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Arquitectura

Casas con papel e historias

Un erudito, un soñador, un buscador de tesoros o la historia de tres grandes bibliotecas.

Ángel Artal Burriel Actualizada 05/05/2015 a las 22:18
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José Manuel Pérez Latorre tiene tres bibliotecas, en su casa, en su estudio y en Santa Cruz de la Serós.Guillermo Mestre

Considerada como una de las mejores bibliotecas privadas de Aragón, la gran biblioteca de este arquitecto podría perfectamente tener cabida en ‘Unpacking My Library: Architects and Their Books de la Yale University Press’, donde pueden consultarse las bibliotecas de arquitectos como Stan Hallen, Thosiko Mori y Bernad Tsumi, entre otros. Concebida con una disposición elegante y práctica, esta biblioteca es una obra de empeño y de trabajo, muy variada y abundosa, con más de 30.000 ejemplares repartidos en varios espacios que contienen tres importantes corpus, el mayor de los cuales está dedicado a la arquitectura.

José Manuel Pérez Latorre no es un bibliófilo al uso, más bien es en un lector con deseos de aprender, un estudioso lector. Nunca tuvo la idea de que los libros que iba adquiriendo terminarían creando una biblioteca, para él los libros eran el conocimiento que necesitaba para su formación. Cuando llegó a Zaragoza desde Barcelona, una vez terminado su periodo de formación, lo hizo con un buen puñado de libros de todo tipo: arquitectura, arte, pintura, escultura, libros sobre Aragón, literatura en general y otros temas que encontraba de interés.

Ante la necesidad de instalarlos en algún lugar, fabricó una biblioteca con estantes corridos, en dos niveles, de madera clara, que tapizan las paredes desde el suelo al techo, colonizando, tiempo después, pasillos y habitaciones, donde depositó los libros sin un orden expreso y donde reina una clasificación personal y caprichosa, una clasificación, que en buena medida, obedece a la necesidad de su trabajo.

El paisaje de papel

Dice que su biblioteca "es un paisaje donde encuentra el sosiego necesario para su trabajo. Rodeado de libros, de temas muy diversos, me veo protegido frente al olvido. En los libros encuentro la memoria del tiempo pasado que tanto me reconforta. Es un espacio que no conoce fronteras, un ser vivo en continuo crecimiento que me proporciona una gran intimidad".

Agrega:"Siempre me recuerdo con libros o rodeado de ellos. De niño cuando llegaba el tiempo de los regalos, recibía lápices para dibujar y libros para leer frente a los juguetes que veía en mis hermanos. Más tarde comencé a comprar libros de la colección Austral y de Alianza, donde encontraba un campo de lecturas muy reconfortante. Luego vendría la etapa de Barcelona, durante mi formación de arquitecto. Fui asiduo visitante de librerías de viejo; allí descubrí y compré libros de todo tipo y tuve la fortuna de hacer amistad con libreros que me ayudaron a encontrar ejemplares únicos y libros que, en esa etapa de aprendizaje, nunca hubiera encontrado. Recuerdo a Diego Gómez Flores que me recomendó la compra de un tratado sobre ‘Les edificies Antiques de Rome’ de M. Desgodetz (París, MDCCLXXIX) que me costó la asignación que tenía para todo un mes, pero mereció la pena. Sin duda alguna, el de mayor esfuerzo económico, dada mi condición de estudiante. Años más tarde adquirí ‘Traite D’Architecture’ de L. Cloquet gracias a los buenos oficios de Félix Romeo (1968-2011). Los sábados barceloneses los dedicaba a visitar librerías de viejo como el Sol y la Lluna, Balaguer y otras que tantas satisfacciones me producían. Los domingos saciaba mi sed de libros en el Mercat de Sant Antoni".

Rafael Moneo le recomienda la lectura del Vitrubio, un libro básico de arquitectura del que se han hecho múltiples reediciones, y de Le Corbusier. Del primero, de Marco Vitrubio Polión, un arquitecto romano, que vivió entre los siglos III-IV de nuestra era y que escribió una obra monumental de arquitectura, ha llegado a tener hasta diez ediciones distintas, la más antigua de 1522. Su afán de conocer le lleva a adquirir ‘Clarisimi pictoris et Geometrae de Symetria partium humanorum corporum libri quator’, e ‘Germanica lingua, in latinan versi’, por Alberti Dureri (Parisii, 1557); ‘Les vrais príncipes de L’architectura ogivale’ (1850); ‘El tratado de la pintura’ de Leonardo de Vinci y los tres libros que sobre el mismo arte escribió, León Bautista Alberti (Madrid, MDCCXXXIV), ‘M. Vitruvii De Architectura’ de Daniele Barbaro (Venetiis, 1567) con ilustraciones de Andrea Palladio, ‘Los cuatro libros sobre Arquitectura’ de Andrea Palladio (1616) y otros que, por sí solos, hablan de la importancia de esta biblioteca.

Es tal su afán de lectura que no olvida ningún recoveco en su formación. Piensa que en alguna ocasión hará teatro y por tanto adquiere libros sobre escenografía y afirma, en otro territorio, que la jardinería, tan importante en algún momento de la historia, le será necesaria a lo largo de su vida laboral, de tal suerte que entra a conocer los jardines franceses, ingleses e italianos de los que afirma son una forma de sentir y estar en la naturaleza, frente a los jardines españoles más monásticos y de menor gozo que aquellos. Cuando hubo de enfrentarse con la rehabilitación de la Estación Internacional de Canfranc, tuvo necesidad de leer ‘Doña Perfecta’ (1876) de Galdós para conocer la España de la época a través de la mirada de un ingeniero.

Corpus inicial

El segundo corpus de su biblioteca está formado por libros aragoneses: historia, literatura, publicaciones periódicas, estampas, mapas, carteles y muchas rarezas apetecibles para cualquier bibliófilo. Aragón le interesa con la mirada de arquitecto. Ha elegido Zaragoza para trabajar y por ello recopila información y muchos libros, mapas y cuadros como aprendizaje de la ciudad de la que está enamorado. Aragón cierra un círculo vital en la vida de este arquitecto.

Amante de la poesía y las humanidades, estas materias conforman el tercer corpus de la biblioteca. Disfruta de la buena literatura contrastada por el tiempo y son los autores del 98 y del 27 las figuras clave en su biblioteca. Como Borges y su amigo Labordeta, que fabricaron una biblioteca ideal – muchas veces disparatada– muy personal y a todas luces conmovedora, José Manuel Pérez Latorre ha creado un anaquel en continuo crecimiento, cuya visión le proporciona un gran sosiego y en el que están los libros que un día fueron una revelación: ‘Madame Bovary’ de Flaubert, ‘Últimas tardes con Teresa’ de Marsé, ‘Nada’ de Laforet, ‘La colmena’ de Cela, ‘El gatopardo’ de Lampedusa, o el ‘Robinson Crusoe de Defoe’, y autores como Carlos Barral, Rimbaud o Conrad o la poesía de Juan Ramón, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gil de Biedma y otros.

Santa Cruz

A Santa Cruz de la Serós va trasladando libros, porque sabe que allí construirá su biblioteca definitiva, donde tendrán cabida todos aquellos que ha leído, los que está leyendo y otros que nunca leyó pero que le producen la alegría de su contemplación. Viejos y nuevos libros ocuparan los espacios de esa biblioteca, sin un orden expreso, sin un motivo especial, porque la adquisición de libros continúa. José Manuel no tiene intención de convertirse en un nuevo capitán Nemo cuando este afirma: "el mundo acabó para mí el día en que el Nautilus se sumergió por primera vez. Ese día compré mis últimos libros y desde entonces es como si la humanidad no hubiera vuelto a pensar o a escribir". Para Pérez Latorre no habrá un último día para adquirir y leer los libros en cuyas páginas, señala, están encerradas "todas las historias que me han sucedido, una voz y un paisaje que me han enseñado lo concreto de las cosas".







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