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Colectiva

Utilidad paradójica del arte

‘Claves de acceso’, la colectiva de tres artistas (tres mujeres) en A del Arte.

Alejandro Ratia Actualizada 21/04/2015 a las 08:11
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En las culturas ancestrales, los "ritos de paso" pautaban la vida. En la cultura digital nos hallamos en la obligación continua de proporcionar al Sistema "palabras de paso". A lo que accedemos con ellas es a una visión empobrecida de nosotros mismos. Los viejos ritos dejaron de ser relevantes hace tiempo, la Modernidad no tardó en desactivarlos. Walter Benjamin decía que "en la vida moderna estas transiciones son cada vez más indistinguibles y apenas sí se dan". Su diagnóstico ya era diáfano a inicios del siglo XX: "Hemos empobrecido nuestra experiencia de cruzar umbrales".

El arte puede mantener viva esa experiencia del umbral. El título ‘Claves de acceso’, la colectiva de tres artistas (tres mujeres) en A del Arte, pienso que contiene su punto de ironía, pues estas claves alternativas no abren el espacio digital de la información, sino el más ambiguo del conocimiento. Algo de antiguo o disfuncional hace iluminadoras las estrategias de estas artistas. El dibujo aparece como una práctica antieconómica, pero en esencia necesaria para convertir la realidad externa en otra interna. De ello son prueba los grandes "cuadros" dibujados por Natalia Lainez, sus ‘Geografías del interior’, que abren esta exposición. Curvas de nivel para una topografía inestable, cruzadas por bandas que reflejan un sismograma donde el mensaje se anula. Tal como dice Alonso Sancho en el texto introductorio de la muestra, "un gesto intuitivo aloja al espectador en un ir y venir de la línea, produciendo una trama temporal a lo largo de recorridos que aparecen y desaparecen". El tiempo ocupado en el dibujo traslada la realidad al otro lado del espejo. Como paralelo (y paralelo literal en el montaje de esta colectiva) a un mundo físico que se convierte en una especie de ficción, hallamos el mundo de los relatos cinematográficos que, fantasmales en el puro tiempo e inestabilidad del medio, reclaman su traslado a la supuesta materialidad del papel y la pintura. La gallega Pilar Alonso trae a Zaragoza un fascinante y perturbador conjunto de obras, algunas de ellas protagonizadas por una criatura de ficción, Cándida Standwick, quien, a su vez, se encarga de hacer realidad (en su ficción) los deseos de quienes quieren cambiar su identidad. Una especie de exageración barroca del salón de belleza. El sillón del barbero como lugar de metamorfosis y potro de torturas adictivas.

El motivo de la rana y la princesa que la besa es otro de los temas de Pilar Alonso, y es harto sintomático. El beso transformará a la rana. El sueño nos traslada cada noche a otro mundo. El rito de paso es preludio de la muerte. También lo es la ficción. Sara Biassu escenifica la experiencia del umbral de modo espléndido. Véase su instalación titulada ‘Al otro lado del miedo’. Es tan simple como contundente. La fotografía enmarcada de un paisaje, con árboles y sin personas. A su derecha, colgada, una capa negra. Doble ausencia del personaje. El recurso romántico del espectador de espaldas, con quien identificarnos, se sustituye por la desaparición. Todos los objetos (tan efectivos) de Sara Biassu pertenecen a cierto mundo ornamental, anterior a las vanguardias, que, en el fondo, es el atrezzo de nuestros sueños.







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