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Literatura

"La Transición española tuvo también un lado muy sucio"

El escritor ​Rafael Reig acaba de públicar ‘Un árbol caído’ (Tusquets), novela de pequeñas traiciones e infamias en un círculo de amigos que vivió la Transición. Cree que hace falta escribir más sobre ese periodo.

Mariano García Actualizada 25/05/2015 a las 22:39
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‘Un árbol caído’, la última novela de Rafael Reig, se presenta como "la cara insólita de la Transición", pero es, también una historia de secretos y pequeñas traiciones en grupo de matrimonios amigos. Rafael Reig la presentó recientemente en Zaragoza, en la librería Cálamo.

A lo largo de la novela se disputa una partida de ajedrez, de la que se publican diagramas de cada jugada. ¿Qué tal juega usted?
Pasablemente, aunque he jugado mejor. El ajedrez es un juego que, o se ejercita mucho, o se acaba yendo de la cabeza. Ahora llevo un par de años jugando mucho y algo voy recuperando.

No es muy habitual encontrar partidas enteras reproducidas en una novela.

Nabokov, que escribió algún libro ambientado en el mundo del ajedrez, como ‘La defensa’, tiene una obra muy curiosa, ‘Poemas y problemas’. Él creía que componer un poema era como un problema de ajedrez. Y hay una novela de Fernando Arrabal, ‘La torre herida por el rayo’, con la que ganó el Nadal, en la que se reproduce una partida. Pero se trata de una partida maestra. La de mi novela es una mala partida, y he querido que sea así porque el ajedrez es una metáfora de la vida. Y en la vida se cometen errores, se falla en las aperturas...

...y se hacen celadas para engañar al otro.
Sí, claro. Hay algunas trampas en esta novela. El ajedrez sirve para explicar muchas cosas sobre la vida y a algunos personajes de mi novela les ocurre como a muchos ajedrecistas, que hay momentos en los que no aprecian los peligros en una partida. Dejan de ver la realidad.


¿Cómo nació ‘Un árbol caído’?
Quería hacer una novela sobre la pérdida de las ilusiones, una novela de notarios.

¿De notarios?
Decía Flaubert que cada notario lleva en su interior las ruinas de un poeta. Y ese era el planteamiento. Quería reflexionar sobre qué nos ha ocurrido como país, cómo nos hemos enfrentado al paso del tiempo. No escribo para contar cosas, sino para saber qué es lo que quiero decir.

Y usted quería contar ‘otra’ Transición española.
No por nada en especial, sino porque creo que hay que distinguir entre la Historia y el imaginario colectivo. Los historiadores tienen la responsabilidad de esclarecer lo ocurrido, pero eso no es lo que deben hacer los novelistas, que trabajan con otro tipo de material. Piense por ejemplo en qué idea de la posguerra española tenemos los españoles en el imaginario colectivo. Es una idea que le debe más al Cela de ‘La colmena’ que a los estudios de Ian Gibson.

¿No se ha escrito mucho ya de la Transición?
En novela, no se ha escrito prácticamente nada. Creo que ni siquiera se han escrito demasiadas novelas sobre la guerra española. Piense que Faulkner todavía escribía de la guerra civil norteamericana 100 años después de que esta acabara.

¿No está todo dicho, pues?
En absoluto. No hay una idea novelesca sobre la Transición y la gente tiene hambre de que le expliquen lo que tiene delante de sus ojos. Necesitamos entendernos, más que nunca.

Su visión de la Transición dista mucho de la ‘oficial’, que le ha quitado hierro a situaciones verdaderamente duras.
Fue una Transición muy violenta, más de lo que ahora se quiere admitir. Recuerdo que en Madrid era complicado salir a la calle vestido con determinado tipo de ropa. Podían pegarte una paliza e incluso matarte. Y luego estaba el terrorismo. Había una violencia increíble.

¿En lo político también?
También. Hubo mucha suciedad política. La maniobra principal de la Transición fue eliminar a la izquierda. Porque lo normal hubiera sido que el protagonismo hubiera sido del Partido Comunista y, en cambio, lo que se hizo fue inventarse el PSOE y dejar fuera de la película a la izquierda de verdad. Y se hizo un pacto con el franquismo. No he visto ninguna dictadura en la que los ministros, una vez acabada, sigan viviendo tranquilamente. No ha habido ninguna responsabilidad por nada.

Lo que vivimos hoy, ¿es consecuencia de aquella Transición?
La contigüidad temporal no indica una herencia causa-efecto, aunque, efectivamente, la Transición se lo debía todo a la dictadura, y esta todo a la guerra civil. Y también es cierto que lo que somos tiene que ver con lo que hemos sido. Pero yo no ‘hice’ la Transición, a mi me la ‘hicieron’, no tomé ninguna decisión. Y algunos de los que la hicieron, como Felipe González, están en los consejos de administración de grandes empresas. Al final, lo único que hemos logrado es ser el país con más paro de Europa y el de mayores desigualdades. Estamos un poco mejor que en Grecia. Nada más.

Hay que regenerar...
A mi generación la expulsaron de la política. Ningún partido politico ha tenido tanto entusiasmo y apoyo como lo tuvo el PSOE en 1982, y todo ese capital se malversó. El desencanto ha hecho que casi toda mi generación se haya ido de la política, y esa es una pérdida terrible. Porque soy de los que piensan que la democracia tiene que estar entretejida con la sociedad en la que se desarrolla y que ésta sea una sociedad en movimiento. La política no se hace votando una vez cada cuatro años; es algo que construimos todos, no solo los políticos, día a día.







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