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Aniversario

Diez años de la mágica tarde que revolucionó Zaragoza

El martes se cumplen diez años desde que el BIE designó a Zaragoza sede de la Exposición Internacional de 2008. Quedaban por delante cuarenta meses de frenético trabajo hasta rubricar el mayor cambio que la ciudad ha experimentado (y experimentará) en décadas.

C. Peribáñez 03/01/2015 a las 02:00
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El alcalde Belloch y su predecesor, José Atarés, se abrazan tras conocer la designación.

De París no solo llegan las cigüeñas o el gol legendario de Nayim que valió una Recopa. Del anfiteatro Jean Thèves de la capital francesa llegó también hace justo una década una noticia que transformaría Zaragoza de arriba abajo. El martes se cumplen diez años de la mágica tarde en la que el presidente del Bureau International des Expositions (BIE), Wu Jianmin, proclamó a Zaragoza como sede de la Exposición Internacional de 2008.

Explotaba así la alegría tras cinco años de trabajo consagrados a un proyecto sobre el agua y el desarrollo sostenible, que convenció de tal forma que la votación final no ofreció lugar a dudas: 57 votos para Zaragoza y 37 para la ciudad italiana de Trieste, después de que la griega Tesalónica quedara desbancada en la primera ronda. Pasaban las seis de la tarde cuando, tras una espera de infarto y ciertos problemas técnicos (los delegados no se aclaraban con el telemando), Zaragoza se llevó el gato –y nunca mejor dicho– al agua. En ese momento, el alcalde Belloch y José Atarés (bajo cuyo mandato se dieron los primeros pasos en la candidatura y con cuyo nombre se rebautizó este mismo año la avenida de Ranillas) se fundieron en un emocionante abrazo. A este se sumarían también el expresidente aragonés Marcelino Iglesias y la exvicepresidenta Teresa Fernández de la Vega, que se confesó sorprendida por "la solvencia y el apoyo social" de la propuesta aragonesa. De la fiesta participó lo más granado del arte español para convencer a medio mundo bien con su taconeo –el de los bailaores Sara Baras y Joaquín Cortés–, o bien con su rasmia y castañuelas transparentes, como fue el caso de Miguel Ángel Berna.

Esa misma tarde se desataba también la locura en la plaza del Pilar, donde –a pesar de un frío helador– corrió el champán y las estampas se asemejaron a las del Gordo de la lotería. "Histórico" era el epíteto que se repetía en bucle y los más veteranos celebraban también que la fecha del 2008 fuera a pasar a los anales zaragozanos como también lo hizo 1908 con la Exposición Hispanofrancesa y 1808 con los episodios de los Sitios.

Aún quedaban meses hasta el alumbramiento de Fluvi, pero de inmediato se desplegó en la plaza de España un gran contador con los días que faltaban hasta la apertura de la muestra. Los siguientes meses fueron de actividad frenética, casi tanto como el ritmo al que crecían los voluntarios y se iban definiendo obras esenciales como el puente de Zaha Hadid que, aunque parecía que nunca llegaría a unirse, finalmente sí abrazó al Ebro. Tres años y medio contrareloj para para alcanzar la meta, acabar con el tradicional ‘cenizo’ aragonés, y conseguir que, como se repitió tantas veces aquella tarde, "el mundo se entere por fin de que existimos". La fiesta de celebración, con 350 invitados, se llevó a cabo a bordo de los populares ‘bateau mouche’ del Sena y más de uno –sin querer ser agorero vistas las posteriores complicaciones– dijo aquello de "ojalá se pueda repetir esta cena en un Ebro navegable".
Los analistas y exégetas aseguraron que de esta saldría una ciudad más amable, pero solo los zaragozanos que la sufren y disfrutan a diario puede dar su veredicto diez años después de que los pellizcos no nos sacaran del sueño.







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