.... Creo que la unión de todas esas disciplinas será clave en la medicina del futuro, ya no se contará solo con un cirujano, será necesaria la presencia en el equipo de un ingeniero especialista en nanopartículas, por ejemplo". Ayuso trabaja en la elaboración de chips que incluyen células cancerígenas y otras sanas, en los cuales se pueden aplicar tratamientos que permiten ver a pequeña escala cómo se comporta el cuerpo humano. "Así tenemos la imagen completa; si añadimos células de la médula o del hígado veremos si el tratamiento daña esos órganos".

Los investigadores coinciden en que es la vocación el motor que mueve su afán de conocimiento, "metes muchas horas, y el sueldo es muy bajo. De no ser por las mismas ganas de investigar no merecería la pena", considera Ignacio Julián. Gracias a todos ellos el prestigio de la Universidad de Zaragoza se mantiene alto y atrae a doctorandos como Carlos Andrés Trasviña, de 27 años, que ha venido de México para completar sus estudios. "Busqué universidades en Alemania, Reino Unido, y otras españolas de Madrid y Barcelona, pero fue la de Zaragoza la que ofrecía el mejor enfoque", señala. Gracias a una beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) de México, estudia la creación de sensores inalámbricos para monitorizar radiadores y medir así cuánto calor emiten. "La creación de ambientes inteligentes tiene mucho potencial, y espero regresar a mi país y aplicar estos conocimientos. Creo que el investigador tiene el deber moral de aportar en su propio país y espero que los españoles puedan hacer lo mismo y regresar cuando la crisis dé un respiro".







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