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Pintura

Isabel Guerra o la ardiente paradoja

Obra y mito la pintora, que recibe elogios y enciende polémica, expone dibujos, óleos y fotos en ibercaja.

Jaime Esaín Actualizada 07/05/2015 a las 22:11
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'La esperanza no defrauda'Isabel Guerra

En la pintura de Isabel Guerra, el impacto visual es inmediato, principalmente por los extraordinarios efectos lumínicos que se aprecian en sus lienzos. Así, cabe incluir a sor Isabel en la que se ha dado en llamar escuela luminista, con nombres tan representativos como Rembrandt, Sorolla y los impresionistas franceses, pintores que hacen de la luz personal y decisivo medio expresivo, y de los cuales hay claras resonancias en la obra pintada de nuestra autora.

Se advierte que cada cuadro es un reto que la artista se propone a sí misma, un problema de temática, colorido y claroscuro cuya resolución, siempre brillante, nos transmite con la intención de mostrarnos facetas y matices de una realidad en la que ha profundizado para ampliar el conocimiento de la misma. Se ratifica con esto otra valiosa cualidad de la artista, que es su condición de preocupada comunicadora, de sabio trujamán de experiencias visuales, que nos explica la esencia última de ambientes y personas. Esta comunicación es tanto más válida, cuanto que se basa en convertir la obra de arte —el cuadro— en vehículo de emociones entre la autora y el espectador.

Pero donde, en nuestra modesta opinión, brilla el arte de Isabel Guerra a alturas eximias, rara vez alcanzadas por artistas profesionales, es en sus trabajos al grafito. Hay que remontarse a figuras como Ingres –y no exagero– para encontrar referencias de categoría equiparables.

Con un dominio técnico absoluto, fruto de una paciente y sólida formación, consigue Isabel Guerra calidades increíbles por su perfección en unos trabajos, con preferencia retratos de féminas (‘pares cum paribus’…), que sorprenden, además, por unos formatos de grandes dimensiones, muy pocas veces vistos en este género de dibujo. De tamaño similar son sus obras al carboncillo, asímismo de magistral realización.

Otra de las cualidades de esta autora singular es su inquietud creativa y, en especial, su curiosidad por ahondar en otras técnicas de expresión. La fotografía es el terreno elegido por Isabel en esta ocasión para demostrarnos su capacidad para modernizar su lenguaje creativo. Así. nos ofrece un amplio repertorio de trabajos fotográficos nada vulgares, puesto que se trata de improntas, obras únicas, en las que sigue la Historia de la fotografía, desde los antiguos daguerrotipos hasta los últimos avances técnicos. Con la particularidad de que en este capítulo nos muestra sor Isabel su sorprendente y valiosa capacidad artesanal, al ser ella misma la que se hace las difíciles imprimaciones policromáticas. Un alarde de convincente versatilidad.

Ajeno a cualquier convencionalismo es el concepto del paisaje aragonés que se exhibe en una breve muestra del género sobre sustrato fotográfico original. Sor Isabel nos ofrece su captación de unos temas recoletos, de espiritada simplicidad dentro de su tipismo, reducidos a sus líneas maestras y expresados preferentemente con colores cálidos y sopesados empastes; el todo resulta dotado, por añadidura, de un evidente valor ornamental.

Sin embargo, pese a los innegables valores apuntados, la obra de Isabel Guerra no está exenta de polémica. Para explicar ésta, es necesario hacer un breve recordatorio histórico. Iniciadas las llamadas vanguardias históricas en 1907 con el cubismo, seguido de futurismo, dadaísmo, expresionismo, etc., culminan en los años 50 con el fenómeno de la abstracción, que supone la anulación completa de las formas identificables. Concluida esta etapa, se inicia en la década de 1960 una serie de movimientos artísticos que ignoran el concepto de pintura convencional admitido hasta entonces.

Constituyen el llamado "arte de acción", que comprende ‘happenings’, ‘assemblages’, ‘environments’ y similares, para terminar en el arte conceptual. Todas estas actividades hacen realidad un principio que se ha convertido en uno de los parámetros definitorios del arte del siglo XXI: el desprecio que hacen de la Academia muchos artistas en hierbas, para los que las enseñanzas tradicionales (dibujo, perspectiva, colorido…) son un corsé ortopédico que impide el desarrollo de su genuina personalidad artística (?).

Por añadidura, en los últimos 20 años, el progreso científico ha impulsado sobremanera la tecnificación de las artes plásticas. Hoy están ganando predicamento día a día la digitalización electrónica, el videoarte y, en especial, el arte cibernético, con el ordenador como principal instrumento creativo.

No es de extrañar, pues, que en este clima de absoluta innovación tecnológica, una obra figurativa tradicional como la de Isabel Guerra, que irrumpe con sus procedimientos mayormente académicos convencionales en un ambiente extremadamente vanguardista, sea cuestionada y puesta incluso en fuera de juego cronológico (tildada de ‘démodé’) por un sector de practicantes de lo que hoy son las modernas artes plásticas.







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