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Arte

La 'Vista de Zaragoza' en París

Maestros del Grand Palais de Paris ofrece una antológica de 50 obras de Velázquez.

César Pérez Gracia Actualizada 21/04/2015 a las 08:18
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La famosa 'Vista de Zaragoza', desde el pozo de San Lázaro.Diego Velázquez/El Mazo

El Grand Palais de París dedica una gran exposición a Velázquez, acaso el mayor pintor de Europa, junto con Rembrandt y los clásicos italianos, Leonardo, Rafael, Tiziano. Tiene enorme guasa que el pintor favorito de los impresionistas nunca antes haya disfrutado de una exposición en París. El chovinismo o narcisismo galo puede soportarlo todo, excepto que Renoir, Monet, Manet, viajasen a Madrid para visitar el Museo del Prado como si fuese la Sixtina del Impresionismo. En cierto modo, es la revancha o la venganza del sevillano ante el silencio o desdén francés ante su pintura. Creo que fue Maupassant el que consideró el retrato de Inocencio X, el mejor cuadro de Roma.

Hay además un enigma notorio, cómo es que en Viena se conserva toda una sala dedicada a Velázquez, acaso el mayor tesoro de Viena, y sin embargo, en París, en el Louvre, jamás ha habido un buen Velázquez. No digamos , la pasión inglesa por Velázquez, la segunda mejor colección después del Prado. Orleans y Rouen atesoran los únicos cuadros velazqueños en Francia.

Y el enigma galo se acrecienta cuando recordamos que el Rey Sol era hijo de una española, Ana de Austria, hermana de Felipe IV, y se casó con la infanta María Teresa, hija de Felipe IV. Nadie ha explicado esa laguna escandalosa en el Palacio de Versalles, cuyos retratistas eran de una pomposidad y fatuidad infinitas. Nada que ver con la sobria elegancia del Sevillano. El gran Saint-Simon, durante su embajada en el Madrid de Felipe V, no dice en su ‘Journal’ ni pío sobre los cuadros del Sevillano, pero tampoco de Tiziano, acaso conocía el dictum de Pascal: Verdad tras los Pirineos, error al otro lado.

Francisco I fue el mecenas de Leonardo, pero luego la Casa de Francia no tuvo buen ojo ni buen olfato con los pintores. Carlos I y Felipe II tuvieron a Tiziano como pintor de cámara. Felipe III tuvo a Rubens. Y Felipe IV a Velázquez. Esa saga o linaje de grandes pintores es única en el mundo, y por eso el Prado es quizá el primer museo del mundo. El colofón lo puso Carlos IV con la elección de Goya como pintor de cámara. Alfonso XIII jamás pensó en ser retratado por Picasso, y tuvo que contentarse con Sorolla y Zuloaga. Se imagina alguien a un Borbón retratado por Solana. Ahora mismo somos testigos del retrato de la Familia de Juan Carlos I por Antonio López.

50 cuadros

Se conservan cien cuadros de Velázquez, en París se exponen 56, de los cuales hay una decena que son atribuciones o de autoría dudosa. Los cuadros estrella son la ‘Venus del Espejo’ de Londres y el ‘Inocencio X’ de la Galería Doria de Roma. Las grandes novedades o cuadros inéditos de esta exposición del Grand Palais son ‘La educación de la Virgen’, de Yale, y el ‘Inquisidor Huertas’, descubierto en Toledo por Carmen Garrido. Del Prado han viajado a París el ‘Baltasar Carlos a caballo’, ‘La Tebaida del Retiro’, uno de los paisajes de Villa Medicis, el bufón Pablo de Valladolid, y el retrato último de Felipe IV. El comisario de la exposición es Guillaume Kienz, conservador del Louvre, cuyo mayor mérito reside en ser el primer francés en llevar a feliz término una exposición de Velázquez en Francia. Entre los especialistas españoles, cabe destacar a Navarrete, Lleó, y Portús que cita en su texto al profesor Gállego como fuente fundamental. No en vano él era el único velazquista doctorado por la Sorbona. Sus ensayos ‘Visión y símbolos’ o ‘El pintor de artesano a artista’ siguen estando vigentes medio siglo después de su publicación.

La ‘Vista de Zaragoza en París’. Este cuadro de tan polémica atribución, estuvo en el palacete del Infante don Luis en Arenas de San Pedro, y Goya, que pasó un mes largo junto a ese inmenso lienzo, lo asimiló de tal forma que su ‘Pradera de San Isidro’ es incomprensible sin esa saturación de la ‘Vista de Zaragoza’ desde San Lázaro. El hervidero de personajes que pululan por la orilla del río son un tour de force de un virtuoso miniaturista, razón por la que Gállego dudaba de la autoría de Mazo. Como dijo Goya, el tiempo también pinta, si sabe uno percibir su pátina desvaída, sus veladuras, su melodía cromática.







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