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Navidad

Javier Negro: "¿cómo voy a preocuparme del ébola si se mueren los niños de paludismo en mis brazos?"

El sacerdote escolapio, que imparte clases en el Congo, denuncia el gran problema sanitario que vive África.

David Navarro 27/12/2014 a las 02:00
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Javier Negro ha marchado ahora al Congo, pero ha pasado dos años en Camerún. En la imagen, en uno de los centros de las Escuelas Pías.J.V

Vive en una de las zonas más ricas de África, entre Camerún, Guinea Ecuatorial y Gabón, aunque ahora reside en el Congo junto a otros escolapios. "Y aunque hay tanta riqueza, aunque nadamos en coltán, oro, petróleo, madera o fruta..., al pueblo no le llega esa abundancia. Acaparan la riqueza los dirigentes, que no quieren a su pueblo, y la gente es humilde, sencilla y conformada. No hay conciencia de la injusticia". Javier Negro (Bello, Teruel) suma ya 65 años, y desde hace 40 es un ‘educador sin fronteras’, un escolapio que contribuye a formar niños y jóvenes en escuelas maternales y de secundaria en África Central. Llegó hace dos años a Camerún, donde la fundación de las Escuelas Pías de aragón está presente desde hace 26 años, y donde más de 100 religiosos gestionan las escuelas, parroquias y comunidades. "Hay mucha vida, muchos niños, porque aquí cada mujer tiene de seis a ocho hijos, una cifra que no es muy alta si se tiene en cuenta que hay un 12% de mortalidad infantil.
Hay cuatro enfermedades asentadas en Camerún: paludismo, hepatitis, polio y tifus, y causan miles y miles de muertes cada año".


Cuando decidieron los escolapios en 1987 llevar la educación donde más falta hiciera tenían una idea en mente: la educación es la mejor manera de transformar el mundo. "Y nuestra atención prioritaria son los adolescentes y sus familias, porque la función del misionero va más allá de la evangelización, sería absurdo que llegáramos a un sitio donde hacen falta tantas manos para ayudar y nos pasáramos el tiempo rezando. ¿Esa es la idea que se tiene del misionero? Pues no tiene mucho que ver con la realidad".

Muchas creencias


No fue fácil empezar de cero en Futrú Nkwen, en Bamenda, en el Camerún meridional. José Antonio Gimeno, quien fuera secretario provincial de la orden hasta hace dos años, cuando Negro ocupó su puesto, recordaba hace unos meses aquellas primeras vivencias: "Los dos primeros años fueron muy difíciles. Los padres dormían en el suelo, sobre telas rellenas de hierba seca a modo de colchón. Uno me contaba, riéndose, que dormía bastante mal. Aparte de las pulgas y las goteras, oía unos ruidos que le molestaban, hasta que descubrió que provenían de una familia de ratones que estaban criando en un lado de su colchón". Ahora la situación ha mejorado, la educación se ha ido extendiendo por el lugar. "El 95% de nuestro esfuerzo es enseñar, porque aprender significa progreso, lucha, higiene que salva vidas... -señala Negro-. Si evangelizamos, lo hacemos educando. No adoctrinamos, sino que mostramos nuestros valores con nuestro comportamiento. Así que nuestras clases son idénticas a las que daría un grupo laico, y por ello también tenemos alumnos musulmanes. El 20% de los niños son de esa religión y la convivencia es perfecta. Así de sencillo es nuestro trabajo".


Altavoz para denunciar


Ahora, Javier Negro reside en el país vecino del Congo. Y reconoce que la situación es allí aún peor. "Desearía tener un altavoz para llamar la atención del sufrimiento que hay. Se vive una guerra continua, con grupos rebeldes que cuentan con un armamento muy sofisticado. El 74% del coltán (un material clave para fabricar los teléfonos móviles) del mundo está aquí, y eso trae guerras. Lo recogen niños, en condiciones infrahumanas, y hasta la mitad de los menores está sin escolarizar, porque está trabajando". Y Negro se lamenta, "porque de eso no se habla. Ni de cuando una tribu elimina a otra matando a todos los niños. O cuando los rebeldes violan a todas las mujeres porque saben que serán repudiadas, y consiguen así eliminar a una tribu entera. No se dice que un profesor de una escuela aquí cobra 50 dólares al mes, pero se ha hablado durante meses del ébola.
Cuántos titulares, cuánta polémica, cuántos lloros porque tuvieron que sacrificar a un perro. ¿Sabe lo que ocurrió cuando se enteraron los médicos de aquí que había tal revuelo porque había muerto un perro? Se echaron a reír. Creían que les contábamos un chiste, pero no". Para Javier Negro, la amenaza no es el ébola, sino el paludismo. "Hasta 100.000 personas mueren de paludismo al año, otras miles de malaria. Pero los problemas de aquí hacen muy poco ruido en el primer mundo, allí llega un enfermo de ébola y se crea un caos tremendo. Aquí no tenemos miedo al ébola porque se nos mueren los niños en los brazos debido al paludismo. Una enfermedad para la que hay vacuna pero que no se distribuye porque se acabaría el gran negocio de los medicamentos".

Javier Negro destaca que las salud es el principal problema, pero destaca la gran vitalidad de África Central, la sonrisa de los enfermos, "porque aunque están muy débiles te siguen sonriendo". Asegura que le gustaría unir la alegría e ilusión de allí con el bienestar económico de los aragoneses. "Aquí damos gracias a Dios por la vida interior y por nuestra familia. Allí las dan porque ha salido el sol y porque la tierra da de comer. Pero nos falta mucho por comprender en el primer mundo, porque la sociedad se ha desconectado de las verdaderas necesidades. Falta comunicación y solidaridad".







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